COLUMNA Nº 18 del 29 de agosto de 2009 por FM Sonix - Radio Rivadavia

 FM 101.9 SONIX / Radio Rivadavia                                Columna Nº 18 del escritor Norberto Federico Fernández Lauretta                  Programa “Puerta abierta al arte”/ Lía Accetta - Sábado 29 de agosto de 2009

 La Sociedad Argentina de Escritores – S.A.D.E. Seccional Provincia de San Luis autoriza su libre circulación y reproducción      Deberá mantenerse la integridad del texto y mencionar su autor y la fuente (FM Sonix-Radio Rivadavia)

 

«Hoy hubiera cumplido 95 años Jules Florencio Cortázar, nacido en Ixelles (Bélgica), el 26 de agosto de 1914 y fallecido en París (Francia), el 12 de febrero de 1984». Así inició una radio porteña las efemérides del pasado miércoles; y yo agrego: Su obra escrita lo llevó mundialmente a ser famoso como Julio Cortázar, un escritor argentino  que hizo vanguardia, y una persona fenomenal.

(Breve cortina musical)

Abrí al azar mi vieja carpeta de recortes literarios que atesoro, donde sabía que tenía páginas de diarios y revistas de los años ´60 y ´70, buscando inspiración para mi columna de hoy. Efectivamente, guardaba de Julio Cortázar buen material, si no biográfico, de entrevistas que le hicieran y textos misceláneos. Así leo el fragmento de una “carta abierta” que el autor de Rayuela enviara a su amigo Roberto Fernández Retamar, donde dice: “Jamás renunciaría a ser ante todo y sobre todo un escritor. Esa es y no otra la manera de hacer la revolución”; y en la misma misiva requiriera “escribir más y mejor para que se lea más y mejor”.

Me recuerda la reflexión que me hiciera el filósofo Orlando Agüero Adaro de colofón a nuestro diálogo del 11 de enero de 2002 al pie del Algarrobo Abuelo, que sentara las bases para la formación del Grupo Patriótico “Piedra Blanca”: “Norberto: la única revolución que podemos llegar a hacer nosotros es con la palabra escrita, de tu parte; y con la palabra oral, de la mía. Y aún así descreo de las revoluciones pacíficas”.

                                                                         (Breve cortina musical)

¿Por qué Cortázar argentino? Porque nació en una embajada de nuestro país en Ixelles, Bélgica, distrito de Bruselas. Más adelante declararía: "Mi nacimiento en Bruselas fue un producto del turismo y la diplomacia"; y lo fue porque en 1914 esta ciudad estaba ocupada por los alemanes.

Había cierta relación entre su padre y el cuerpo diplomático argentino. Ellos mismos, doña María Herminia Descotte y don Julio José Cortázar, eran argentinos.

Culminaba la Primera Guerra Mundial y los Cortázar logran pasar a Suiza gracias a que la abuela materna de Julio era alemana. Al tiempo viajan a Barcelona y se radican un año y medio.  

Tenía cuatro años el niño Cortázar cuando sus padres deciden regresar a nuestro país y así pasa el resto de su infancia en Banfield, en el Gran Buenos Aires de provincia, junto a su madre, una tía y Ofelia, su única hermana, un año menor que él.

Vivió en una casa con fondo, y no fue totalmente feliz. “Mucha servidumbre, excesiva sensibilidad, una tristeza frecuente”, escribiría de grande a su amiga en París, Graciela de Sola, en una carta del 4 de noviembre de 1963. Recuerdos de esa época inspiran al escritor ya hecho, a escribir Los Venenos y Deshoras.  

En una entrevista que diera en México a la revista Plural para su Nº 44 de mayo de 1975 dijo: “Pasé mi infancia en una bruma de duendes, de elfos, con un sentido del espacio y del tiempo diferente al de los demás”.

Cortázar fue un niño enfermizo y muy seguido caía en cama. No es de extrañar entonces que los libros hayan sido su gran compañía. Era doña María, su madre, quien le seleccionaba a su criterio sus lecturas, convirtiéndose en su gran iniciadora literaria. Tanto llegó a leer Julio, que un médico le recomendó suspender sus lecturas o hacerlas menos habituales, durante seis meses, y tomar sol.

En un reportaje para la revista Siete Días, de Buenos Aires, en su último viaje a  nuestro país, en diciembre de 1973, cuenta: “Mi madre dice que empecé a escribir a los ocho años, con una novela que guarda celosamente a pesar de mis desesperadas tentativas por quemarla”. Pero fue gracias a ella que conoció al escritor que admiraría por el resto de su vida: Julio Verne.

Muchos de sus cuentos son autobiográficos, como Bestiario, Final del juego, Los venenos o La Señorita Cora, entre otros.

(Breve cortina musical)

Mi padre era suscriptor de la revista LIFE en Español y ésta se recibía en casa mensualmente; me peleaba con mis hermanas mayores por al menos hojearla primero. Guardo un ejemplar de los `60 en donde el autor de “Rayuela” escribe desde París y dice: “...Para mí, de nada vale hablar de lo autóctono en nuestras letras si no empezamos por serlo en el nivel nacional y por ende latinoamericano, si no hacemos la revolución profunda en todos los planos y proyectamos al hombre de nuestra tierra hacia la órbita de un destino más auténtico. El verbo sólo será realmente nuestro el día en que también lo sean nuestras tierras y nuestros pueblos. Mientras haya colonizadores y gorilas en nuestros países, la lucha por una literatura latinoamericana debe ser –en su terreno espiritual, lingüístico y estético– la misma lucha que en tantos otros terrenos se está librando para acabar con el imperialismo que nos envilece y nos enajena”.

Visto así, ¿cómo fue la relación de Julio Cortázar con el imperio yankee?: Obviamente que mala; no así con su pueblo. Literariamente, tradujo al español la obra del virtuoso narrador fantástico y poeta Edgard Allan Poe y tuvo manifiestos –más íntimos que públicos– de respeto a su gente y a su continuidad democrática, a la par de una crítica feroz a su política internacional intervencionista. Sabía de la pretensión del imperialismo económico y de sus periódicas incursiones beligerantes “para frenar el alcance del comunismo”, representado entonces por la URSS y Cuba, y tenía una posición tomada al respecto.

Esto definía su actitud como escritor latinoamericano, pero también lo enorgullecía que sus libros se tradujeran en Norteamérica, donde tenía lectores y muchos amigos, y jamás se negó a un contacto con los auténticos valores del país de Lincoln, de su admirado Poe, de Whitman, de Emily Dickinson…

Amó de ellos todo cuanto un día pudiera ser la fuerza de su revolución, porque sabía también que esto sucedería –o sucederá– cuando suene la hora del hombre y acabe la del robot de carne y hueso, cuando la voz de los EE.UU. dentro y fuera de sus fronteras sea, simbólicamente, la voz inmortal de un Frank Sinatra, o de Elvis, o de Bob Dylan; y no la de un George Bush, o de quien se le parezca.

Cortázar sintió, en definitiva, aprecio por el pueblo norteamericano y desprecio por el imperio yankee. No le bastó con ser un transformador de la escritura tradicional, fue además un escritor comprometido con su tiempo y con la tierra que siempre consideró suya; y un hombre “criterioso” del pensamiento revolucionario latinoamericano durante las dictaduras militares, al punto de criticar algunos actos de terrorismo de la guerrilla porque pensaba que, con ellos, más que justicia y liberación, se cometían errores que alentaban al terrorismo de estado.

La sutileza en el uso de la ironía –característica de los buenos escritores– la puso de manifiesto en esta anécdota que guardo de él y que surge de una conversación periodística que escuché una tarde del Adviento de 1973 por radio Continental de Buenos Aires:

Habiendo viajado Cortázar desde su exilio en París por última vez –como ya dije– a Buenos Aires, el peruano Guerrero Marthineithz le hizo un reportaje durante su programa “El show del minuto” y dijo (s.e.u.o.): “Todos los militares [latinoamericanos] son represores”; y haciendo una pausa, como excusándose, agregó: “Valga la redundancia”...

 

(Breve cortina musical)

Nos envía un artículo desde Cali, Colombia, la escritora Ethel Saavedra García, corresponsal de nuestra Seccional Provincia de San Luis de la S.A.D.E., y con el epígrafe de “La libertad de ser” nos dice:

 Hoy, al entrar a mi cuarto de estudio, mis ojos se fijaron en un título que aparece en mi modesta biblioteca. Algún día decidí hacer escogencia de muchos de mis libros y opté por  quedarme con aquellos que, por una u otra razón, creo que ahondaron mis creencias; y otros que, por su humor o ficción, dieron un toque mágico a muchas tardes o noches de lectura.

 

En aquella época no fui capaz de regalar el abultado libro titulado “Giacomo Casanova, historia de mi vida”. Este hombre leído por muchos investigadores fascinados por el fenómeno Casanova, verificaron todas las historias en él contadas con precisión y franqueza. Historias que leí con agrado al descubrir a este amante que había aprendido durante sus 132 conquistas amorosas, el arte de la coquetería y de la fina picardía.

 

En su prólogo encontré una frase que llamó poderosamente mi atención: ‘Ante todo declaro a mi lector estar convencido de ser el único responsable de las consecuencias de todo lo que en el curso de mi vida he hecho, bueno y malo. De ahí resulta que creo en la voluntad de la libertad. (…) El hombre es libre, pero deja de serlo cuando no cree en su libertad’…

 

Luego recordé haber leído en ‘Los misterios de la vida’, de Osho, un concepto igual (afortunadamente mi memoria archiva cuanto libremente leo): ‘Y es que libertad y responsabilidad van juntas; son dos caras de una misma moneda’.

 

El  hombre tiene miedo a ser libre y casi siempre  busca a través de su dependencia responsabilizar a los demás de sus actos. Es muy fácil buscar culpables de nuestras acciones; estas culpabilidades recaen en los padres, en los otros, convirtiéndose en esclavos de sí mismos. Pocos reconocen su propia responsabilidad ante sus actos.

 

En la filosofía de la Grecia clásica, los filósofos decían que el hombre libre era el que no estaba sometido; no obstante, a la idea de la libertad le añadían el concepto de la limitación. Platón y Aristóteles ligaban estrechamente la libertad y la autonomía.

 

El concepto ha variado en nuestros días que se considera la libertad como ausencia de todo impedimento. Sin embargo, Erich Fromm en su libro El Miedo a la libertad, habla de un conformismo que coarta nuestra libertad, debido a que no queremos quedarnos solos al tomar decisiones que van en contra de las mayorías.

 

Concluyo con las siguientes preguntas: ¿Acaso seremos libres en la medida en que nos conozcamos a sí mismos y descubramos cuáles son nuestras verdaderas necesidades? Y así, ¿perderemos el miedo de obrar a conciencia?...

 

Muchas gracias, colega y amiga que nos colaboras desde tu Colombia. Este aporte que nos haces es un tema digno de un foro de reflexión.

 

(Breve cortina musical)

 

Volviendo a Cortázar y en relación a sus escritos, y también a los de mi colega colombiana, y a los de todos los escritores (me incluyo), creo que, aún inconscientemente, expresan una idea fundamental (en su obra). Se dejan llevar por su propia inclinación; reflejan, de preferencia, los sentimientos que experimentan ellos mismos, y aún si tratan de encubrir su personalidad, o por lo menos disfrazarla, algún pormenor descubre siempre su verdadera índole. Irremediablemente.

 

Digo esto luego de reflexionar sobre la idea de la creación individual de una colega de las letras, de nuestra ciudad y de mi relación, que sugería textos más propios para mis columnas.

 

En la novela, el cuento, lo comparto, pero en la columna literaria no. Trabajo sólo, pero acompañado de los buenos autores de mi biblioteca.

 

Entiendo a mi colega, pero trataré de explicarme mejor: ¡Inventar! ¡Crear! Esa es la premisa; y es magnífico. Somos artistas. Pero en el escritor, en particular cuando hace ensayo, también es magnífico y se requiere de un talento especial para saber inspirarse sobre un logro ajeno, y optimizar un texto propio con éxito. A veces, sin hacer impostura de su procedencia.

 

Como pensaba Anatole France –y ya di en otra columna este ejemplo–, es saber dar una nueva forma, a una vieja idea.

 

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Norberto Federico Fernández Lauretta
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