COLUMNA Nº 16 del 15 de agosto de 2009 por FM Sonix - Radio Rivadavia

 FM 101.9 SONIX / Radio Rivadavia

Columna Nº 16 del escritor Norberto Federico Fernández Lauretta

Programa “Puerta abierta al arte”/ Lía Accetta - Sábado 15 de agosto de 2009

 

La Sociedad Argentina de Escritores – S.A.D.E. Seccional Provincia de San Luis

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y mencionar al autor y a la fuente (FM Sonix-Radio Rivadavia)

Sentarme a la mesa de computación y ver la pantalla en blanco me recordó el trauma de los “escribidores”, como nos nombra Mario Vargas Llosa al aludir el problema. Es que, en la tarea de escribir una columna en homenaje al Padre de la Patria, faltando hoy dos días para un nuevo aniversario de su desaparición y con el tiempo perentorio de unas pocas horas de ayer para realizarla, a mi regreso de La Carolina, si habría de cumplir con las exigencias de rigor, bien podría llamarla Breve –y apresurado– ensayo sobre la personalidad Sanmartiniana”.


Un fragmento de San Pablo en Corintios me dio tiempo y espacio, siendo inspirativo, pues lo relacioné con la actitud del prócer: “Y si teniendo el Don de la profecía y conociendo todos los misterios y toda la ciencia y tanta fe que trasladase las montañas, si no tengo caridad, no soy nada”.

 

Así comencé mi columna, sin saber cómo seguiría. ¿Qué puedo ahora escribir –me pregunté–, que no hayan escrito en vida quienes mejor lo hicieron del libertador, como Bartolomé Mitre y Ricardo Rojas, por ejemplo?

 

Decidí  entonces recurrí al mismo San Martín pensando poner énfasis en alguna de sus inmortales frases, o recordar las eternas máximas a su hija Remeditos...

Que el resultado –me dije– sea de respeto al Padre de la Patria; y puse manos a la obra.

(Breve cortina musical)

 

Quien alguna vez escribiría “Honro a mis amigos, respeto a mis enemigos y compadezco a mis calumniadores”, había llegado a España en 1784, en compañía de sus padres y hermanos, desde el Virreinato del Río de la Plata. Era un niño de seis años. A los once ingresó como cadete al Regimiento de Murcia. Más tarde combatiría contra los moros en África, los franceses en El Rosellón, los ingleses en el Mediterráneo y los portugueses en su tierra.

 

Quizá en el momento más candente de la primera guerra civil española, el 2 de mayo de 1808, fue informado en Cádiz de los crueles fusilamientos realizados en Madrid, donde su gran amigo y compañero de armas, el capitán de artillería Luis Daóis, tuvo una heroica muerte. Pero hubo algo que le afectó íntimamente, y fue  la rebelión de la población de Cádiz, el 29 de mayo de 1808. En ese día triste y desgraciado, el joven capitán José de San Martín no pudo evitar el asesinato de su digno y admirado jefe, el capitán general de Andalucía Don Francisco María Solano, gobernador militar de Cádiz, quien fue brutalmente inmolado por una muchedumbre dispuesta a todo, en una manifestación de ira y con la mayor atrocidad. Todo esto formó su templanza, impregnándole sentimientos de justicia.

 

Participó en ese tiempo en numerosas batallas; fue condecorado con medalla de oro y llegó hasta el grado de teniente coronel, para ascender, por último, al cargo de comandante del regimiento de Dragones de Sagunto.

 

Corrido el tiempo y al respecto, en proclama a los habitantes de las Provincias Unidas del Río de la Plata, dijo: “Yo servía en el ejército español en 1811; veinte años de honrados servicios me habían atraído alguna condecoración, sin embargo de ser americano. Supe de la revolución de mi país, y, al abandonar mi fortuna y mis esperanzas, sólo sentía el deseo de contribuir a la libertad de mi patria”.

 

El libro “Fortaleza Sanmartiniana” (Ediciones Theoría, Buenos Aires, 1964) fue escrito por el historiador de nuestra Marina de Guerra, don Santiago Wienhauser, quien me lo obsequiara con una dedicatoria suya siendo yo por entonces un adolescente. En él hace un bosquejo psicológico de José de San Martín, basado en una recopilación de todas sus cartas conocidas, cronológicamente transcriptas, y lo define con justicia en su introducción, al escribir: “formó su conducta ejemplar en la moral y en el pensamiento humanitario. Así pudo vencer el temor, enfrentar los peligros, rechazar bienes materiales y halagos, y dominarse a sí mismo hasta el renunciamiento. Los hechos, la palabra, dejaron enseñanzas de justicia para gobernar con la razón y el sentimiento, sujeto por la conciencia. En  el  curso  del  tiempo  continúa  prevaleciente  el  espíritu  del Libertador. Y ese arquetipo del patriotismo luce majestuosamente en la cima de su propia fortaleza”.

(Breve cortina musical)

Bien pueden aplicarse a la personalidad del prócer estas frases de William James, que extraje de sus Charlas: “Ideales  y aspiraciones no bastan si no van asociadas con coraje y voluntad” (Pagina 295); o: “El significado de la vida consiste siempre en lo mismo: en la unión de un ideal extraordinario con la lealtad a él, con el coraje y la perseverancia y los sufrimientos de un hombre o una mujer” (Página 299).

 

Ricardo Rojas lo llamó “El abuelo inmortal”, resaltando su conducta ejemplar en la moral y el pensamiento humanitario. Respetuosa redundancia –pareciera que nada nuevo ha de decirse– que año a año repetimos; pero hay algo que leí hace poco en la Biblioteca Nacional de Buenos Aires y hasta entonces pasara desconocido para mí, y son perlas que escribiera San Martín:

 

“El éxito es la escuela de la superación; el fracaso, una lección para asimilar; la derrota, el escape de los cobardes”.

“No se requiere tanto valor para morir. Sí se requiere mucho valor para vivir”.

“De pronto dos caminos surgieron ante mi vida; yo tomé el menos transitado. Eso marcó la diferencia”.

“El ignorante está en tinieblas, pero el que sabe está en la luz e irradia luz”.

 

Y esta máxima que define a nuestro ilustre guerrero de la independencia como un filósofo amante de la literatura: “La ilustración y fomento de las letras es la llave maestra que abre las puertas de la abundancia y hace felices a los pueblos”.

 

Pero esto es para mí lo máximo: Pienso en José de San Martín lector del Dante y de Cervantes, de la Biblia y del Manual de la Masonería (porque esos autores y estos libros –más dos que ya nombraré– lo acompañaron en su gesta libertadora a Chile y a Perú); y pienso en el hombre. Lo imagino durante el cruce de los Andes, con su pálido rostro de hombre enfermo y su sangre refugiada en su corazón, evadido por instantes en su mente, viajero de las estrellas –como aquél personaje de Jack London– para olvidar su dolor, renovarse y volver al umbral de la pasión. No lo sé. Me es difícil suponer qué pasaba por él al momento de decidirse a leer. Es posible que una especie de amnesia de todos sus sentidos, o una vaga conciencia de saber que podía llegar a morir durante la jornada siguiente, y cierta indiferencia por la muerte.

 

Lo cierto es que el libertador llevó consigo en su campaña, además de los autores y libros ya nombrados, a Jonathan Swift y su novela “Los viajes de Gulliver” (fantasía pura); y a Lorenzo Sterne, escritor de “Vida y opiniones del caballero Tristán Shandy. Este último libro es absolutamente desmesurado, lleno de ideas rarísimas, una especie de surrealismo literario y francamente desfachatado. Pero me encanta (lo leí en la Biblioteca Nacional de Buenos Aires) y seguramente le encantaba también a San Martín… Uno de los personajes de esta novela dijo a una mosca: “...anda, pobre animal, el mundo es demasiado grande para nosotros dos”.

 

Borges dijo al respecto: “Raro que lo leyera San Martín. Esto lo humaniza a San Martín”.

(Breve cortina musical)

El jueves 13 se cumplió un nuevo año de la trágica desaparición de Juan Crisóstomo Lafinur, nuestro otro gran homenajeado de hoy. El acto oficial estaba programado para las 15 horas en el Museo de la Poesía, en La Carolina, solar natal del  prócer y domicilio legal –y moral– de la Seccional Provincia de San Luis de la Sociedad Argentina de Escritores – S.A.D.E. Habiendo sido invitado especialmente por el Jefe del Programa de Cultura, Gustavo Romero Borri (poeta socio de nuestra institución), hacia allí fuimos, Lía Accetta y yo. Queríamos llegar a destino a tiempo para almorzar algo típico del lugar. Disponíamos de tiempo. 

 

Era temprano aún y ya pasábamos la intersección de rutas en el cruce al Potrero de los Funes. El sol pugnaba con porfía por hacerse ver, pero un cielo gris se lo impedía; viendo, más allá, sobre la línea del horizonte hacia el Potrero, un insipiente destello rojizo que adivinaba la presencia del fuego en la sierra. Sabíamos por los medios de la quemazón (la más grande de la historia diría horas después el Gobernador), y de la cruenta lucha que libraban bomberos y pobladores, habiéndose cobrado el fuego y su humareda ya tres vidas… ¡Una tragedia! La radio anunciaba la postergación del acto de Lafinur. No obstante decidimos continuar, registrar nuestro paso por el Museo de la Poesía y seguir viaje por el largo sendero montañoso que nos llevaría por Las Chacras  y San Martín hasta la Villa de Merlo, donde asistiríamos ayer tarde a la reunión de la Junta Organizadora de la SADE Villa de Merlo y Zona, como así fue. En tanto, mirando en lontananza hacia el Potrero de los Funes, se distinguía al noroeste y al poniente, el vislumbre detrás de un amplio manchón compacto que no era ni tierra ni cielo, más bien un grueso colchón gris oscuro hecho de polvo flotante y de nubes de humo bajas y entre ellas algunos cúmulos entre blanquecinos y rojizos, que vistos a la distancia, se arrastraban perezosamente por el suelo ondulado de la sierra para dibujar luego bajo el cielo un galón de virutas de marfil. Paramos el coche y bajé, sintiendo el olor a humo y tierra recalentada.

 

Lamentamos en ese momento las vidas inmoladas en servicio y deseamos el pronto control absoluto de la situación, pensando angustiados en nuestros amigos y pobladores de Potrero de los Funes y la zona. No creo que podamos olvidar nunca con Lía ese pasaje de la mañana del sábado.

(Breve cortina musical)

“¿Qué más desventurado que un sediento buscador de absolutos?”, escribió Ernesto Sábato en “Antes del fin”; y a su pregunta –que no es duda, sino afirmación–, leída por mí en voz alta, se agrega un aporte de Lía Accetta, que me escucha y desde la sala contigua a mi estudio le oigo decir –como hablando consigo misma–: «¡La de los niños desnutridos!

 

Le doy la razón, pero es la poética frase del escritor de Santos Lugares quien me inspira a escribir ahora sobre Juan Crisóstomo Lafinur, un “sediento buscador de absolutos”, soldado y prócer de la Independencia, filósofo, escritor y poeta... y por segunda vez en la jornada me pregunté qué podía agregar ya, a lo dicho por quienes mejor lo hicieron de él, como Ricardo Rojas, uno de los grandes exponentes de la cultura argentina, para quien “sólo un talento natural, nutrido, flexible y claro, puede haber compensado esa brevedad de su vida hasta conferirle una celebridad centenaria”; o nuestro historiador puntano Juan Wenceslao Gez, quizá su principal biógrafo, al afirmar que “...si Lafinur [a quien llamaba “El hijo de la Carolina”] no hubiera sido obligado a expatriarse, hubiera llegado con el tiempo a ser el pensador más original y fecundo de su época”; o el profesor Roberto Giusti, en “Literatura y vida”, convencido que “La historia de la evolución mental argentina quedaría incompleta si en ella no hiciésemos un lugar a Lafinur”; y surge el interrogante: “¿Adónde hubiera llegado la magnitud de la figura de Lafinur si no hubiera debido sufrir el exilio y la temprana muerte?”, pregunta que se hizo el autor de “La invasión de los herejes”, don Bernardo González Arrili, en el diario “La Nación” del 22 de enero de 1955, con el título “Una gran vida efímera”.

 

Vista así, la bibliografía me encuentra con otro poeta, Juan María Gutiérrez, uno de los patriotas fundadores de la Asociación de Mayo, quien compara magistralmente la existencia de Lafinur “con la curva sinuosa y fugaz que traza el fuego de un relámpago”, y lo considera “el poeta romántico de nuestra época clásica (...) que trabajó para la reconstrucción moral de la Colonia emancipada”; y nuestro comprovinciano Alberto Rodríguez Saa, no como gobernador ni como Jefe de Gabinete (por entonces) de su hermano Adolfo, sino como un artista actual, opinando como escritor en el prólogo a las “Poesías” de Juan Crisóstomo Lafinur en la edición del Instituto Científico y Cultural “El Diario” (ICCED), y escribir que “Más allá de las inevitables discusiones ideológicas que su figura y su accionar pueden despertar, es indudable que se trata [Lafinur] de uno de los hombres más representativos, no sólo de la historia de San Luis, sino también del espíritu independiente, anticonformista y progresista que caracteriza y expresa a los puntanos”.

“Pensaba –continúa Rodríguez Saá– que a los pueblos no sólo había que liberarlos de sus enemigos, también había que liberarlos de su ignorancia”.

(Breve cortina musical)

Leer la prosa de Omar Benito Montiel sobre la juventud y el arte me ayudó a comprender el espíritu indómito, a la vez que sensible y creativo de Lafinur. Dice Montiel: “Los hombres se forman de miles de muertes cotidianas y nuestros mundos se colapsan para resurgir permanentemente a la vida”.

La creación, para el poeta, es parte de este juego cíclico que tiene sus propias leyes y utiliza los seres más locos y más ebrios de vida para gritar y manifestar su discurso. Por eso los jóvenes son y seguirán siendo creadores en esto de sobrevivir a todos los tiempos. Allí reside el poder que las “autoridades” niegan a las nuevas generaciones, se llamen estas modernas o posmodernas, representativas o individualistas, estatales o civiles. Ellos son parte de un mundo que renace, sin hipótesis ni tesis, sólo síntesis de seres que se miran a sí mismos y en ellos a sus hijos y a sus padres, a sus muertos y a sus vivos...

Un ejemplo contemporáneo lo vemos en Raquel Forner, que escribió: “Quiero que mi pintura sea el eco dramático del momento que vivo”; y en Antonín Artaud, cuando en uno de sus “Mensajes revolucionarios” impuso al arte un deber social, “el de dar salida a las angustias de la época”, y definió al artista como “un chivo expiatorio cuyo deber consiste en atraer, echar sobre sus hombros las cóleras errantes”.

(Breve cortina musical)

El joven Juan Crisóstomo Lafinur fue un constante indagador y un batallador sin tregua; un hacedor, un artista, y un rebelde inconformista de su tiempo; al punto que, siendo un adolescente, fue expulsado de la Universidad de Córdoba por su espíritu revolucionario y transformador; el mismo genio que lo llevó a ingresar como teniente en el Ejército del Norte a los 17 años y acompañar al general Manuel Belgrano en el período más difícil de la campaña por la emancipación argentina y latinoamericana, viviendo la gloria de Suipacha, Salta y Tucumán; y las derrotas de Vilcapugio, Ayohuma y Sipe Sipe, ofrendando a la muerte de su jefe su oda más hermosa, de gran elevación y arrebato.

Vemos luego a Lafinur, docente, repetir su experiencia de la Universidad en Buenos Aires, en el Colegio de la Unión del Sud; y luego en Mendoza, en el Colegio de la Santísima Trinidad, por renegar de tradiciones foráneas impuestas por el oscurantismo religioso y cultural de la época.

Vuelven las intrigas clericales y es expulsado por el Cabildo de Mendoza. Su paso por San Juan. Despedida de amigos y ex–alumnos. El destierro y el curso de su suerte: Chile y su actividad periodística y educadora, su título de abogado, su madurez intelectual. Su fugaz felicidad en el amor… Y aquel aciago 13 de agosto de 1824 a caballo por los campos cercanos a Maipú. La grandeza épica y la grandeza lírica. Su imaginación lo lleva a la inmortal batalla que diera la independencia a Chile: el retumbe de los sables, los gritos de mando del Padre de la Patria, la bravura de Las Heras. La similitud del entorno y el recuerdo de los valles, las sierras, los arroyos de La Carolina de su niñez… Y el accidente. Distracción de poeta y el giro más cruel, la nota final. Su vida trunca.

(Breve cortina musical)

¿Habrá imaginado Juan Crisóstomo Lafinur que a la nación cuya independencia protagonizara y viera nacer el 9 de julio de 1816 parecieran querer llevarla hoy, algunos de sus hijos, desnaturalizados, traidores a la Patria, a ser posada y amparo y escenario de tanta corrupción? ¿Que su gesta caería en el manto del olvido? ¿Lo habrá imaginado también su condiscípulo Tomás Godoy Cruz? ¿O Manuel Belgrano, su jefe militar? ¿O sus comprovincianos Pringles y Pedernera? ¿O Pueyrredón, Laprida, Juan José Paso, Medrano, Tomás de Anchorena? ¿Lo habrán imaginado Las Heras y San Martín? ¿Habrán pensado todos ellos que los dirigentes nacionales, ya sean porteños, bonaerenses, santacruceños o de donde sean (da lo mismo), se limitarían a recordar sus apellidos sólo para bautizar algunas de sus calles o avenidas y nada más? No, claro que no lo imaginaron.


Ahora me pregunto, viendo la semejanza de la situación de desconcierto que se vivía en 1816 con este momento, ¿no será impostergable otra gesta donde nuestros congresales declaren una nueva independencia como entonces hicieran para las Provincias Unidas de la América del Sur?

(Breve cortina musical)

Toda revolución tiene su fundamento económico, luego se le agregan las demás razones. Los patriotas de 1816 quisieron mejorar su condición de vida y sentirse libres y soberanos en su tierra, partiendo del cimiento de una propia –y protegida- economía, y una divisa única, fuerte y soberana. Para eso debieron dejar de ser colonia.

 

Este año –y desde que la incordura sentó raíces en muchas bancas del Congreso Nacional– la evocación de esa gesta es un mero feriado largo que disfrutan los mismos que le roban al pueblo argentino y derogan leyes de Subversión Económica, quizá celebrando el hecho; los mismos –o sus compañeros de banca– que en su oportunidad hicieran mayoría, permitiendo la acción entreguista de enajenar los hidrocarburos.

 

Faltos de soberanía y decisiones patrióticas, el pueblo ve hoy impávido como, los nuevos usufructuarios de las riquezas del subsuelo, se lo llevan todo; no reinvierten en infraestructura y se despilfarra gas al viento, por ejemplo, en tanto los argentinos (especialmente los pobres, que ya son la mitad) soportan el aumento a tarifas desmesuradas.

 

Seguramente Juan Crisóstomo Lafinur y sus contemporáneos patriotas no tuvieron semejantes augurios, y mucho menos imaginado que en la tierra de las vacas gordas y el granero del mundo morirían de hambre tantos niños, y que se esté perdiendo una etnia de hermanos argentinos en el Chaco, también por desnutrición…

 

¡Necios!... ¡Eso es crimen de lesa humanidad! Enriquecidos ya, para justificar su función en el Estado nacional, se  arrodillan ante cualquier altar de los prestamistas internacionales, sea en el imperio conocido o en tierra de nuevos servidores, para pedir empréstitos a unos o comprar gas caro a otros, como compraremos en cualquier momento carnes rojas y cereales.  

Nuestro insigne coterráneo Lafinur estaría de acuerdo conmigo; en tanto vuela que te vuela el Tango 01.

 

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Norberto Federico Fernández Lauretta
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