AMOR EN LOS ANDES

Luis Enrique Yáñez Flórez
(Leyanez)





La sublimidad del amor



Lima - Perú

2005








“El amor puede conmover sólo una vez y perdurar
Por toda la vida y nunca
Olvidarse hasta que morimos”

I

El reencuentro

Era la media mañana de un tibio día de la naciente primavera en la Ciudad Capital. Leo se encontraba en su oficina revisando unos documentos para el despacho del día cuando por el intercomunicador, su secretaria le anuncia que tiene una llamada telefónica. Tomó el auricular; con voz serena y pausada dijo:

-¿Aaló? ... buenos días.

Al otro extremo de la línea una voz femenina:

- LA VOZ FEMENINA.- ¡Hola, cómo estás! ¿Te imaginas quién te habla?

- LEO.- Bueno, ... me gustaría escuchar tu voz nuevamente.

- LA VOZ FEMENINA.- Bien, ... me enteré que trabajas en esa Oficina y ...

- LEO.- ¡Ya sé quien eres! Mi corazón no me puede engañar. Unos segundos de silencio. ... ¡Eres María Fernanda!, ... sí, ¡Eres María Fernanda!, ... ¡Dime que no
me equivoco! Han pasado tantos años y no sabes cómo te he ...

- LA VOZ FEMENINA.- Sí, tienes razón, soy María Fernanda

- LEO.- ¡Dónde estás!

- MARÍA FERNANDA.- Estoy a muy poca distancia de tu trabajo.

- LEO.- ¡Espérame allí, no te muevas por favor que enseguida voy a tu encuentro!

Leo cuelga el fono, se pone su saco azul marino; el corazón le golpea de tal modo el pecho que parece que se le va a salir; abre la puerta de su oficina; y, dirigiéndose a su secretaria con voz nerviosa pero con el semblante lleno de una mezcla de emoción y alegría le dice: .

Hilda, debo salir urgentemente, dígale a Juan que tengo una emergencia, que después le explico.

- LA SECRETARIA.-. ¿Qué le ocurre señor? ... ¿Algo grave?

- LEO, - No Laurita, no es nada grave; más bien se trata de un asunto que debo atender personalmente. Así que eso no más le dice al Director, que he salido por eso, por un asunto personal.

Al salir de la Oficina, Leo divisa a María Fernanda, la notó más delgada, físicamente algo diferente a la última vez que la vio salir del colegio. No en vano habían pasado casi siete años desde aquel entonces. El tiempo había dejado sutiles huellas en su semblante. No era ya la de una colegiala, sino la de una joven mayor, pero que aún conservaba esa diáfana sonrisa que antaño tanto le cautivó. Corre a su encuentro; María Fernanda, al verlo, hace lo mismo. Cuando se encuentran, se dan un fuerte abrazo, Leo la estrecha fuertemente, la hace girar en el aire dando innumerables vueltas como un trompo. Ambos se miran y sus ojos se llenan de un indescriptible fulgor que se convierten en gotas de lágrima, y, juntando sus labios se dan un muy efusivo, largo y tierno beso de amor, como queriendo cobrarle al tiempo los tantos años que no pudieron hacerlo. No se cansaban de repetirse a cada instante “te amo, te amo, te amo amor mío”, “Sólo he vivido pensando en ti todo este tiempo corazón mío”.

Hombres y mujeres que por allí pasaban, se detenían y contemplaban el romántico cuadro y comenzaron a aplaudir. Pero Leo y María Fernanda ensimismados como estaban no se daban cuenta de lo que ocurría a su alrededor; pero al darse cuenta, ambos respondieron con diáfana sonrisa; levantando las manos las agitaron en el aire dando las gracias; nuevamente se besaron muy suavemente. Detuvieron un taxi, subieron y se retiraron de aquel lugar.

II



El viaje con Miguel

- Leo, ¿Qué te parece si me acompañas a un viaje de negocios? Necesito una persona, como tú, que me acompañe; voy de pueblo en pueblo hasta la frontera del norte llevando mercadería de mucho valor.

Miguel era un amigo de Leo, unos cuantos años mayor que él. También amigo de sus padres, que se dedicaba a la actividad de joyería. Él comerciaba de pueblo en pueblo hasta la frontera, donde mantenía amistades de mucha confianza a quienes dejaba su mercadería, según pedidos, y luego a su retorno arreglaban cuentas. Leo aceptó de muy buena gana, pues de esta manera pasaría por el pueblo donde vivía María Fernanda. Aprovecharía la ocasión para verla personalmente para que frente a frente le confirme lo que ella le había escrito en una aciaga carta.

- LEO.- Está bien Miguel me parece una excelente idea. Fíjate que precisamente esto me cae como pedrada en ojo tuerto, pues deseo arreglar un asunto pendiente allá en uno de los pueblos por donde pasaremos.

- MIGUEL.- Qué bueno Leo. Para mi no hay problema tratándose de ayudarte; pero, me puedes contar de qué se trata, o es un asunto muy personal.

- LEO.- Ya que vamos a ser compañeros de viaje, creo que debes saberlo. Cuando estudiaba en la Ciudad Imperial, conocí a una chiquilla que fue a pasar unos días de vacaciones. Ella se llama María Fernanda, pero de cariño yo la llamaba Mafer. Me cautivó de tal manera que le entregué todo mi amor. Ella me correspondió sólo cuando viajé desde los Andes hasta su casa. Todo fue muy hermoso, maravilloso, casto, sublime y casi divino. Cuando regresé a la Ciudad Imperial, nos carteábamos, siendo cada una de nuestras cartas verdaderos poemas de amor. De pronto llegó una muy diferente. No podía creer lo que en ella me decía. Fue muy doloroso. Ponía fin a nuestro idilio, diciéndome que lo nuestro era un error, una equivocación. Finalizaba la carta con una petición que se entendía como una prohibición a seguir con las epístolas.

- MIGUEL.- No te preocupes mi hermano, cuando lleguemos a ese pueblito no descansaremos hasta encontrarla y puedas hablar con ella. Estos asuntos hay que zanjarlos personalmente, porque de pronto no es cosa de ella. Puede que haya sido obligada escribirte así. Date cuenta que es una chiquilla de dieciséis años y por su formación provinciana, está muy sujeta a sus padres. Dalo por hecho mi hermano. Mañana mismo estaremos allá.

- Y ¿Cómo harás para encontrarla, si dices que no puedes ir a su casa?

- LEO.- Eso es otro problema.

- MIGUEL.- Hay una forma que no puede fallar. ... Dime, ¿Ella aún está en el colegio?

- LEO.- Sí

- MIGUEL.- Entonces ¡Espérala cuando salga del colegio!

- LEO.- Sí, tienes razón. Gracias mi hermano.

- MIGUEL.- Muy bien, mi querido Leoncito, mañana partiremos a las 8 de la mañana. Prepara tu valija porque el viaje será muy largo, nos demoraremos más o menos 20 días. El punto final es Aguas Verdes, en Tumbes y Huaquillas en el Ecuador.

Efectivamente, al día siguiente partieron de la Capital, rumbo al norte. El vehículo era una camioneta cerrada Chevrolet color verde pastel de ocho cilindros. Sólo tenía dos asientos; uno para el piloto y el otro para el acompañante. En la parte posterior, que servía de dormitorio ambulante, llevaban unas cuantas damajuanas con vino, para obsequiar a las autoridades de los pueblos en donde Miguel negociaba sus productos. Uno a uno entraban, negociaban y salían de cada pueblo que parecían oasis separados entre sí por arenales y cerros áridos y rocosos. Conforme avanzaban se iba perdiendo la sintonía radial de las emisoras capitalinas; poco a poco entraban las señales de emisoras ecuatorianas y colombianas con sus pasillos y cumbias.

Leo observaba cómo el vehículo se tragaba uno a uno los kilómetros a través de la larga, modorrable e interminable cinta asfáltica. En su mente sólo estaba la idea de encontrar a su María Fernanda. Iría a su colegio, como le aconsejó Miguel. Cuando llegaron aún era medio día. Estacionaron el vehículo cerca del colegio. Leo se bajó de la camioneta. El corazón le latía más de prisa, y, algo nervioso se dirigió hacia a escuela. Miguel le decía: “Tranquilo Leoncito, tranquilo”. Esperó la hora de salida. Comenzaron a salir las alumnas, pero nada de aparecer su amada Mafer. Lamentablemente para él, esta vez no tuvo la suerte de encontrarla. ..

- MIGUEL.- ¿Y Leoncito?

- LEO.- Nada hermano, no la encontré, seguramente no vino a clases. Cuando regresemos nos detendremos nuevamente por acá haber si hay más suerte.

- MIGUEL.- Siempre y cuando sea de día Leoncito, porque de noche no creo que funcione el colegio.

- LEO.- Claro que no Miguelón. Dios quiera que la próxima vez tenga mayor suerte.

Al retorno, también ocurrió lo mismo. Leo sólo se contentaba con ver la fachada la casa de su amada, cada vez que pasaban por la carretera hacia el norte o hacia el sur, ya sea de día o de noche.

Era el cuarto viaje que hacía; los anteriores fueron infructuosos. Esta vez tenía la corazonada que sí la encontraría. Nuevamente casi al medio día llegaron al pueblo. Con Miguel fueron hasta cerca del Colegio y esperó la hora de salida dentro del automóvil. No esperó mucho, pero para Leo los segundos y minutos le parecieron una eternidad. Estaba muy nervioso, Miguel le daba ánimo. Pero Leo pensaba “¿Qué le digo ahora?... “Y si no me quiere hablar”... “¿Habrá venido a clases?”... “Si la encuentro, le diré que he venido a buscarla, que no la quiero perder, que no puedo creer lo que me ha escrito, que me diga cuál es el motivo para su repentino cambio”... “Le pediré que no me deje de amar que no podré vivir sin su amor”

De pronto, como un tropel, un grupo de alumnas salía del colegio; dentro de él divisó a María Fernanda vestida de uniforme escolar. La vio más hermosa, cándida, llena de alegría primaveral que conversaba animosamente con sus compañeras. Un nudo se le hizo en la garganta, Miguel le daba ánimo para que conserve la serenidad y no pierda la oportunidad que ahora le brindaba el destino. Salió del auto y fue a su encuentro. María Fernanda, a pesar que pasó junto a él, no se dio cuenta. Entonces Leo la llamó por su nombre.

- LEO.- ¡Mafer! ¡Mafer!

María Fernanda volteó la cara hacia atrás y se llenó de gran sorpresa y emoción a ver a Leo parado allí. No lo podía creer. Pero la cara de sorpresa y emoción cambió por un semblante adusto. Separándose momentáneamente del grupo de amigas se le acercó y le dijo:

- MARÍA FERNANDA.- Leo ¿Qué haces acá?¿ ¿A qué has venido? Ya te dije lo que era necesario decirte, no hay nada más de qué hablar.

- LEO.- No mi amor. Yo sé que no es así. No puede ser así. ¿Por qué cariño mío, por qué? ¿Qué de malo he hecho para merecer esto de ti? ¿Hay otra persona acaso en tu corazón? Mi amor, tú sabes que yo te amo con toda mi alma. Por favor, mírame directamente a los ojos y dime si realmente no me quieres. Si me lo dices ahora, yo me iré, con el corazón roto en mil pedazos y muy triste porque sé perder; pero, me iré diciéndote que nunca dejaré de amarte, que siempre vivirás en mis recuerdos y muy dentro de mi corazón.

Ahora la nerviosa y turbada era María Fernanda que no podía mirar a los ojos a Leo para responder a sus afligidas preguntas. Sí lo amaba y lo seguía queriendo, pero así como cuando Leo, allende los Andes, le declaró su amor, sus labios enmudecieron. Haciendo un esfuerzo por parecer natural, sólo dijo:

- MARÍA FERNANDA.- No hay otro, sólo que lo nuestro no puede seguir, y, por favor Leo, ya no me preguntes más. Lo nuestro es un imposible. Nunca podrá ser, por eso es que tomé la iniciativa de ponerle fin. Además estamos tan separados, ... tú tan lejos. Muchas cosas pueden ocurrir. Es mejor que te olvides de mí y no me busques más.

- LEO.- Mafer, no contestas mis preguntas. Sólo me pides que te olvide cariño mío y que nunca más te busque; pero, sobre el motivo de tu determinación, no me aclaras nada. ¿Olvidarte y no buscarte más? Eso nunca podrá ser porque mi corazón siempre latirá por ti y jamás podré olvidarte.

Tras unos instantes de silencio en el que ambos corazones sufrían por la inminente separación, Leo continuó hablándole.

Mafer, ahora estoy más cerca de ti. Ya no estoy en la ciudad Imperial, hoy en día por ti, he vuelto a vivir en la Capital, a menos de tres horas de aquí. He trasladado mi matrícula de San Antonio Abad del Cuzco a la Universidad Mayor de San Marcos. Así que lo que tú temes no ocurrirá. ... No mates nuestro amor, querida mía, que es un regalo de Dios.

- MARÍA FERNANDA.- La decisión está tomada, ya no puedo retroceder. Mas bien te ruego, ahora, que por el amor a Dios, te retires. Ya no tarda en venir mi padre en su auto para recogerme; si nos ven conversando, se molestará mucho; me harás pasar un mal rato; en casa, me llamarán severamente la atención. Por favor Leo, te pido una vez más, es mejor que te retires.

- LEO.- Está bien mi amor, como tú quieras. Sabes que soy incapaz de que por mi culpa vayas a pasar un mal rato. Me alejaré de tu lado muy herido, con un inmenso dolor que sé ninguna mujer podrá aliviarlo, porque sólo a ti te quiero y te amo. Una y mil veces no me cansaré de repetirte que nunca te olvidaré y que siempre te amaré, y gritaré a todo el mundo que te amo, que te quiero con todas las fuerzas de mi corazón. Hubo un instante de profundo silencio. Muy triste continuó diciéndole:

- ¡Adiós corazón mío! ... ¡Adiós! Deseo lo mejor para ti. Si algún día nos encontramos nuevamente, así pasen los años, te darás cuenta que lo que te digo es verdad y me encontrarás llorando de amor por ti.

Dando la media vuelta, Leo se retiró cabizbajo, lenta y muy tristemente. Unos metros más arriba lo esperaba Miguel.

- MIGUEL.- ¿Y, Leoncito? ... ¡Qué cara! ... ¿Cómo te fue?

- LEO.- Nada mi hermano. No quiere saber nada de mí. Prácticamente me ha echado de su presencia. Aunque durante la conversación la noté bastante nerviosa, disimulaba muy bien. Yo creo que me sigue queriendo porque no me ha dicho lo contrario; sólo que lo nuestro no puede seguir, que es un imposible; pero, del motivo, nada.

- MIGUEL.- Bueno cuñadito, qué vas a ser, así son las mujeres. Son un mar lleno de sorpresas e impredecibles. Ahora te dolerá, como es natural, pero ya verás. El tiempo es el gran curador de todos los males y de los dolores. Ya no te preocupes más, yo sé que en los brazos de una hembrita la olvidarás y encontrarás alivio para tu corazón. No olvides que un clavo saca otro clavo. Yo sé lo que te digo.

- LEO.- No Miguel, quizá pueda tener otras enamoradas u otras hembritas, como tú dices, pero el amor que le tengo a María Fernanda, será muy difícil que se apague, muy difícil.

- MIGUEL.- Bien Leoncito. Mira que me vas hacer llorar. ... Perdón mi hermano, no quise burlarme de tu dolor; pero, lo que quiero decirte es que por algo pasan las cosas. Yo te comprendo Leoncito. A lo mejor, al pasar el tiempo se encontrarán nuevamente, conversarán con mayor madurez, y, de pronto ustedes podrán volver a quererse como se merecen. No pierdas la esperanza, mi leoncito herido, uno nunca sabe. Procura sacarte esa espina, ya te he dicho cómo. ... Bien, ahora, a otra cosa mariposa. Debemos seguir hacia el norte. Nos espera todavía más de mil kilómetros que recorrer, y mi lema es que negocios, son negocios. Las mujeres, después.

Leo hizo un ademán de afirmación. Miguel se enrumbó hacia el Norte. Varios pueblos y haciendas tenían que visitar aún por sus negocios. En el camino Leo recordaba una canción cuya letra parecía escrita para su caso:

Por qué te conocí,
Si no habías de ser mía,
Por qué yo te adoré
Si no me perteneces.

La vida traicionera,
Engaña siempre, siempre.
Y cuado más se quiere,
Se hiere al corazón.

No te culpo yo a ti,
Culpable es mi destino,
Que me hizo comprender,
Que no era mío tu amor.

Y ahora que te alejas, hay,
Qué triste a mi me dejas,
Por qué tu me besaste,
Si no eras para mí”.(1)













III

Contando la verdad

Las calles y avenidas de la ciudad pasaban raudamente; El primaveral mediodía les parecía más radiante, fresco y hermoso; se miraron frente a frente, y sin pronunciar ni una sola palabra, se dieron un fuerte y tierno abrazo; una vez más juntaron sus labios sellando con sublime afecto el gran sentimiento de amor que los embargaba.

- LEO.- Cuéntame mi amor ¿Cómo has hecho para encontrarme?... ¿Cómo averiguaste la dirección de mi trabajo? ... ¿Por qué me dejaste? ¿Por qué me escribiste esa carta fatal en que me decías que lo nuestro era una equivocación y que ya no me querías? ... María Fernanda guardando prudencial silencio, lo miró con ternura, le tomó del brazo y puso su cabeza sobre sus hombros;

Leo continuó diciendo. - No sabes cuánto me hiciste sufrir. Fui a tu pueblo a buscarte varias veces para que frente a frente me dijeras que ya no me querías, hasta que al fin te encontré saliendo de tu colegio con grupo de amigas. ... ¿ Te acuerdas? Y, efectivamente me dijiste que te dejara; que lo nuestro era una equivocación, un imposible; que tu padre vendría en cualquier momento a recogerte en su automóvil; que no querías tener problemas con tu familia. Yo me retiré en silencio con el alma destrozada y sin rumbo, como si el mundo ya no significara nada para mí; y, ... ahora, después de tantos años estás entre mis brazos. ... ¿Qué pasó mi amor?

- MARÍA FERNANDA.- Amor mío, yo también sufrí mucho en ese momento; no creas que no me atormentaba cuando te dije esas horribles cosas que no salieron de mi corazón; y, al ver que lentamente te alejabas, cómo me dolió lo que te había dicho; pero mi amor, es que no tenía alternativa. Mis amigas me preguntaron si eras tú el chico que conocí allende los Andes y que amaba mucho, yo les contesté que sí pero que no podía seguir contigo, que mis padres enérgicamente me lo habían prohibido. ... Luego de unos instantes de silencio, María Fernanda muy tiernamente continuó diciendo: ...Amor mío, en estos siete años que han pasado, no he dejado de pensar en ti y de amarte un solo día; cada noche al mirar la Cruz del Sur, pensaba en ti; te veía que con los brazos abiertos me llamabas para abrazarme; yo me llenaba de tristeza al saberte lejos; cada amanecer, mi pensamiento en ti te traía a mi corazón, más aún en las noches cuando la luna estaba así de redondita y muy brillante; al contemplarla, se me destrozaba el corazón de sólo pensar en ti, lloraba de sentirte lejos y le decía estos versos:

Luna, tú que lo ves,
Dile cuánto le amo;
Luna tú que le ves,
Dile cuánto lo extraño.

Esta noche sé que él está
Contemplándote igual que yo;
A través de ti quiero darle un beso. ...

Tú que sabes de soledad
Aconséjale por favor
de que vuelva,
Convéncelo, te ruego.

Luna, tú que lo ves,
Dile cuánto es que sufro, ...
Luna, dile que vuelva
Porque ya es mucho.

Tú que sabes en dónde está,
Acaríciale con mi amor,
Dile que es a él a quien más quiero.
Tú que sabes por dónde va,
Ilumínale con tu luz, su sendero
Porque quizá no es bueno
No es bueno, quizá no es bueno
Y dile que lo quiero.(2)


- Pero, .... continuó María Fernanda, déjame contarte lo que ocurrió después amor mío, ... aunque creo que ya es tarde para esto.

- LEO.- ¡Qué dices mi amor! No digas eso, porque nunca es tarde cuando la dicha llega. Y tú, mi amor, eres esa dicha que siempre he esperado y que ahora, de pronto, llega a mi corazón, porque yo también nunca he dejado de pensar en ti, y así como tú, yo también sentía lo mismo cuando contemplaba la Cruz del Sur y la luna llena, y le decía lo mismo que tú. Y, en aquella soledad, con mucho amor dolor y sentimiento cantaba así:

Sufro al pensar que el destino logró separarnos,
Guardo tan bellos recuerdos que no olvidaré,
Sueños que juntos forjaron tu alma y la mía,
En las horas de dicha infinita que añoro en mi canto,
Y no han de volver.

Hoy que en mi vida tan solo quedó mi recuerdo,
Siento en mis labios tus besos que saben a miel,
Tu cabellera sedosa acaricio en mis sueños,
Y me estrechan tus brazos amantes el arrullo suave,
De este amor de ayer.

Mi corazón en tinieblas te busca con ansias,
Rezo tu nombre pidiendo que vuelvas a mí,
Porque sin ti ni el sol ilumina mis días,
Y al llegar la aurora me encuentra llorando,
Mis noches sin ti. (3)

- Y ahora, con tu presencia, haces revivir de nuevo todos esos momentos de nuestro puro y sublime amor; de ese amor que nunca morirá que durará siempre y para toda la vida, puesto que pase lo que pase, jamás lo olvidaremos hasta que muramos ¿Verdad que sí?

María Fernanda afirmando tiernamente, acercó su cabeza sobre los hombros de Leo. Le salieron unos lagrimones que comenzaron a rodar por sus mejías.

- LEO.- No llores amor mío, no llores, mas bien demos gracias a Dios por habernos reencontrado y haber recobrado nuestro amor.

Ambos se miraron se abrazaron fuertemente y sus labios sellaron una vez más ese sublime amor que los embargaba. Los dos llenos de alegría no podían creer los momentos de dicha y felicidad que estaban viviendo. Luego Leo, muy suavemente le dijo:

- Que te parece mi amor si mejor vamos a un restaurante y allí mientras almorzamos me cuentas toda la ingrata historia.

María Fernanda asintió con una suave sonrisa, esa diáfana sonrisa que cautivó a Leo años atrás.

El taxi recorría las calles y avenidas de la ciudad capital. Para Leo el día se tornaba plácido, radiante y sublime. Era la naciente Primavera que llenaba de encanto, lozanía y fragancia la Gran Capital. Los jardines de la ciudad parecían más hermosos que nunca; rosas, dalias, hortensias, margaritas, jazmines, crisantemos y geranios se vestían de hermosos y brillantes colores; una suave fragancia invadía el tibio mediodía. Era como un regalo de Dios para la amorosa pareja. Nuevamente María Fernanda, se recostó tiernamente sobre los hombros de Leo.

Mientras el suave y confortable taxi avanzaba, devorando calles plazuelas y avenidas, Leo comenzó a viajar por el éter del recuerdo reviviendo nuevamente su estadía universitaria en la Ciudad Imperial, allende los Andes. Como si los sucesos hubiesen ocurrido ayer. Estaban tan claros en su mente que comenzaron a discurrir como una película de cine.














IV

En la Ciudad Imperial
La fecha inolvidable

Leo, le dijo su tía, ¿Ya desayunaste? ... No te olvides que tienes que ir al aeropuerto a recibir al tío Juan Francisco que hoy llega de Lima. Le ayudas a recabar sus valijas, tomas un taxi y lo llevas donde la tía Natividad.

Era la hermana de su madre, en cuya casa él estaba viviendo desde hacía ya un año. No tenía ganas de ir, además, por cumplir con el encargo que le ordenaba la tía, tendría que perder una mañana de clase en la universidad donde estudiaba jurisprudencia, pero interiormente se dijo, “ Ni modo, que se va hacer habrá que obedecer a la tía”. No se imaginaba, ni remotamente, que el destino le deparaba un gran acontecimiento que dejó profundas huellas en su corazón.

Luego de desayunar salió de casa rumbo al aeropuerto. La mañana era muy hermosa y el radiante sol bañaba con sus dorados rayos matutinos toda la ciudad imperial entibiando ligeramente la fría mañana serrana. Inmensos y verdes cerros la rodeaban. A lo lejos se divisaban varios nevados destacándose el Salkantay y una inmensurable bóveda celeste, casi azul en el cenit, cubría totalmente el hermoso valle serrano. Ya en el aeropuerto, Leo se encontraba sentado en una de las butacas de la amplia sala de espera cuando el sonido de unos tacones de pisadas de mujer que daba la impresión que caminaba con premura, hicieron que volteara la mirada hacia aquél sonido notando que era su joven tía Nany, que hacía poco se había casado y a cuyo esposo aún no conocía.. Se levantó del asiento y fue a su encuentro a saludarla.

LEO.- ¡ Hola tía!, ¿Cómo estás? ... qué ... ¿Tú también vienes a recibir al tío Juan Francisco?

LA TIA NANY.- ¡Hola Leoncito! Yo no sabía que él venía.

LEO- Sí, él viene a visitar a la tía Natividad. ... Pero ... entonces ¿Vienes por alguien?

LA TIA NANY - Sí ... vienen dos sobrinas de mi esposo.

En esos instantes, por los parlantes, una potente y melodiosa voz femenina irrumpió en el ambiente, en castellano e inglés: ATENCIÓN, ATENCIÓN DAMAS Y CABALLEROS, FAUCETT ANUNCIA LA LLEGADA A LA CIUDAD IMPERIAL DEL VUELO PROCEDENTE DE LIMA. ...

Leo y su tía salieron hacia la terraza de visitantes de donde se avista la pista de aterrizaje.

Contempló el valle con sus verdes montañas que se alzaban hasta los nevados que los rodeaba, y, hacia arriba la inmensa bóveda azul del cielo adornado con blanquísimas y gruesas nubes bañadas con la brillante luz solar del oriente. Su corazón se llenó de gran misticismo dando gracias a Dios por la Creación. Al rato, divisó la nave de color blanco y naranja que a lo lejos parecía muy pequeña, que descendía hacia la pista de aterrizaje. Luego que la nave tocó tierra, el avión se acercó lentamente hasta que se detuvo frente a la terraza de visitantes quienes en vertiginoso movimiento pugnaban por ganar los mejores sitios del enrejado para poder divisar más de cerca a sus viajeros para recibirlos. Unos obreros pulcramente uniformados de blanco y naranja llevaban raudamente la escalinata hacia la puerta de la nave, que en esos momentos se abría.

Entre los pasajeros que bajaban por la escalinata, Leo divisó al querido tío Juan Francisco, un octogenario anciano que lentamente bajaba. Traspasando el enrejado, corrió presuroso hacia él; lo abrazó, le dio un beso en la mejía y del brazo lo llevó a la sala de equipajes. Entretanto le preguntaba sobre cómo le había ido durante el vuelo y de cómo había dejado la familia en Lima. Allí estaba ya su tía y con ella dos jovencitas, esperando, igual que ellos para recoger las valijas.

LA TÍA NANY.- ¡Hola tío!, le dijo mientras lo abrazaba muy efusivamente. No sabes que gusto me da el verte después de tanto tiempo. ¡Qué bueno! Yo no sabía que venías, recién me enteré por Leo. Yo vine a recibir a dos sobrinas de mi esposo que han viajado en tu mismo avión.

La tía, luego del saludo, voltio hacia atrás y cogiendo de las manos a las dos damitas las presentó.

LA TIA NANY.- Tío Juan Francisco, ... sobrino, ... estas niñas son mis sobrinas, ellas son hijas de mi cuñada, hermana de mi esposo, que vienen desde un histórico y pintoresco pueblito norteño de la costa a pasar unos días de vacaciones.

Ellas se acercaron para saludar al venerable anciano; entretanto Leo quedó perplejo al ver a una de las hermanas, que al parecer era la menor; en ese momento sintió un flechazo atravesando su corazón. Luego de un instante de pasmosa y emotiva petrificación, reaccionó y con aplomo les dijo:

LEO.- Es un honor y me place mucho conocerlas – Con reverencia les extendió la mano para saludarlas y besar suavemente las de ellas. Al saludar y besar la mano de la que le había impactado, todo su ser pareció que había recibido un rayo de la cabeza a los pies y se llenó de súbita emoción; su corazón latió más aprisa y el rubor de su joven y bronceada tez, divulgó la gran emoción que le causó. Hizo un gran esfuerzo para disimular este tremendo impacto.

Era una bella chiquilla de 15 años, que sus grandes y expresivos ojos negros fulminaron a Leo quien al instante de darle un beso en la mejía quedó como petrificado al rozar su mejilla con la de ella que despedía un suave olor a lavanda. La damita respondió el saludo con una leve y diáfana sonrisa como la misteriosa sonrisa de La Mona Lisa de Leonardo.

LA CHIQUILLA.– Me llamo María Fernanda, y también me da mucho gusto conocerlo.-... y usted ... ¿Cómo se llama?

LEO.- Me llamo Leo,... Leo Ibáñez, para servirla en lo que usted desde hoy mande, ... y mirándola fijamente a los ojos culminó diciendo muy discretamente ... desde hoy y para siempre.

LA OTRA HERMANA.- Yo soy Konnie, y también me da gusto conocerlo. Nos agradaría que nos visite pronto para conocer la ciudad. Volteando el rostro hacia la tía continuó diciendo. ¿Verdad que sí tía?

LA TIA NANY.-..Claro que sí Konnie. Y dirigiéndose a Leo... Ya sabes Leo, estás prácticamente invitado. A ver si vienes a la casa más tarde, después de llevar al tío Juan Francisco.

LEO.- Gracias tía, tomaré en cuenta tu invitación, pero creo que hoy día no podré ir a tu casa pues debo ir a clases en la universidad; en todo caso, antes de ir yo te aviso.

Luego de la protocolar presentación, las dos damitas y la tía se despidieron de Leo y del tío Juan Francisco y se retiraron sin apuro con sus respectivas valijas. Mientras se alejaban, Leo no apartaba la vista de María Fernanda, quien hasta por dos veces volvió la cara hacia él, sorprendiéndole que la seguía mirando. Finalmente, con una suave sonrisa, con la mano derecha en alto le hizo una seña de adiós. Subieron a un taxi y se retiraron.

Leo estaba como paralizado cuando una grave pero suave voz como un susurro lo hizo volver en él. ... –

EL TÍO JUAN FRANCISCO.- Bueno hijito, ya es hora que nos vayamos donde tu tía Natividad. ... ¡Caramba! ... Te impresionó la chiquilla ¿Verdad hijito? ... Leo hizo un gesto como queriéndole expresar al tío que no era así. A mí no me puedes mentir Leoncito, continuó diciéndole el tío. ... yo sé lo que es eso, pero cuidado, los amores que nacen así de repente, como el tremendo dardo que al parecer te ha clavado esa chiquilla, calan muy fuerte y por lo general son muy difíciles de olvidar, porque son los amores que conmueven sólo una vez y perduran a través del tiempo. Ojalá tengas suerte y no te haga luego sufrir. ... Tienes primero que conocerla bien, tratarla y, sobre todo, averiguar quiénes son sus padres, qué costumbres tienen, de qué familia proceden.

LEO.- Oh, Tiíto, qué dices, no te imagines cosas, si yo tengo mi enamorada acá., y otra más que por ahí se perfila, sin contar con la que tengo en la Capital.

EL TÍO JUAN FRANCISCO.- A mi no me puedes engañar hijito, vi cómo te turbaste. Ya vas a ver picarón, yo sé lo que te digo, por algo tengo más de ochenta años y no te olvides que, como dice el refrán, el diablo sabe más por viejo que por diablo. ... Bien, es cosa tuya, aunque por lo que observé, tú también le has impactado a esa muchachita, pero, eso sí, y te digo una vez más, primero trátala y fíjate de qué familia proviene. Es muy importante para nosotros.

Cuanta razón tenía el tío Juan Francisco. Efectivamente, Leo quedó prendado desde ese momento de esta hermosa damita. Este aeropuerto, enclavado en los Andes, se convirtió para Leo en la cuna donde nació un inmenso, puro, casto y sublime amor. Era el 15 de Marzo de 1,961; Leo, en cuatro meses más cumpliría los 22 años.

Finalmente, Leo y su octogenario tío llegaron a la gran casona de arquitectura colonial de la tía Natividad a quien cariñosamente toda la familia la llamaba la Tía Naty, quien aún en su ancianidad, reflejaba la belleza y garbo de antaño. Leo, luego de saludarla muy cariñosamente procedió a despedirse.

LEO.- Tía Naty, ya tengo que irme, no quisiera perder clases en la U.

LA TÍA NATIVIDAD- Bien hijito, muchas gracias por haber traído a tu tío. Te espero mañana para almorzar. Toda la familia vendrá a visitar a tu tío Juan Francisco. ... No te olvides ¿Eh?

Salió Leo de la casona y tomó el colectivo hacia la universidad, pero en el camino, no dejaba de pensar en la bella damita que había conocido en el aeropuerto. Constantemente se decía así mismo “Oh María Fernanda, María Fernanda, María Fernanda, que hermosa eres; has flechado mi corazón”. Recordaba a cada instante su delicada y diáfana sonrisa; la ternura de su voz; la suave brisa del aeropuerto que jugaba con sus cabellos negros; su fino aroma a lavanda; es decir, todo ella permanecía en su pensamiento.

V

En la universidad

En la Universidad se encontró con su entrañable amigo Pocho a quien le comentó lo ocurrido.

LEO.- Pocho, hoy en la mañana he conocido en el aeropuerto a una chiquilla que me ha impresionado mucho. No te puedes imaginar lo bella que es. Parece un ángel bajado del cielo. Creo que me he enamorado profundamente de ella

POCHO.- ¡Por favor Quiquín! (Así lo llamaba por Enrique, que es el segundo nombre de Leo) Fíjate que no te creo. ... que yo te conozco muy bien cuñadito, que así me dijiste cuando le caíste a Mechita. ... A propósito, dime una cosa, y ... ¿Qué vas hacer ahora con ella?

LEO.- No sé mi hermano, pero creo que tendré que decirle la verdad.

POCHO.- ¿Estás loco? Tú sabes que ella te quiere mucho, y, además ya tienes tiempo con ella. ... Creo que desde antes que ingresemos a la “U” ... ¿Verdad?

LEO.- Sí, ya sé, y tienes razón, pero no vas a negarme que sabías que yo me iba quitando poco a poco, a raíz de que la vi en algunos coqueteos con un pata de la universidad, aunque ella me dijo que eran amigos y que yo me estaba imaginando cosas, que si comenzaba a desconfiar de ella, habría que pensar mejor sobre nuestra relación. Creo que ahora es la oportunidad de decirle lo que ella misma me planteo. Muy serenamente le diré que podemos quedar como amigos. ... Además, templado, templado de ella nunca estuve; que siempre me gustó, eso es otra cosa; pero eso sí, siempre le fui fiel, nunca le he sacado la vuelta; y a ti te consta. Tú sabes como soy yo. La mentira no es mi favorita; no me agrada engañar y me cuesta mucho mentir, aunque me cueste perder.

POCHO.- Precisamente porque te conozco es que te digo que no te creo, pues en algún momento, más adelante, me dirás lo mismo de tu ángel que has conocido hoy. ... Bueno Quiquín, tú sabrás lo que haces, pero, como patas que somos te aconsejo que no te precipites, no vayas a perder “soga y cabra” Hubo un rato de silencio y Pocho continuó diciendo. ... Mi hermano, y ¿Cuándo me presentas a tu angelical criatura para conocerla y ver si es tal como me la describes?

LEO.- Despacio hermano. Primero tengo que buscar la oportunidad de hacerle una declaración de amor frente a frente y decirle muy dulcemente que me he enamorado profundamente de ella. Además yo no sé si ella tiene enamorado allá en su tierra. O de pronto me puede decir que no me cree, que recién nos conocemos, que eso no puede ser, que casi somos parientes, y tantas cosas que dicen las chicas cuando las empiezas a enamorar. ... En ese caso, insistiré, le pediré una esperanza, que tendré toda la paciencia del mundo para esperar un “sí”. En fin, lo que sí te puedo adelantar mi querido Pochito, es que creo que yo también le he caído bien. Mi tío Juan Francisco también observó eso.

POCHO.- Bueno, mi querido amigo, uno siempre ve lo que quiere ver y sentir lo que quiere sentir. Ojalá no te equivoques. ... Está bien, te creo. Sé cómo eres cuando te tiemplas, ... hasta la remazeta, como cuerda de violín. Ahora entremos a clase, mira que no tarda en llegar el profesor.

En efecto, a los pocos minutos de haber ingresado al aula, el profesor hizo su ingreso y comenzó con la exposición de la clase.

EL PROFESOR.- “En las lecciones anteriores hemos intentado verificar algunas excursiones por el campo de la filosofía, pero limitándonos a visiones panorámicas, por decirlo así, de carácter general. Ahora vamos a intentar una serie de excursiones por territorios filosóficos más intrincados, más difíciles. Vanos a probar durante algunos días a desbrozar un poco el campo de la ontología. Por primera vez vamos a plantearnos problemas realmente de fondo. Así que yo requiero por ello toda la atención y todo el esfuerzo que sean ustedes capaces, pues vamos a hablar de ontología. ...”

Leo no podía concentrarse en la clase por estar pensando en su amada Mafer. La voz del profesor le parecía cada vez más distante, hasta que su capacidad de atención aminoró notablemente. De pronto, la potente voz de profesor lo hizo reaccionar.

EL PROFESOR.- ¡Ibáñez! ¿En qué está usted pensando? ¿Tiene algún problema? ¿No ha escuchado usted que he pedido toda vuestra atención y todo vuestro esfuerzo para abordar este importantísimo tema en el que trataremos de estudiar el ser?

LEO.- Le pido disculpa doctor, no volverá a suceder.

EL PROFESOR.- Por su bien, así espero que sea.

Pocho y Leo, una vez que terminaron las clases del día, salieron de la Universidad, y enrumbaron hacia la Plaza Mayor, se sentaron en una de las bancas y fumaron dos cigarrillos. Ya estaba oscureciendo; la tarde poco a poco se iba muriendo y el cielo se tornaba de un color azul cada vez más oscuro. Las estrellas comenzaron a brillar muy nítida e intensamente. Un aire frío soplaba de occidente a oriente. Las luces de los faroles comenzaron a brillar con tenue luz. La estatua del indio apache en la cúspide de la colonial pileta miraba sin rumbo hacia el norte, como si no le importase lo que ocurría a su alrededor, ni mucho menos lo que conversaban Leo y su amigo Pocho.

LEO.- Fíjate Pocho, ¡Qué hermoso está el cielo! Parece que los ángeles están también alegres. Voy a buscar una constelación que me haga recordar a María Fernanda.

POCHO.- Ja, Ja, Ja, sí que estás templadazo Quiquín. Pero tranquilo no más hermanito, no te la tomes tan en serio. Ya vez lo que te pasó hoy en clase. Nunca antes te habían llamado la atención.

Leo seguía mirando el firmamento como si no hubiese oído a Pocho. luego éste al notar que no le escuchaba, continuó hablándole con cierto grado de ironía y sarcasmo...

POCHO.- Yo te ayudo a buscar ... haber ... haber ... ¿Qué te parece la Osa Mayor, o la de Orión?

LEO.- Qué dices hermano, .. que esto es serio, no te burles así de mí. Pero ya no te preocupes que ya la encontré. ¿Sabes cual? ... !LA CRUZ DEL SUR! Sí la Cruz del Sur está bien, porque cuando me le declare le voy a decir que nuestro símbolo será la Cruz del Sur, que cada vez que la vea piense en mi que con los brazos abiertos la llamo para abrazarla y estrecharla amorosamente, por una eternidad y decirle que desde que la conocí la quiero y la querré por toda la vida, y, con toditita mi alma.

POCHO.- No hay nada que hacer Quiquín, no tienes remedio, estás como para el manicomio. Estás como un loquito, como templo abandonado: no tiene cura. Tienes que presentarme a esa chiquilla.

Fumaron dos cigarrillos más, luego ambos se retiraron a sus casas. Pero Leo mientras caminaba, no dejaba de pensar en María Fernanda. Su imagen se le presentaba sin cesar y como un enfermo iba suspirando por las calles de la Ciudad Imperial hacia su residencia.. Mientras caminaba, de pronto se ocultaron las estrellas y un inmenso manto negro cubrió el firmamento. De repente la noche se hizo de día por unos segundos seguido luego por un gran estruendo, como una fuerte explosión dando la impresión que el cielo se venía abajo; al instante, una copiosa lluvia comenzó a caer; luego otra vez la luminosidad, rayos y lluvia abundante. Leo se guareció en el zaguán de una antigua casona, con arquitectura inca y colonial. Estuvo agazapado un buen rato hasta que el temporal amainó. “Ojalá esto no sea un mal presagio” se dijo asimismo. Luego nuevamente aparecieron las estrellas y hacia el sur su gran Cruz del Sur. Con un gran suspiro dijo “Siempre después de una tempestad aparece la tranquilidad, la luz y la paz”.
VI

La frustrada declaración de amor

Ya de retorno a su casa, Leo le dijo a su tía que había cumplido con su encargo y que había llevado al tío Juan Francisco donde la tía Natividad, quien le mandaba saludos y le daba las gracias. También le comentó que el aeropuerto estaba su prima Nany quien esperaba el arribo de dos sobrinas de su esposo. La tía le escuchó con prudencial y diplomático silencio sin mostrar mayor interés ni por su prima Nany ni por las damitas que llagaron de Lima. Sólo se interesó por el arribo del tío Juan Francisco. Dándole las gracias por haber cumplido con sus órdenes se retiró a sus aposentos no sin antes ordenar a la servidumbre que lo atendiera.

LA CRIADA.- Niño Leo, ¿Le sirvo ya la cena? Leo asintió con un suave movimiento de cabeza. ¿Qué le ocurre niño? ... Lo veo muy pensativo y melancólico. ¿Le preparo primero un mate?

LEO.- No, no, muchas gracias. No me pasa nada Pascualita, no te preocupes, sólo que me voy a enfermar del corazón. ... ¡Bah! Pero no me hagas caso y por favor sírveme la cena; el mate, después.

Pasaron varios días, Leo no se atrevía a llamar por teléfono a la casa de su tía para poder invitar a las damitas a salir de paseo. Sentía como especie de un mal presentimiento o angustia que lo frenaba realizar la llamada. Pensaba que seguramente los tíos de María Fernanda se darían cuenta de sus intenciones y esto no les iba agradar; por ello, creyó prudente mejor esperar que se le presentase la oportunidad. Sin embargo ésta parecía nunca llegar a pesar que pocos fueron los días o momento que escasa y ocasionalmente la volvió a ver. Cuando estos ocasionales y fugases momentos ocurrieron, quiso manifestarle lo cuanto que la estaba amando, que el amor que comenzaba a sentir por ella era sincero, puro, indescriptible, sublime; pero, no podía hacerlo porque siempre estaba en compañía de su hermana y otras personas. Un buen día las encontró solamente a las dos...

LEO.- Hola, María Fernanda, que tal, como estás; .... ¡Hola Leo!, le contestó cordialmente María Fernanda. .... ¡Konnie, qué tal! Siguió saludando.. - ¿Qué les parece el Cuzco, muy hermoso eh?. . . Tratando de disculparse por el incumplimiento de lo que les ofreció, continuó diciéndoles. ... Disculpen por no haberlas llamado antes como les ofrecí. Quisiera que comprendan que la universidad me absorbe y no debo descuidar mis estudios. Si gustan, ahora les puedo servir de guía, pasear por los templos y las ruinas cercanas; ... Otro día quizá, podamos ir a Machupicchu.

KONNIE.- Que bueno porque hasta ahora mi tío no nos ha podido llevar a todos los templos y lugares turísticos. ... Pero, qué pena, ahora no podemos Leo, tenemos un compromiso. Que tal si mañana nos llamas por teléfono y allí con el permiso de mi tía, nos ponemos de acuerdo. Buscando la cara de María Fernanda, continuó diciendo ¿Verdad que sí María Fernanda? Sin esperar la respuesta de su hermana quien sólo hizo un ademán con los hombros, continuó. Entonces, Leo, mañana nos podremos de acuerdo para salir uno de estos días, o quizá mañana mismo.

LEO.- Que así sea; promesa hecha. ... Entonces hasta mañana. No quiero retenerlas más tiempo. Temprano llamaré.

Se despidieron, pero en el momento que Leo se despedía de María Fernanda con un beso en la mejía, muy suavemente le dijo:

LEO.- María Fernanda, tengo que hablarte a solas, tengo que decirte algo muy importante, ya no puedo esperar más, ... ¿No te has dado cuenta que te ...?

María Fernanda disimulada y suavemente le tapó la boca con sus dedos y le dijo:

MARÍA FERNANDA.- Leo, me he dado cuenta cómo me miras, pero me parece que... En esos instantes Konnie interrumpe

KONNIE.- ¿Qué pasa María Fernanda? Vamos que ya es tarde ¿Tanto te demoras para despedirte? mira que a la tía no le gusta que lleguemos tarde a la hora de la cena. Vamos ya.

Leo se quedó parado viendo cómo se alejaban hasta que se perdieron de su vista sintiendo aún el roce de los dedos de María Fernanda sobre sus labios. Con un gran suspiro levantó la cara hacia el cielo y dijo:

LEO.- Señor, Padre Santo, Padre Eterno, sólo Tú sabes lo que me conviene, sólo Tú sabes que este amor que ha nacido en mí no es profano, que lucharé por él, la quiero mucho, la amo con todo mi corazón.

Al día siguiente, Leo llamó por teléfono, luego de las dos primeras horas de sus clases, pero no tuvo la suerte de encontrarlas. Se lamentó el no haber llamado antes de ir a la Universidad. ..

Pasaron los días y Leo no tenía noticias de ellas. Llenándose de valor, llamó por teléfono a la casa de la tía; nuevamente no las encontró; según la mucama, habían salido con los tíos. Pensó entonces que se estaban haciendo negar. Se puso muy triste, pero juró no desmayar en su empeño de declararle su amor, pase lo que pase.

Dos días más pasaron. Entonces tomó la iniciativa de ir a la casa de los tíos donde se hospedaban. Nerviosamente tocó el timbre; al poco rato se abrió la puerta y, ... apareció su amada muchachita, quien no ocultó la emoción al verlo después de tantos días.

MARÍA FERNANDA.- ¡Hola Leo! dijo con voz suave y tierna. Leo no pudo disimular la emoción pues su corazón parecía salírsele del pecho. ... Qué hermosa que estaba, con qué suave y dulce voz pronunció su nombre. Luego María Fernanda continuó diciéndole ... Pero no te quedes ahí parado como una estatua, ven, por favor pasa adelante. ... y tomándolo de la mano le invitó a ingresar a la casa. Al tocar la mano de María Fernanda, Leo parecía como electrizado. Mientras caminaban al interior de la casa Leo no pudo refrenar sus impulsos. Decidido, muy cariñosamente, con suave y baja voz le dijo:

LEO.- No sabes cómo anhelaba verte nuevamente. Las llamé por teléfono pero no tuve la suerte de encontrarlas. Todos estos días sólo he esperado esta ocasión para decirte lo que siento por ti desde que te vi en aeropuerto: que te amo y te quiero con ...

MARÍA FERNANDA.-... ¡No digas eso, por favor que nos van a escuchar! Luego con voz baja continuó diciéndole: Ya sé lo que sientes por mí ¿Crees que no me he dado cuenta? Pero, muy sinceramente te digo que no te creo;

LEO.- Por qué no me crees, acaso piensas que me quiero burlar de ti. No María Fernanda, yo te quiero de verdad, te amo con todo mi corazón.

María Fernanda, soltándole la mano, muy nerviosamente pero a la vez con gran ternura, emoción y aplomo cortó el diálogo.

MARÍA FERNANDA.- Por el amor de Dios, Leo, no sigas hablando de esto, te lo suplico. Mira que allí viene mi hermana, yo ya me estoy poniendo nerviosa, mejor pasemos a la sala para conversar y por favor no sigas diciéndome esas cosas.

Mientras se dirigían a la confortable y cómoda sala, mentalmente Leo le decía “Mafer, corazón, ¿Qué le has hecho a mi corazón?... “¿Cómo has hecho para amarte así?” ... “¿Cómo has hecho que te quiera de esta manera?” ... “ A pesar que eres aún una chiquilla, has despertado en mí un gran sentimiento de amor por ti” ... “¿Por qué no crees que te amo?” ... “Yo me doy cuenta que tú también me quieres” ... “¿Por qué no me lo dices?”, ... “¿Por qué enmudecen tus labios lo que tu corazón te grita?” ... “ ¿Qué temes?” ... “ ¿Por qué no hablan tus labios lo que tus gestos y miradas parecen decirme, que me quieres, que también me amas?”

Cuando ya estaban sentados en los cómodos y mullidos confortables, entró Konnie a la pulcra y austeramente decorada sala

KONNIE.-... ¡Hola Leo! ¡Qué milagro! ... ¿Que viento te trajo por acá?

LEO.-... Una linda palomita cuculí que me ha cautivado y robado el corazón. Le contestó con una sonrisa, saludándola con un suave beso en la mejía. ... María Fernanda al escuchar, se ruborizó.

KONNIE.- Ah, qué bien, entonces hay que poner música, replicó alegremente, pensando que Leo estaba bromeando, y puso en la radiola un disco. Se escuchó luego las notas del bolero Esperar interpretada por el ecuatoriano Julio Jaramillo. Leo al oír las notas musicales muy cortésmente invitó a María Fernanda a bailar y le pidió que escuche la canción, que se lo dedicaba con el mayor sentimiento y con todo corazón.

Oh qué dolor el que siento
Al pensar que yo vivo
Sufriendo de ausencia,
Por comprender
Si es que piensas
Decirme te quiero
O matar mi existencia.

Mucho te he dicho que te amo
Y no has podido entender;
Pero esperar es mi placer
Aunque me cueste morir, ya ves.

Cuántas amarguras
en la vida hay que pasar,
Por alcanzar las caricias
de un amor.

Pero lo que siento ya
No hay cómo comparar,
Sólo me queda
Llorar por ti,
Aunque después.
Día feliz
Llegue alumbrar mi vivir.” (4)


Leo, la estrechó entre sus brazos; juntaron sus mejías como si fueran un solo ser, y con el idioma del silencio, ambos confesaron lo cuanto que se amaban. Pero para María Fernanda no era conveniente hacerlo notar todavía, sólo en su mente se decía: “No tengo edad para amarte, pero si sabes esperar, cuando sea mayor te diré que también te amo”. Entonces Leo la abrazó fuerte y muy sublimemente, notando que sobre las mejías de María Fernanda rodaban unas cuantas gotitas de lágrimas, como si fuese un presagio de que ese amor que había nacido entre ambos, sería muy hermoso, pero a su vez muy doloroso..

Luego se escucho unas notas musicales de Fausto Papetti y su saxo. Konnie, bromeando y sonriendo le dijo a Leo “Baila no más con tu linda palomita ¿No la ves que está muy romántica?”... Leo volvió a bailar con María Fernanda. Nuevamente se estrecharon muy suavemente y sus mejías rozaban en armonioso movimiento al compás de la música. Esta vez Leo creyó firmemente que María Fernanda, ciertamente también lo amaba. De pronto Konnie puso otro disco. Era una de las conciones de la Sonora Matancera, cuya letra Leo conocía muy bien. Nuevamente invitó a María Fernanda a bailar, y muy suavemente le dijo al oído.

LEOO.- Escucha amor mío esta canción que te la dedico íntegramente, es cuanto siento por ti.

Cantando,
Quiero decirte lo que me gusta de ti
Las cosas que me enamoran
y te hacen dueña de mi.

Tu frente, tus cabellos
y tu rítmico andar.
El dulce sortilegio de tu mirar.

Me gusta todo lo tuyo,
Todo me gusta de ti
Y ya no cabe más adoración en mí.

Me basta lo que tengo
Para amar mi dulce amor.
Ven a mí. Ven a mí por Dios.(5)

Aún no terminaban de bailar, cuando de pronto llegó su tío, el esposo de la tía de Leo. Ellas fueron instantáneamente a su encuentro.

KONNIE Y MARÍA FERNANDA.- Hola tío, dijeron las dos al mismo tiempo. ..-

EL TÍO.- Que tal sobrinas, respondió el tío, e inmediatamente inquirió... y .... ¿Quién es este joven?

Un brevísimo silencio se apoderó de los tres. Konnie respondió: ..

KONNIE.- Ah tío, te presentamos a Leo; él es sobrino de mi tía Nany que ha venido a visitarnos.

LEO.- Es un honor conocerlo, caballero, dijo al momento que le estrechaba las manos, luego continuó, ... En efecto, soy sobrino de su esposa, pues ella es prima de mi madre.

EL TÍO.- ¡Ah! ... Me da gusto conocerlo. ... No conozco a su mamá. Nany nunca me ha hablado de ella.

LEO.- Bueno, es que mi mamá hace mucho tiempo que no radica acá, creo que desde muy tierna edad, pero en varias oportunidades ha venido de visita donde la tía Natividad quien es su tía abuela.

EL TIO.- Entonces usted no es cusqueño.

LEO.- No, tampoco mi padre; nosotros somos de la costa, del sur chico

EL TÍO.- ¿También está usted de paseo por estos lares?

LERO.- No, caballero, yo estudio en San Antonio Abad

EL TÍO.- Ah, qué bien, y, ... ¿Qué está usted estudiando?

LEO.- Derecho, ... ya estoy en el Segundo Año de facultad, y dentro de tres años me graduaré de Abogado.

EL TIO.- Oh que bien, que interesante. Es una bella profesión. Bien ahora me dan un permiso. Dirigiéndose a sus sobrinas concluyó. Vuestra tía no tardará en llegar.

El tío no preguntó más. Quedando satisfecho con la presentación, se retiró hacia el interior de la casa. ... Este incidente puso fin a la velada.

LEO.- Bueno Konnie, creo que es mejor que me retire, otro día vendré a visitarlas. Dirigiéndose a María Fernanda, le dijo: Fue un momento muy agradable; te agradezco muchísimo de todo corazón. Al momento de despedirse con un beso en la mejía, muy discretamente continuó diciéndole... Te quiero amor mío, te amo con toda la fuerza de mi corazón, te adoro tesoro mío. María Fernanda sólo inclinó un poco la cerviz; luego la levantó mirándolo con ternura como diciéndole, “yo también”






VII


El entrañable amigo Pocho

Leo estaba muy feliz, saltaba de alegría cada vez que recordaba las notas musicales que bailó con María Fernanda; pero a la vez sentía un extraño presentimiento que lo angustiaba y le causaba temor, sin saber qué; si embargo, luego se repetía una y otra vez, “Me quiere, me quiere”. Fue luego en busca de su entrañable amigo Pocho; lo encontró en la pensión.

LEO.- ¡Pocho!, ¡Pocho!, A que no sabes de dónde vengo.

POCHO.- Que te pasa Quiquín, cómo voy a saber si no me lo cuentas. ¿Por qué estás tan eufórico? Vamos, vamos ¡Habla ya cuñadito!

LEO.- ¡Ya me declaré! Le dije que la amo, que la quiero, que no podría ya vivir sin ella, que ella es todo para mí.

POCHO.- Aguanta, aguanta hermano, no vayas tan rápido que pareces una carreta. Cuéntame despacio. Tranquilo,... tranquilo hermanito. Respira profundamente. ... Muy bien, así está mejor. ... Ahora, dime ¿Te refieres a tu María Fernanda? ¿Te aceptó tu angelical criatura?

LEO.- Sí mi hermano, me refiero a ella. ¿A quién más? Pero, lo que yo pensé. No me creyó.

POCHO.- Caramba, entonces ¿Por qué estás tan alegre si no te ha correspondido ¿Dónde fue que te declaraste manito?

LEO- Mira hermano, yo estaba como loco porque habían pasado varios días y no sabía nada de ella, hasta que de pronto la vi caminando en la Av. Pardo juntamente con su hermana, conversamos un ratito, y, al despedirme, le dije casi al oído que tenía que decirle algo muy importante; ya estaba a punto de declararme, cuando su hermana nos interrumpió. Por eso quería ir a buscarla a la casa de mi tía, donde está hospedada, pero no tenía el valor para hacerlo porque no encontraba ningún pretexto para ello; pero hoy, me llené de valor y venciendo el temor, fui a buscarla. ¡Qué suerte! Ella misma me abrió la puerta. Estaba lindísima. Yo noté que ella se sorprendió gratamente. Me invitó a pasar tomándome de la mano. Ya te puedes imaginar como me puse. El corazón quería salírseme del pecho. Cuando entramos a la sala, su hermana puso música; justo un bonito bolero de Julio Jaramillo; luego música de Fausto Pappeti y otro de la Sonora, justo para corazones enamorados. Yo aproveché del momento y bailé las tres piezas con María Fernanda. Allí, lleno de inspiración le declaré mi amor. Ella no me creyó, pero era tan convincente mi declaración de amor que ella asintió con el silencio.

POCHO.- ¡Bah! ... ¡Bah! Tú siempre con tus fantasías de amor ¿Cómo que con el silencio? ¿Acaso se quedó muda de emoción? Tú estás loco hermano, ella no te contestó nada o porque simplemente como tú dices, no te cree, o por que no siente nada por ti o porque de pronto ya tiene enamorado. Otra cosa es que tú has creído que te dijo “en silencio” ...“yo también te quiero”. ... ¡Por favor Quiquín! ... ¿No te das cuenta que si fuese así, ella te lo hubiera dicho verbalmente? Sólo tu corazón enamorado hasta la remazeta te hace ver, sentir y creer esto.

LEO.- No, no, Pochito, no. Ella, sí me quiere, pero no sé por qué no me lo dice; no sé a qué teme; quizá, porque aún es una chiquilla. La expresión de su cara se mostraba entre turbada y emocionada. Cuando escuchaba que le decía que la amaba, con su silencio me decía que ella también me amaba, pero que no podía decírmelo; hasta con sus ojos humedecidos con tenue lágrima me gritaba silenciosamente que también se había enamorado de mí. Incluso cuando me despedí, le dije al oído “te amo tesoro mío” y ella sólo me miró con una suave sonrisa, como diciéndome, “yo también te quiero tesoro mío”.

Luego hubo un profundo silencio, Pocho lo miraba con cierto grado de pena, pues el semblante de Leo había cambiado desde que conoció a María Fernanda. Ya no era el Leo de antes; alegre, conversador, el centro de las conversaciones con los amigos, el que contaba chistes y ocurrencias jocosas en las fiestas; el bailarín del mambo, del rok and rol, de las guarachas y merengues de la Sonora Matancera que estaban de moda. Ahora se había vuelto taciturno y melancólico. Rompiendo el silencio, Leo, que instuía lo que su amigo pensaba de él, muy seriamente dijo:

LEO- No, no, cuñadito, ... no creas que estoy loco, que he perdido el juicio, no. Yo no me puedo equivocar; por algo soy el mejor de la clase en Psicología. ... Además Pochito, mi corazón no me puede engañar. Yo estoy seguro que esa chiquilla me ama, me quiere, y te juro que si ella regresa a su tierra sin decirme antes claramente que me quiere, la voy a buscar aunque sea al último rincón de la Tierra.

POCHO.- Por favor Quiquín, no te pongas así. Yo te hablo así porque eres mi pata, porque te estimo y te tengo gran aprecio; sin embargo te aconsejo que lo tomes con calma, y si es como tu dices que la chiquilla te ama, te felicito hermano, ojalá así sea, lo deseo con toda sinceridad. En verdad querido amigo, ahora sí creo que estás profundamente enamorado, pero discúlpame, es mejor que no te hagas ilusiones, no sea que de verdad no quiera nada contigo y esto sí que te va a afectar bastante. Tocándole el hombro muy fraternalmente continuó diciéndole,... Ahora hermano, vamos a tomarnos un par de cerveza para celebrarlo y para que sea como tú dices. ... Tú tomas negra ... ¿Eh?









VIII

La prima María

Era lunes; segundo día de la Semana Santa. La ciudad Imperial, es muy conservadora, casi virreinal, sumamente fervorosa y católica. Este día sale en procesión el Señor de los Temblores en su pesada anda de plata recorriendo las principales calles y avenidas. Las casonas coloniales se visten de gala y en sus balcones cuelgan hermosos y finos tapices de terciopelo bordados con hilos de oro y de multicolores pedrería, desde donde los devotos lanzan unas tradicionales florecillas color púrpura, las que al caer sobre la Imagen, semeja grandes gotas de sangre. En todos los templos las imágenes se cubren con lienzos morados y se levantan los famosos Monumentos con exposición del Santísimo. Al señor de los Temblores le llaman en quechua Taitacha Temblores.

Cuenta la tradición que el nombre se debe a que allá por el año de 1650, el 31 de mayo, un gran terremoto sacudió a la Ciudad Imperial. Fue tan fuerte que muchas casas y templos se vinieron abajo. Todo el pueblo, sin distinción alguna, desesperado corrió al templo del Señor, lo sacaron en andas y la tierra dejó de temblar. Esta sagrada imagen de patético rostro, de gesto grave y triste, de descarnados rasgos y de sobrecogedora apariencia, impresiona muchísimo a quien lo contemple. Todo El es de color moreno, casi negro. En un principio no tenía ese color. Cuentan que se volvió así, a consecuencia de que aquella vez del terremoto, todos los habitantes de la ciudad, prendieron cirios y velas, pidiendo al Señor su protección. Fueron tantos los cirios y velas que se prendieron, que el humo que se produjo ennegreció toda la sagrada imagen. Desde aquella época se quedó con el nombre de Taitacha Temblores o El Señor de los Temblores en habla hispana. ¨Por ello es que la Semana Santa en la Ciudad Imperial, esta estrechamente relacionada con la multitudinaria devoción al Señor de los Temblores. Cuentan que esta imagen de Cristo Crucificado, fue enviado al Cusco por el emperador Carlos V.

Leo era un joven muy devoto; se llenaba de misticismo cuando comulgaba o visitaba los templos cusqueños a los que admiraba mucho por su hermosura y esplendorosa arquitectura. La Semana Santa la vivía con mucha devoción anteponiéndola a cualquier otra actividad, pues la vivía de todo corazón.

Esa mañana del Lunes Santo, fue a la casa de la Tía Natividad, para saludarla. Ahí vivía una ahijada de la tía; él siempre la trataba como una prima. Ella también se llamaba María, quien por la afinidad familiar, se había hecho amiga de María Fernanda. Cuando Leo se disponía a subir al segundo piso de la casona, la encontró en el gran patio.

LEO.- ¡Hola prima! ¿Cómo estás?

LA PRIMA - ¡Hola Leo! ¿Qué viento te trae por acá? ¿Vas a ver a la Tía Natividad?

LEO.- Sí, ... pero ya que te veo, antes quiero contarte algo. No sé si estás enterada que a la casa de la tía Nany han llegado de Lima dos damitas. Son sobrinas de su esposo.

LA PRIMA MARÍA.- Sí ya me enteré de todo, y te cuento que me he hecho amiga de una de ellas, de la que es mi tocaya, tiene mi mismo nombre, aunque ella se llama María Fernanda yo solamente María.

LEO.- Oh, qué bueno. Precisamente de ella quiero hablarte. Te cuento que la conocí en el aeropuerto cuando fui a recoger al tío Juan Francisco. Desde que la vi me impresionó mucho. Te juro, primita, que me he enamorado de ella hasta el tuétano.

Fíjate que el otro día fui a su casa, bailamos y me declaré, pero no me creyó. Sin embargo tengo la impresión que ella siente lo mismo por mí, pero no me lo quiere decir, no sé por qué. Yo quisiera ir a la casa de mi tía donde está hospedada, pero por discreción no lo hago. No sé qué hacer querida primita.

LA PRIMA.- Todo lo que me estás diciendo, ya lo sé; ella misma me contó todo. ... Pero, sabes una cosa primito. Ella cree que lo tuyo es pasajero, que cuando regrese a su tierra, tú la vas a olvidar por la gran distancia que los separa. Pero, yo creo que no debes desanimarte ni estar tan triste, porque por la forma que me habló de ti, yo creo que le has caído bien y que también le has conmovido el corazón, aunque, al parecer, no quiere hacerse ilusiones contigo. Me dio a entender que sus padres, sobre todo su mamá, se opondría porque ella le ha permitido que viaje acá para pasearse y no para buscar enamorados. Respecto a ti, cree que tú debes tener tu enamorada acá y no le gustaría ser otra más, o en todo caso, ser una intrusa y hacer sufrir a otra persona por su causa.

LEO.- Pero, no haría sufrir a nadie. Es cierto que tengo una enamorada acá, tú lo sabes y espero que no le hayas dicho; pero, ya hace buen tiempo que la relación que hay entre nosotros se ha enfriado; ahora parecemos más de amigos que de enamorados. Por ello ella misma me ha dicho, que mejor sería terminar.

LA PRIMA.- Mira Leo, yo te estimo mucho y a María Fernanda también, por ello te voy a decir una cosa, no me gustaría que la engañes. Si es cierto lo que sientes por ella, puedo hacer que se vean a solas. Precisamente mañana iremos al salón de belleza de la Av. Pardo, para hacernos un peinado a eso de las tres de la tarde. Yo le voy a decir que tú vas ir. Ah, y no te preocupes, que no le he contado nada de tus amoríos que tienes por acá.

LEO.- Gracias primita, no sabes cuánto te lo agradezco. Eres un amor. Te puedo jurar ante lo más sagrado que es cierto, ciertísimo, que la quiero de verdad. Gracias hermanita, Allí estaré esperándolas. Bien, ahora tengo que subir a saludar a la tía.

Luego que Leo se despidió e su prima, subió a la segunda planta de la casona para saludar a la Tía Natividad. La Tía Natividad le invitó un lonchecito, con café recién coladito con leche, panecillos de mantequilla, jamón ahumado, queso y mantequilla.

LA TÍA NATIVIDAD.- Leo, hijito, le dijo con dulce voz de tía engreidora, qué pasó, por qué no viniste. Te estábamos esperando. Tus tíos de Urubamba y la Convención querían conocerte; tú debes saber que ellos quieren mucho a tu mamá, hijito.. . Ah, ya tu tío Juan Francisco retornó a Lima.

LEO.- Lo que pasa tiita es que no he podido venir por los estudios y exámenes que me mantuvieron muy ocupado. Tu sabes tiita que los exámenes son muy difíciles y debo estudiar mucho. Por eso ahora que ya no estoy en exámenes, me he dado un poquitín de tiempo para verte y saludarte.

En esos instantes llegó su tío Carlos, hijo de la Tía Natividad, quien cariñosamente le dijo.

EL TIO CARLOS.-¡Hola Leo!, Qué sorpresa. Te estuvimos esperando y nunca apareciste. Bien, habrás tenido tus razones. Precisamente iba a buscarte para que me acompañes mañana a subir a la montaña para cazar venados. Ahí te he preparado tu rifle y hartas municiones.

En un primer momento, Leo no supo que decir... “ahora cómo hago; no, no puedo acompañar al tío, tengo una cita con María Fernanda. El tío se va a resentir. Y, ¿si le digo que no puedo acompañarlo porque tengo que estudiar?”. “No, no, mejor le digo la verdad” ... Tomando aliento y con un tono de aplomo y seguridad le dijo:

LEO.- Discúlpame tiito, pero esta vez no podré acompañarte, mañana tengo una reunión importante y de mucho interés para mí. Ya te lo contaré después. ¿No te resientes, verdad?

EL TÍO CARLOS.- Está bien sobrino, no te preocupes, yo te entiendo; pero, no dejes de contarme eso de tu reunión importante. Debe ser eso, “muy importante”, tanto que dejas en segundo plano lo mucho que te gusta ir de caza.

Terminada la visita de Leo a La Tía Natividad, se despidió, y se dirigió a su casa, contando las horas faltaban para encontrarse con su amada María Fernanda.
IX

El Salón de Belleza

Eran las 14:30 del día siguiente. Leo estaba esperando aparecer a su amada María Fernanda y a su prima María. A cada instante miraba su reloj. El Sol brillaba con intensidad, pero una suave brisa refrescaba la brillante tarde. El firmamento de intenso azul aparecía adornado por gruesas y blancas nubes. La Avenida Pardo, lleno de jardines y árboles frondosos, daban un marco agradable, y, el brillante Sol coloreaba de multicolores tonos la tarde serrana. Luego de unos minutos más de espera, Leo saltó como un resorte de su asiento al ver a lo lejos que ambas venían hacia él..

LEO.- Hola María Fernanda, qué alegría me da verte nuevamente, qué bueno. Con un beso en la mejía la saludó muy dulcemente, a la vez también saludó a su prima. Leo quería abrazarla, estrecharla entre sus brazos y darle un beso en los labios. pero no podía hacerlo, porque María Fernanda, aún no lo había aceptado.

MARÍA FERNANDA.- Hola Leo, qué sorpresa, pensé que ya te habías olvidado de nosotras (refiriéndose a ella y a su hermana), Ya no regresaste más a la casa. ¿Qué pasó, ... te asustó mi tío?.

LEO.- Qué dices, nada que ver, no digas eso. No ha sido por ese motivo, lo que pasó es que he estado muy ocupado con eso de mis estudios; sin embargo te puedo decir que he estado pensando mucho en ti, te he extrañado mucho. Francamente, quería verte nuevame

Escrito por: Luis Enrique Yáñez Florez

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