Por los amaneceres de esta vida
Aparece siempre un sol de oro
Derritiéndose sobre el recuerdo de los sueños.
Son sueños extraordinarios
En paisajes que no conozco, o aeropuertos
En donde me es imposible encontrar la puerta.
Son sueños donde, tras la infranqueable barrera
Está un hombre cuyo abrazo es cálido y difuminado
Como una hoguera a orillas del mar.
Son sueños recurrentes en los que digaga mi mirada.
Mientras arrecia la calidez del cuerpo y de allá afuera:
Sueños como tú.
¿Dónde me esperas? ¿Adónde debo esperar, o debo alcanzarte?
A través de las ventanas, los arbustales están floreciendo
Densamente: intensos como tu palabra.
Si durmiera un poco más ¿me alcanzaría el sueño para verte?
Y aunque sé que no, de todos modos el sol se derrite sobre mí
Y mi cuerpo se vuelve un lirio, un cáliz, una cayena
Esperando ansiosamente esa pequeña partícula caliente
Donde nacerá nuestro río.
¿O no nacerá?
Toda indecisión es tortura.
Todo es poco para el torturado, pues llega a riberas
Donde hombre o mujer no han llegado:
Demasiados trajes y excesivas máscaras.
No conozco ni tu nombre, ni tu esfera, ni tu sed de paraísos.
Pero presiento más en cada palabra que de tu boca sale
Que de tu mano escribes.
¿Debes estar en una torre de cristal para escribir y sentirme tan cerca de ti
Que se va cumpliendo tu juego?
¿Debes ocultarte en un sitio del mundo para que no perciba
Ni tu desnudez, ni tu tristeza, ni tu angustia?
Conozco esos secretos, amado, y no me turban.
También he estado desnuda, triste, angustiada y fugitiva.
Pero esta vez, como una cierva, encontré un secreto manantial
Y de ti mana.
Así que ¿pensar qué, o cuándo, o cómo, o con qué?
Todo inútil, porque como se abren los capullos más maduros de las rosas
A las 7 y 38 de la mañana,
Toda yo me voy abriendo a tus destellos.
Para CV.
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