Reivindicando a Homero.

 Soñé con Homero. No recuerdo qué reclamos me hacía el reputado griego durante su aparición, y no pude atrapar el sueño cuando escapaba con la claridad del amanecer, pero con él me veía en los jardines de su –presumo– mansión ateniense, bajo una pérgola desde donde colgaban racimos de uvas granates de una vid de troncos retorcidos, rodeado de esculturas (consideradas por entonces un arte menor), y parecía enojado.
Quien iniciara su fabularia “Batracomiomaquía” haciendo votos para que desde el Helicón acudiera a su pecho el coro de las Musas, me miraba con un enojo calmo, más bien digno de un filósofo; pero se veía molesto y yo desperté recibiendo el día con gran cargo de conciencia.

Todo sucedió –reflexiono y hago mea culpa– durante mi exposición de ayer en el seminario de narrativa que dicto. Su existencia puse en duda dando crédito a revisionistas literarios que dicen ver en el análisis de su obra distintos estilos literarios.  Dije así:
     ...“¿Por qué contemporáneos? Porque si mi “Manual del aprendiz de escritor” lo iniciara con Homero (un personaje de existencia improbable que escribió La Ilíada y La Odisea hace la friolera de tres mil años) –considerando que él es la figura y el punto de arranque de la literatura occidental–, (...)  no estaría enseñando a escribir mejor ni cumpliría con el programa previsto. Hoy no se escribe como entonces”...

Quiero reivindicarme con Homero. Si bien este seminario es de narrativa contemporánea, el padre de la literatura occidental bien merece que hable de él y de su obra:

Homero, poeta legendario quien, para alcanzar la grandeza de un símbolo era ciego –sus ojos tenían la mirada blanca e inextinguible de las estatuas griegas–y esta ceguera no le impidió recopilar –gracias al advenimiento de la escritura en el siglo VII a. de J. C.–, toda una tradición oral en poemas que arrancaba de la Edad Heroica griega, confiriéndoles unidad y eternidad poética.
Los dos grandes poemas creados por él fueron La Ilíada”, narración de la guerra de Troya que acaece durante el sitio de la ciudad y que enfrenta al heroico Aquiles con Agamenón y con Héctor; y La Odisea”, que narra las andanzas de Ulises el Navegante, cuyas cualidades hacen de él un arquetipo helénico.

Ambos poemas constituyen la cumbre indiscutible de su obra creadora y permanecen vivos y estremecedores a lo largo de los siglos; tanto es así que sus héroes son por nosotros más conocidos que los propios reyes y personajes de historias –verídicas sin discusión– mucho más recientes.

La Ilíada cuenta los episodios fundamentales de la guerra de Troya. La cólera de Aquiles a quien su jefe Agamenón le había arrebatado su esclava Briseida, amada intensamente por él, induciéndolo a retirarse de la lucha, cambiando el curso de la batalla con gran desesperación de los suyos; las miras de Zeus que decide infligir una derrota a los griegos; el singular combate entre Menelao y Paris; la muerte de Patroclo, amigo de Aquiles y muerto por Héctor; la venganza de Aquiles que mata a Héctor y se lleva su cadáver; las súplicas del viejo Príamo que reclama el cuerpo de su hijo...
La Ilíadaes una maravillosa epopeya de guerra que, además de los relatos de batallas, abunda en escenas y cuadros pintorescos inolvidables: Helena sobre las murallas de Troya, Helena y Paris, el adiós de Héctor, las súplicas de Príamo, Zeus engañado por Juno…
Es La Ilíada la aventura humana vista y contada a través de los dioses antiguos en 27.800 versos hace veintisiete siglos.

En cuanto a La Odisea”, particularmente la obra de Homero más interesante e instructiva para mí, cuenta las andanzas de Ulises y de los personajes encontrados por él a lo largo de su periplo hasta su regreso al reino de Itaca, disfrazado de mendigo: el cíclope, Eolo, Circe la Maga, las conversaciones con los muertos, las sirenas y la Divina Calipso.
Ya en Itaca vemos a su mujer, la paciente y bella Penélope, su hijo Telémaco, el porquero Eumeo, la multitud de pretendientes traidores a Ulises y al viejo perro fiel, que será el único en reconocerlo a su regreso.

La epopeya de La Odisea es apasionante, llena de dulzura y de violencia; y es, a la vez, una novela de aventuras, una maravillosa historia de amor y una tragedia a la antigua. Su héroe, Ulises (Odiseo), es el símbolo de las cualidades del pueblo griego: la audacia aliada a la prudencia, la habilidad a la paciencia. Es la experiencia humana vista y contada a través de los Dioses antiguos en 12.110 versos eternos de Homero escritos hace 2.700 años.

Acabo de vindicar la figura del ilustre patriarca, padre de todos los poetas, decano de la literatura occidental. No quiero sentirlo aún molesto conmigo.

Ahora sí. He recuperado la tranquilidad de mi conciencia. -


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Norberto

Norberto Federico Fernández Lauretta
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