


FM 101.9 SONIX / Radio Rivadavia Columna Nº 19 del escritor Norberto Federico Fernández Lauretta Programa Puerta
abierta al arte/ Lía Accetta -
Sábado 5 de septiembre de 2009
La Sociedad
Argentina de Escritores S.A.D.E. Seccional Provincia de San Luis autoriza
su libre circulación y reproducción
Deberá mantenerse la integridad del texto y mencionar su autor y la
fuente (FM Sonix-Radio Rivadavia)
Que
la esencia es la característica de cada ser, no hay duda. Que en el conjunto de todas las entidades del universo la mujer es singular,
única, y hasta fenomenal, tampoco. Por ello no me extraña cuando en las
conversaciones de Las nueve musas yo especialmente yo, o el historiador Sergio Figueroa, o el poeta de
Buena Esperanza Eduardo García, queremos decir una tan sólo una palabra de
más, la tertulia femenina nos lo impide.
Tampoco
me extraña cuando las damas en la mesa de reuniones de la Sociedad Argentina de Escritores, de nuestra seccional, empiezan a
hablar entre ellas cuando pretendo llevar adelante la reunión; y lo comprendo,
sinceramente, pero muchachas, vuestros hombres no les vamos en saga.
(Breve cortina musical)
En
sus Diálogos Voltaire escribe La palabra ha sido dada al hombre para disfrazar sus pensamientos
Sus
pensamientos y recuerdos, completo románticamente; y un sacerdote agregaría In saecula saeculorum. Por los siglos
de los siglos.
Ahora recuerdo a Nemo en su Peligros de un soliloquio, donde dice
que a veces
uno habla consigo mismo en voz tan baja que no llega a oírse, de modo que se
pregunta qué se habrá querido decir
Paso a Oscar Wilde, que admiro,
aunque no lo considere para mí un autor de cabecera. No porque desdeñe la
gloria del irlandés, de quien guardo de mi primera juventud la historia de Salomé, la ironía de Una mujer sin importancia, el concepto
social de su sátira
La importancia de llamarse Ernesto, y la impresión
estética de su novela El retrato de
Dorian Gray; pero recobrar la juventud como propone repitiendo sus
locuras, es riesgo de quien lo intente.
(Breve
cortina musical)
Debe haber, creo, un momento en
la vida de todas las personas en qué, a causa de alguna circunstancia, una
experiencia dolorosa (o no, pero que nos marcó), uno siente que a dejado de ser
niño. Me ocurrió al terminar la escuela primaria, cuando me puse mis primeros
pantalones largos. Mis coetáneos saben de qué hablo.
Hay etapas que se van
cumpliendo, aunque mi caso es curioso, porque después no sentí el tránsito de
la adolescencia; quiero decir, que abordé la madurez sin desprenderme
cabalmente de aquella.
Para mí y para quienes me
estiman, es un afortunado desarreglo de mi personalidad; causa quizá, de mi
extroversión.
(Breve
cortina musical)
Para mí la más plena de las
conversaciones es la conversación con uno mismo. Hay quien cree que es una
manera de conversar con Dios; y la palabra divina eso explica la teología
mística crea, transforma, vivifica.
Quienes han aprendido a hablar
así, ciertamente, saben conversar. No
hablan con ruido de palabras dislocadas, estridentes, tumultuosas, sino con
música de ideas. He conocido y conozco varios exponentes (no me incluyo).
(Breve
cortina musical)
Escribí hace varios años en un
artículo periodístico que «si la gente no
hablara fracasarían muchos políticos».
Si la gente no hablara te extrañaría me confesó entonces Lía
Accetta luego de leer la nota, siguiendo mi ironía con la misma sutileza.
También desaparecería la radio tendríamos que lamentarnos los dos ahora; y estaríamos
vegetando en un mundo aislado, vacío, sin alegría. No podríamos comunicarnos,
no habría entendimiento entre personas y naciones (habría aún más guerras), no
tendríamos esperanza.
Sería un castigo divino mucho
más severo que el de la torre de Babel (el símbolo del vano parloteo); y de
mayores consecuencias, pues, si la gente no hablara... el futuro no existiría.
(Breve
cortina musical)
Ahora saldré en defensa de los
grandes conversadores, aquellos de amenas charlas, porque saben de qué hablar y
saben de qué hablan:
Comienzo con Antonio Machado,
quien, al terminar de leer en voz alta un poema suyo, ante la pregunta «¿Qué quiso decir, maestro?» de un
oyente, respondió: «Quise decir y
volvió a leer el poema, agregando:
porque si hubiese querido decir otra cosa hubiera escrito otro poema».
Sigo con una anécdota de Saint
Exupery, sucedida cuando le escribe una carta de muchas a una amada que ni
siquiera le contestaba, y le explica: Cuando
se habla sin decir nada, como en este caso, al azar del viento, se tiene plena
confianza. Son las cartas verdaderas.
Sentía el autor de Vuelo Nocturno y de El Principito que, quizá, había
desvariado, dicho cosas en apariencia bobas.
Fue durante un viaje en mar; se
encontraba solo y escribirle a su amada ausente e indiferente le desahogaba.
(Breve
cortina musical)
Creo que la crítica a los
grandes conversadores debe apuntar al hablar mucho y conversar poco; ya que
conversar, en el sentido estricto del término, es comunicarse mutuamente, y
requiere por lo menos de dos personas en la misma disposición de atenderse;
volcar uno en otro su propio pensar y sentir.
Requiere tiempo, calma,
atención; y en este tiempo las personas viven tensas por el trabajo (o la falta
de trabajo), angustiadas, alteradas por la vorágine exterior; o por la ausencia
de diálogo familiar, en atención al programa del mediodía por televisión.
(Breve
cortina musical)
Desde que la mesa quedó
consagrada por la sublime conversación de doce amigos (permítanme el simbolismo
cristiano), por la suprema donación de sí, es difícil sustraerse a su llamado,
que es una invitación al tema.
En torno a una mesa en Las
nueve musas con Angélica Fontenla y su
cofradía literaria; o en La Casona de Concarán, con nuestros nuevos amigos; o
en la simple mesa de un bar, hay suficiente insinuación y podemos distendernos,
dar de nosotros y recibir de otros.
(Breve
cortina musical)
La verdadera conversación
implica, en cierto modo, vencer el egoísmo, porque quiere decir participación
de ideas y sentimientos. Es un proponer la vida al menos la propia opinión de
la vida, el propio sentir, para que otro lo acepte o lo rechace y nos lo
devuelva enriquecido, corregido.
Cuando se tiene algo que dar y
no la propia incertidumbre, la propia invalidez, la propia nada, entonces la
conversación tiene un valor positivo. Entonces el intercambio es un negocio que
enriquece al que recibe, porque adquiere cuanto no tenía; y enriquece al que
da, porque nada se posee tanto como cuando se comunica.
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