Serenamente (Columna literaria y de opinión)

 

     “Hay algo más en el cielo y en la tierra, Horacio, que cuanto ha soñado tu filosofía”... exclama el genio de Shakespeare a través del espíritu atormentado de Hamlet, y, ciertamente, tiene razón. Siempre hubo enigmas que desafiaron el intelecto del hombre; y los hay aún, por supuesto.
     Creo en el destino. Lo acepto. Pero no conozco qué me depara el futuro. Tampoco lo conocía Teodoro Sane cuando, en el encantamiento de una relación que iniciaba, escribía: “...de aquí a cuatro años / ¿Qué será de tu alma? / ¿Qué será de mi alma? / ¡Milagro incognoscible el tiempo es en la vida!”
     Mi destino, lo acepto; pero, ¿y qué del porvenir? Ahí sí puedo intervenir y ser el arquitecto de mi futuro, porque me siento con capacidad para diseñar mi porvenir. Yo no puedo predecirlo, ni creo que alguien –a excepción del eterno Ferrer de Elena– pueda hacerlo por mí, pero sí puedo inventarlo. Creo que es una facultad que tenemos todos. Tal vez sea -¿por qué no?- ese talento especial que sobrepasa a todos los demás y que tan imperioso es en nuestra vida descubrirlo.
     Todos poseemos como una napa de profundidad insospechada, siendo este recurso inextinguible, pero desaprovechado, como ignorada su existencia. Aquellos que, conscientemente o no sacan fuerzas de esta reserva, influyen grandemente en cuanto se proponen. Cuántas veces, sin saberlo, en el empeño que ponemos en algún proyecto vital, hemos aprendido a fortalecerlo en esas profundidades.
     El filósofo Jean A. Sereno, como cumpliendo con las exigencias de su apellido, pensaba: ...“el tiempo es un médico de grandes recursos y suma sabiduría”. Tal vez lo sea. No porque me sienta moralmente lastimado el reloj va a detenerse; y como mi vida no es enteramente mía, muchas veces debí apaciguar mis problemas personales para dejar que otros se cumplan.
     Hay estados vagos, ideas imprecisas, para las cuales vale más la intuición que la noción. Es imposible contenerlos en una expresión cabal; constituyen un río emocional cuyo caudal rebosa de su cauce. Dicho de otro modo: si ellos atisban la sombra de una palabra de duda, si vuelan como golondrinas o se esfuman como las burbujas, valen más dejarlos como están. Es en esa vaguedad que los entenderemos mejor. Son estados emocionales, y, en la inmovilidad en que laten, los conceptos de espacio y tiempo se aniquilan mutuamente y el futuro es lejanía ya vencida.-


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Norberto

Norberto Federico Fernández Lauretta
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