ZUMBA..., MI TROMPO LINDO, de Javier Cotillo - JACO

                             SUMARIO

PRÓLOGO.
INTRODUCCIÓN.
CAPÍTULO I
  • Cómo conocí a Zumba.
     

CAPÍTULO II

  • Mi guaraca llamada Piolita.
CAPÍTULO III
  • Zumba nació a la vida.
CAPÍTULO IV
  • En la escuela conocieron a Zumba.
CAPÍTULO V
  • “El Malo” nos retó.
CAPÍTULO VI
  • Hoy es el juego.
CAPÍTULO VII
  • La batalla.

VOCABULARIO
 


 PRÓLOGO

Nuestra juventud está sometida a la información incontrolada de los medios masivos de comunicación y,  como es lógico suponer, a otras influencias negativas. Luego, es de esperar que, sin ayuda, tienen poca oportunidad de elaborar y cultivar valores de vida.

         Lo dicho anteriormente origina, en algunos niños y jóvenes, conductas diferenciadas con nuestra historia y tradición, porque tienen falsos esquemas de  comportamiento en su modo de vivir en comunidad. Ellos  son  los que  originan contravalores dentro de la sociedad.

         Toca a los maestros y en especial a los padres determinar,  desde esa difícil realidad, las  acciones y tareas de orientación; rescatando lo positivo y descartando lo negativo pero a partir de las vivencias de cada niño. Por eso, sorprenderá a la fina valoración del maestro algunos términos “aparentemente inconvenientes” utilizados en el cuento “Zumba, mi trompo lindo”. Nuestra intención es originar la acción orientadora del adulto para que analicen, conjuntamente  con los menores, sobre los modos de conducta de los grandes frente a los pequeños, de los fuertes frente a los más débiles.

         Así, por ejemplo, “Frejolito” representa al niño pequeño, idealista y bueno que tiene que soportar, a diario, las acciones perversas y abusivas de los niños grandes como “El Malo”. Es allí donde interviene la acción reflexiva y orientadora del adulto para que, conjuntamente con sus hijos o alumnos, determinen formas de conducta adecuadas, con el sano propósito de vivir en armonía entre pequeños y grandes, fuertes y débiles.

         Las características del Proyecto Curricular Articulado, así como la experiencia y múltiple inventiva de mis colegas, servirán como instrumento para el uso  diversificado de éste  y otros cuentos, desarrollando la lectura imaginativa y emocionante en el Proyecto: “Todos escribimos un cuento”.

         Se propone que se lea el cuento “por partes”. El trabajo escolar consiste en que los alumnos, luego de leer una parte, desarrollen su proyecto de cómo debe seguir el cuento. Al final, los niños del aula  juntan sus relatos  inventados por ellos y publican su trabajo final en la revista del colegio.

         Allí se justifica la extensión del cuento. Pues hemos llegado a la conclusión de que los relatos de corta extensión limitan la frondosa imaginación de la juventud. En un proceso de desarrollo educacional hacia la excelencia, es incorrecto pensar que los relatos deben ser cortos. No olvidemos que ellos son incansables para escuchar cuento tras cuentos. Aprovechemos esta natural predisposición para acostumbrar-los al trabajo intelectual prolongado, pues es uno de los factores para elevar el rendimiento académico; entonces, mañana tendremos jóvenes que aglomeren bibliotecas y no discotecas.
        
                                                                 
***


INTRODUCCIÓN

 







¿Qué mecanismo maravilloso hace que millones de niños, en el mundo, adopten los mismos juegos y casi con iguales reglas?

Lo fantástico es que dichas normas de juego nunca se han escrito; simplemente están, y se cumplen en todos los idiomas, nacionalidad y raza.

Misteriosamente los niños, amanecen un día jugando a las canicas; cualquier otro día, las canicas pasaron de moda y ahora se juega a la chapada, luego al mundo, después al lingo o quizá a las escondidas; más de las veces a la pelota, al matagente o a la liguita. Pero todos se someten a las mismas reglas universales, como si éstas hubieran sido escritas en un congreso universal de niños.

Pero el juguete que, de por sí y de sí, representa al niño, es el infaltable trompo. Ver un trompo es pensar en un niño. Por eso, el adulto que nunca tuvo su  trompo, no tuvo niñez.
                
La niñez y sus juegos dibujan en cada niño permanentes recuerdos de dicha, y sus travesuras, con frecuencia, arrancan de los labios del adulto la sonrisa evocadora de su infancia.

Así nació "Zumba, mi trompo lindo", en homenaje a cada niño  del mundo, los que se personifican en "Frejolito", personaje  principal de este relato, quien juega con su trompo y su guaraca, en cualquier lugar, absorbido por su fantasía, ajeno al paso de las horas y los problemas del adulto.

Sugiero que lean con sus hijos el presente cuento, porque a través de su lectura, estoy seguro, el niño vivirá la alegría de su propia travesura, y los padres, actualizando sus vivencias infantiles, besarán con dulzura la inocencia de su ayer en el cándido rostro de su niño.

Es tan hermoso, hoy, acariciar dulcemente el ayer y…,  mañana el porvenir.

                                                     AHÍ VA UN CUENTO

                                                     QUE NO ES INVENTO 

 

 

 

I.    CÓMO CONOCÍ A ZUMBA                            


Hoy me levanté más temprano; otra vez soñé con Zumba y Piolita. A mí me llaman "Frejolito". Durante mi sueño, jugamos en un pampón tan grande que no tenía fin; en él podíamos correr, saltar, dar vueltas y volantines a nuestro regalado gusto. No estaba el brigadier para apuntarnos; todo nos pertenecía...; todo. ¡Correteamos tánto! que, después de haberme despertado, todavía me siento cansado.

Recuerdo cómo conocí a Zumba; estaba con otros como él, pero ni modo, el pillo se me prendió desde el primer momento. Por más que hacía para no mirarlo, ahí estaba con su cabeza chiquita y redonda como una monedita, semejante a un gorrito raro que daba risa. ¡Y su panza..., vaya, qué forma!; era algo así como..., una pelotita..., o mejor dicho, como un globito; abultado después de su sombrero y más delgado hacia abajo. Poco a poco, terminaba en punta, en donde un clavito negro parecía la colita de un osito. Era como un lunar negrito que me miraba una y otra vez, como guiñándome. Cuando lo contemplé un poco más, observé sus dos rayitas de adorno que daban vuelta su panza. Todo él estaba hecho para mí. Quise irme, pero no pude, porque alguien me silbaba, o mejor dicho me zumbaba así:

−Zummm..., zum, zzuuummmmm.

¡A ese llamado, quién se resiste? Volteé, buscando a alguien, pero no vi a nadie; sólo estaba Zumba y los otros. Qué raro; parecía tener dos gotitas de agua, como lágrimas.

Lo tomé entre mis manos, con mucho cuidado, como si no quisiera aplastarlo. El pobre tiritaba de frío. Cuando  lo calenté con mi aliento, se acurrucó como un pajarito sin alas, dulcemente y,... pareció dormirse al sentirse protegido; no se equivocó; estaba en lo cierto; ya no tuve corazón para abandonarlo. Una ternura sin fin nació en mí. Lo acomodé dentro de mi bolsillo diciéndole, cariñosamente, tú vivirás aquí.

Mientras iba a casa con mi nuevo trompo, hacía grandes proyectos para él. Primero le cambiaría el color; su clavito faltaba pulir, o tal vez reemplazarlo; sus rayitas de adorno tendrían colores diferentes. Y, para las “grandes batallas”, era necesario ponerle un remache de bronce sobre su cabeza. Y lo más importante, tenía que bailar "sedita"(1),  porque no me gustan los "carretones"(2), ya que saltan escandalosamente, hacen fallar las "alzadas"(3), y sacan ampolla en las manos. Estaba seguro que Zumba era diferente y uno de los mejores. ¡Ah;...también necesitaría un hilo especial para "guaraca"!(4)

II.  Mi guaraca  llamada "piolita"

Había removido toda la casa en busca de un hilo especial. Mi abuelito, como si adivinase mi angustia, dijo: “Frejolito, busca en los cajones del depósito”. Efectivamente, encontré muchos hilos, de todo tamaño y color; pero, ninguno como el que buscaba. Seguí buscando, debajo y encima del ropero, en el cajón de pinturas y herramientas, pero ¡qué mala suerte!, ninguno como quería. Muy cansado me eché sobre la cama, y Zumba, desde mi bolsillo, me hincó el muslo, como diciéndome:

¾Zummmm, no te des por vencido, zuuummm, busca Frejolito, ¡busca!..., zummm.

Me levanté de nuevo. Seguí buscando; esta vez en el armario de papá, en la cocina de mamá, en el dormitorio de mi hermana y en el cuarto del jardín; encontré mil hilos, pero nada. ¡Qué rabia!, me daban ganas de llorar, y sin darme cuenta, tomé unas gotas saladas de mis ojos, porque me moría por ver cómo bailaría Zumba. Para disimular mi llanto me escondí entre las cortinas de la sala, jugueteando con la tela. A ratos tarareaba una canción que no sabía; y cuando el sueño cerraba mis ojos, escuché nuevamente a Zumba:
¾Zummm..., ¡Frejolito! ¡Frejolito, mira; levanta la cabeza! ¡Lo encontraste; zuummm!

Cuando levanté la cara, mis ojos brillaron de alegría. ¡Estaba ahí, colgado entre las cortinas, la piolita que tánto buscaba! Corrí presuroso, metí mis manos en los cajones de la máquina de coser, regresé con la tijera y, ¡zaasss!, corté la piolita de la cortina. Zumba se movió en mi bolsillo, festejando, igual que yo. No me acuerdo de donde saqué una tapa de gaseosa, le hice un huequito con un clavo oxidado y se lo chanté a Piolita. En uno de los extremos le hice un nudo y mi "guaraca" cobró vida, empezando a descolgarse por mis rodillas haciendo movimientos raros y continuos, como llamando a Zumba. Éste no se hizo esperar. En un dos por tres,  estaba en mi mano izquierda, mientras la derecha, previa ensalivada del extremo, empezó a envolver a mi trompo.


III.      Zumba nació a la vida    

Una vuelta en el aire y, trompo al suelo: ¡Zumba, nació a la vida!, moviéndose con elegancia, un poco altanero y resbaloso; juguetón, inquieto, con mucha alegría; mientras zumzunaba orgullosamente su baile esbelto, por momentos quieto, pero girando veloz en un solo punto, y a ratos, dibujando círculos y ochos. Su cabecita brillaba con su remache de bronce, y los colores de su panza parecían arco iris. ¡Qué lindo es mi Zumba!
Luego de contemplarlo tantas horas como un segundo, quise alzarlo en mi mano. Acomodé los dedos de la derecha, el índice algo entreabierto y de un "taco"(5) levanté al trompo sobre mi mano. Se quedó quieto, girando sin moverse, como queriendo volar en el aire, increíblemente “pajita”(6).              

Tomé a Piolita, lo doblé en dos, hice un lacito alrededor de Zumba y, éste empezó a bajar y subir por el hilo, una y otra vez, como si fueran uno solo; como si un imán invisible estuviera allí para juntarlos.

De todas maneras creí necesario pulir las asperezas del clavito. Eché saliva sobre el cemento y pulí al metal con gran cuidado, probando de rato en rato; haciendo bailar mi trompo en el suelo, hilo al aire, en mi mano o por entre mis piernas como quien ensaya una pirueta. Zumba siempre respondía con energía, haciendo mil monadas como hipnotizándome; por momentos haciéndome reír y otros escondiéndose debajo de las sillas para hacerse el muerto. Lo cierto es que, de tanto bailarlo, conocí su peso, su tamaño, su color y sus mañas. En otras palabras, empezó a ser parte inseparable de mi ser, tanto como Piolita, quien, enganchado en mi meñique derecho, festejaba también las ocurrencias de Zumba.  


IV. En la escuela conocieron a Zumba

El lunes, en la escuela, los muchachos se morían de envidia. Se arremolinaron a mi alrededor queriendo alzar mi trompo para probarlo, pero éste se negaba a bailar; sólo se echaba en el suelo, como muerto; pero cuando yo lo chuzaba, ¡había que ver el espectáculo! Todos se quedaban con la boca abierta de ver cómo, el lindo de Zumba, hacía piruetas y saltaditas nunca antes vistas. No había duda. ¡Era el mejor de los trompos!
La noticia voló como rayo. Sólo se hablaba de Zumba en los salones, pasadizos, en la puerta y el pampón; en todo el pueblo, las ciudades y el país; en toda América, en todo el mundo, en Marte y Plutón. Todos los chicos decían, siempre, algo de mi trompo:

¾¡Frejolito tiene nuevo trompo!
¾¡Frejolito ha venido con Zumba!
         ¾¡Parece que es el mejor!
         ¾¡Zumba es el campeón!

Todos querían alzar a Zumba para   probarlo



V.   “El Malo” nos retó    

En el colegio estudiaba un grandullón que nunca había perdido al trompo; siempre ganaba, a las buenas o a las malas, era el vencedor.

En muchas  ocasiones vi como su trompo partió en dos a su rival; porque aparte de su gran tamaño, tenía una fuerza increíble y un corazón perverso, por lo que todos lo conocíamos como "El Malo". No tardó en atravesarse en mi camino para retarme; y empujándome de mala manera, dijo:

¾A ver Frejolito, ¡a ti qué te pasa!
¾No, yo no fui; tú me empujaste.
¾¡Mentira!, dijo, y tomándome de la camisa, agregó, fuiste tú, y es la verdad porque sí.

¾¡Un momento!, intervino otro chico, avanzando un paso, trazó una raya, y dijo: "el que pisa esta raya es el más valiente".

El Malo, siempre provocándome y tratando de impresionar a sus amigos añadió:
¾Anda, pisa la raya si te atreves.
¾Y tú, ¡por qué no la pisas?

Sorprendido de mi respuesta, disimuló diciendo: ¡Crees que no la piso? Pero no movió el pie para nada; y tomándome de los brazos, como queriendo arrancarlos, gritó en mi cara:
¾¡Mi trompo es mejor que`l tuyooo!
¾¡Mentira! ¡Zumba es mejor!

El Malo, sin poder contenerse, se mordió los labios, sus ojos centellaron rabiosamente y sólo atinó a decir:
¾¡Eso hay que demostrarlo en el juego!

No sé de dónde saqué fuerzas, pero no podía quedarme callado, ya que estaban ofendiendo a Zumba; y aun sabiendo lo que nos esperaba, acepté el reto. Mal disimulando nuestro temor, le dije que estaríamos en el campo de batalla. El Malo, satisfecho, puso las reglas:

¾Te juego "a la cocina", no vale pedir permiso, no vale acomodarse "al nivel" y, el que pierde se chanta "a cinco".

Sabía mi rival que, dentro de esas reglas, era invencible. Advertí en su cara un gesto de satisfacción y triunfo. El reto se había aceptado, y no tuve más alternativa que invitar "a la chuza"(7).

Aun cuando estaba muerto de miedo, nunca había visto en mí tanta decisión. En otras circunstancias, jamás me hubiera atrevido a jugar con El Malo, ni siquiera en amistad porque, incluso así, era muy tramposo y abusivo; pero no iba  a permitir que hablen mal de mi Zumba.

Cuando menos lo pensé, un cerro de chicos me estaban mirando entre curiosos e incrédulos, al ver cómo, yo, el Frejolito, el más pequeñito del colegio, me había retado con el grandullón, con el invencible, con El Malo del colegio.

Cuando ya estábamos por rifar "quien va primero" tocó el fin del recreo; entonces "enganchamos"(8) para el día siguiente.                         

VI. Hoy es el juego

Por eso hoy me levanté más temprano que de costumbre; por eso, soñé con Zumba y Piolita, porque ¡hoy es el juego!

Anoche no comí; hoy no tengo ganas de tomar desayuno. Parece que mamá sospecha algo porque me ha prometido el purgante para el almuerzo; claro que, yo no le dije nada...; ahora, lo que más importa es cómo jugarle a Zumba.

Estoy casi arrepentido de haber aceptado el reto; siento que tiemblan mis piernas de rato en rato. Tan sólo pensar que El Malo nunca antes perdió, que es el campeón, que es muy sucio, que sabe muchos trucos, que su trompo es muy grande, que ha dañado a muchos rivales y a otros los ha dejado inservibles.

Creo que me haré el enfermo; tal vez viaje a la Luna para esconderme en una roca, o mejor me voy a vivir dentro del mar o en la barriga de una ballena. Quisiera ser como el cóndor, para volar hasta el cielo y llevármelo a Zumba. ¡Pero no! Los chicos dirán que me chupé, que tuve miedo y que mi trompo es puro fraude. ¡No quiero que piensen así! Tengo que ir; tenemos que ir. Zumbita..., perdóname, pero tenemos que defender tu buen nombre para que vean que no eres falso, que de verdad eres el mejor. No sé cómo, pero aunque perdamos, tenemos que luchar.

Por lo que más quieras, Zumbita, no te resientas conmigo; dime algo..., no te quedes callado...; habla Zumba..., ¡habla, Zumbita! ¡Hablaaaaá!

Sólo un jilguero, desde su jaula, al ver la triste escena, apuró su trino como queriendo consolar a Frejolito, pero también sonó a llanto.

El niño se quedó agarrado de su querido trompo... ¡mucho tiempo!..., pero sus ojos se negaban a secarse.

Después de interminables minutos, el llamado de la madre lo volvió a la realidad: ¡Frejolito,... Frejolito! ¿Dónde estás?; ya casi son las ocho; apúrate con tu desayuno, apúrate, que llegarás tarde a la escuela.

Tomé dos sorbos y un pedazo de pan. Salí corriendo con Zumba, Piolita y mi maletín a cuestas. Al voltear la esquina escuché el silbato que era la señal de entrada. Muy pocos chicos, como yo, corrían presurosos; pero la puerta del colegio se cerró. Habíamos llegado tarde; nos harían entrar después de la formación; seguro nos castigarían a la hora de salida.

Me preguntaba lo que estaría diciendo El Malo al no verme; seguro estaría pavoneándose triunfalmente pensando que faltaría por miedo al encuentro. Seguro que mis compañeros del salón estarían resentidos conmigo, o tal vez avergonzados. ¡Dios mío, cómo tardan para abrir la puerta!

Mientras esperaba afuera, poco a poco mi temor desaparecía y mis piernas dejaban de temblar al recordar la sonrisa burlona del grandullón.

El profesor de turno nos hizo pasar, y mientras nos impartía consejos sobre la puntualidad, mis ojos buscaron el rostro de El Malo por la ventana de su salón y, me di cara a cara con sus ojos. Me miró fijamente, como queriendo atemorizarme, pero lo reté desafiante, como diciéndole que no le tenía miedo, que le esperaba en el recreo.

Cuando entré al salón, todos los chicos voltearon para mirarme, pero los calmé con mi serenidad. Estaba listo para la lucha. Sentí que Zumba también quería pelear como nunca.

La noche anterior, viendo que el trompo de El Malo tenía un clavo grande, le puse a Zumba uno mucho más grande, como mi papá le cambia navajas a su gallo de pelea. Recuerdo que una vez me dijo: "No importa que el gallo sea pequeño, lo importante es cómo lleva las navajas".

A Zumba tenía que jugarle desde el suelo, ya que le había afilado el clavo, lo que impediría levantarlo sobre mi mano; estaba seguro que Piolita me ayudaría bastante.


VII.     La batalla

Finalmente tocó el silbato para salir al recreo. Era hora de luchar para defender nuestro honor.

Todos los chicos de mi aula salieron detrás de mí, siguiéndome en respetuoso silencio. Cuando crucé el pampón, el piso tembló bajo mis pies como rindiendo homenaje al valiente que peleará defendiendo su vida y honor. La garúa de la noche había mojado un poco  la tierra, haciendo más propicio el suelo para un duelo al trompo. El Malo también se dirigía al pampón seguido por un tumulto de alumnos que esperaban ver un nuevo triunfo del campeón.

Un completo silencio marcó el comienzo de la batalla. Estaban frente a frente, el árbol y el arbusto, El Malo y El Frejolito. No se pronunció palabra alguna; sólo cruzamos la mirada para sortear la salida. ¡Perdí! Zumba tenía que chantarse. Le sobé la cabecita de bronce y en secreto le dije:

¾”Zumba, comienza con el muertito”.

Como si entendiera mis palabras, se acurrucó en el suelo haciéndose más pequeño, esperando el asalto del enemigo.

El grandullón enhiló su arma, tomó aire en sus pulmones, y tiró. Con increíble puntería, el clavo dio en mi pobre Zumba. El Malo era todo un experto; por eso era el campeón.

Enhiló de nuevo para atacarnos; hilo al aire y Zumba perdió otra astilla. El clavo del adversario seguía picando, certeramente, una y otra vez a mi trompo; mientras su dueño, cada vez más seguro, demostraba su destreza y su gran fuerza, secundado por la aprobación de sus amigos, quienes le sabían ganador desde el principio.

Lleno de angustia miré a Zumba, herido en el suelo. Mi rabia crecía y hervía mi sangre. Un coraje desconocido me envolvió.

Los cinco tiros de El Malo habían abierto cinco heridas en mi trompo. Lo levanté entre mis manos y con un poco de tierra húmeda lo curé, mientras lloraba de rabia por dentro. Pero Zumba pareció decirme valientemente, como queriendo restar importancia a sus llagas: ¡Ahora nos toca a nosotros! Hasta parecía que sonrió ligeramente como un gladiador, para quien ¡a más heridas, más coraje!

El Malo chantó su trompo. Era nuestro turno. Colérico tomé distancia, Piolita se enroscó fuertemente; tiré furioso, con toda mi fuerza, demasiada tal vez. Así, Zumba iba a caer lejos de su objetivo; pero para sorpresa de todos, hizo un extraño giro en el aire y, cambiando de dirección...¡DIO EN EL BLANCO!

El grandullón borró su sonrisa. Otra vez Zumba al aire y nueva astilla del enemigo. Había sido herido seriamente en la base de su clavo. Entonces comprendí las intenciones de Zumba. Quería destrozar la madera que servía de soporte al clavo. Al tercer disparo, todos los muchachos de mi aula empezaron a dar hurras al valiente. En el cuarto tiro, incluso algunos chicos de otros salones  estaban aplaudiendo a mi trompo.

 

 

El Malo por primera vez lloró su
derrota
 
Luego de los cinco tiros, Zumba se chantó de nuevo. El Malo, masticando su cólera, enhiló su trompo,  pero noté que su clavo se movió ligeramente; entonces comprendí que habíamos logrado nuestro objetivo. El grandullón, para vengarse y afinar mejor su puntería, se sacó la casaca y arremangó la camisa. Nunca antes lo vi tan pálido y colérico. Alzando sus grandes brazos tiró con violencia. Su trompo fue directo a Zumba, pero antes que llegara a destrozarnos, mi trompo se paró ágilmente y puso al frente su remache de bronce. El clavo enemigo dio increíblemente fuerte en el metal y salió despedido por los aires, quedando tendido en el suelo, sin armas y... vencido; mientras le miraba suplicando a Zumba,  pidiéndole piedad por su vida.

Entonces el hidalgo de mi trompo, noblemente, comenzó a bailar alrededor del vencido como queriendo curar sus heridas.

El Malo, por primera vez, lloró su derrota.

Zumba, Piolita y yo, salimos del pampón, amorosamente tomados de la mano, más unidos que nunca, mientras escuchábamos los aplausos para mi juguete.

                                                      ***

Por eso, cuando en tu camino encuentres a un grupo de chiquillos jugando al trompo, busca entre ellos a Frejolito, entonces podrás conocer…  al lindo de  Zumba.


VOCABULARIO 

1. sedita ,  trompo de gran equilibrio; al bailar pierde peso y gana velocidad.

2. carretón, trompo sin equilibrio; al bailar salta escandalosamente.

3. alzada, levantar el trompo sobre la palma de la mano.

4. guaraca, hilo especial con el que se hace bailar al trompo.

5. taco, dedo con el que se  impulsa al trompo sobre la palma de la mano.

6. pajita,  sedita.

7. a la chuza”,  a manera de sorteo.

enganchamos”, compromiso de honor. Acordar, convenir, apostar.
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Comentarios:

Escrito por: guadalupe40       12/12/07 00:08
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Que belleza la historia de Zumba,y la ternura de Frejolito para con él, si me permites se lo contaré a mis nietos (Tomás y Santiago,mellizos de 6 años y Nico de 4) al leérselo les diré que un buen amigo de Perú lo escribió. Bendiciones para tí.
Guadalupe de Santa Fe capital
Páginas: 1

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