


Kierkegaard, adelantándose ciento cincuenta años, definía a mediados del siglo XIX la situación patológica del hombre de nuestro tiempo con estas palabras: Ningún Gran Inquisidor conocerá tortura más terrible que la angustia. Su trama atrapará a cualquiera y no dará ninguna posibilidad de evasión...
Kierkegaard pronosticaba, de continuar la sistemática mecanización que se gestaba, un estandardizamiento organizado contra la felicidad del hombre, que aumentaría notablemente las estadísticas de ansiosos, depresivos y angustiosos.
Una visión retrospectiva hasta las palabras del filósofo danés nos muestra que la civilización moderna, como él pronosticó, tuvo efectos directos sobre la salud mental y física de los individuos. El progreso en la medicina y los nuevos conceptos de higiene han eliminado las enfermedades contagiosas que afectaban a nuestros antepasados, pero la presión psicológica es hoy espantosamente común. La inquietud de la ansiedad, la aflicción de la angustia, están perfectamente atendidas por la medicina moderna; pero son males que todos padecemos, en mayor o menor grado. La civilización de nuestro tiempo está dominada por ellos, cuya evidencia se revela en las grandes estadísticas de gente deprimida.


