LIBRO MELANCOLIAS


 

Introducción
Jaime Alfonso Luis León Cuadra
Monsieur James
 
 
Monsieur James

 
A Manera de Introducción
Me he puesto a vivir en las esquinas de las cosas, dispuesto a desaparecer detrás de todos los muros. Escapar, ausentarme al primer síntoma de desamor. Prefiero reunirme, en esos momentos de desasosiego, con la música de la lluvia o el naufragio del viento en los malecones de mi alma. Prefiero hablarte soledad y evitar el atrevimiento de la ironía huyendo del efímero olvido. Dedicar mis versos a las cosas simples, tan simples como las piedras. Jugar con la velocidad de los ríos en la vertical caída de sus abismos. Pensar que no existes que fuiste sólo éso, una simpática corriente de aire tibio que inundó una noche mi cuarto de tus mentiras, de tus deliciosas mentiras. Tomar mi pluma y escribir tu nombre en las esquinas de mis cuadernos y...

En todas las esquinas
Hubo siempre un verso para ti
Y aunque yo nunca lo escribí
Por temor a tus espinas
En todas mis esquinas
Siempre hubo un verso para ti.
***
Si tu boca la acercaras
A mis labios mi doncella
Tu mirada sería estrella
En mis noches de bengala.

Y ese odioso y frió espanto
Que ha corrido por mis venas
No será más que una pena
Enredada aquí en mi llanto

 
PRESENTACIÓN

Allá por el año 42, un doce de diciembre exactamente, vi la luz por la primera vez en un rincón del Carrascal, en Santiago de Chile.  Me crié al interior de una familia en que el padre aportaba el sustento y la madre criaba a los hijos. Mi padre severo y adusto (su fisonomía exterior) y mi madre una sombra que parecía perderse en la inmensidad del silencio.
Soy el segundo en el rango, Carlos, Gloria, Nory, Ximena y Victoria completan la lista de hermanos. Nory y Ximena, viven en Chile, Gloria intento volver en dos oportunidades y fracasó.
Viví por 20 años en el Carrascal de entonces y sus rincones confundidos con sus veredas, dieron vida a todas mis ilusiones. Estudié en un colegio inglés y privado algunas de mis preparatorias.
Mis primeros paseos estudiantiles fueron "Lo Barnechea, El Arrayán...» aún desprovistos de ese clasismo en el que hoy se han convertido. Sin embargo, ese sueño fue corto. Entonces tomamos naturalmente el camino de la escuela pública y luego del Liceo fiscal. En esa misma línea se me dio el transitar por varios institutos comerciales.
En uno de estos institutos, me enamoré... y allí nació 40 años más tarde... “En el colegio” que adjunto.
 
EN EL COLEGIO
(A Ernestina Muñoz)

Me gustó recorrer
mis calles, tus senderos, nuestro otoño;
en sus veredas, melodías de las hojas,
como pasos de crujidas esperanzas
respondían a mis sueños.

Y encaminé mis pasos
por caminitos de  aurora,
y en el alba me pasé preguntándole a las hojas
si, acaso, es terreno
el destino conque sueño
o si acaso,
¿vive sólo en las estrellas?

¡Dejad al buen Dios
la inmensidad del cielo!,
—contestaron me las hojas,
y busca en la hermana  tierra
y en las espinas de las rosas,
de las flores su misterio,
y el misterio de las cosas—

Salí a buscarte, y, entonces,
entre fantasías juveniles y
pasiones lapiceras,
entraste en mi vida por colegios,
acuarelas de mil colores,
escuelitas de mis barrios,
tus manitas de liceo y mis cuadernos,
y el primer beso
¡Ah! mi primer beso,
a, b, c, dario.

 
Mi vida oscilaba entonces entre mis amigos carrascalinos y mi quehacer estudiantil. Entre esos límites fui forjando mi personalidad y puliendo mi sensibilidad. Empecé a conocer la alegría de la inocencia y su despertar también alegre. Conocí las primeras tristezas y los primeros lagrimones adolescentes de un rechazo. Y empecé a dibujar silencioso,  la orilla de todos los cuentos que hoy conforman y alumbran mi vida.
Cómo un collar de cristales o esmeraldas, guardo con inmensa ternura, aquellos nombres femeninos que de alguna manera u otra me hicieron sentirme diferente. En ese libro de vida hay páginas de exquisita emotividad. Cada uno de esos nombres es un capítulo infinito que aguarda su inesperado final.... Capítulo 1 Margarita Lagos, 2da. Preparatoria en el “Guadalupe English School”....

VOLANTÍN

Papelito de seda
que al cielo me llevas
dile a mi abuela
que entre tus colores
yo quiero volar:
papeles.



Primer premio recibido en el Guadalupe English School
en 1951.
 
En uno de esos capítulos, como tú lo expresaste tan poéticamente, jugué al amor pero diferente de ti, creo que no perdí.
Luego vino a mi encuentro el laboro. Y con una irresponsabilidad enorme, dejé el Instituto Comercial y olvidándome de mis estudios (que nunca completé) me puse a trabajar. Seis años estuve laborando y formándome profesionalmente en “Vidrios Planos Lirquén S. A.”  Durante esos seis años, adquirí otra familia y otros amigos exquisitos. Y también me enamoré.....
Un día afortunadamente me echaron, por suficiente y por sindicalista. Treinta días más tarde ya estaba trabajando como administrador, bajo el mismo techo, para un Ingeniero consultor de una empresa subsidiaria a Vidrios Planos, “Vidrios y Aluminios” El Jefe de Personal que me había dejado sin trabajo y al que yo traté en la oportunidad de imbécil y maricón, tuvo que bajar la cabeza cuando nos cruzábamos en el interior de la fábrica. (Qué enorme satisfacción personal). Solamente treinta días más tarde y ya mi sueldo se multiplicó por 2,5 veces. Trabajé con este Ingeniero hasta el día antes de venirme a Canadá.
Después de mirarme en tantos ojitos divinos, sentí ese deseo profundo de casarme. Había conocido a la chica de la que no hubiere querido separarme jamás. Tenía en aquel precoz tiempo unos 20 años. Entre ella y yo se instaló muy rápidamente una hermosa amistad, si embargo yo luchaba  y luchaba porque esa amistad tomara otro cariz. Nunca ocurrió. Los días pasan y otro día, con una sorprendente vertiginosidad, me sentí invitado a su fiesta de matrimonio.
Dámaso, uno de mis mejores amigos de ese entorno, me dijo... tienes que ser fuerte y es mejor que vayas... Ya veras que la verdad vista de frente es la mejor de todas. Te confieso que no tuve valor para ir a la Iglesia, allí en esa espera angustiante me repetía sin cesar: .......  —y cuando te pongan el anillo de oro, mi alma será una lágrima invisible en los ojos de Cristo moribundo, para que no me olvides—....
Tres o cuatro días estuve perdido en los prostíbulos de la vida, buscando en el alcohol y en el beso fácil el irreparable olvido... Pero como nunca me sentí engañado, a pesar de recordarla todavía, pude serenarme con cierta tranquilidad.  Así nació “Gracias” “Boda” y otros... ya te los muestro. 
Mi vida tomó un rumbo de fiestas, alcohol y de búsqueda incontrolada de un nuevo amor.  Hasta que logré, casi, olvidarlo todo. Deambulaba de un beso a otro beso, de una piel a otra piel, sintiéndome siempre huérfano. Otro día me volví a enamorar; jugué al amor y como te decía, creo que no perdí.
Tenía ya 30 años, entonces quise hacer las cosas rápidas, emulando inconsciente tal vez, esa vertiginosa invitación de otrora. Antes de cumplir mis 31 ya estaba casado. Once meses más tarde y luego del nacimiento de Cecilia (mi primogénita) junté mis pilchas y me vine a Canadá.
Los primeros años en Canadá, es otro cuento.
Nació Claudio y finalmente Pablo. Otro día, mi mujer decide volver a Chile, se había enamorado definitivamente. Y aquí me quedé junto a mis hijos, por eso te digo que no perdí.
 
RETRATO DE UN CANALLA

Quise huir despavorido. Sentí que la imagen de un canalla horadaba mis sentimientos. Amaba a Toña, pero estabas tú con esos grandes ojos verdes, esas mechas casi desgreñadas de una sensual rebeldía que parecían apurar en mí, una tormenta de pasión inevitable.

Sabías de mi amor por Ernestina, sin embargo adoraba tu complicidad con la que te deleitabas en mis enredos.

Ese día del paseo anual, cuando supe que Toña no sería de la partida, quise huir despavorido, sin embargo me fui quedando hechizado por tus ojos, por la ternura de tu tácita invitación y por esa exquisita sensación preconizada en tus labios.

Te sentí alegre en tus exquisitos trapos femeninos, erguido el busto y con tus ojos te vi orillar una secreta malicia. Reímos al mismo tiempo. Me quedé y en medio de una risa nueva y una pasión en espera, te tomé las manos sin más, partimos hacia el mar envuelto en una multitud de fantasías.

Toña no se despegó de mí hasta el momento de subir al autobús. Cuídamelo te dijo con la confianza de su inocencia, sin comprender en tu mirada tu irónica sonrisa y ése no te preocupes, no lo dejaré un segundo sin estricta vigilancia que proferiste en momentos de la partida. Debo confesar que yo, con mi brutal cinismo de canalla, estaba avalando nuestras pasionales fechorías.

En el paseo, nuestra brutal pasión desbordó todos los límites y la cercanía del mar, parecía encender hogueras. La salinidad del lugar, el extraño calor y una cierta promiscuidad diaria, dio pábulo a tórridas invenciones. Volvimos con una felicidad, otra que del amor. Volvimos satisfechos de ansiedad, de cuerpo, de besos impregnados y de olores desconocidos...

Al bajar del autobús que nos llevó de regreso, percibí la silueta ansiosa de Ernestina que me buscaba de sus ojos de niña. En ese momento, volví a sentir esa imagen de caballa y quise arrancar, huir despavorido a esconder mi cara en las sombras de mi pecado, sin embargo me fui quedando y salté a sus brazos con un llanto purificador.

Tú le sonreíste alegre al tiempo que le decías misión cumplida, se ha portado a la altura de tu amor y desapareciste dejándome abandonado en mis propios enredos.
 
METAMORFOSIS

Somos juguetes del día, y el Universo nos traga con sus piernas volcánicas y nos come enteros con su sexo gravitacional. Tenemos sabor a excrementos y revoloteamos alrededor como muñecos engreídos. Creemos estar sumidos en encantadores sueños. Sentir la magnificencia de un poder que desconocemos, y sudar la muerte en el vientre ajeno. En la lágrima ajena.

¿Quieres conocer el ruido del dolor? vamos, no temas; enciende la hoguera, la última hoguera penitente y escucha en los rincones, su onomatopeya. Son chirridos agónicos, campanadas lacerantes de miedo que hacen temblar la noche.

En fila de animales, despavoridos de miedo, vamos conquistando espacios aparentes; son sombras que cobijan nuestro propio espanto. Las mercancías allí dispuestas para una fiesta de ratas horribles y por lo general, míseras amistades. Llegamos con una sonrisa dibujada, pensando en que efectivamente debíamos retroceder.

Arrastrada dignidad, concepción inexistente del hombre que convertido en glucosa va dejando rastros azucarados de morfinas y odios. De pura soberbia.

Sin embargo, he aprendido que sólo tú eres capaz de anudar mi egoísmo a la actitud serena de mis propios caprichos. Soy un artefacto con razón y sin raciocinio.

Pequeña niña sólo Tú. Sólo tú sabes quitarme las piedras de mis manos y serenarme. Sólo Tú. ¿Quieres saciar mis ansias, al tiempo de saciar tu propio amor? di que si, quieres.

Ven te invito, déjame caer sobre tus hombros, hasta ahora marginados de caricias. Escucha en tu divino oído, mis lamentos que se transformarán en sea en caricias o en gemidos. Como una metamorfosis anticipada.

No gimas, grita. Todo es dolor o principio de dolor, luego como un vicio se vuelve placer insaciable. Nacimos adictos al aire. ¿Dime, todavía es de noche? Si quieres, nos escondemos el día completo.

No insistas en que piense, déjame actuar en medio del torbellino, como una bestia más. No quiero tormentos luego. Quiero sentir la elegancia y la libertad que se siente luego de terminar de orinar.

Hemos pasado la noche y el día aferrados a la indomable fetidez del amor, inteligente manera de disfrazar el dolor. Te juro duele menos.

Venció finalmente el estratega, mañana será el día de pagar las cuentas, déjame darte el último mordiscón del día. Ojala no dejemos huellas.

Envidio la libertad del viento su avasallante onomatopeya que acaba con mi más entera libertad silenciando mi esmirriado canto.

¿Qué dirán de nosotros los monstruos del futuro incierto? Aquí vivieron bajo el yugo del pensamiento salvaje, retrocediendo hasta hoy. Irán tras nuestras propias huellas persiguiéndose encantados de sus propias mentiras.

Esperemos un poco de luz, de otra implosión y otro milagro de vida en un espacio demasiado pequeño para nuestras desmedidas ambiciones.
Si tú eres mejor que yo. Pero no se todavía quién eres tú, a lo mejor, te conozco en un reflejo.

Dijiste: Soy un pubis angelical que no necesita de dueños, y mis sentidos temblaron de gloria. Nada es lúgubre ya, tengo algo porqué y por quién amar. Todo era cuestión de una simple metamorfosis.
 
FRENTE A FRENTE

Agaché la cabeza, presentía tu presencia y tú sabías que estaba frente a ti.

El tiempo se prolongaba, tenía temor de mirarte a los ojos, y tú parece temías encontrar delante tuyo aquel ser que nunca conociste en definitiva.

Fui más curioso que tú y levanté la cabeza con cierta lentitud. Hubo una comunicación muy grande y al mismo tiempo fuiste levantando la cabeza... nuestros ojos por fin se encontraron.

Sabía que esta vez debíamos arreglar ciertos asuntos que exigían, por el bien mutuo, una solución definitiva. Conocíamos nuestros nombres, nuestras edades, nuestros temores, nuestras ansias, incluso muchas cosas de nuestra propia juventud. Amamos las mismas mujeres...

Sentí miedo, al ver rodar en tus mejillas una lágrimas que sentí las propias y también lloré.

Sostuve con valentía tu tristeza y la sentí tan mía que quise suplicarte que no dijeras nada. Te perdoné con la celeridad de quien siente con toda la sinceridad, el dolor que habías trasmitido.

Sentí que también me perdonabas, tuvimos la intención de abrazarnos, pero dudamos al unísono. Antes de separarnos, el alma en paz, apague la luz y te perdiste en la sombra del espejo.

Me pregunté, ¿por qué no lo hice antes? y me fui caminando, por fin, en paz conmigo mismo.
 


Me divertía mirando como el sol dibujaba la sombra de mis pasos. Por momentos creí perseguir mi destino corriendo tras esa sombra, en otras me parecía avanzar sobre sus hombros al momento que desaparecía bajo mis pies y en el momento de mayor excitación me imaginaba perseguido por mi propia oscuridad.

Estuve absorto, un buen momento, en ese inocente divertimiento dentro de toda mi paz. De repente, surgiste de entre esas sombras y me sentí sacudido por tu presencia. Te adivinaba y el roce de tu caminar impreciso y ligero como una paloma, turbó mi calma.

Alzando la vista, casi con temor, mis ojos se detuvieron en los tuyos y trataron de dibujar, en ese segundo que me regalabas, tu hermoso rostro terso y sonriente. Advertí en ellos la ternura de tus gestos y agradecí el privilegio de la casualidad que me ponía frente a ti y que en ese momento estaba viviendo. —Qué hermosura— te dije... en mi silencio.

Afirmé con franqueza el brillo de mis ojos para mirar tu interior mientras fijaba mi vista en tu magnífica postura. Tu pelo miel adornaba una exquisita sensualidad recién naciente de una chicuela adolescente. Quise olvidarme del peso de mis años y caminé apresuradamente, casi con la velocidad de la luz, a mi adorada juventud. Me detuve en mis veintitrés años. Volví a mirarte ahora con mis ojos de muchacho y comprendí rápido como la luz de un relámpago que volvía a enamorarme, como aquella vez, como aquella primera vez.... los segundos se sucedieron en medio del silencio....

De pronto, el miedo vino a apoderarse de mi ser y me paralizó el alma. La historia de mis fracasos y mis dolores me empujaron a huir despavorido. Hice todos los esfuerzos necesarios para olvidarte en el acto. Sin embargo sentí tus ojos reidores perseguirme con la insistencia de las niñas enamoradas. Seguí estático y plantado en ese verdor y en esa sonrisa....

De pronto una voz cristalina se escapó de tu boca, de tu magnífica boca y pronunció descabellada pregunta que todavía irrita mi oído: — ¿puedo hablar con Claudio?— Un suspiro apuró una lágrima. Me sentí liviano como una paloma, feliz de sentir mi corazón roído de esa fugaz angustia de amor.... y fue ahí, en medio de mi alivio y de esta extraña alegría, que recordé que mi hijo Claudio, cumplía sus 23 años. —Sí, te sonreí... y en medio de mi amor, volví a jugar con mis sombras.

 
EN  NOCHES DE LUNA SUELO

En noches de luna suelo alzar la mirada hacia la magia infinita del cielo. Allí me detengo a observar mi pasado entre estrellas, cometas y polvo cósmico. Ahí es donde vuelan vertiginosamente mis sueños.

Me gusta pernoctar en ese silencio desde donde creo escuchar ese ruido claro-oscuro, que identifico con mis agitados pretéritos. En esa noche de cristales fríos, me parece escuchar también el grito de un Dios angustiado. El miedo me obliga a bajar la vista.

En ese volver a la tierra, me parece que el mar quisiera formar parte de ese panorama, agregando sus caracolas, sus veleros escondidos y las rocas que se disgregan en polvo y arena conformando el límite con la madre tierra.

Me pierdo en mis pensamientos y en ese deambular claro-oscuro me pregunto, ¿qué busco? ¿Acaso tus ojos? Y para qué los buscaría, si nunca se ha reflejado en ellos, mi rostro.

La noche fría es obscura soledad. Me invade la magia de sus cristales y siento como se maneja desde la altura, mi vida. Siento, lo se, un desmedido desequilibrio entre mi amor y tu olvido. Eres el cometa que atravesando mi propio cielo, rozó con su brutal pasaje, la doblemente frágil morfología de mis planetarios sentimientos.

Toda esta casi comicidad estelar conque observo el cielo, alimenta el payaso que llevo dentro. Es el que parece reflejarse en tus ennegrecidos ojos en noches de luna...


SUEÑOS DE AMOR Y DE NOVIEMBRES 
 
Miraba el cielo, una brisa fresca acompañaba la noche y la hacía deliciosa. Parecía contar estrellas y jugar con el desplazamiento de algunos astros. La observé algunos segundos mientras acariciaba el cabello de mis dos pequeños. Los vi felices, en su paseo al sueño, en ese refugio tan maternal que le brindaba. Se abrazaron a su cuello y su gozo fue una luz fugaz en mi cielo. —Los llevo al dormitorio— me susurro como en un murmullo, con temor a despertarlos. Contra esos plumones de seda, los niños iban casi roncando. Sin embargo, esos chicos no eran suyos, sino de su querida hermana.
Me quedé ansioso esperando que volviera. Quería que ese cuento, cuyos personajes principales eran ella y yo, pudiera abrir la página, esa hermosa noche, de un primer capítulo. Por momentos en esa soledad de cristales, de sombras y de brisa, imaginaba el mejor escenario para sus sueños y buscaba el mágico orificio por donde pudieran entrar los míos. Esa noche parecía presagiar, amor.
La sentí volver y cerré los ojos. Me prometí en ese mismo momento que dejaría a la magia nocturna, la iniciación de este maravilloso cuento. La ternura del preámbulo, había dejado mi corazón lleno de expectativas, de buenas expectativas. Entonces, me sentí empujado a abrirlos de toda la sed que tenían para que penetrara por ellos con todos los detalles que aún me eran desconocidos.

—sabes Claudita— le dije —si llega a suceder lo que presiento, creo que a tu lado no temería la soledad, ni mis niños tampoco— Un silencio cómplice se hizo eco de mi sentida confidencia, como si esperara una explicación del verdadero sentido de esa romántica y casi tímida declaración... Su dulce voz cortó la brisa, encendió mi noche, cuando de sus labios vino esa esperada pregunta:
— ¿qué es lo que presientes?—
—Sabes, presiento que esta vez, no volverá—
—Bueno, no te aflijas. Esa es sólo una suposición. Aunque comprendo tus temores, creo que en definitiva, los niños pesarán en la balanza y esa locura de libertad y de chicuela irresponsable de mi hermana, terminará por pasar— agregó.
—Además yo te ayudo con los chicos, y en un primer tiempo, te puedo acompañar también. Eso te dará tiempo para encontrar solución y quién sabe, otra compañía— terminó diciendo.
Confieso, que esperé otra respuesta, más de acuerdo a mis intenciones primeras, sin embargo, supe que al menos, había vaciado un poco mi corazón. Esperé, la noche tenía ese romanticismo ineluctable del mes de noviembre...

Sentí de pronto sus manos jugar con mi pelo —no seas tontito— agregó con un tono de manzana. Tomé sus manos, las llevé a mi boca, las besé con profundo cariño. Supe en ese instante que por fin, empezaría a soñar su mismo sueño. Un sueño de amor y de noviembres.

 
AVENTURAS DE NIÑO

Y cogeré de los lirios
la fragancia infinita
y la pondré a tus pies
como un principio de vita.


En tiempos de mi infancia, recorrí miles de pueblos.

Conocí cerros que subí a grandes pasos y de los que miserablemente descendía a cuatro patas.

Me acerqué a la cima de volcanes y admiré su lava transitar por la tierra. Unte mis dedos con barro y con la ceniza me barnizaba las uñas.

Comí sendas tortillas de tierra y de barro.

Perseguí monstruos de patas peludas.

Bebí ríos, canales y esteros en los que me ahogaba constantemente.

Anduve en las orillas de precipicios balanceando el alma por los que desbarrancaba a diario.

Al término de cada aventura, sin embargo, mi cuerpo parecía indemne y mi corazón palpitando, queriendo arrancar del pecho e inventar otra historia.

Una nueva historia palpitante de aventuras.

Diferente a la del día anterior.

Otra aventura de niño.

 
RECORDANDO A FRESIA

Ensimismado en mis tareas culinarias rápidamente me encontré, en esa esquina del recuerdo, picando la misma cebolla, en esa cocina de Bleriot. Las mismas lágrimas se trasladaron con la magia del pensamiento y....

Una vez mis tareas terminadas y revisadas con una prolijidad y severidad por mi tía Berta, extrañamente me sentía invadir por una felicidad aún desconocida.  Las travesuras de niño se trasladaban, en esos días fríos de invierno, al lugar más privilegiado por mis fantasías. Ese lugar no era otro que la hogareña cocina. Allí te vi nacer.

El ambiente transformaba todos mis sentidos, en su interior me sentía protegido y absorbido, al mismo tiempo, por el vapor de los manjares (humildes manjares) que allí preparaban con esmero y dedicación tú y mi madre. Ollas y sartenes parecían divertirse aprestando, carne, legumbres y especias que inundaban ese rincón de exquisitos olores. Había allí una magia y una sensualidad, difícil de describir para un mocoso de apenas nueve años... sin embargo...

En ese lugar tú no eras la extraña, parecías incorporarte a toda nuestra intimidad familiar. Me encantaba esa presencia tuya. Tu carita tristona, tu pelo recogido y guardado estrictamente en un cintillo blanco y esos ojos que se paseaban entre tonos verde y azul, me fascinaban.

Mi profunda admiración debió ser siempre un secreto muy bien guardado, no fuera a despertar los diablos del curita Juan y ganarme un sermón que me dejaría a las puertas del infierno.

Así buscaba necesariamente entretenerme en su interior, para llenarme de tu presencia.

Paseando mis autitos y disimulando mis precoces deseos, conque el diablo atizaba mi mente,  chocaba repetidamente con tus hermosísimas piernas de las que me regalaba al momento de alzar la vista, buscar tus bellos ojos y tratar de disculparme de mi tonta distracción. Tú parecías ausente, mi madre, sin embargo, repetía una y otra vez: —deja de joder chiquillo— y me empujaba lejos.  El incidente podía repetirse máximo una vez más, sino recibiría un coscorrón y de seguro tendría que abandonar la cocina.

Parecías, extremadamente feliz, a pesar de todas las tareas que debías efectuar a tan corta edad. Catorce o quince años, creo le entendí a mi madre en una conversación con mi tía Berta. — ¿Porqué Fresia no va a la escuela mamá?— pregunté, con toda la inocencia de mi congoja.

Había pensado que podríamos ir al colegio, juntos, luego me asustaba al pensar que encontraría otros chicos de su edad y que dejaría toda mi alegría trunca, por algo que no llegaba a comprender. Sabía que me gustaba, pero.... Mi madre por toda respuesta, me daba a probar un poco de los manjares que allí se preparaban.

Pasaron otros cinco años en que ese ritual se siguió repitiendo, hasta que un lamentable día, los autitos y el hecho de refugiarme en la cocina y chocar con las piernas de Fresia, no satisfacían ninguna explicación. Tuve que cambiar de tácticas y tuve que osar otras prácticas de acercamiento. Fresia, cada día más bella, sufría de su soledad puesto que la severidad des sus patrones, era casi más estricta que la que practicaban hacia sus propios hijos, y valla que estrictos que eran. Ese mismo hecho, creo vino a facilitar un cierto acercamiento dentro de un secreto muy bien guardado. 

Mi ansiedad y los escasos momentos en que podíamos estar solos, me llevaba a relaciones bruscas, nerviosas y bastante atrevidas.  Fresia, por momentos se sentía incómoda, pero parecía apreciar esos juegos. 

Cuando cumplí mis quince años, corrí a su lado y le pedí un beso de regalo en la boca. Mientras mi corazón parecía arrancarse de mi pecho le dije:

—apúrate por favor Fresita— Con todas las precauciones del caso, nos besamos con toda intensidad.
—Gracias Fresita, es el mejor de todos mis regalos—

Con los quince años, nacieron otras expectativas y otras inquietudes.

Las chicas del barrio también habían crecido y las risas nerviosas que intercambiábamos a menudo, me fue alejando de mi cocina.  Un día, entré corriendo a contarte que parecía que estaba pololeando. Mire tu linda carita y advertí una sensual y tierna lágrima humedecer tu rostro. — ¿qué te pasa? Te pregunté retrocediendo asustado.  Nada, Jimicito, ¡no ve que estoy picando cebollas!

EL COLUMPIO

Una tarde cualquiera me encontré sola en el parque, mis amigas me dejaron allí pretextando las citas que tenían con sus parejas... El color con que el sol se filtraba entre las hojas de los árboles y la espectacular cinta naranja que se advertía en ese horizonte de cielo atrozmente azul, me volvió melancólica y un poco romanticona.

Hacía poco había cumplido mis 16 años y vino a mi memoria, ese chico que trabajaba en el mercado y quise soñar que tal vez paseara de su mano. Sus enormes ojos celestes clavaron mi pequeña existencia, de una sensación totalmente nueva y casi deliciosa. Mi columpiar se hizo cada vez más y más agradable. El viento entraba por mis piernas y me sentí por primera vez acariciar. En ese dulce afán estaba, deseando llevar mis manos para completar esa dulce caricia del viento cuando de pronto advertí la silueta de él.

Tendría unos 45 años y su pelo cano lo envolvía de un misterioso atractivo a mis ojos primavera, deseosos de un nuevo despertar. Vino a sentarse enfrente de mi columpio, en ese momento advertí en su sonrisa-saludo una hilera de blanquísimos dientes. Sus ojos se fijaron en mi, al momento que mi pequeña falda dejaba al descubierto mis piernas con el vaivén angelical del columpio y la osadía sensual de ese viento que me acariciaba desde hace un buen momento.
Grande fue mi confusión, esos ojos eran casi o más celestes que el chico aquel, vendedor del mercado.


Sentí una inquietud, dulce inquietud diría, y un exquisito nerviosismo. —y si lo cambió por él— me dije entre mi al tiempo que respondía un tanto ruborizada a su saludo. No demoró en acercarse y sentí como sus ojos aprisionaban mis piernas como tenazas, como deliciosas tenazas. Enrojecí y en un gesto casi mecánico, quise parar el vuelo de mi corta falda. — ¿Te ayudo?— me dijo sin más y empezó a empujarme dulcemente por frente del columpio. Quise decir no, bajarme y echarme a correr. No supe; los rayos del sol penetrando las hojas, ese horizonte naranja, el celeste de su mirada que también parecía penetrarme, me dejaron clavada al columpio.

Aumentó la cadencia y con ello los vuelos de mi falda, me puse a reír mientras él también reía. De pronto me sacudió un agradable escalofrío, sentí rozar mis rodillas de sus manos parejas... El color con que el sol se filtraba entre las hojas de los árboles y la espectacular cinta naranja que se advertía en ese horizonte de cielo atrozmente azul, me volvió melancólica y un fuertes, cerré los ojos, esa sensación fue demasiado exquisita. Sentí miedo, pero seguí como hechizada en ese asiento de colores. El vaivén lo mantuvo a la altura de sus grandes ojos celestes de manera a aprovechar toda la frescura de mis piernas y su virginal sensualidad. Fue una tarde deliciosa.

Una semana más tarde, me encontré otra vez en el parque y recordando aquel día delicioso que, debo confesar, no me deja un solo instante de repetirse en mi súper imaginación, me dirigí nuevamente, atraída por un oscuro deseo, al columpio aquel en que aquellos ojos celestes habían adorado mis piernas de niña.

Un especial cosquilleo recorrió entero mi cuerpo para terminarse en la base misma de mi sexo. Cerré los ojos y me deje llevar... — ¿Te ayudo mi niña?—... no quise abrir mis ojos el momento era demasiado mágico, sonreí y volví a ese diabólico e infinito vaivén al mismo tiempo que aceptaba su exquisita invitación. Me dejé llevar por la dulzura de su mirada. Esta vez, coquetamente, cuando mi falda volaba al viento a la altura de sus ojos celestes, entreabrí dulcemente mis piernas para regalarle un poco más de mi... Me sentía poseída y no quería moverme de mi mágico columpio.

Sentí sus manos en mis rodillas y advertí el deseo en sus ojos de seguir la caricia hasta mis muslos que sentía hervir. La caricia era inmensamente deliciosa. Lo dejé hacer.... mucho rato estuve sintiendo esa agradable y tierna caricia... De pronto sus manos se apoderaron de mis piernas y ya muy cerca de mi cuquita, empezó a detener ese vaivén angelical en que estaba sumida. —Sabes... me encantaría columpiarme contigo— me dijo como en un susurro que viene de los árboles, al tiempo que me aprisionaba en sus brazos y rozaba mi boca con sus labios.... sonreí.... el instante que vivía era demasiado delicioso.

No pude resistirme y le dije dulcemente, bien creo que a mi también me gustará. De un salto se sentó primero en el columpio y sin saber como me subió sobre él.... quedamos mirándonos de frente. Sentí que sus ojos celestes efectuaban un recorrido por mi blusa en el mismo momento que mis pezones los sentía endurecer. Enrojecí unos segundos y luego reí... de una risa franca. Me afirmó por las caderas y con el vaivén frenético del columpio de colores empecé a sentir una sensación de olvido y de exquisito placer en mi virginal estado.

Ese algo, empezó a crecer y a endurecerse. Un calor agudo penetró mis piernas y alocadamente apresuré el vaivén del columpio mágico....... mmmmmmmmmmm... En cada nuevo vaivén se me iba la vida.... Un delicioso orgasmo prolongado hasta la raya del horizonte, me hizo abrir los ojos.... El sol comenzaba a desaparecer y dejaba paso a ese atardecer anaranjado... Me bajé del columpio sintiendo una dulce humedad entre mis piernas...

Volví a casa cantando de una extraña felicidad...


Sí, otra vez allí en el parque... Esta vez, espiaba los caminos que allí conducen, mientras el suave balanceo me procuraba ese dulce deleite, que me prometí, poder controlar. Estaba a punto de cumplir mis dieciochos años y me había casi comprometido conmigo misma de sentirme mujer.

En ese columpio, había sentido sensaciones difíciles de explicar... Un placer casi mudo, acompañado por el susurro del viento y su calidez al penetrar entre mi falda los abismos aún vírgenes de mi ser. Esta vez para mi cumpleaños, quería que ese fantasma de canas blancas y de manos firmes, se convirtiera en la dulce realidad con que él, me hacía soñar.

Espiaba al vaivén de mi dulce reposo. Atisbando a lo lejos, observando con inquietud y al mismo tiempo ansiedad, me sentí observada. Fue una repentina sensación de miedo, de inquietud y de ansiedad. Naturalmente, el columpio me fijo en su silla. Retuve coquetamente mi falda, dando la impresión que nadie me miraba. Por fin salió de la sombra y comenzó a caminar hacia el lugar de mi columpio. Decididamente se agripó al juguete vecino y al momento de comenzar a balancearse me preguntó:
 
— ¿porqué tan solita?, acaso no te da miedo—
Era un hombre de unos 35 años, algunas canas adornaban ya el contorno de sus orejas. Inmensos ojos celestes y unas manos deliciosas.... todo lo vi dentro de una angustiante excitación. No pude ocultarlo y exclamé lo más segura de mi misma,
— ¡¿miedo?!
Yo no—
— ¿acaso usted lo tiene? Agregué de una voz más pausada y mirándole
divertidamente.
—No—, me dijo de su voz ronca y firme.

Y empezó a balancearse. Al momento de emparejar su vaivén al mío, me miró de sus ojos celestes y me dijo,
—Eres sumamente hermosa, lo sabes ¿verdad?— agregó.
—Alguna idea tengo, repuse— mientras reíamos
—Sabes— me dijo, —me encantaría enamorarme de ti—
—Hazlo, le propuse, mirándole fijo a los ojos.

Tomó mi columpio y acercándolo al propio, me propinó un rico beso. Me resistí la fracción de segundos necesaria a una buena impresión y me dejé llevar: por el momento, por lo que buscaba, por ese sueño pronto a convertirse en realidad y por esas ansias que había despertado en mí el vaivén del columpio. Me encaramé decididamente a su columpio, y entre besos, suspiros y goces enormes dejé balanceando para siempre mi sensual virginidad. Ahora ella formaba parte de mi columpio.

Cuando emprendí rumbo a casa, iba dichosa, esta vez balanceando mi cuerpo nuevo, de mujer.....


EMPUJANDO PENAS PARA CRECER

Historias del Exilio.

A manera de introducción.

Dibujase en el centro de mi memoria, ese misterioso punto de partida, en el que se mezclaban: mi barriada, mis quince años, mis ilusiones, mis incipientes ideales, mis frustraciones, mis miedos, mis esperanzas, mis tareas de muchacho, mis amores, algún profesor jodido y todos los paletas, mis amigos de niño y de adulto, mis compañeros de oficina y mis siempre adorables amiguitas; mi padrino y sus helados con galletas, las peleas de niño y las emocionantes confidencias de esas niñas que enredaron sus hermosos rostros en mis ojos, en un simulacro de fuegos artificiales y de arco-iris.

Cruzaron, con esa rapidez que angustia, probablemente, para no encontrarme en la esquina del error, nombres de tías, de novias, de primas, (Yolita en particular» de abuelos, de colegios, de calles, de almacenes, de lugares, de banquetes. Relampaguearon en mi cabecita mis paseos en bicicleta, los clubes de fútbol y el color de sus camisetas, los pacos que nos hinchaban las pelotas cuando el viejo Bascuñan se quejaba de nuestras pichangas nocturnas y por más que hurgueteaba en mi futuro pretérito, me dio la impresión que mi vida se detuvo a los treinta años, cuando mis ilusiones, mis ideales y mis fantasías me esperaban en la gran escena, cada una con su melodía, dispuestas a iniciar el más hermoso concierto que un alma romántica pudiera dirigir.

Sin embargo, aquí estoy sentado, a cientos de kilómetros de mis sueños, esperando, con cara de huevón, que los maricones que envenenaron mis esperanzas se vayan a la gran chucha y que me vuelva el deseo oceánico y elemental de volver.

Esperando que amanezca de nuevo en el suelo de mi patria y que el viento de la muchedumbre libere el cielo de esas nubes vestidas de uniformes y que yo como miles de compañeros, diseminados por el mundo, tengamos la fuerza necesaria para empujar nuestras propias penas, sino para volver al terruño, al menos para crecer.


PRIMERA PARTE

(La escena ocurre en la terraza Dufferin, en la ciudad de Québec, Canadá, allí por los años 80, mientras, un par de compadres, esperan a sus mujeres a la salida del trabajo (camareras en el Castillo de Frontenac) «Chateau Frontenac»)

• Sabe compadre, (mirando al cielo) existen nubes hermosas, ¿verdad?

• - con un dejo de tristeza- Sobre todo a esta hora de la tarde.

• - sin dejar de mirar el cielo- Si, compadrito, sobre todo a esta hora de la tarde, tiene toíta la razón.

• -con un hilo de voz- ¿Será lo mismo en Santiago?

• ¿Quién sabe compadre? pero éstas me da la impresión que empujan algo, qué se yo que huevá compadre, no me pregunte, pero si usted se fija. -tratando de dibujar algo desconocido con las manos.

• ¿Empujar, empujar qué? Déjese de melancolías huevonas compadre mire que con esa cara de apenao a mi también me le bajan las penas iñor ¡por la cresta!

• Eso es compadre, le acaba de dar en el clavo, -con la cara húmeda- penas pues mi compadre, penas, esa huevá es "penas para crecer" para crecer, pa'que otra cosa compadre.

• ¡Salud! será mejor compadrito.

• ¡Salud!


SEGUNDA PARTE

I

Ahí, estoy escondido en la sombra, con un ojo en un barril y el otro en una garita en que hacen guardia un par de milicos. No tengo miedo, sin embargo, un cierto recelo me recorre el cuerpo.

La guardia siguiente está a cargo de un par de milicos amigos, que me aseguraron a 60% hacer la vista gorda. Cerca de la diez de la noche, se producirá el cambio de guardia. Me desconcierto, la guardia no es la esperada. Sigo escondido, ¿y hasta cuándo? ¿Ocho horas más? nica. Sigo observando con los ojos cada vez más grandes, y no por la emoción, más bien por la posición del escondite que me tiene el culo más adolorido que juanete-e-cartero.

De repente, uno de los guardias se dirige al otro lado de la garita, en dirección de mi escondite. El corazón se me sale por la boca. Se asoma con disimulo a la esquina, una vez que se asegura que no los cacha naiden, le hace señas a su compañero, señas que no alcanzo a comprender. Este último apoya la metralleta en el suelo, el corazón se me quiere salir de veras, me pregunto si me cacharon y se están haciendo los huevones para, luego, divertirse conmigo. Una vez la metralleta en el suelo se desprende de la chaqueta del uniforme. ¿Qué huevá más rara? El otro sigue en la esquina observando ¡qué se yo que mierda! A una señal, el primero se acerca al barril de mis amores y de un salto se pierde al otro lado de la muralla, mientras el barril queda dando vueltas con una sonajera del demonio. Me quedo atónito, no por mucho rato ya que el otro cabo parte corriendo endereza el barril y hace la misma pirueta. Ahí me quedo, como péndulo de reloj viejo, p’alla y p’aca. De repente me decido, mierda. A la una, a las dos y a las tres... putas, parto corriendo como condenao, apoyo la pata derecha en el barril y de un salto atravieso la pandereta.

Aunque me saqué la cresta al otro lado, una alegría general se produce al aterrizaje, un centenar de compañeros respiran aliviados, todos, de la misma manera, han salvado la vida milagrosamente, rogando que la pandereta no sea obstáculo para los próximos, que sin duda vendrán.


II


En la Embajada, el inventario es casi divertido. Atropellados en un paquete de upelientos   de toda estructura social y enredados entre los solitarios y los que lograron escapar con algún miembro de sus familias, la gallada se ha distribuido de manera a facilitar, a las autoridades del lugar, la planificación necesaria en tales circunstancias. Difícilmente se logra el objetivo, la efervescencia es grande dado que el miedo persiste.

Muchos de nosotros hemos dejado familia, hijos, novias etc. y los testimonios recogidos entre los residentes acerca de las barbaridades cometidas por milicos desenfrenados y desconcertados por fuertes dosis de narcóticos, nos tiene con el alma en un hilo. Luego de una semana de incertidumbres y gracias a la juiciosa intervención de los dueños de casa, nuestro destino empieza a tomar forma.

La mercadería será despachada, sin necesariamente acompañarla de guías de despacho, pero con la convicción de ser bien acogidos, allá lejos, por un país amigo.


III

El tiempo no se detiene, los años danzan y en el espíritu de cada uno de nosotros se van acumulando penas. Aquellas que son difíciles de disimular; por ejemplo: a los Fuentes, se les murió la mamá y no pudieron estar presentes; a la Gabrielita le metieron preso a su único hijo y no consigue noticias; el abuelo de los Donoso se volvió loco y anda gritando por todas partes "Salvador Allende, presente"; varias familias, también, han recibido noticias de desapariciones de amigos, de primos etc.

La vida tratamos de apaciguarla, sin embargo es casi imposible no ponerse a llorar en los bancos de una escuela, en la cocina de un restaurante o en un plaza perdida, en momentos en que la nieve empieza a invadir los techos de la ciudad. Al comienzo, vivimos en función exclusiva de Chile, se organizan los primeros grupos socio-políticos y tratamos de llamar la atención, por todos los medios, de la crueldad del régimen en plaza.

Creamos grupos folclóricos y nos vamos mostrando por distintas ciudades. Las guitarras desnudan su sensualidad y en sus cuerdas empieza a vibrar la patria, el campo, las empanadas, la enagua de Rosita y todas esas cosas que llevamos impregnadas, "en esa masa colorada que se llama corazón". Generalmente, somos bien acogidos, nuestros bailes, nuestras danzas y nuestras canciones proyectan nuestra esperanza, les québecois se vuelven solidarios. Los hoteles, los restoranes y las industrias de aseo, cambian rápidamente de idioma.

Los cursos de francés, empiezan a abrirnos nuevos senderos e inexorablemente, siguiendo la ley de la vida, empiezan a nacer los primeros canacas de origen chileno. Algunos viejos canallas se entusiasman y empiezan a cambiar las viejas por chiquillas un poco más rubias. Comienza así el descalabro familiar, -si ese huevón feo se puede pasear con ese angelito y que habla francés, con mucho más sensualidad que mi estorbo diario-, ni que hablar compadre). (No crean que la cosa es solamente del lado masculino, algunas de las comadres se entusiasman también con la "iguardá social" y crían alitas)

Aparentemente, los escenarios parecen divertidos, sin embargo, cuando el entusiasmo por lo rubio y más blanco disminuye, la conciencia empieza a roer el alma. Algunas reconciliaciones, serán, probablemente, musa de grandes novelones. Otras, no vendrán jamás, dejando en el espacio prohibido de los cuentos, esas lágrimas que no encontraran un caudal que las lleve al mar. Los hijos crecen, los que llegaron creciditos se casan y las preguntas no cesan de atormentarnos, ¿me tendré que quedar definitivamente en este país? ¿Cuando llegue el día, podré soñar tranquilo con ese pasado que todavía hierve en mi interior y seguir a palazos con la nieve, como si nada?

Un día, me tocó más de cerca el planazo, mi mujer decidió quedarse en Chile y aquí, afortunadamente, me quedé con mis críos, tratando de explicarles lo inexplicable. Desde ese día nos pusimos de acuerdo tácitamente, estas penas huevonas, debemos transformarlas en alegría y para ello éstas deben servirnos sólo para crecer. ¿Sólo para crecer? NOOOOOOOOOOOO

Suzie, donnez-moi un bic, por la cresta. (El idiota que crea que se trata de un lápiz de pasta, es porque no ha entendido absolutamente nada y tendrá, por simplón, seguir empujando penas)

CONVERSACIONES INTERESANTES

Luego de una larga caminata por el bosque, nos detuvimos a descansar al abrigo de un enorme y viejo ciruelo.

— ¡Qué silencio!— Dijiste sin más
—En vez de afirmar algo tan sin sentido, di mejor, no escucho;
—Está bien— agregaste en un tono sarcástico y repetiste marcando la voz: —No escucho nada.

— ¿No escucho nada?— repliqué, esa es una contradicción casi matemática, reí, al verte
contrariado.
—Di simplemente: no escucho, o nada escucho, ya que al afirmar que no escuchas nada, estás negando y afirmando al mismo tiempo... cuando dices “no escucho nada” estás escuchando algo que es “nada” y nada no es más que un vocablo mal utilizado, ya que “nada, existe” lo que pasa que no lo vemos, no lo sentimos, ni lo escuchamos....

Son los invisibles que curvan los árboles, que aúllan en las noches empujando hojas secas e inflando las velas de las embarcaciones.

— ¡No existe nada! o ¡nada existe!— Exclamaste alborotado. — ¿Acaso estás loco de remate?

—Precisemos—, te dije en tono amistoso, como para calmar los espíritus. —“Nada” existe en cuanto a vocablo y cuya utilización es desmedida e inexacta la mayor parte del tiempo. Tiempo, espacio, otro de los invisibles, ¿no te parece? te pregunte con una inocencia repugnante.
—Si, dijiste aceptando algo confuso, mientras hacías esfuerzos sobrehumanos para comprender mi perorata existencial, filosófica o completamente fuera de lugar.

Con la fatiga nos dormimos pasiblemente. Al despertar, ya la noche se había apoderado de la nada con su espectacular oscuridad, abrí los ojos y exclamé asombrado

— ¡No veo nada!
— ¡Ja ja ja ja! te largaste a reír sin parar. Nuestras carcajadas fueron un crescendo espectacular.

 
EN MEDIO DE LAS PENAS NACEN LAS FLORES

Jugaba con la quietud del día. Nada parecía advertir los nubarrones ni la tempestad que se dibujaba en ese cielo diáfano y transparente. Sin embargo, con todas las velocidades del averno, el cielo se tornó negro y el viento, con la fuerza de los huracanes nortinos, comenzó una danza de aullidos tristes y fríos.

La oscuridad del desamor cubrió mis sueños y tus olvidos deshojaron todas mis ilusiones, como ese viento huracanado del norte y dejó la selva de mi corazón, sumida en un otoño triste.

Todo sucedió ese mismo día, con la velocidad multiplicada de la oscuridad. El huracán pareció desatar iras, odios y resquemores. Mi alma contaminó mis senderos de miedo y todos mis caminos parecían abismos. Me detuve con toda la fuerza de mi amor. El viento continuaba empujando mi alma a los barrancos empedrados, fríos y duros del casi invierno.
 

Apreté, contra mí, la esperanza y me cobijé en la luz de tu recuerdo. Creo haberte llamado, con ese grito desgarrador y silencioso que conozco en mis pesadillas. Tu imagen me llegó dulce en medio de tanta angustia y mi pecho agarrotado vuelve a aspirar la delicia de tu perfume incierto. Fije mis ojos en la inmensa oscuridad y queriendo conocer el origen de ése, tu perfume, abrí mis ojos para fabricar con ellos un halo de luz, en la ansiedad de despojarme del miedo.

El milagro, llegó repentino. Ahí, en los andares de mi vida, en el centro de mi pena, volviste a aparecer, límpida y pura, querida niña Andréanne. Siguió la serenidad de tus ojos tristes y en la ternura de tu mirada desaparecieron esos abismos, en que los huracanes del olvido querían sepultar mi alma.

Tu ternura ha vuelto impermeable mi corazón a las tristezas y hoy llevó en el ojal esa flor andréanne que nació en el centro de mi pena.


EN TODAS LAS ORILLAS DEL OTOÑO UNA FLOR

Ne pouvant abriter ma vie
Que dans la solitude de mes pensés
Je me suis mise à marcher
Le long de chemins étroits
Et en martelant mes doigts
Sans rancune et sans amour
Retombe-je dans la contrée
De ces jours maudits.

Esta vez quise orillar el otoño. Quizás mi propio otoño. Entonces, al sonido de mis pasos inciertos, caminé indeciso, lo se, hacia el límite colosal en que los senderos de la vida empujan los andares de la vida y conforman una especie de balcón maderero desde el que volviendo tu mirada, observas por momentos incrédulo, ese pasado lleno de emociones.

Desde allí tu cielo se estrella con el fulgente mirar del agua, y la tierra. En ese transitar pedestre y húmedo, me sentí empujado por tu silencio y mi silencio. Sentí también la caricia de esas hojas que cayendo sobre mí, parecían acentuar el colorido bucólico de mi alma. De pronto el murmullo del agua y ese frío nórdico de las riberas del San Lorenzo, me recordaron tu pesada ausencia. Se sumó a esta delicada emoción, esa blancura de nieve que vino a purificar la tristeza definitiva de mis ojos. Sin embargo, no me detuve y seguí caminando olvidado ya de ese balcón y por cierto repitiendo con mi voz tu querido nombre y recogiendo hojas multicolores para adornar tu dulce añoranza.

Recordé tu canto, me abrigué en la piel aún tibia de tus manos y quise ir más rápido. La velocidad de tu olvido acentuó la cruel distancia y mi caminar se hizo más denso. Pero qué importa, en la incertidumbre de ese olvido no pude ni podré olvidar, lo se, la ternura de tu amor y el fuego intenso de tu naciente pasión. Y aunque este otoño recién comienza, en todas sus orillas, te seguí y te seguiré buscando. Acaso un día, de todas las orillas del otoño, recupere una flor.


Suzie

Tu es douce et petite dans ta démarche sensuelle et féminine, colossale dans tes gestes devant la vie, dans mon cœur d’hommes une géante généreuse, pour moi, une perle de fantaisies dorées. Dans la distribution de rôles pour la comédie de la vie, tu es simplement Suzie. Dans ma vie, l’architecte qui dessine mes rêves. Dans mon âme, la lumière qui nourrit ma spiritualité, parfois si fragile. Dans mes rêves le sourire du lendemain et dans mes pensées, la certitude de ma joie.

 
ENRE LA ORILLA DE MIS CUENTOS TU VAGAR


Siempre estuve orillando mis cuentos. Siempre lo hice, incluso, llegué hasta construir un sendero donde, por cierto, miraba embelezado lo que sucedía en su interior. Ese camino, tantas veces recorrido, siempre llevó consigo un nombre, unos ojos, unos labios.

No podía admirar tanta belleza, sin querer compartirla. Así naciste, imperceptible, como un silencio que se abraza a mi cuerpo y camina contemplativo en busca del mismo cuento.

Mientras, al exterior de ese sendero, se sucedieron las sombras y los abismos. La tierra fuera de esos senderos, era intemporal. Nunca recordé sus rosas, sus arbustos. El ruido de algún riachuelo fue el paso de un cristal sin música.

Hoy, en algún punto de ese sendero, sentí una dulce sensación. Algo impreciso que viene de lejos y parece tocarte. Es un suspiro que nace de todo mi interior y que debo retener si quiero identificarlo.

Es como una caricia blanca llena de luz. Es una frágil sensación etérea. Es un curso magistral de las hojas al viento. Es un concierto de trinos cuyo eco derrite le frió blanco que corona los ventisqueros andinos. Es un ramo de flores silvestres que te embriaga con su perfume.

Ahí quedo, suspendido de un arco iris. Busco tu nombre y en cálidos latidos, recuerdo tus labios, tus ojos. Eso es, viniste a mí como una hoja al viento que busca refugio a su otoño cotidiano. Como un niño que quiere cubrirse de ese frío miedo conque la tormenta diaria quiere avasallar sus ilusiones y convertirlas en rutinas de muerte.

Apreto mis manos a tu recuerdo reciente y pronuncio tu nombre para saber quién eres. De mi corazón nace dulce como un estallido de amor y al pronunciarte se que hablaba de ti.


 
HACIA CIUDADES ETERNAS

Hoy quiero dirigirme con destino a ciudades eternas. Para ello debo recorrer los caminos infinitos que tanto sueño. Al emprender la marcha, he de llenar mi saco de todas las emociones que me quedan aún intactas. Y naturalmente, partir a pie descalzo.

A pesar de no querer ningún regreso, quiero sentir el camino en mi piel, ¡no tenga que estar de vuelta! Lo que busco, es llegar cada vez más lejos, si cada vez más lejos. No se cuan grande es mi alforja y no se si podrá contener incluso los temores que cargo.
Todo me inclina a partir
Te invito a venir conmigo
Como amante o como trigo
Que alimente mi sentir.


Por aquellos caminos debemos caminar sin fijar espacios ni tiempos. En nuestros reposos pernoctaremos en playas, montañas y desiertos. Iremos acercando distancias. Nos acompañarán la lluvia azul y la lluvia nostálgica de tus cuentos, el viento sur y el remolino desértico.

La arena ardiente y la arena marina. Nuestro techo será estrellado y a veces oscuro de noches. En el día observaran las nubes y el sol, nuestro infinito caminar.
Ven salgamos por esa puerta
Sin volver la vista atrás
Quiero partir en paz
Con las flores de mi huerta.


Avizoro aquella colina a una distancia imprecisa. Allí te invito a detenernos. Quiero abrigarme de su silencio y empezar a comprender este paseo.

Al cerrar nuestros ojos buscando lo nuestro, he de sentir del cielo el mejor de los conciertos. Y despertar al alba rugiendo, de deseos y de besos y saludar el día de mi noche de contentos.

He recorrido tu cuerpo
Sin detener mi camino
Mis manos están dibujando
Con delicia mi destino
Donde quiero fijar mi puerto.

 
LLEGASTE A MÍ COMO UN HALO DE LUZ

Acaso te vi atravesar desde mis sombras el cielo de mis noches y con enorme regocijo, vi detener tu vuelo junto a la nube de esperanzas que yo había dibujado con la humedad de mis ojos, en esa noche inmensa oscuridad.


Emergías del Trópico de Capricornio y tu viaje paulista se detuvo en un reposo instantáneo justo en las praderas sagitarianas de mi alma.


La música de tu voz brasilera se hizo samba y carnaval en mi corazón y enredado en la danza de tu ternura me volví alegre.


Haz encendido mi oscuridad y rescatado mi esperanza.


Esta vez, sin embargo, no quiero que mis sueños me lleven a esos límites imprecisos a los que siempre aspiro, vestido de principesco aventurero.


No, no quiero deambular, mejor recorreré contigo los senderos de la amistad.


Así, nuestro caminar será bello y los senderos dibujaran las flores que nos saludarán cada mañana.


Nuestro despertar será cálido y brillante, parecido a todas las verdades.

 
PENSANDO EN TU PARTIDA


Desperté vagabundo. Adivinando en cada lugar el espacio que ocuparon tú y nuestras travesuras. Te has ido sin permitir que el ruido de la puerta al cerrarse tras de ti, luego de tu partida, me despertase del sueño en que me dejaste con tus últimas caricias, las que me adormecieron dulcemente. No te sentí partir. Te hiciste liviana como una paloma y me pregunto si no fue por la ventana que emprendiste el vuelo.


Soñé, sin darme cuenta, y me encontré en un sendero ya conocido. Había regresado al sendero árido, al sendero poblado de cascajos en que el peñón que siento en el alma es como una piedra infinita en aquel siniestro camino.


Miré desesperado buscando despertarme junto a unos ojos melinos u andreanos que pudieran recuperar mi luz una vez más En ese desierto y en esa soledad, esta vez no hubo nadie ni nada. Y yo aún con el sabor a nuestros últimos revoltijos de lágrimas y mocos. Volví a soñar el oasis que me habías regalado a lo largo de estos últimos casi seis años, como queriendo no dar crédito, acaso, el ocaso al que me empujarías tan repentinamente. 


Desperté sobresaltado con un horrible dolor invisible. Quise reclamarte, quise vengarme, quise culparte de mi repentina angustia y no pude. Sin embargo, tus cartas quedaron multiplicadas en mil pedazos desintegrándose entre mis desesperados dedos, de esas manos que ya nunca más te tendrán.


Como las mil y una palomas que quisieran emprender tu mismo vuelo. Luego las recogí enternecido, las besé y las volví a guardar en ese cofre que cuenta la mitad de la historia de todo nuestro amor. La otra mitad, espero la conserves; es la prueba que te dio mi pluma, de mi renacido e increíble amor.
 

Vagabundo me he quedado, aunque ya siento que lo mejor de nuestro amor forma parte del jardín más hermoso de mi vida. No dudo de ése, tu tierno y delicado amor. Y eso es maravilloso.

Así te quedarás, como la artista que un día abrió la puerta de mi corazón y me mostró la primavera. Mi alma llena de tus ternuras, esperando, tal vez, con otra esperanza vagabunda, que un día me alejes de este sendero pedregoso y me quites este peñón que un día convertiste en dicha y que hoy ha vuelto a ser peñón.

 
REFLEJOS

Allí estabas, imprecisa en medio de la tarde. Parecías buscar un gesto, un gesto que nunca vino. Mi caminar pausado, recorriendo las cosas simuló rozar tu angustia, como un rayo fugaz. En mi gesto casi secular, al pasar cerca de ti quise mirar tus ojos. Me pareció que intentabas inventar un grito, una palabra. De ese tu lugar brotó un sentimiento y te oí pronunciar papá. Allí me quedé clavado en tu propio suelo, imantado a tus lágrimas, sin saber si seguir mi marcha o interrumpir mi camino. Me encaminé a tus escaños y decidí escuchar el cuento que habías inventado para ti.

Y con toda tu ternura: —No quiero que mi vida se la lleve el viento— comenzaste por decir.

Quiero vestirme de Princesa y dar principio a mis sueños—

—Del cielo de mi vida me calló un lindo verso y mi alacena que estaba vacía, abrió sus puertas al sueño, a ese primer sueño de amor que inunda el pecho. Me inundaron ilusiones y con ello llegó una imagen, esa imagen que fue un nuevo reto. Vino y llegó, en virtual trayecto enredando en mis octetos toda la magia de un verso. Y en sus enredos venía otro nombre pegado en ellos. Con esta virtualidad de su rima y sus cálidas palabras me cree un mundo propio con sus puntos y sus acentos—

—En lo agreste de mi vida, lo profesional es un gozo, vivo un momento importante en mi carrera. Descubrí a mi papá en un enredo también de cables. Siento a veces que lo obligué a esconderme sus verdaderos sentimientos o tal vez fue el que viéndome enamorada, prefirió callar. Lo sabré algún día… sinceramente preferiría ignorarlo siempre. Mis relaciones familiares son agradables y plenas por momentos. Soy una niña mujer con muchísima suerte en ese aspecto—

—Pero, atenta voy a mis ansias. Hoy quiero olvidar en medio de tanta ilusión y ese dolor casi dulce tiene cuchilladas de una severidad increíble. ¿Es acaso una prueba? ¿Es acaso esa magnífica primera prueba para aprender lo que me falta? Dios así lo quiera. Mi pap virtual y a la vez casi real, me ha inventado una serie de escenas imaginarias, por las que he recorrido caminos diferentes.
 
Así, me escribió sendas cartas de amor, de las que siempre me defendí con uñas y muelas. Me conozco y se que me gusto navegar por sus aguas, pero siempre con mi salvavidas, bien a la mano. Lo quiero mucho. Ha sido muy importante en este pedazo de mi vida—


—Voy a triunfar y conmigo triunfará el amor. Me pregunto a veces, si no es del amor que estoy enamorada. Del que estamos enamorados—
 
APRENDIENDO A SER FELICES   


Por entre las catedrales de Lima y los remolones tañidos de sus campanarios, la tarde iba dejando paso a la luna y hacía surgir el melodioso anochecer Peruano. Guitarras y cajones invadían con sensualidad y apagaban el alocado trajín del día. Los valsecitos se adueñaban melodiosamente de la Capital.
El calor húmedo, impedía irse a la cama y las historias de Vargas Llosa y su Tía Julia, invitaban a compenetrarse con atención a esa vida plácida y bohemia de una ciudad que parece dormirse acompasada de violines, charangos y flautas.

A pesar de las agotadoras jornadas de trabajo, en que nos propusimos tirar lo mejor del Conjunto Nacional de danzas del Estado, en un par de documentales, decidimos metamorfosearnos, dulcemente, en auténticos limeños y mezclarnos en esa cultura de Dioses Incas, Reyes Negros e Indómitos Autóctonos.
 La tarde nos fue envolviendo en ese perfume de mercados, de artesanos y artistas callejeros, que invadían el centro de la Capital Peruana. Nuestros pasos iban de un lugar a otro, con el mismo entusiasmo en que componíamos ya la próxima escenografía, los permisos del Estado y las perspectivas siempre de obtener los mejores resultados de ese Notable Conjunto de Danzas del Perú.

En esos elegantes devaneos paseábamos la tranquilidad y la bohemia peruanas, cuando de pronto, atraídos por una misteriosa melodía, nos encontramos frente a frente con el mejor espectáculo callejero, que nos haya sido ofrecido con tanta generosidad por un instante del destino. (Los 45 días nos enseñarían otros instantes de sueños, pero era casi nuestra primera noche limeña)
 
Ahí, nos salió a saludar la pobreza física y material con la riqueza parsimoniosa de sus cualidades humanas y artísticas. Una lección de humildad vino a invadir nuestro egocentrismo de seudo productores de cine. Los transeúntes y los pocos turistas que deambulaban la noche, estaban agolpados y escuchaban con un silencio sepulcral, las melodiosas canciones de una pareja de viejos, ciegos, gangosos y entonados. Una guitarra mal encordada de dudosa madera y un cajón gastadísimo, eran los únicos instrumentos que completaban el cuadro. El dúo parecía un coro de ángeles arrancado de un escenario digno de los mejores teatros parisinos. La sensualidad cortaba el aire y partía los ojos en finos lagrimones de cristal. «éhamme k t cuente imegna, Éhamme q t iga la gloria, del ensuegno qu'evoca la memooríA, .el viejo puente del río y la’lameaa.... Aplaudimos a rabiar y aunque el presupuesto era escaso, nos olvidamos de nuestras propias ambiciones y nos pusimos como Dios manda.
 

Sublimados, nos fuimos cantando y silbando al Hostal El Sol, tratando de imitar y grabar para siempre en nosotros esa sensualidad de ese par de ciegos que, radiantes en el centro de la desdicha, nos enseñaba a ser felices.
 
AQUEL RETRATO



Parecía que mis anhelos se habían quedado colgando en las paredes de mi triste buhardilla. Allí en aquel retrato, inmutable en los pasillos de mi albergue, observo ese pasado prisionero y detenido por oxidado clavo y polvoriento cáñamo. Por momentos, da la impresión que algún fantasma olvidado, hubiere ordenado con un grito de ultratumba... ¡un dos tres momia...!. Ese jueguito de niños, que parece modernizarse allí en las murallas de ésos, mis recuerdos tuyos.

Lo miro todo lentamente, paseando de mi foto de bautizo al retrato; de la foto de mi madre a tus ojos; ojos que ahora parecen mirarme indiferentes; de mis diplomas a ti y siempre lo mismo, en un monótono tic-tac aritmético y roedor del tiempo. Te has convertido en aquella sombra silenciosa e indiferente, que sigue distribuyendo en mis espacios, todos mis pensamientos. Eres la que ordena y sigues ordenando mis quehaceres. Entiéndase en esta última frase los dos sentidos de la palabra ordenar.

Pero ya estoy cansado. ¿No crees.......... que es hora que ésto acabe de una vez? No te das cuenta, que aquel retrato, ya forma parte del pasado, de un pasado que ya ni siquiera existe y además que no te refleja, a pesar de mi porfía, que dentro de la amargura y odios nunca dichos, dejaste al partir.

¡No! no es tuya la culpa. (Hablo del retrato; aquel, que permanece en la pared)
Al menos si me atreviera a guardarlo en un baúl. Baúl rima con ataúd y tal vez pudiera hacer definitivamente el duelo, celebrarlo ya en mi ocaso y pretender arañar, de nuevo, una nueva caricia.


¡Sí, sí, eso haré! y sabes te compraré las últimas flores, últimas rosas rojas que no, nooo, no disfrutarás, ya que serán mi pasión por ti que también encierre contigo. Pero sí, te llevaré rosas blancas. Sí, sí puedes disfrútalas; con ellas y por mis hijos, sabrás que te he perdonado.

Si, te ruego; quédate tranquila en el baúl.
 
Quizás un día te encuentren tus hijos en medio de tanto pétalo marchito y decidan volverte a sus paredes.
 

Mientras yo, en el hueco de la muralla que dejará el retrato, colgaré mis nuevas esperanzas.
 
CONSEJOS

En caminos de arena y espuma,
tu boca fue un beso del cielo,
la arena nos trajo la luna,
la espuma aún brilla en tu pelo.

Antes de estos hechos, efectivamente, Suzie se había desprendido de mis cielos y me había hecho aterrizar, dulcemente si, en esta tierra de hombres. Supe antes, que era tal vez el último regalo que la vida me ofrecía y que un montón de diferencias terminaría por separarnos. Entonces, a pesar de la pena, dulce pena que ello me produjo, lo acepté con amor.

Se que florecieron jardines infinitos
y la mano de María me sostuvo
se que donde amor hubo
amor ha de quedar.

En fin, mis versos no podían acallar mi melancolía. Mi fragilidad retomó las formas virtuales de un viejo PC y un indiferente monitor. La escritura me llevó a detenerme en un comentario a una de mis poesías, el primer comentario. Pasó un tiempo prudente y llegue a tomar contacto, entre otras con ella, la autora de ese primer comentario. Muchas relaciones, relaciones hermosas que aún tengo el honor de conservar y que nacieron a través la magia de este «casi-indiferente» medio.

Algo nos separó. Nunca logré saberlo........... — ¿fue todo, acaso, una hermosa quimera?— me pregunté. No encontré respuesta, frente a ese espejo que me miraba con la misma angustia que yo le miraba. No cabe duda, pensé: debo remontar otra vez el terrible espectro de la «soledad en soledad»
 Lo cierto es que mis versos retomaron el camino de la nostalgia y de la tristeza.

Allí se alzaron voces de todos los rincones decididas a mitigar mi pena. Parecía un coro angelical desprendido de algún romance desconocido o de algún concierto inconcluso en las manos de los mejores compositores.
Condenaron de un plumazo y trajeron sentencias de muerte a la sin corazón. A la ramera virtual que había empañado mi alma. ¡No se toca el alma de un poeta! Mi alma se sosegaba de nuevo escuchando consejos y aceptando adulaciones infinitas. ¡olvídala, no te merece! en eso estaba, escuchando con elegante egoísmo toda la dulzura que mis oídos podían y querían aceptar... cuando de pronto, en medio de todo ese amor difundido a través de la palabra, me dicen: tengo que dejarte poeta querido, es el ogro con que vivo que necesita de mi, ¡pobre infeliz! dice casi en un susurro, luego con un tono de voz tan persuasivo como sus consejos, la oigo decir a pleno pulmón... ¡Voy mi amor!

Apagué el PC, ordené mis ideas y volví a sonreír.
 
DECISIONES IMPORTANTES Y UN EMPUJONCITO DIVINO

Adriana:
Tu mano en mi mano
confiada a mi juicio
que importa el sacrificio
nonagenario.

Hijo:
En mi pecho tu nombre
es mi nombre tu amparo
en las manos del cielo
nacerá un relicario.



Hubo pasos presurosos luego de una noche casi en vela. Una última, un tanto agitada por las dudas. ¿Es una decisión apresurada? o se trata de un pánico irreflexivo de mi parte. Acaso he tratado de justificar, lo que ya está decidido. Todo indica lo contrario, sin embargo ¡qué ganas de cambiar el itinerario! y acariciar el nuevo día como los anteriores. Tengo miedo, aunque la decisión, la última, pareció salir de la boca de mi madre, creo que yo la convencí y ella repitió, con la complicidad de su amor que, efectivamente y bajo su estricta voluntad, se enfrentaría serenamente a su destino. Su miedo era mi miedo. No podía fallarle, tanto como ella no podía fallarme. Mi madre se instaló en asiento posterior del vehículo, al lado de mi hermana y de mi sobrina Francisca. Mi hija Cecilia fue el mejor copiloto que pude arrogarme esa mañana del 28 de junio recién pasado.

Las muestras de amistad y cariño provenientes de los cuatro puntos cardinales del planeta y la sonrisa serena de mis acompañantes, me hicieron finalmente confiar en la decisión final. Contaba, naturalmente con el empujoncito divino.

Luego todo fue vertiginoso, Todo estaba preparado. En el recinto hospitalario, las fichas se llenaron con la velocidad de los nervios. El tiempo de los signos vitales y un severo calmante siguieron la camilla hasta el ascensor, en donde desapareciste, dejando una huella de vulnerable quietud. El reloj indicaba las 9:00 horas de la mañana.

Cada uno de nosotros soñó su propio sueño. Pero el grupo no quiso separarse hasta las 11:00 de esa inquietante mañana.

No sabemos que estaba ocurriendo en el ínter tanto, pero lo imaginamos: Mi madre en cada rostro mirando a Dios, en cada gesto implorando un refugio, en cada sonrisa tomando fuerzas para resistir. Su ancianidad era acariciada con el amor de la medicina, con la abnegación y la dedicación de verdaderos apóstoles. Mientras ella desaparecía en un sueño de madreselvas y cloroformos anestesiantes. Casi llegué a envidiar esos momentos que ella vivía, soñar, soñar......

Las muestras de solidaridad humanas, de cariño, de amistad o simplemente de simpatías se sucedieron como un albergue de algodones de infinitos colores.

Hoy 5 de julio mi madre está totalmente repuesta. Pronto estará de vuelta a casa. Hubo una confabulación de factores que jugaron en nuestro favor. La oración de todos ustedes, las manos pródigas de médicos, enfermeras y personal hospitalario, las atenciones post-operatorias y finalmente saber que no nos fallamos, Adriana y yo.
 
EL EMBUDO Y LA FE


Un pelícano de alas blancas parecía meditar en las orillas altas del embudo.

Un collar de nácar colgando de inmaculada cadera parecía contabilizar lágrimas suspendidas.

Su libro de verdades la hacía murmurar versos para mí desconocidos.

Me quedé mudo, meditando mi propia fragilidad.

Su serenidad era mi propio embrujo y la altura de mi propio embudo...

Rostros y llantos escondidos en las últimas profundidades de la i, (griega) parecían incapaces de
seguir esas oraciones a las que no habían sido invitados.

La multitudinaria soledad estaba a mi lado. La sentí como un escalofrío recorrer mi espalda.

Me alegré que mi madre estuviera a mi lado y no participara de esa aterrada multitud. Traté de disimular mi preocupación y elegí distraerla.

Mientras reía, inocente a la desesperanza humana me levanté y fui a refrescarme la cara.

Cuando volví a su lado, saludé a KIM con inmensa alegría. ¿Qué hacía un angelito en medio de tanto desventurado ocaso?

¡Cresta! exclamé en mi ruidoso silencio KIM formaba parte de los bordes del maldito y mismo embudo.

Tuve que ayudarme de mi precario y mudo abecedario, para que mis manos pudieran dibujar su nombre.

Los rostros del ocaso, seguían ausentes en esa terrible multitud.

El pelícano carmelita, cerró su libro de milagrosas recetas y arrastró las enormes ruedas de una vieja silla, también Carmelita y desapareció por un el túnel del embudo.

La voz de la enfermera me distrajo, entonces:

Completé los formularios, hice las reservaciones, compartí las inquietudes que despertaron en mi madre algunos llantos y decidimos que el cáncer que se depositó en su lengua deberá ser extirpado desde el borde inferior del embudo, lo más rápidamente posible.

Los doctores estuvieron de acuerdo.

Necesitaremos la ayuda, también milagrosa, del pelícano de alas blancas y de sus eternas oraciones.

Luego nos fuimos, orillando el embudo, a tomar tesito y a seguir la vida.
 
ERA CUESTIÓN DE TIEMPO


¿Sabes? he vuelto a sentir hambre. Es extraño, me siento como un despojado de toda fortuna. Me hundo en el ojo del precipicio, talvez para confundir el arriba y el abajo, el norte y el sur, la noche y el día, ¿quién sabe? Mejor me fumo un pucho, así quizás olvide, aunque sea un rato, este fatigoso momento. Hoy, me encontré caminando por lugares desconocidos y tan reales en mi subconsciente, que tuve miedo. Ladraban perros, gentes se peleaban el contenido de un basurero público, entre todo esa mierda, vi por fin una sonrisa... una niña apretaba contra su pecho una muñeca de trapo ya deslavaba y casi sin colores. ¿Cómo vino a dar allí? me pregunté huevonamente.

Quise mirar hacia otro lado, no me gustaba el espectáculo, al fijar mi vista vi con inquietante rabia como un hombre maltrataba a una mujer, la propia seguramente y en un estado de ebriedad bastante notorio. ¿Qué cresta me está pasando? ¿Acaso me he convertido en inmaterial?, no reacciono, me siento como en el medio de una mediana pesadilla. Estoy turbado, eso es claro.

Restriego mis ojos y el lugar me parece menos ajeno. Lo he perdido todo, trabajo, familia, amigos, todo. Todos me abandonaron sin darme cuenta o sin darme cuenta me fui perdiendo en un inconciente previsible.

Drogas, matute y el maldito acostumbramiento me convirtieron en un muñeco de trapo, que con suerte un día, podría una chica recuperar de este contenedor de escorias en el que me encuentro.

Cresta el hambre me vuelve a molestar, y me vuelve a aparecer ese abismo estomacal; el día es todavía joven y no me queda que un par de cigarrillos y ni un sólo ni triste centavo en los bolsillos. Y aunque el día es casi naciente, vendrá la noche y no se si podré dormir a la intemperie. Los días empiezan a enfriar por la tardes y en la noche son bastante fresquitos, casi helados al amanecer.

Tengo que inventar algo, sacar un conejo de un sombrero que no tengo, ya que lamentarme, en ese medio no me servirá de gran cosa. Además desde hace algún momento, siento un par de ojos fijos en mi, imagino que debe ser mi ropa que aún aparenta alguna civilidad en ese ambiente miserable, que atrae la atención del desconocido. El colmo sería que me la robaran y el colmo sería también, en las circunstancias, que no me la robaran. Pienso, luego existo. Me acerco franco al muchacho y le ofrezco gratuitamente mi saco, a cambio de dejarme el resto y confiándole mi triste estado.

Sonríe y acepta, e incluso me ofrece albergue en su humilde choza. Recupero la risa, vuelvo a sentirme feliz. Todo era, finalmente, cuestión de tiempo.
 
FLORES EN EL ANDÉN


Miro tu sonrisa alegre.


Vuelvo a recuperar mi calma.


Acaricio la magia de tu melodioso caminar y miro, ensimismado de arreboles, cómo tus pasos musicales se dirigen sensualmente a mí.


Tensas mis manos, esdrújula mi voz.


Las flores que aprisiono, necesitan un poco de frescura y de libertad; el calor con que las aprieto tiende a marchitarlas. Se produce una batalla insólita en los pasillos del andén. Mi Yo, quiere superar la belleza de las flores; ellas, por el contrario, se defienden ignorando el por qué de su propia presencia en el lugar.


Al fin apareces. Mi alegría es tan grande que lanzo al aire el ramo de rosas que me acompañan. Les otorgo plena libertad. Al caer forman una alfombra de aromas. Eso hace que ahora camines sobre pétalos de rosas.


Traes del Pirineo, aromas mediterráneos.


Luego de nuestro abrazo, el zoom va alejándonos de la escena.
 

Comienza nuestro verdadero amor.


Te beso y...
 
LA HUIDA



Ahí se quedaron, como recortados contra la pared del salón, estáticos, incrédulos. La tristeza aparecía a las 4 de la tarde. Sus caritas de un blanco lívido mostraban el miedo al que estaban confrontados. El eco de aquella frase pronunciada con una fría crueldad, siguió por muchos años lacerando sus tiernos oídos —tienen que ser fuertes—

El ruido sordo de una camioneta que se aproximaba, terminó por clavarlos al suelo. Las maletas preparadas ya desde hacía un tiempo no demoraron en desaparecer en la caja trasera del vehículo, de ese intruso vehículo, al que seguiría un largo y definitivo viaje....

Encogidos por el alcohol, los ojos pequeños y enrojecidos por el llanto amargo, era la imagen que se me repitió por mucho tiempo de mis entristecidos hijos. Me quedé el alma muda, las manos imprecisas y el comienzo de una horrible depresión que acechaba como para cometer su último crimen. Tragando mi propio dolor por esa huída y apoyado en la serenidad increíble del menor de mis hijos decidí resistir al primer y verdadero embate de la vida.

Entretanto la violencia mezclada de alcohol se hizo presa de Marcelo y las rubias cervezas vinieron a pacificar un tanto la desesperación de Antonia. Antonia era la mayor y no cumplía aún sus 17 años, Marcelo estaba por los 14 y Andrés era simplemente todavía un niño de apenas ocho años. La entrada a casa de Marcelo luego de sus tareas diarias (trabajaba y estudiaba) me dio motivos de cólera y de piedad mezcladas, más de una vez, le encontré desnudo tirado en el baño, el alcohol le había dejado sin voluntad entre sus horribles sueños.

Una noche Antonia me llamo tipo 4 de la madrugada, me dijo con una casi inaudible — papá necesito que me venga a buscar, no tengo fuerzas para volver a casa — El auto me condujo en frente del hotel en que su madre trabajó por muchos años. Ahí, sentada en la cuneta sosteniendo una botella de cerveza, me dijo como en un truncado reproche — ¡aquí! ¡Aquí papá! Acabo de celebrar mi cumpleaños. El regreso lo hice en medio de mis propias lágrimas y el intranquilo sueño de mi hija.

Marcelo desapareció por cuatro interminables días, mi desesperación y sus amigos me llevaron a una taberna cerca de casa. Este regreso también se hizo entre su intranquilo sueño y mis lágrimas. Sentí que mis hijos me estaban castigando, llegué a preguntarme si tendrían razón...

Mis sueños y la vigilia constante de una fuerza celestial e invisible, me procuró la fortaleza necesaria para resistir la decrepitud en que mi alma parecía hundirse. A medida que mi coraje aumentaba y la increíble serenidad de Andrés me daba golpecitos de esperanza en mi espalda, Antonia y Marcelo dulcemente fueron entrando en el camino de la razón.

Con ello, llegó inevitablemente el día de la confrontación. Nos dijimos todo con respeto y entre sollozos y nerviosas sonrisas, nos abrazamos como no lo hacíamos desde hacía mucho tiempo.

La vida siguió su curso. Antonia fue la primera en correr donde su madre, al poco tiempo la siguió con esa serenidad casi oriental Andrés. Marcelo tuvo necesidad de algunos años para decidir enfrentar la realidad de su madre. El perdón vino solo.

Hoy, les miro orgulloso. Lo que la vida quiso enseñarles, creo lo aprendieron. Un día, tal vez, llegará ese pedido brutal de una garganta de cartón — ¡quiero ver a mis hijos! — cuando la voz de la conciencia la este ya invitando a la última morada. Ese día, ausente probablemente de la escena, no habrá drama, ni siquiera llanto, tan sólo una enorme tristeza....
 
INCREÍBLE DISTRACCIÓN



Celui qui construit, sème, plante, lance des idées est habité par le Créateur.

Celui qui détruit, coupe, critique est sous l’emprise du diable.

Anonyme., Extrait du livre « Le Livre des Mondes Oubliés » Éditions, Robert Laffont

 


Estuve distraído por la pasión de lo desconocido. Aquello que formando parte de lo abstracto, hemos bautizado con el apodo de mundos desconocidos, secretos del más allá, brujerías, milagros, etc., etc.


Y entonces.....

Me vestí con ropas salomónicas y me propuse viajar en una alfombra mágica. Tuve que usar melodiosa imaginación y asentando mi delicado reino, distribuí religiosamente mis servidores, y ordené a mis serviles cuervos que con sus alas me protegieran del sol. El paseo me dejó maravillado por la delicadeza del mismo. Fue un dulce vaivén de vientos y un motor extraordinario, llamado Fe.

Pero que horrores vi desde arriba:

Volé por Castillos ennegrecidos por el tiempo en cuyo silencio, brujas y mandingas atesoran pócimas de extraño poder. Los cuervos de la nada, en su diabólico afán, son los enigmáticos serviles servidores que arrastran en sus poderosos picos, las hierbas del mal. Una sopa negra y pastosa, atraviesa de guerras el planeta y destruye pagodas y vestigios de nuestra civilización. Y, ya no era el pasado; ¡NO! mi oriental alfombra viajada por este inmundo presente y futuro; sí; ya se advierte el futuro. La gran muralla está frente a nosotros e inconcientes aceleramos a fondo, para que el impacto no deje señales de nuestra pobre existencia.

Hambre, enfermedades, llantos. Es verdad también, hay castillos y alegría, minúsculos personajes parecen de esos cuentos o fábulas que siempre han sostenido nuestra esperanza.
 
Pero, tengo el presentimiento, que se nos está haciendo tarde.
 
MI AMIGO MORALES


Ahí se quedó Morales, plantado a la orilla de su niñez. Muerto su padre, se restregó sus ojillos de 9 años y fue a cobijarse en la tristeza de su madre. Allí permanecieron largos minutos abrazados en una silenciosa complicidad. Los otros dos hermanos, no comprendían mucho ese rito casi macabro de la época. En el salón obscurecido por el luto, pendían verticalmente sendos trapos negros, alrededor de la caja mortuoria de riguroso negro, unas fúnebres cerillas parecían proyectar una siniestra danza de funestas sombras. Allí corriendo entre sillas y señoras de luto, Beto y Rudi seguían jugando, ausentes del todo a la tragedia que se vivía en el salón de su casa.

Nuevamente, la vida tomó su curso normal para la mayoría de nosotros. Volvimos a la escuela, a nuestras pichangas diarias, a nuestros juegos de niños.... sin embargo, Morales tuvo que abrigarse ya, a esa naciente edad, de ese hombre en el que se convirtió.

Desde ese día, tuvo que levantarse más temprano que todos nosotros y largarse a otras faenas ajenas a los niños de su edad, el trabajo le abría las puertas y se lo tragó inevitablemente.

Entre cueros y badana, fue balanceando su vida de niño y de adulto.

En ese Carrascal del 50, éramos una hermosa familia de niños, por lo que Morales nunca se apartó de nuestra casi sagrada amistad. Ayudando a su madre y renunciando casi con alegría a las tareas de niño, le vimos crecer y sorpresivamente llegó a ser un hombre adulto. Poco a poco, fuimos sintiendo un hermoso y lindo respeto por nuestro amigo que a pesar de su corta edad, se había transformado a nuestros ojos como ese padre modelo y un poco más a la moda.

Su prematura adultez y sus responsabilidades, le crearon ciertos privilegios que compartimos con enorme gratitud con él. Así, fumarse un cigarrillo fue un natural pecadillo que cometimos con mucho agrado. Su presencia parecía desculpabilizarnos de aquella prohibición terminante impuesta por la mayor parte de los papás del vecindario.

Su madre lo miraba con disimulado orgullo. Morales fue quien nos invitó por primera vez a comer suculentos completos al famoso Indianápolis, ubicado en plena Alameda, del Centro de Santiago. Así creció dentro del cariño y el respeto de sus amigos.

Un día se encontró una princesa que lo enamoró y con la misma dedicación y amor, formó su hogar. Hoy lo vemos ya abuelo y en el mismo Carrascal de antaño, carcomido por el tiempo matemático y roedor, continúa conservando la misma ternura de ese hombre que un día, prematuramente, perdió a su padre.
 
NOCHE DE NARDOS


El día se anunciaba plácido en los Alpes Suizos. La naciente temperatura incitaba el caminar temprano por la orilla de todo ese grandioso conjunto natural. Nos preparábamos entonces a permanecer en las alturas de la montaña y disfrutar del agradable sol y ese casi viento tibio-helado del lugar. Caminamos hinchando los pulmones y permitiendo a nuestros cuerpos un relajo total. De súbito, las ilusiones cambiaron radicalmente. De manera inequívoca papá necesitaba los servicios de urgencia y de salud. El relajo se volvió ansiedad y pánico. El sufrido corazón de exiliado de Andrés, sufrió de pronto los embates de la altura y ese ineluctable pasado de represión dictatorial, que no puede quitarle. Rápidamente se obtuvo los servicios de una ambulancia que nos llevó con misericordiosa velocidad al hospital del lugar y, que se encontraba, afortunadamente para todos nosotros y en especial para Andrés, a nivel del mar. Quiso el destino que, luego de una serie de exámenes de rigor y de un reposo obligado, mi novio obtuviera el alta cerca de las 20:00 horas, sí, con la recomendación irrestricta de no volver a las montañas, debido a que las alturas (3000 metros y más) podrían perjudicar su convalecencia.


Es necesario agregar que el lugar balneario en esos tiempos de verano, es un verdadero hormiguero de turistas y vacancieros. Siguiendo las recomendaciones del doctor, recorrimos todos los recintos hoteleros sin poder encontrar una miserable habitación, al menos para Andrés. Yo en definitiva podría volver al hotel e la montaña, en el peor de los casos.

Ya en la recepción del hotel que se nos ofrecía como última alternativa, nos encontramos con la negativa irreverente, de no disponer al menos de una inhóspita pieza para socorrer al enfermito. En esos trámites angustiosos nos encontrábamos cuando el azar quiso que se cruzara en nuestro camino, Alejandro, un amigo de infancia de mi Andrés y que pernoctara allí desde hacía algunos días con su novia Antonia. Luego de amena charla, le hicimos saber de nuestra necesidad y angustia. Sin más se ofreció con toda voluntad a compartir su habitación con Andrés y la Antonia conmigo. La idea nos pareció, aunque no lo que deseábamos, al menos bastante aceptable en las circunstancias. Andrés y yo, respiramos tranquilos. Luego de cenar en el mismo establecimiento, decidimos retirarnos a las que serían nuestras compartidas habitaciones.


Antonia era una chica muy agradable y aunque un poco mayor, me pareció una excelente compañía y tal vez me dije, con el tiempo una buena amiga. Sus ojos reidores y su porte, inspiraban una confianza a primera vista. Vamos chiquita me invitó tomándome por el brazo. Me dejé llevar encantada.


Nos retiramos, dejando tras nuestro una deliciosa impresión de camaradería.
Una vez en la habitación Antonia, amablemente me ofreció el baño para que me tomara una ducha. Ducha que me pareció muy agradable, dado toda la stress sufrida durante el día. Con la seguridad que podría quedarme cerca de Andrés, disfruté enormemente ese momento. Salí del baño un tanto apresurada, para no hacerla esperar. De todas formas, era su habitación la que yo estaba compartiendo. Al levantar los ojos, me sentí atraída y atrapada por la belleza y la perfección de un cuerpo completamente desnudo. Mi corta edad, me turbó un tanto, aunque declaro que soy curiosa por naturaleza. Ella me miró con una cierta picardía y entró a su turno, con toda naturalidad, a la sala de baño. Yo me acomodé frente al espejo y comencé a secarme mi larga melena.


Estaba en esas tareas y ensimismada en mis propios pensamientos, y no advertí cuando Antonia abrió la puerta y totalmente desnuda otra vez me rozó los hombros y me dijo: —eres de piel dulce chiquita. Un extraño placer me recorrió el cuerpo y me paralogizó de miedo. Al verme turbada, quiso disculparse inmediatamente. Pero, me sentí mal de saberla inquieta y le dije con la voz más entera que pude: —no es nada, no te preocupes, es que es mi.... me puso un dedo en mi boca y no me dejó seguir hablando... me besó la frente... —está bien agregó, —la que no debe preocuparse eres tú, ¿tranquilita ya? Acaricié cariñosamente su mano y la dejé ir.


Seguí secándome el pelo. Pero perturbada y con el alma puesta en sus mínimos y seguros movimientos. Con toda naturalidad Antonia se recostó en su cama y al tiempo que me sonreía, empezó a acariciarse los pezones. En algunos minutos parecía haberse desentendido completamente de mí, no podía no dejar de observarla a través del espejo. Advertí una cara llena de felicidad, aunque a veces adoptaba gestos que parecían hacerla sufrir. La sentí gemir y quise acercarme para preguntarle si se sentía bien. No tuve el valor de hacerlo. Mi pelo estaba seco y mi propia respiración entrecortada, parecían impedirme cualquier gesto. No me atreví a desconectar el secador para no interrumpir ese rito, magnífico rito entre sus dedos y sus ahora magníficos pezones. Contemplé maravillada la hermosura casi perfecta de sus líneas, de pronto me avergonzaba y pensaba en Andrés, para distraer mis confundidos temores.

Antonia siguió el rito, una vez que pareció saciarla el ansia de acariciar sus senos, empezó suavemente a recorrerse su desnudo cuerpo. Sentí y advertí una primera y dulce sensación. Me di cuenta que mi propio sexo, estaba humedeciéndose. Apagué el secador sin más y me acerqué a mi cama, lentamente y sin despegar de mi vista los delicados movimientos de mi compañera de habitación.

Nos miramos, me incito con una sonrisa de placer a hacer lo mismo. Creo que empecé a perder el rubor, me acosté encima de mi cama y quise experimentar sus gestos. Sin darme cuenta, una de mis manos había atrapado suavemente uno de mis incipientes pezones. Sentí un agradable sensación recorrer toda mi virginidad. Cerré los ojos y la sentí acercarse. No me moví, o no quise moverme, su boca se apoderó dulcemente de mi otro pezón, sólo recuerdo que gemí de un placer desconocido y fugaz y sentí desvanecerme...............


El despertar fue radiante, y bajamos a desayunar la mano en la mano como las mejores amigas del mundo y un hermoso secreto. Alejandro se llevó a Antonia luego de terminar de desayunar y yo me sentí, al lado de mi Andrés ya recuperado, feliz de ese casi maravilloso sueño.......
 
NONA


Ese mediodía del verano, un grupo de amigos del vecindario, nos encontramos reunidos en tu antejardín. Noté tu risa nerviosa y para mi incipiente madurez, severamente sensual. Por primera vez te miraba desde mi timidez y me sentía hechizado por tus labios, por tus ojos reidores que admitían todo el ardor que corría por tu cuerpo.

Nuestros amigos comunes, menos experimentados o tal vez, menos propicios al hechizo todavía, se fueron retirando uno a uno, hasta dejarnos solos en esa tertulia del mediodía, en el antejardín. Tu risa se volvió mucho más franca mientras mi emotiva curiosidad empezaba una severa lucha contra mi inconfortable turbación. No quería parecer demasiado tímido ni parecer un niño chico ante tus chispeantes ojos. —Acompáñame al interior, quiero comer golosinas— lanzaste a título de sugerente invitación.

Te seguí y entramos a casa. Me detuve a esperarte en el salón, era lo que aconsejaba la prudencia y las buenas costumbres. —Espérame— dijiste al momento de desaparecer por el pasillo. Habían pasado unos dos minutos interminables para mis nervios alterados, quien sabe por qué extraña sensación. Reapareciste con un caramelo en la boca y habías cambiado tus jeans por una faldita amplia y floreada, me pareciste radiante.
 
Retiraste sensualmente el caramelo de tu boca y me ofreciste a probar. Con el corazón palpitante acerqué mi boca a tan dulce ofrecimiento. — ¿te gustó?, agregaste mientras lo retirabas dulcemente. — mmm rico, dije en un murmullo de voz, mientras sentía agolparse la sangre en mis sienes. Me llegué a sentir como una marioneta, sin embargo feliz de esa sorprendente aventura. —Ven, dijiste sin más, dirigiéndote a tu dormitorio.

Te seguí como un fiel perrito faldero. Nos sentamos a orillas de tu cama, al mismo momento que te dejabas caer de espaldas. Advertí con toda mi turbación y mi temor la blancura y la tersura de tus magníficas piernas. Advertiste mi turbación y preguntaste nuevamente — ¿te gustan? ¡Qué cosa! pregunté en un enredo de palabras. —mis piernas, tontito, mis piernas, dijiste riendo, mientras dulcemente levantabas aún un poquito más para regalararme de la espléndida visión que ofrecías a mis admirados ojos.
 
Mi timidez fue desapareciendo, mientras sentí como intempestivamente mi virilidad comenzaba a manifestarse. Me sentí incómodo en ese empuje de la naturaleza y quise acomodarme con disimulo, sin embargo a tu osadía siguió una abierta provocación. Sentí tu mano acercarse al despertar de mi virilidad y cerré los ojos de una inmensa felicidad.
 

Tu boca vino madura a la mía, todavía con ese gusto a caramelo, mis manos tímidamente primero y alocadamente después acariciaron tus piernas, mientras tú te adueñabas de mi naciente virilidad. Fue mi primera tarde de pasión....
 
NUESTRO COLUMPIO


Por las primaveras del 1960.


Carrascal

Esa madrugada vino insinuando cantos ligeros. Ilusiones tardías habían celebrado una noche de columpios. En ese día tan especial, miraba incrédulo nacer el día desde la terraza, en que en tardes tibias de noviembre, balanceabas tus sueños y los míos.
 

Desde las veredas del sol, mis ojos habían fijado el remolino de faldas en tu alegre vaivén, en momentos de mis paseos primaverales... El tiempo multiplicó esos atardeceres y...


Esa noche, despertaba a una realidad, a una trágica y hermosa realidad. Te habías convertido en la princesa real de mis paseos primaverales. Estabas vestida de fiesta y radiante te vi venir.
 

Aspiré tu aroma tan deseado y aprendí de la lectura de tus manos, en ese baile casi inconcluso de aquella noche. Me pareció poseer todas las riquezas del mundo al mismo tiempo que parecíamos desaparecer en un baile de columpios. La ligereza de nuestros cuerpos en ese baile, me dejó la sensación de una danza de nubes y me perdí en tu nombre, Eliana.
 

Quise entregarte todo el canasto de mis versos y contarte toda la locura de mi amor. Leía el mensaje de tus manos y comprendí la felicidad que te embargaba. En esos momentos no existía nada, no existía nadie, sólo lo nuestro.


Cada vez que me detengo a escuchar aquella canción... “te regalo yo mis ojos, mis cabellos y mi ..... y hasta el aire que respiro, yo mi vida te regalo....” vuelves a columpiarte en mis sueños de primaveras.
 

Sin embargo, en medio de ese éxtasis primaveral, de flores, columpios y de amor, llegó repentinamente la Severidad almidonada y con ojos inquisidores, vino a poner término a nuestro naciente idilio....

Así, nos vimos sorprendidos por la curiosidad de millones de seres, que habían asistido incrédulos y llenos de envidia, a tan hermoso romance. Antes de huir a refugiarte en las sombras de tu intimidad, leí, el que fue tu último mensaje de tus manitas. Al soltarte de mi, levanté ojos doloridos y vi como se humedecía tu lindo rostro.
 

Es el último recuerdo que me quedó de esa noche y de esa fiesta. Una botella de ron consiguió calmar mis odios y mis nacientes iras. Y allí me quedé sentado en la terraza, apoyado en tu columpio, meciendo tus sueños y los míos queriendo verte aparecer...


No llegaste. Cuando la madrugada por fin irrumpió en mi desvelo, huí también despavorido a mi fiel soledad.
 
QUISIERA VOLVER


Angustias del Exilio.


Un día cambié mis veredas. Atrás quedaron mis flores, mis frutas, mis recuerdos, mis amores, mis amigos, mis olores.... en fin mi vida entera.


Me sentí empujado de mi propia tierra al ventisquero más lejano de mis premoniciones. Huí, tras una multitud de ecos volcánicos que parecían exigir con su voz de trueno, mi partida.


No tuve alternativas y partí, dejando con tristeza mis esquinas, mis orillas, mis senderos......y fui desapareciendo como humo que se lleva el viento.


Treinta años van desde entonces, en que en tierras de suelo verde, la nieve pinta de blanco los inviernos que no terminan. Allí nací de nuevo.
 

Volví al abecedario de mis primeros pasos, mis ojos tuvieron que ir aprendiendo los nuevos paisajes y modelando nuevamente mis deseos, mis ambiciones y mi vida.


A pesar de todo, nunca me acostumbre definitivamente. He caminado ríos, he caminado la nieve, he jugado con el viento y me he reconciliado con la lluvia torrencial. Truenos y relámpagos me han hecho descubrir un nuevo cielo, sin embargo he perdido para siempre mis estrellas, mi sol y el canto de los caminos. He aprendido del silencio, persigo necesitando tu voz.


Quisiera volver, pero no quisiera hacerlo distinto. Tengo miedo de no llegar exactamente al lugar de donde partí.


Y por eso, entre ligeras lágrimas y una profunda emoción, me voy simplemente quedando, aunque en algún recuerdo, quisiera volver...

 
SUEÑO CARCELARIO

El infinito vaivén del agua y su movimiento que juega con el sol de la mañana, atrajo mis pasos hasta la orilla del río. Dejé vagar mis sentidos y no quise pensar en nada. Deseaba adormecerme con su melodioso ruido.

En definitiva, fue lo que ocurrió, me dormí con la armonía de su dulce navegar y con el estallido vertical que provoca el viento al chocar de frente con los árboles y con las hojas. El manso ondular del río, me llevó a aldeas imprecisas y sin embargo no pude alejarme de tus ojos.


Camino yo tu piel
Aunque navego por el río
Inspirado voy despierto
Tus ojos son la miel
Tus besos son de viento
Que yo llevo de concierto
Caminando por tu andén.


Sin embargo, en mis sueños, tibios aires me circundan y parecen invitarme a volar por los cielos y el crujido de las hojas es un dulce quejido que me acompaña allá en el vuelo.


Inventando voy tu cuerpo
Entre tempestades y gemidos
Oraciones de lamentos
De pasiones y latidos
Con que incendias
Mis conciertos
En deleites consumidos.


Y en el aire y por el aire, voy creando nubes de luces e historias sublimes, me olvido de la tierra de donde vengo y en donde vivo:


Que importancia por la arcilla
Ni el menester del ir y venir
Si aquel soplo de la vida
Es misterio y porvenir.


Quiero seguir dormido y continuar mi sueño, era la única manera de pretender estar contigo, aunque en mi realidad ya eras un extraño pasado:


Es pasado es un abismo
El presente es su orilla
El futuro es una silla
De dolores por la vida.


Entonces en un asalto de extrema dignidad, me di cuenta de la enorme pesadilla y me dispuse a despertar, mientras en el cielo parecía, plegaria mi cantar:


Soy yo, el rocío de María
Que busca con ansiedad
En el pelo de tu almohada
En tu lecho de enamorada
Tu dulce castidad.


Y en mi última visión tu fantasmagórica presencia, me levantó de mi inocencia y me liberó el corazón:


Tú, riendo me mirabas
Desde la ventana mirando el cielo
Y leyendo ibas el cuento
Que yo te dibujaba.

Mientras en mí:
El tiempo abrazado al viento
Fue arrastrando mi silencio
Del papel, de tinta y versos.
 
UN LARGO MOMENTO


Llega la pulcritud de un delicado encuentro.

La maleta contiene las menudencias necesarias. No se necesita ni la foto, ni un pasaporte ni un billete de avión; sólo un perfumado viento.


Aunque es lunes la impaciencia será la misma; la hora de llegada está programada a las ocho de la mañana, la del casi vuelo; no conozco esta vez la exactitud de su exacto tiempo.


La torre de control indica el mismo destino de regreso que el de la partida, es un viaje ida y vuelta; como un vulgar paseo por las mismas avenidas.
 

Van a exterminar dolores y extirpar sus males en vacaciones de inyectables sueños.


Abrirán sillones un tanto auriculares y en el silencio cumbre de tu sueño madre estará mi ansia de hijo rogando altares.


Será un paseo extraordinario como todos los vuelos, o a diferencia de ellos, en éste, el pasajero puede, si lo prefiere, cambiar de nave y continuar su rumbo hasta el mismo cielo.


Cual sea tu deseo o la voluntad del Supremo, ya no importa, pues regresarás a nuestro delicado encuentro. Volverás a lo nuestro, a este valle de flores y de lágrimas a Santificar su nombre o bien a terminar tu vuelo.


Las manos abiertas en plegarias sabias, tus hijos, tus nietos, te recogeremos con tu mismo amor de Madre.
 
YO LA NOCHE


Amanece.
Los primeros albores apuntan al oriente e incendian el horizonte.
Los nacientes rayos solares fijan sus prismas en unas inocentes nubecillas que parecen estáticas de admiración frente al nuevo día que prepara el alba y despierta a la vida.

Detrás de las últimas sombras, el ejercicio matinal comienza su industrial movimiento. Los cerros siguen durmiendo en sus faldas y la luz corroe el silencio y esconde definitivamente la noche.
Las últimas estrellas van desapareciendo al ritmo en que la luz del sol se vuelve mas intensa.

A las siete en punto de la mañana, la luz se ha comido la noche, las estrellas y mis sueños.
Definitivamente para mí, es hora de irme a dormir.

Despertaré al occidente ennegreciendo paulatinamente el horizonte marino, donde irá a esconderse el sol.
Y volveré a soñar, volveré a componer las sinfonías de esos ecos nocturnos y de esos versos de luna, de promesas y lagunas, en la tranquilidad de mi dulce impaciencia.
 
ELLA LA MARÍA

Ahí estuvo siempre. ¿Cómo llegó a casa? Acaso mi madre lo sepa. María, hermosa mujer, tendría en esos entonces unos 20 años. Yo empezaba tranquilamente a despertar a los apetitos del alma y sobre todo a los del cuerpo. Las caritas de algunas niñas me parecían muy hermosas y en algunos ojitos generalmente concentraba mi alegre afán. María me miraba y siempre parecía preocupada, especialmente por mí. ¿Qué tiene mi niño? solía preguntarme y yo voluntariamente me acurrucaba en ella aspirando su olor a jabón de lavar, a cloro y a sábanas limpias.
Todo este ritual de sensualidad era mi más lindo secreto. Sumido en su delantal y traspasado por la tibieza infinita de sus piernas, en donde ella jugaba con mi pelo, yo convertía mis ilusiones en jardines de colores. Transcurrieron algunos meses, aquellos en que uno adquiere una gravedad de adulto innecesaria en poco tiempo. Entonces aquellos arrumacos, se volvieron, repentinamente, a los ojos de mi madre, muy pero muy sospechosos.
Probablemente habló con la María, la cuestión es que ya nunca más permitió que me acurrucara nuevamente contra su falda.
Sufrí, me dio rabia. Mi madre, nunca fue muy tierna que digamos. El tiempo siguió su curso y María reemplazó sus ternuras. Cada vez que me cruzaba en su camino me ponía sus manos en mi cabeza y me sonreía dulcemente.
Sin darme cuenta cumplía mis quince años. Empecé un pololeo bien bonito, sin embargo, todo vino con la velocidad de un rayo. La niña  resultó bastante más avanzada en cuestiones del amor y naturalmente mucho más madura. Cada encuentro se convertía en una orgía a dos en donde estaba prohibido desnudarse, dado el escaso tiempo del que disponíamos. Es decir, no se podía desaparecer por mucho rato. Todo era cuestión de intervalos. En cada descanso, quedaba cada vez más y más excitado y caliente. Cuando volvía a casa, María me miraba y sonreía. Ella sabía lo que pasaba, pero ya no me atrevía a contárselo.
Un día cualquiera, desde el colegio nos devolvieron a casa. Ese día no hice la cimarra, probablemente porque mis notas del último trimestre no me ayudarían a salvarme olímpicamente de un castigo atroz. Tras cruzar el jardín y acariciar a mi perro, entré a casa. Había mucho silencio, sin saber por qué, el corazón me dio un vuelco. Me puse muy nervioso mientras pensaba que María podría encontrarse sola en casa. Atravesé salón, dormitorios, comedor y finalmente llegué a la cocina. María sin advertir mi turbamiento, me apretó contra sí y me besó la cabeza.
—María, María dije..... ¿Estás sola?— pregunté
—Si, me dijo sonriendo. Su mamá acaba de salir. ¿Y usted qué hace a esta hora en casa?—
—Bueno es que... (El corazón se me agolpaba en la garganta) la verdad es que... no tuvimos clases y nos dijeron de volver a nuestras casas..... ¿Dónde fue mamá? ...¿va a llegar... luego?—
—Lo noto nerviosito, ¿le pasó algo en el colegio?—
— ¡No!...— me apresuré a contestarle.... y me quedé más nervioso todavía, mientras que tranquilamente mi pene empezaba a endurecerse contra sus piernas.
Me apartó dulcemente y me preguntó con gran ternura...
— ¿Y eso? ¿Qué le pasa?—
—No sé Mariíta, cómo podría explicarte si yo mismo no tengo idea—
—No se preocupe mi niño, son cosas de su edad—
— ¿Qué cosas de mi edad?— quise saber. —¿Me puedes explicar?—
—No sé si deba— me dijo, al mismo tiempo que me apretaba contra ella.  Me abracé a sus caderas y mi pene se hundió contra sus piernas, mientras repetía calladamente María, María.
—Me gustaría darte un beso— le dije como en una súplica que viene con el corazón golpeándome el pecho. —No me vayas a acusar ni te enojes conmigo— agregué atropelladamente, mientras restregaba mi abultado pene contra sus deliciosas piernas.
—Está muy excitado— me dijo. Es necesario que se calme.
—Crees que es muy fácil, no hagas lo mismo que mi novia— le supliqué de nuevo.
— ¡Quée! — me dijo. ¿Anita? ¿Qué le hace Anita?—
—No le cuentes a nadie— le advertí.
Me aseguró que guardaría el secreto y aproveché para aumentar un poco la historia de nuestros alocados y furtivos encuentros.
Me pide de abrir la boca y nos chupamos la lengua mientras ella deja caer sus manos para accidentalmente tocarme el pene. Luego se retira muy rápido, se ríe y hace como que no hubiese pasado nada. Luego va a la ventana, se asegura que no hay nadie cerca y me desabotona el marrueco y me pide de mostrarle mi pene en erección, ella se separa lo suficiente para mirarlo bien y darme el tiempo por si alguien irrumpiera de improviso y poder reaccionar. De pronto, se acerca y me da un besito en la punta. Y otra vez se retira riendo. Está rico me dice... Luego me obliga a irme y no contarle a nadie. A mí me cuesta mucho guardármelo de nuevo, ella no entiende y parece gozar con la escena.
—Pobrecito mi niñito— dice María.....venga me dice tomándome de la mano....
— ¿Dónde?.... no dónde Anita— agrego asustado.
—No pregunte— agrega dulcemente María y me dejo guiar...
Entramos al salón... silenciosamente nos acercamos a la ventana que da a la calle.
—Ya,  mi niñito— me dice. Mire bien atentamente por la ventana y que no venga nadie.... María me besa la cabeza mientras dirige suavemente sus manos y la acerca a mi pene. Con dulzura desabotona el marrueco y toma mi pene en sus manos.  Parece como si quisiera masturbarme, sin embargo siento que se inclina tranquilamente, acerca su boquita y me da un besito. Luego acerca su boca a mi boca y me susurra al oído, este es el besito que me pidió,  ¿se acuerda? Yo siento su lengüita en mi boca e instintivamente éstas se confunden y me olvido mirar por la ventana.  Un rato infinito yo chupo su boquita ella me toma por la cabeza y baja mi boca a la altura de sus senos. Los descubro mientras los recorro con mis manos y mi ansiedad. Los beso, sus pezoncitos parecen dos porotitos que beso con ternura increíble. María no deja de besarme la cabeza. De pronto ella se agacha y me besa mi pene, lo recorre con su lengüita y luego empieza su rito de felación. La emoción es fuerte, el corazón parece quisiera saltarme del pecho. La agarro del pelo, se lo tiro con fuerza. Ella me pide acabar. De pronto siento todo el universo perderse en la boquita de María, ella sigue acariciándome y yo perdiéndome en los sueños más eróticos que nunca imaginé...
—Nadie tiene que saberlo— me dice.....
—Nadie— le prometí.....
Quise besarle su boquita nuevamente.
—Otra vez será—me dijo, —ahora está en deuda conmigo....—
No comprendí qué quiso decir ni me atreví a preguntarle... Pasaron los años. María nos dejó. Me casé, tuve hijos. Me separé, luego me divorcié... En fin....
Un día cualquiera, caminando por el sector Oriente de la ciudad me encontré de frente con María. Lucía hermosísima. Me sonrió con la misma dulzura de siempre, aunque esta vez la sentí sonrojarse. La miré con mucho cariño y el corazón volvió a dar un vuelco espectacular en mi pecho. Estábamos contentos, no hay duda. La cerqué contra mí y le dije al oído:
—Te debo algo y me gustaría...—
 Me puso los dedos en la boca y me hizo callar.... Eran las tres de la tarde.... Nos tomamos de la mano.
— ¿Quieres acompañarme?— le pregunté.
—Sí, con gusto— me dijo...
Elegí un bonito hotel. Ya en el dormitorio le pedí que nos acercáramos a la ventana. Nos reímos a carcajadas. Nos besamos tiernamente al principio y luego con una pasión desenfrenada. Levanté su faldita y busque su vulva hurgando suavemente en sus diminutos calzones. Suavemente ésta se fue humedeciendo mientras mis dedos jugueteaban a la entrada de su vagina.  María empezó a gemir suavemente. Le acerqué mi boca a su boca y nos besamos nuevamente con pasión. Nos mordimos, nos chupamos. Busqué desnudar sus senos, y empecé a recorrer su cuello con mi boca sedienta. De pronto mi boca devoraba sus pezones rosados y agigantados como nuestro deseo. Baje dulcemente por su cuerpo de diosa hasta su vagina y recorrí con mi lengua caliente hasta llegar a su clítoris. Desesperada acercaba con fuerza mi cabeza contra su vulva, mis besos la excitaban y la enloquecían. De pronto se retuerce en espasmos de felicidad, mi boca empieza a subir por su cuerpo hasta terminar en su boca.
 Nos dormimos plácidamente.
— ¿Y ahora qué estamos pagados?— me dice.
—María, ahora nadie me impedirá penetrarte—
—Mi niñito— sonríe María.
 El cuento termina aquí.
Hace 10 años que vivimos juntos y felices y nu