


Pero paralela a esa evolución de lo corporal ¿Qué sucedió en el campo espiritual? El hombre siguió desconociendo las Leyes Supremas y a su Creador, negando la conexión con aquella Entidad Divina, hacedora y rectora de todo cuanto existe. En medio de sus triunfos corporales se desconectó de Dios, desconoció su importancia, se envolvió en el tejido sensual y materialista del plano terrenal, quedando sometido al rigor de intereses hostiles y caprichosos. Asesinar, robar, traicionar, humillar, atentar contra la dignidad de su propio hermano, fueron las notas de su comportamiento en contra de las Leyes de Dios. El panorama no pudo ser más desconsolador, mientras las leyes físicas y sus manifestaciones avanzaban de manera vertical por la senda del materialismo, las espirituales se tergiversaron, se ocultaron, se olvidaron, se relegaron, una y otra vez, a las profundidades de la inconciencia y de la insensatez humana.
La vida en
El
interés que hemos dado a estos adelantos en detrimento de la evolución
espiritual, trae a la mesa un cuestionamiento severo sobre el estado
del espíritu y su posición actual en el Universo: han servido de algo
las acciones de los hombres para la evolución del plano? La respuesta,
quizás, pueda obtenerse de una lectura atenta de los roles asumidos por
los espíritus en sus diferentes cruzadas en este plano terrenal, pues
hemos sido grandes reyes, caballeros, hemos
gobernado y guiado el destino de grandes metrópolis, pero también hemos
sido pobres indigentes conviviendo con la miseria, el frío y el hambre,
madres y padres de familia, orientadores de distintas religiones o
sectas, hemos luchado en la selva, hemos muerto por el honor, hemos
asesinado, robado, ultrajado, humillado y arrasado con grandes y
pequeñas poblaciones, hemos conquistado tierras y nos hemos apoderado
de sus riquezas, hemos empañado con sangre la sabiduría de los pueblos
y cortado las raíces de culturas enteras, de aldeas pasivas y
tranquilas, también hemos estado en las mesas y
en los laboratorios del conocimiento científico, hemos sido sabios,
filósofos y poetas. En todas esas cruzadas, independientemente del
rango, de la posición que hayamos ocupado en la sociedad, del mucho o
poco conocimiento de la faz que hayamos tenido, algo ha fallado y lo
sabemos porque seguimos aquí, en este plano, con este armaje pesado,
que es ambicioso y egoísta.
Es como el hombre que anhela conquistar la cima del monte más alto, pero a pesar de sus repetidos intentos no ha podido alcanzar esa cúspide; posiblemente aquel hombre esté fallando en algo, posiblemente ha tomado la ruta equivocada, ha cerrado sus ojos a otras opciones y ha olvidado que el monte le ofrece otras alternativas para conquistarlo, posiblemente cada uno de nosotros sea ese alpinista que ha intentado una y otra vez a lo largo de varias existencias regresar al origen, pero la ruta siempre ha sido la misma, una ruta equivocada, la de la ambición, el orgullo, la mentira y el poder, la del dominio de nuestros hermanos, la de la negación de nuestro propio espíritu, el camino que desconoce a Dios, sus códigos, sus leyes. Hemos olvidado que Dios, al igual que aquel monte, ofrece varias opciones para el retorno y nos hemos embebido tanto en los placeres terrenales que se nos ha olvidado escalar otros senderos, pues nuestra perspectiva sesgada de la vida sólo nos permite ver aquel camino que nos conducirá a un nuevo fracaso, que nos llevará seguramente a otra cruzada en este plano de sufrimiento y dolor, mientras nuestras mentes buscan cómo seguir fortaleciendo las manifestaciones de las leyes físicas y los avances de la ciencia y la tecnología nos atrapan con sus encantos y sus colosales conquistas, al mismo tiempo que las leyes espirituales sucumben en los abismos de la inopia y la ignorancia de los hombres.


