Sobre Leyanez
Nací en un bonito y solaz pueblo al sur de la gran capital peruana. Tierra de bardos liricos y criollos, deportistas, atletas, campeones del box y de grandes figuras del fútbol peruano. Mi infancia fue muy feliz, prodigado con el tierno amor de mis padres, quienes hiceron de mi niñez y la de mis hermanos, la etapa más feliz de nuesras vidas. La campiña fue mi gran escenario de contemplación de los grandes sembríos de algodón y panllevar; arboles frutales y la vid. En casa nunca faltó el buen vino tinto en la hora del almuerzo. Mi padre, un hombre sabio quien con sus refranes y dichos de los viejos, fueron moldeando nuestra perdsonalidad, basados en la honestidad, probidad, honradez y responsabilidad; y, nuestra madre, el altruismo, el acercamiento y conocimiento de Diosy sobre todo el trabajo. Mi adolescencia fue marcada por la disciplina y formación castrense, pero sin mellar mi espíritu romántico y de misticismo que a veces me embargaba casi hasta el extasis. Quise ser sacedote, un pastor de la Iglesia Universal, pero no se pudo; seguir la carrea militar, tampoco se pudo; abogado, defensor de los más desposeídos, otra frustración; finalmente profesor de segunda enseñanza, esta vez sí con exito. Pero nunca me sentí frustrado ni derrotado, esos cambios fueron las fuerzas que me ubicaron finalmente en el lugar optimo y preciso: trasmitir con mucha devoción y amor la formación y el aprendizaje a muchos adolescentes, hoy hombres u muejes de bien que siempre con cariño me recuerdan. El amor lo viví profundamente, pues soy un enamorado del amor y guardo un gran respeto por la mujer, inspiradoras de mis composiciones, cual musas que llegan y despertarme quieren para que plasme en el papel los grandes amoríos, sagrados y profanos propios y de extraños. Ya en mi sexagenaria edad, vivo rodeado de mis cuatro hijos varones, hermoso e invalorable regalo que Dios sin merecerlo me ha dado, todos honestos, repetuosos y grandes profesionales y de cuatro nietos (Una señorita de 17 años, un nieto de 8, otro de 5 y, la última que aún está en el vientre de su madre). En cuadro familiar se cierra enmarcado con la presencia de mi esposa, quien me acompaña ya 40 años de sacramentada vida matrimonial.