Zanjar Cuentas (tomo 1)

Categoría(s): Acción, mafia, latinoamérica

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    Es la hora de zanjar cuentas. Su tobillo aún le duele, su mano derecha está prácticamente teñida en sangre, recubierta sólo por un improvisado pañuelo, arrancado tal vez de una polera. Su frente, su frente morena y sucia tiene un trío de líneas rojizas escapándose por un corte arriba de su ceja izquierda. Producto de que su sangre le está cayendo en el ojo se limpia con su mano repetidas veces al son de su cojera. El pavimento se convierte en su aliado a la hora de avanzar iracundo, mientras las líneas del camino le avisan hacia donde tiene que ir. En su mano izquierda sostiene un arma, es una pistola Sokarev soviética, de esas que solamente se les necesita insertar la carga y disparar repetidas veces con el gatillo apretado. Apretados van también sus dientes, los cuales buscan venganza y también muerte, mientras sus ojos buscan el escondite del maldito. Los autos de la carretera pasan veloces a su lado, provocando visiones en el nocturno pavimento. De pronto, Encuentra la casa que estaba buscando. Su mirada furiosa se detiene frente a la puerta, y sin pensarlo dos veces dirige el gatillo hacia la cerradura de una puerta metálica, al momento que grita el nombre de su presa: ¡¡¡SAL DE AHÍ MARTÍNEZ!!!!

 

1

 

 

   Es un día caluroso en la vida de Eduardo Droguett, un joven tan desaliñado como despeinado. Su piel morena y suave, esconde en parte su barba pueril. A los 19 años apenas se afeita una vez a la semana y en parte le gusta verse con los vellos un tanto crecidos en su cara, le entregan madurez a su imagen, según él. Sin embargo, dentro de su corazón solo hay frió y soledad. Una soledad que es sólo aplacada por la compañía de una mujer tan joven y fresca como él, la cual colgaba como un tierno trofeo de feria en su brazo. Una niña con cuerpo de mujer y mirada infantil, con un cabello trigueño que sólo se ve 

más claro cuando el sol está en su cúspide. Probablemente esa es la respuesta a por qué ella es tan fanática de los días soleados. Ambos, rodeados de cruces, caminitos angostos y maleza seca, miran una lápida en especial en un cementerio desordenado y estropeado por el tiempo.

 

-¿Lalo, terminaste de rezar?- Sus delicadas manitas apretaban con fuerza el delgado, pero firme brazo de su amigo.

 

   Tardó un par de segundos en contestar, estaba absorto en sus propios pensamientos, en otro mundo, otra dimensión, un lugar que la soledad le sugirió visitar cuando su mente no pudiera con tanta presión. Sólo la voz de Teresa lo trajo de un tirón a su triste realidad.

 

-¿Rezar? ¿pa` que voy a rezar? El que rece no me lo va a traer de vuelta. -Su mirada era desconcertante, nada se atisbaba en sus ojos, ni tristeza ni alegría. Ni siquiera tenían el brillo que se reflejaba en sus pupilas de tono pardo. Ese brillo, que a pesar de la soledad que Eduardo sufrió durante tantos años, no logró apagarse, y no se apagó gracias a esa persona que lo acompañaba.

 

   Teresa, con su gesticular un poco ahombrado, como si su infancia hubiese estado circundada siempre por juguetes de niño y dibujos violentos de la tele, lo recrimina golpeándolo con una palmada en la espalda.

 

-¿Cómo que para que vai a rezar? Pucha, no se, es la tradición. Venís, dejái flores, te agachái, te persignai y rezái. Lee la Biblia, demás que hay un instructivo o algo así. Vo` no cachai nada de religión.

 

   Por primera vez en días el muchacho atisba una pequeña y casi mezquina sonrisa, y mirándola de reojo le contesta.

 

-¡¿Biblia?! Tu con suerte conocís la sopa de letras.- Los dos se conocían tan bien, que nada podía terminar sin una pequeña broma, ni siquiera en los momentos más complicados.

 

   La chica hace una mueca de disgusto, acomodándose los labios de una graciosa manera, y frunciendo a propósito el ceño. Sólo para comprobar si lograba sacarle otra sonrisa a Eduardo, pero esta vez fracasa al evidenciar el rostro triste y melancólico que Eduardo emite al mirar fijamente la tumba de su padre. Ante el frustrado intento, Teresa mira su reloj y busca una excusa para que ambos cambien de aire.

 

-Oye, ya es hora de irse, ¿andái con plata para la micro? -Ya sabía la respuesta, pero preguntó igual para no herir susceptibilidades.

 

   Eduardo opta por revisarse los bolsillos de todas maneras, pero al comprobar que estaban desposeídos se rasca la cabeza y con un suspiro contesta.

 

-No, yo cacho que me voy a tener que ir a pata. Si este caballero se fue al cielo y no me dejó plata ni para el pan.

 

   Los dos miran la tumba del finado por última vez, y mientras Teresa se persigna, Eduardo en cambio, se despide alzando flojamente su mano izquierda en dirección a la tumba, como si el gesto pesara de sobremanera. Cualquiera diría que es prácticamente una falta de educación, mas Teresa es testigo que no es así, puesto que las pocas veces que Eduardo y su padre estuvieron juntos, era ese el código que usaban para señalarse el uno al otro. Y la muchacha sabía que dentro de esa frialdad familiar, aunque no se notara, existía una preocupación mutua.

 

   Antes de bajar el brazo con el que despedía a su difunto padre, decide subirlo nuevamente, pero ahora para rodear con un apretado abrazo el cuello de su amiga, mientras que el otro brazo lo estira por completo, al momento que le sugiere.

 

-Ya, vamos que se hace tarde y están por cerrar el cementerio. -Antes de terminar se le ocurre un final jocoso para completar su oración, y así disimular un poco el ambiente tenso y depresivo que lo consumía de a poco.- Además se empieza a hacer de noche y ya es hora de que te pongas a trabajar antes de que te ocupen tu esquina, ¡Recuerda que esta noche por ser viernes va a estar rebueno! -No pudo resistirse a una carcajada, que le sirvió en gran parte para limpiar la amargura que tenía encerrada en su cuerpo. Mientras, Teresa con su pequeña sonrisa y una ceja levantada le daba la mirada del ”ya empezamos de nuevo”, mientras se alejan empujándose y riendo.

 

 

2

 

 

   Villa Cordillera es un cúmulo de edificaciones que no superaban los cinco pisos. Algunos pasajes enarbolan casas pareadas, mientras que sus esquinas eran decoradas por grifos, ese típico grifo sucio en el que el poco amarillo que le va quedando aún pelea contra el óxido y la humedad del aire. La suciedad de esta comunidad se ve también reflejada en la orilla de cada calle, cubierta por paquetes de dulce o cajitas de cartón pertenecientes a algún jugo. Tal vez las pocas hojas que caen en la acera se sienten desdichadas al ver el infierno al que sucumbieron, mirando desde abajo el árbol que les dio su origen, ese paraíso del que nunca debieron salir.

 

   En esa misma acera sucia y caliente por el sol va caminando Eduardo. Ahora solo, regresa a su morada con la cabeza gacha, desganado y lamentándose por dentro al saber que todo lo que encuentre en su hogar le recordará a su esquivo viejo. Apenas comienza a subir por esas roídas escalinatas de metal, un grupo de jóvenes apostados en la baranda del pequeño edificio le quedan mirando. Unos fuman, mientras que dos de ellos pareciera que estuvieran mascando chicle. No se sabría con seguridad, puesto que lo más probable es que simplemente tengan la manía de mover la mandíbula repetidas veces como un tic, un gesto propio de los jóvenes pertenecientes a pandillas que quieren resaltar entre ellos copiando actitudes delincuentes. Se nota quien es el líder en esa pequeña banda, un tipo calvo que esconde su mirada tras un par de lentes tan oscuros como su cortesía, y que lleva un tatuaje mal hecho de lo que pareciera ser un cráneo instalado en su antebrazo izquierdo, el cual al verlo a no más de dos metros de distancia se confundiría fácilmente con un durazno. Los 5 personajes entorpecen el paso de Eduardo, impidiéndole subir las escalinatas de metal, por lo que al muchacho se le apretó el corazón, no sólo por que le urge acostarse a dormir en su cama y olvidarse por un buen rato de todo lo que está viviendo, sino por que tengan la ridícula idea de que le pudieran robar el poco dinero que le quedaba. Finalmente, el mandamás de esa tropa de vagos se golpea el pecho con el puño cerrado en señal de respeto. Ahora Eduardo comprende las intenciones de los sujetos que sabían con anterioridad del fallecimiento de su padre y le estaban demostrando su más sentido pésame de la única forma que conocían, con los modales de la calle. Eduardo optó por inclinar la cabeza en señal de agradecimiento, dando a conocer que había entendido el mensaje a medida que los siniestros muchachos vestidos con sudaderas sin manga, pantalones holgados y zapatillas caras, le van abriendo el paso para que pudiera subir sin problemas.

 

   Ya dentro de la casa se da cuenta que a pesar de que había ordenado completamente para poder velar a su progenitor, esta yacía nuevamente desordenada. Aunque poco le importaba, ya que si Teresa no lo hubiera incentivado a ordenar su propio living, probablemente habrían despedido al finado entre platos sucios y calzoncillos tirados en el suelo.

 

   En un departamento tan pequeño, donde el comedor conecta la improvisada cocina con el baño y los dos dormitorios, los olores inevitablemente se mezclaban, haciendo clic en su cerebro la colonia de su padre, esa que se ponía después afeitarse, y que aún estaba impregnada en toda la habitación. Cuando niño, observaba a su padre ponerse esa colonia con una admiración sin igual después de rasurarse la cara. Entonces Pablo, su padre, jugaba a que el pequeño Eduardo también era afeitado, para después ponerle un poco de colonia a su carita suave y redonda. Sin embargo, ya no recuerda cuando cambió todo eso. Posee muchos recuerdos de cuando compartían juntos, pero ninguno de cuando lo dejaron de hacer.

 

   Sólo dos pasos bastaron para que el muchacho entrara al baño, se pusiera frente al espejo a ver su rostro triste y alicaído, y se pusiera a llorar amargamente con las manos en el lavabo.

 

 

3

 

 

   Al otro lado de la ciudad, más bien al sur, se encuentra el mismo Rancagua, pero más pobre aún, donde apenas unos árboles decoran el desastroso paisaje lleno de cemento y casas que no invitan entrar a la comodidad. La mayoría de ellas decoradas por rejas en ventanas y puertas, dan prueba de un territorio que frecuentemente ha sido testigo de robos y asaltos. La carretera a un costado, sin embargo, invita a hacer un pequeño tour a los afuerinos que pasan raudamente y que al ver esos esperpentos de moradas logran sentirse un poco más a gusto en la comodidad de su propio vehículo.

 

   El único elemento que podría decorar ese caluroso y bizarro paisaje es un vehículo del año que contrastaba completamente con el empobrecido paisaje. Era un Macerati Spider Vintage descapotable, el cual se apostaba entre  la carretera y un destartalado portón de metal de un azul demacrado por el tiempo, que al parecer pertenecía a un taller mecánico. De la nave terrestre se baja un sujeto tan elegante como el vehículo que conducía. Un hombre de tez blanca y pelo negro, el cuál combinaba perfectamente con su oscuro traje. De broche, una fascinante corbata roja que se arreglaba con modales finos y buena estampa, mientras sus zapatos lustrosos tocaban la tierra suelta. A simple vista se daba a conocer como un tipo de alta clase, que al caminar quedaba en el aire esa mezcla de perfume y colonia cara que sólo los hombres recios saben portar.

 

-¡Martínez, sal! –Grita el hombre de negro.

 

   Frente a ese destartalado portón se encuentran sentados dos matones, uno más gordo que el otro, pero los dos con una repulsiva barba, que no era alargada, sino más bien entresacada, como dos perros con tiña. Mientras uno con ropa holgada y el otro con una camisa barata y sucia, daban a entender con certeza que eran miembros intrínsecos de aquel sector.

 

   Al escuchar el grave pero elegante acento de aquel distinguido hombre, los dos gorilas se levantan inmediatamente de lo que parecían dos troncos cortados, convertidos en improvisados asientos. Antes de que el más fornido pudiera siquiera atenderlo, el rechinar del portón se hace sentir, haciendo salir al demandado a escena. Una figura sebosa y calva sale a la acalorada calle. Su gran barriga hacía contraste con su baja estatura, mientras unos bigotes bien arreglados invitaban a que sus morenos labios jugaran con un mondadientes. Se detuvo de súbito al pronunciar las primeras palabras.

 

-No tenís para que gritarme, sentí tu olor a mierda hace rato, huevón.

 

   Una gota de sudor bajaba por la orilla de sus canosas patillas, y sus manos grasientas hacían pensar que recientemente había estado comiendo con las manos. Mientras sus ojos no podían creer que un espécimen que se veía tan inteligente vistiera de manera tan acartonada frente a los 28 grados que presentaba el termómetro por la tarde.

 

   El hombre de vestimenta elegante no pudo evitar la repulsión que le provocó ese esperpento de ser humano, y respingando la nariz para tolerar su cuerpo gordo y pequeño, le hace saber sin preámbulos sus intenciones.

 

-Vengo a que me entregues los papeles de tu taller ¿están… o no están? -Pareciera que ya habían pasado por esto recientemente, por que antes de preguntar parecía ya saber la respuesta.

 

-Ja, ja, ja… que erís chistoso Francisco -Le dijo Martínez. Definitivamente ya habían pasado por esto antes.- ¿No te aburrís de escuchar siempre la misma respuesta? ¡¡No, no y no!! Estoy en el negocio desde que usabai pañales ¿y creís que te voy a hacer caso a ti? -Sus brazos se alzaron hacia su pecho ensanchado, orgulloso de todo lo que comprenden sus posesiones, que a primera vista sólo se ve una calle y una acera bien desgastada.- Sabes que utilizo este taller como centro de operaciones y ustedes sólo lo quieren para apropiarse de este territorio. Pues bien, te tengo noticias hijo de perra, mi centro de operaciones no se lo entrego a nadie, -Antes de escupir al suelo finaliza enfáticamente- ¡Ustedes saben que desde aquí puedo mover pasta base a mi antojo y nadie se da cuenta!– El escupitajo que llegó al suelo resultó ser tan grande como su arrogancia, mientras su rabia comenzaba a ser expulsada con palabras sarcásticas, las cuales sólo lo hacían reír a el.

 

-¡Soy un pequeño empresario! Este es mi negocio, y no sólo me beneficio yo ¿sabes?  -Indicando con sus dedos adornados por sendos anillos de oro y plata a los maleantes que lo escoltaban, continuó con su discurso.- También le doy trabajo a quien lo necesite.

 

   Su discurso terminó con una pequeña sonrisa nerviosa, por que se había dado cuenta que no había provocado absolutamente nada en la recia mirada de Francisco, que lo miraba estático detrás de unos lentes tan negros como sus pensamientos. Además, Martínez sabía que Francisco poseía una labia mejor pulida que él, y que su turno de hablar estaba por comenzar. Pero antes de hacerlo, se arregla su elegante y vistosa corbata, ya que detesta que lo vean desordenado cuando se dirige a alguien, como si la retórica fuera su profesión.

 

-¿por qué te resistes tanto? –Su voz acicalada pero dura impone respeto a cualquiera que lo escuche hablar.- Tengo $800 millones en la maletera del auto, sólo tienes que pasarme los papeles de este recinto, firmarlos y mandarte a cambiar. Sabes que puedo venir con el resto de mis muchachos y hacerlos parir a balazos en menos de un minuto, pero en vez de eso, vengo pacíficamente a hacer la transacción.

 

   Una vez más le corresponde el turno a Martínez, que ahora trata de esconder el rápido latir de su corazón con una voz más seria.

 

-Francisco, la única forma de que me saquen de acá… es muerto.

 

   Francisco, ante la respuesta que le dio el repugnante espécimen, avanza un paso hacia delante, haciendo golpear delicadamente el pavimento con sus finos y recién lustrados zapatos negros, y tomándolo de la solapa de su camisa bordada con palmeras y playas paradisíacas, le contesta.

 

- Eso se puede arreglar, ¿sabes? –No obstante, al momento que agarra sus ropas, los dos simios enajenados que custodiaban a su gobernador se interponen en el camino sacando sus armas en dirección al agresor. Una pistola en su sien y una navaja en su cuello le advertían que estaba en desventaja.

 

   La calva frente de Martínez hacía relucir de sobremanera un sol que ya estaba en su apogeo, y que desde arriba amenazaba con sulfurar el ánimo de los cuatro contendores. El reflejo en la sebosa cabeza, termina resumiéndose en gotas más gruesas de sudor, de las cuales algunas caen al suelo y otras se logran afirmar de la camisa de su dueño.

 

   Francisco entiende que su integridad podría estar en peligro, pero no se inmuta, y en vez de soltar inmediatamente la solapa de su camisa playera, lo mira a los ojos y le sonríe, como si la adrenalina que comienza a hervir su sangre le causara placer.

 

-Te queda sólo esta tarde, si no, vendré con mis hombres y… bueno, el resto te lo dejo a tu imaginación. –Le declaró a centímetros de aquel bigote mal hecho y que expedía un hedor irreconocible.

 

   Mientras el viento juega con su pelo delgado y oscuro, Francisco se retira con una pequeña sonrisa, dando un paso atrás  y sonriéndole a su enemigo coquetamente. Sin embargo, en un abrir y cerrar de ojos ese traje negro se convirtió en una borrosa silueta. Más rápido que el rayo, Francisco alza un brazo en dirección a la muñeca del pistolero, torciéndosela sin miramientos, al mismo tiempo que quien portaba la cuchilla es adormecido con un certero cabezazo provocado por ese elegante hombre, que con la rapidez de sus movimientos ponía en jaque al ojo humano, desenvainándolo de su navaja.

 

   Asombrado por lo sucedido, a Martínez se le comienza a acelerar el pulso al tiempo que balbucea al no tener explicación sobre lo que acababa de hacer a sus guardaespaldas.

 

   El elegante hombre da otro paso atrás, ahora un poco más despeinado, y con una malévola sonrisa, confiesa.

 

-Eso… fue por pura diversión –Dando marcha atrás y con los guardaespaldas tirados en el suelo, se despidió mirando fijamente a su presa y apuntándolo con su dedo índice.

 

-Acuérdate, tienes hasta la tarde.

 

   La alarma del fascinante auto es desactivada para dejar entrar a su propietario, y dándole un reposo a la contienda, que se reanudará en un par de horas y en el que el gordo de baja estatura tiene todas las de perder. Francisco, que ya había arrancado el motor hace un rato, se pierde en la carretera a toda velocidad.  

 

   Cuando la silueta del automóvil que el amenazante señor conducía se había esfumado por completo, los dos gorilas se levantaron de la fortuita paliza que habían recibido. En tanto, el rostro marcadamente autóctono de Martínez trataba de procesar lo acontecido, y cuando después de demorarse un poco pudo lograrlo, se desfiguró en un odio que ni siquiera los simios que se sacudían el polvo conocían.

 

-¡Puta la huevada! -Protesta el casi enano, que con una palmada en la cabeza apura a quién tiene la muñeca adormecida por la llave que lo doblegó.– ¡Párense par de maricones, como dejan que un afeminado como ese concha de su madre les pegue!

 

-Pero jefe -Responde el que aún poseía el cuchillo en sus manos.- Nosotros no teníamos idea que sabía pelear po`.

 

   La vena en la frente de Martínez aún no lograba desaparecer, obligándolo a escupir maldiciones cada vez más enérgico.

 

-Me cago en la puta, por la mierda… ¡¡CONCHA DE TU MADRE!! –Finalmente la vena comienza a disfrazarse de piel.

 

   El grandote de la muñeca doblegada le pregunta ahora que está más calmado.

 

-Oiga, jefe ¿y ahora que hacemos? ¿Por qué no vende el lugar mejor? Si no piensa rápido nos van a venir a fusilar en unas cuantas horas. Mejor venda esta huevada y nos vamos todos lejos de aquí.

 

-Es cierto jefe -Contesta el más delgado, quien ya se ha guardado la navaja en el bolsillo trasero de su pantalón. -No hay pa` que arriesgarse de esta manera. Usted sabe que ese tipo pertenece a una organización que controla casi todo el país. En cambio nosotros lo único que hacemos es vender pasta base, y ni eso, por que ahora último el negocio ha estado re malo.

 

   El mandamás trata de abofetear la cara del último en hablar, pero era tan alto para él, que el movimiento sólo terminó en una amenaza.

 

-¡No seai huevón! ¿Tú creís que yo no sé lo que está ocurriendo acá? Estamos en las últimas, y me habría largado hace ratito si no fuera por que el Pablo hijo de puta no se hubiera muerto.

 

-Pero si usted mismo lo mató. -Le increpa el más gordo.

 

-Si sé, tonto “pelotudo”. Pero por que el saco de huevas no me quiso nunca decir donde había escondido la plata de las ganancias que se “choreó”.

 

   Un silencio se comienza a formar entre el triangulo formado por los tres hombres, un silencio que solo es reducido por los autos que pasan raudos por la carretera. De pronto, Martínez balbucea.

 

-Yo sé donde vive el hijo de Pablo… tal vez… tal vez, el sepa… donde está el dinero. –Sus ojos se abren al son de una nueva orden, cuando sus fosas nasales se entreabren para apurar la inhalación y el consiguiente grito que declarará el mandato con el que comenzará todo el caos.- Vayan a buscar al hijo de Pablo y pregúntenle por el dinero. ¡No vuelvan con las manos vacías!

 

 

 

 

 

 

 

4

 

 

   El sol golpea con menos fuerza el pizarreño de los edificios que inundan a la villa Cordillera, mientras una corriente de aire provoca un choque entre partículas de polvo que crean un remolino en miniatura, el cual comienza a bailar entre la acera y la calle. Cruzando esa misma calle que el viento había utilizado como pista de baile, una plazoleta con su pasto a medio crecer, se ofrece de respaldo para que Eduardo y su jovial amiga Teresa, puedan dialogar a la sombra de los expectantes y desteñidos edificios.

 

-Oye, ¿Y qué piensas hacer ahora que ya no estas con tu papá? –Teresa  podía predecir fácilmente que la respuesta iba a ser limitada.

 

- No se po`. –Teresa  estaba en lo cierto- Encontrar algún trabajillo por ahí, ¡pero no sé hacer ni una huevada! Estoy a punto de cumplir los diecinueve la próxima semana y me siento un inútil ahora que no puedo depender de mi viejo.

 

   Era verdad, la joven tenía presente el cumpleaños de su amigo, pero debido al asesinato de su padre ella cambió su preocupación de comprarle un regalo a ampararlo en la soledad que lo azotaba. Ella, empeñada en animarlo hasta en los momentos más tristes, y con su característica mueca de picardía le dice.

 

-¿Viste? Yo te dije que no anduvierai peluseando tanto en las calles conmigo, sino, ya seríai un hombre de bien y no tendríai que estar pensando en la plata ahora.

 

Eduardo la mira y le reclama de inmediato.

 

-si, pero… ¿que le iba a hacer, Pasar encerrado todo el día en la casa?… si igual a mi papá no lo veía casi nunca, prácticamente he vivido solo los últimos cuatro años de mi vida. –Eduardo  suspiró al recordar su solitaria adolescencia, y mirando al cielo tratando de descubrir alguna forma en las nubes que flotaban sobre él, continuó desahogándose.- No sé… no sé en que problema habrá estado involucrado mi papá, sólo me decía que estaba haciendo negocios, negocios y trámites. ¡Si nunca pasaba en la casa!

 

   Teresa decidió ponerse seria. Hace mucho tiempo que una molesta pregunta rondaba su cabeza sin dejarla en paz, pero que no se animaba a soltar por miedo a que su único amigo creyera que ella sospechaba de su padre. Aún así se animó.

 

-Oye… no quería tocar el tema, pero… ¿no habrá estado metido en algo turbio y por eso le pusieron los balazos?

 

-Pucha… es bastante probable, por su manera de vivir, ¿pero en qué? –Eduardo sólo atina a entresacar un poco de pasto del lugar donde estaba sentado para dejarlo volar al ritmo de otro pequeño remolino que se estaba formando justo delante de él. –La verdad es que quería pensar que lo mataron para robarle, pero a medida que han pasado los días cada vez se me viene a la cabeza que él hacía algo turbio que ninguno de nosotros sabía. Eso va a ser un completo misterio para mí.

 

 Eduardo se equivoca, el secreto de la muerte de su progenitor está a punto de revelarse. Sólo que él aún no lo sabe.

 

-Bueno “perrín”, usted sabe que puede contar conmigo para lo que sea… menos para eso, jajajaja… -Teresa, aunque trataba de ser seria a ratos, y sobre todo en momentos tan delicados como aquel, siempre terminaba por ser aquella muchachita revoltosa y desprendida de lengua a quien nunca se le quitó la manía de decir lo primero que se le venía a la cabeza.

 

 

5

 

 

   Se comienza a hacer tarde, el sol se vuelve más rojizo a cada momento y los techos de la villa cordillera por fin pueden descansar a la tortura de tener que enfrentar todo el día su fulminante luz.

 

   Eduardo, antes de dirigirse a su casa, serpentea por algunos pasajes con la única intención de hacer más largo el viaje a su vacío apartamento. Entiende que se está haciendo de noche, pero sólo se percata de que la temperatura ha bajado cuando la sombra fría de uno de los interminables edificios cubrió al joven por completo, prediciendo el sombrío destino que estaba a punto de apoderarse de él. 

 

-Disculpa, ¿eres tú Eduardo Droguett? -Le pregunta un fornido hombre. El frío que Eduardo sintió en la espalda por el atardecer pasó de inmediato para dar paso al asombro de que alguien lo tomara desprevenido en la calle. Se dio cuenta de la falta de finura que poseía al orangután que lo interrogaba, con una barba desaliñada, como un perro con tiña. Vacilante, Eduardo contesta.

 

-Umm… ehh… sí, ¿por qué?

 

-No, por nada. –Aquella frase fue la última que escuchó antes de que fuera batido y reducido por la rápida sacudida que recibió en la nuca por la culata de una pistola, haciéndole caer al suelo en un estado de inconsciencia momentánea. Todo se había venido a negro para el muchacho.

 

   Eduardo se reincorporó después de un par de horas, despertando por el molesto golpeteo que sentía su cabeza, provocado por la sangre que trataba de ser bombeada a su cerebro. Extrañamente ya no está en la calle, sino en su casa. Sus ojos logran abrirse más, pero no completamente.

 

   Aquel fuerte mareo le hizo recordar la vez que voló por Babilonia con unos vecinos de la villa para su cumpleaños, quienes en vez de celebrarlo con una torta, lo hicieron con un buen sobre de marihuana para que el festejado lo probara por primera vez. Lo que sintió posterior a la euforia y el delirio de las risas descontroladas, era idéntico al dolor que sentía ahora.

 

   Sus sentidos se agudizan otro poco y escucha pasos, se da vuelta para ver quién está a su lado, pero no ve a nadie, sólo su casa más desordenada que nunca. ¿Estaba así de desordenada cuando llegó? No pensaba con claridad aún, hasta que de pronto uno de los cajones de su habitación voló a prisa, para estrellarse contra la muralla y escupir al aire cuanta ropa tenía guardada. Con aquella explosión finalmente despierta, al tiempo que el gorila que lo había golpeado con la pistola sale de su pieza enajenado, y sin pensarlo dos veces le da una bofetada.

 

-¡¡Donde está la plata, huevón, DONDE LA ESCONDISTE!!

 

El muchacho apenas puede pensar con claridad, sólo siente dolor, pero ahora se le añade el miedo al cúmulo de sensaciones al darse cuenta que están registrando su casa y que el extraño que arremete contra él no tiene reparos en lastimarlo. Finalmente el miedo se convierte en terror al ver que una segunda persona salía del dormitorio de su padre. Era un hombre alargado que jugaba con una navaja y pateaba el desorden para abrirse paso. Ahora los agresores eran dos.

 

   Cuando el victimario que portaba la navaja se da cuenta que el muchacho ya había despertado, se va encima de él, haciendo chocar de frente la punta de su bototo en el pecho de Eduardo haciéndolo toser del dolor, para luego poner la cuchilla amenazante a un costado de su rostro, como si pensara arrancarle un ojo si no entregaba respuestas rápidas. El malhechor menos gordo parecía tener un poco más de cerebro. Se notaba calmado, pero no por eso menos peligroso.

 

-¿Ves esta cuchilla, pendejo? Te la voy a meter por la garganta si no nos decís donde tenís la plata.

 

-De que… plata me hablan… Si yo no tengo ni para el… pan. –Contestó compungido por la huella de un zapato estampada en su pecho.

 

   El gordo, que afirmaba su pistola en el cinturón, no vio la necesidad de amenazarlo, al notar que el desvalido muchacho estaba tan aterrado como un cervatillo. Aunque eso no evitara que le sacara de las casillas el pensar que Eduardo trataba de hacerse el valiente al no entregar respuestas. Respuestas que el pobre muchacho desconocía.

 

-No nos mintái huevón…-Contesta el gordo, al tiempo que su yugular se hincha de la rabia contenida.- ¡¡LA PLATA QUE ESCONDIÓ TU PAPÁ!!

 

   Mientras el más delgado seguía con la navaja amenazante a un costado del rostro del chico, el más robusto pierde finalmente la paciencia y lo comienza a golpear sin miramientos. Primero un puñetazo a la cara para que espabile, y más tarde un rodillazo para dejarlo fuera de combate en el frió suelo. No importaba donde cayera el golpe, la idea era hacer daño.

 

-¡Dinos lo que sepái o te matamos! –Continuaba el otro simio al ver que Eduardo no soltaba palabra. Y siguiendo el festín que su compañero comenzó, lo empieza a patear  en el piso. La sangre que saltó de la boca del muchacho a la muralla, entusiasmó a los hampones a continuar con su golpiza desmedida, drogados por las manchas rojas que Eduardo escupía con cada zapatazo.

 

-¡Por favor… no sé de que hablan! ¡Por favor paren!

 

   Finalmente los bravucones se detienen, en parte por que se dieron cuenta de que al parecer en verdad no sabía nada, y en parte por que necesitaban recuperar el aliento. El hombre que aún portaba el cuchillo se hinca para quedar a la altura del magullado y hablarle.

 

-¿quién te crees que somos, huevón, que puedes mentirnos y pensar que te vamos a creer? Mira mejor pendejo de mierda. –El  cuchillo se cruza por segunda vez entre ellos dos, haciéndolo bailar entre sus ojos magullados.- Última oportunidad, dinos donde está la plata que se robó tu papá o te rajo una mano.

 

   Eduardo estaba completamente confundido, no entendía nada. No sabía de que dinero hablaban, del por qué lo estaban golpeando, o por que registraban su casa.

 

-No sé de que me hablan… tienen que creerme. –Contestó con su mentón tembloroso.

 

   El matón, al ver como Eduardo desperdiciaba la oportunidad para que lo dejaran en paz, tomó el cuchillo firme, y con la punta hacia abajo declaró.

 

-Cagaste concha de tu madre -Al escuchar estas palabras, Eduardo reaccionó a protegerse de la amenaza que estaba a punto de ser cumplida, haciendo un esfuerzo por esconder sus manos, pero el grandullón que estaba parado a su lado le pisa la muñeca derecha, para que el portador del arma blanca cree una zanja en la palma del malherido, haciendo brotar la sangre a medida que el filo pasa caliente por su piel, perdiendo de inmediato la sensibilidad de sus dedos y dando paso al frió que supone el contacto de la carne con el exterior. El grito de horror evitó que Eduardo se desvaneciera. Los matones, en tanto, se largaban a reír y a celebrar su labor.

 

   Completamente molido fue bajado por la escala metálica del edificio en andas, para luego hacerlo entrar al vehículo de los matones que se encontraba estacionado atrás del edificio, y que se camuflaba perfectamente con su sombra por el tono oscuro que poseía la carrocería. El imponente gorila empuja adentro al jovenzuelo, provocando que impacte su tobillo con la punta de la puerta. Inmediatamente el tobillo empieza a reclamar.

 

-Puta, este cabro culeado va a manchar el auto entero con sangre. Por la chucha gordo, límpiale la mano a este huevón.

 

   Eduardo, que prácticamente estaba a punto de colapsar, se dejó a la voluntad de los mafiosos. No obstante, a pesar de su ojo inflamado, el dolor casi asfixiante de su pecho, su palma ensangrentada por el corte y su tobillo lastimado por la puerta del vehículo, aún es consciente que está sentado detrás de un automóvil cuya belleza y pomposidad contrastaba completamente con las personas que lo conducían. Mientras, a su lado estaba otra vez el gordo que lo había metido al vehículo con tanta brusquedad, y que ahora limpiaba la sangre de su cara con su propia polera, haciendo que el dolor aumentara mientras le restregaba de tosca manera la prenda en las heridas.

 

-Preocúpate de su mano, tonto huevón. -Replica el destajador.- No veis que la sangre no para de caérsele.

 

   El escenario para Eduardo se había transformado en una verdadera pesadilla, observando al borde del colapso al larguirucho que había reemplazado su navaja por el volante del vehículo, y al gorila contiguo que le rajaba la polera para crear un improvisado torniquete para que su mano derecha detenga el sanguinolento fluido.

 

   Como los maleantes ya no hablaban, Eduardo saca temeroso las primeras palabras desde que había comenzado el viaje.

 

-¿Por…por que me hacen… esto? –Balbuceaba, no sólo por el dolor, sino también por el temor que iba aumentando tanto como su labio roto. Los dos lo miran, pero el conductor tuvo que enderezar la luz trasera para verlo mejor. Finalmente el gorila que llevaba al lado le responde.

 

-Pregúntale a tu papá po` huevón. ¡Ups, de veras que está muerto! –Ambos matones se largan a reír por la desgracia del chico, mientras él no logra entender la relación que existe entre su padre y aquellos sádicos gorilas. El chofer se une a la conversación.

 

-Verás, tu papá traficaba pasta base en la población La Granja, se había hecho socio con nuestro jefe y por cinco años la cosa fue a las mil maravillas, hasta que a tu viejo le dio por dárselas de inversionista visionario y se “choreó” la plata. La escondió no sabemos donde y como el jefe no tolera huevadas le puso un tunazo y listo, cagó tu papá.-Sin  darle tiempo a Eduardo para que procesara toda esa información, el hombre que sujetaba el volante con dedos tan largos como bananas, continuó. -El problema es que el jefe es de genio corto y lo mató antes de que tu viejo dijera donde había escondido el dinero. Ahora no sabemos donde están los seis mil millones y pensamos que tú podríais saber algo. Pero parece que nos equivocamos, sabes tanto del escondite del dinero como nosotros.

 

   El miedo que Eduardo sentía en ese preciso momento se detuvo, para darle la bienvenida a una solitaria lagrima que se acumulaba en su ojo, la que finalmente caería por su rasmillada mejilla. Mas no se percató de lo que caía por su pómulo, ya que su nublada mente le enseñaba imágenes que creía borradas de sus recuerdos. Como las que mostraban a su padre jugando con él a la pelota en la plazoleta, o simulando que le afeitaba su entonces pequeño rostro en el estrecho baño. Pero hubo un recuerdo en especial que no quiso traer de vuelta, y fue esa misma evocación la que le reveló cuando toda la complicidad de padre e hijo se perdió para siempre. Su visión mostraba a Eduardo, quién a los 14 años y por mandato de su progenitor, le había obligado a lavar la ropa sucia debido al poco tiempo que el señor disponía por esos días. Al parecer había conseguido un empleo muy importante. El muchacho, al ver un pantalón tirado en el suelo lo acumuló entre la canasta de ropa sucia, después de todo se notaba que ya emanaba el característico hedor a prenda usada. Pero al momento de recoger el pantalón, una bolsita cayó del bolsillo trasero. A simple vista se veía sellado, con algo que parecía harina en su interior. Cuando decidió recogerlo para investigar el extraño paquete, la puerta principal se abrió para dar paso a su padre que volvía temprano del trabajo. A pesar del beneplácito que supondría ver a su hijo cumpliendo las tareas del hogar que le habían sido encomendadas, comenzaba a suceder todo lo contrario. Algo extraño se le notaba en la mirada. Sus ojos y nariz estaban tan rojas, que parecían a punto de estallarle en sangre. El jovenzuelo, al ver el estado en el que venía Pablo, se preguntó si tal vez venía de alguna juerga, pasatiempo que comenzó a hacerse costumbre en su padre a medida que pasaron los años. El regordete hombre al ver a su hijo hincado en el piso descubre que en sus jóvenes manos yacía cocaína, su cocaína. Las toxinas de droga que flotaban dentro de sus venas gatillaron en una violencia desmedida, golpeando a su primogénito y haciéndole chocar contra la punta de la mesa, esa mesa en la que compartieron cientos de almuerzos y cenas. El muchacho, estirado en el suelo y con los ojos en blanco, había perdido la conciencia por el golpe en su cabeza, y a pesar que Pablo asumió su responsabilidad en el hecho y le pidió las disculpas correspondientes a su hijo, jamás volvieron a ser los cómplices de antes, separándose poco a poco de su padre hasta transformar a la soledad en su único hogar. Eduardo tenía borrado ese recuerdo. Era desagradable y horrible, por lo que había decidido esconderlo en lo más profundo de su ser para que nunca jamás volviera a salir a flote.

 

   Cuando sintió unas risotadas atolondradas y graves y se percató que el auto todavía estaba en movimiento por las luces fugaces que pasaban por su ventana, se percató que había vuelto a la realidad. Las remembranzas de su fallecido padre habían hecho desparecer ese terror que lo tenía a punto del colapso, depositando el instinto vengativo propio de quien descubre al infractor de sus desdichas. Y al enterarse que los asesinos de su viejo resultaron ser los mismos gorilas sádicos que lo maltrataron sin piedad, mezclados con la noticia de que su progenitor era un traicionero narcotraficante, fue suficiente para que se convirtiera en una olla a presión que explotó por el vapor de la rabia, el odio y la furia  de su corazón,

 

-¡¡USTEDES MATARON A MI PAPÁ, HIJOS DE PUTA!!

 

   De pronto otro estallido se hace presente, pero esta vez el ensordecedor grito era reemplazado por un fulminante disparo que hizo iluminar el auto desde su interior. Sin que el gorila se diera cuenta, la pistola que era de su propiedad ya no lo era al encontrarlas en las manos de un enloquecido Eduardo que arremetió sin contemplaciones al estomago de su antiguo portador. El hombre que acompañaba a Eduardo en el asiento trasero ya no se veía tan imponente como hace unos segundos, al momento que su mirada oscura y llena de maldad se cambiaba por una de dolor agudo al  dejar escapar un par de lágrimas de los ojos y un chorro de sangre de su estómago. Ahora, el muchacho decide dirigir el arma hacia el conductor, instalándola sin reparo en su nuca.

 

-¡Para ahora mismo el auto!

 

-¡Pero qué mierda! ¡¿Qué le hiciste al “moncho”?! –Por  primera vez Eduardo escucha el nombre de uno de sus agresores, pero poco le importaba.

 

-¡Te digo que te detengái, o te vuelo la cabeza, huevón! -violentamente, el auto aparca en una concurrida calle.

 

Quien tenía el control del auto ahora ni siquiera tiene el control de si mismo, al ver a su compañero desmayado en la parte posterior del vehículo. Pero antes que el destajador comenzara a desesperarse, Eduardo enfatizó amenazante a punta de pistola.

 

-Dime donde vive tu jefe, o de aquí te vienen a recoger en una bolsa plástica, -El  muchacho le aplastó con fuerza el revólver en su pelo para sacar la información más rápido.

 

-De esta no vai a salir vivo, pendejo. –Respondió el conductor, tratando de hacerse el valiente.- ¿Con qué cara te atrevís a amenazarnos? No tenís idea de quienes somos ni de lo que hacemos. Más te vale bajar esa arma o te vas arrepentir por el resto de tu vida. –El matón, al ver que Eduardo hacía oídos sordos a sus amenazas carentes de terror, optó por suplicar esta vez.- Por favor, baja el arma y déjame llevar al “moncho” a algún lugar donde lo podamos atender.

 

   Una segunda bala se escapó nuevamente, incrustándose en el muslo de quién estaba al habla. El grito que siguió fue tan fuerte, que opacó de inmediato el eco del disparo.

 

-Si no me decís quien es tu jefe van a ser dos las personas que tendrán que atenderse.  

 

   Eduardo hablaba con un tono duro y directo, como si la golpiza de hace un rato le hubiera enseñado como maltratar sicológicamente, y dejando sabido que no estaba para bromas, le golpeó profusamente con la culta del arma en la sien. El malherido, aullando de dolor decidió confesar a Eduardo el paradero de quien lo había mandado a matar.

 

-Está bien… está bien, te digo quien nos mandó, pero por favor no me mates… te lo ruego. –El antes chofer, se mordía el labio para resistir y poder aplacar el caliente y punzante sufrimiento que su propia pierna le otorgaba. –Su… apellido es Martínez, lo puedes encontrar en Marcos Shiapponi nueve quince.

 

   Eduardo ya no tenía nada más que hacer dentro del auto al haber vaciado de los labios del maleante la información que necesitaba. No sin antes dirigirse por última vez con quién se había ganado el plomo en la pierna.

 

-Te recomiendo que desde mañana busques empleo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

6

 

 

   Es la hora de zanjar cuentas, su tobillo aún le duele por el impacto con la puerta del auto. Su mano derecha está prácticamente teñida en sangre, recubierta sólo por un improvisado pañuelo, pero poco le importa. Solo tiene la palabra venganza metida en su cabeza. En su mano izquierda sostiene un arma, es una Sokarev soviética calibre 4.5, la misma que le robó al gorila que se hacía llamar “moncho”. La negra noche, iluminada únicamente por los intermitentes fogonazos de los autos que corrían a toda prisa por la carretera, no le impidieron en absoluto dar con el paradero de su presa. Sí, era su presa, y no la iba a dejar escapar. Sin siquiera reparar en que el portón de metal del taller mecánico se encontraba cerrado, levanta el arma y apunta al cerrojo que todavía no perdía su tono dorado a pesar del óxido, al tiempo que grita.

 

-¡¡¡SAL DE AHÍ, MARTÍNEZ!!!

 

   Nada. El silencio que duró no más de cinco segundos fue aplacado por un vehículo que pasaba raudo por la autopista, dejando una estela de luz roja en el aire. Eduardo estaba furioso y a punto de volver a gritar cuando el portón de metal es abierto por el susodicho. En vez de ver a sus guardaespaldas con el muchacho a cuestas, era el muchacho el que se hacía presente en la entrada de su hogar. El panorama era muy distinto a lo que el viejo tenía presupuestado.

 

   El rostro de Martínez mostraba una evidente curiosidad por no entender lo que estaba ocurriendo, ¿por qué el muchacho se aparecía ante él? Las heridas que Eduardo sufría en su cuerpo le daban una teoría al seboso enano, concluyendo que el tiro le había salido por la culata. Aunque no entendiera todavía cómo aquel adolescente que carecía de una fisonomía que lo impulsara a ganar cien batallas pudiera haber eludido a sus fornidos hombres. Al final se dejó vencer por el esquelético cuerpo que señalaba otra verdad.

 

-¡No, no puede ser! Tú… tú deberías estar muerto.

 

   Eduardo, apenas alza el arma de fuego contra el feo de Martínez, expresa.

 

-Créelo, maldito.- Le dijo Eduardo con fuego en sus ojos.

 

   La imagen era surrealista. Una pistola sostenida por un delgado muchacho apuntando a un hombre de mirada pervertida, en la fría noche, mientras que detrás de ellos lo único que se movía eran luces rojas y blancas por una ancha carretera. Las sombras que se instalaban en la cara de Eduardo convertían su rostro casi en una efigie diabólica.

 

   El delgado brazo del muchacho no podía contener el peso del revolver por mucho tiempo, y por supuesto, Martínez se dio cuenta inmediatamente de su falencia.

 

-¡Pero si eres un inexperto! –Exclamó el viejo.- Jamás te habías visto en una situación así ¿verdad? Pobre imbécil, nunca tuviste intención de dispararme. No eres más que un cobarde…igual que tu padre.

 

   Sólo las preguntas que sucedieron de la boca de Eduardo evitaron que siguiera apretándose los dientes por la furia contenida.

 

-Tú fuiste quien disparó a mi padre, ¿verdad? ¡Por tu culpa me he quedado solo!

 

   Martínez, aunque estaba entre la espada y la pared, no le dio tregua alguna a los oídos del pistolero, bombardeándolo una vez más.

 

-El me obligó a hacerlo, se quiso pasar de listo conmigo al robar mi dinero, el muy maldito. ¡Escondió lo que habíamos juntado durante tantos años! Éramos socios en esta empresa. No tenía por qué traicionarme de esa manera. -Martínez notó que el arma comenzaba a temblar en las manos de Eduardo, por lo que solamente tenía que seguir hablando para que la pistola cayera por su propio peso. Entonces continuó. –La  pasta base nos llegaba desde Bolivia, y mientras yo me encargaba de reunir clientes y hacer los contactos para que el negocio siguiera funcionando, tu papá se encargaba de las finanzas. Pero tu viejo se echó al agua, se quiso comer toda la torta y no compartirla con nadie, así que como no me contó donde tenía la plata, yo, que soy de pocas pulgas le metí cuanto balazo le podía entrar por la cabeza.

 

   Eduardo estuvo a punto de romperse los dientes por la furia que pedía a gritos escapar. Quería matarlo, pero al darse cuenta que su fuerza estaba disminuyendo, su espíritu de lucha comenzó a disminuir también. Sin embargo, su fuerza fue recobrada y el fuego que había en su interior explotó como la lava de un volcán al escuchar salir de los labios de Martínez lo siguiente.

 

-Solo una cosa más se me escapaba. –Con lo que dijo a continuación, Martínez se pasó de listo, y sin darse cuenta se había sentenciado a si mismo.- Tu papá chilló como una perra cuando le llené el pecho de plomo.

 

   Eduardo, sin pensarlo dos veces, comenzó a rajarle el pecho con todo el plomo que Martínez podría recibir. Las balas escapaban del revólver en una explosión continua, sólo para ser aprisionadas nuevamente en el cuerpo del vejete, que parecía despegar los pies de la tierra con cada nueva descarga. Su sangre impía chapoteaba de felicidad al librarse de ese cuerpo mal oliente, al tiempo que Eduardo gritaba de odio con cada estocada que entregaba a su adversario. 

 

   Las balas del cargador se agotaron súbitamente, mientras el aire se impregnaba de pólvora. El cuerpo del joven magullado, ahora se muestra decorada con sangre que no es suya, sino del cadáver que yace frente al portón de metal, la cuál salpicó sin descanso hasta teñir todo de rojo.

 

   De pronto, un automóvil se acerca y aparca en el lugar, encandilando con sus luces el enrojecido y semidesnudo cuerpo del delgado jovenzuelo. Francisco, el hombre elegante, se baja de su nave sorprendido de lo que veía frente a él. Lo que venía a concretar con sus propias manos un desconocido se lo había arrebatado, pero el verlo empapado en sangre, intuyó que tuvo que luchar mucho para poder matar al líder de esa banda. Francisco caminó atónito al portón para convencerse de lo que ocurría al ver el cuerpo de Martínez en el suelo, para luego hincarse y dar cuenta de su fallecimiento. Con los ojos abiertos y el ceño fruncido, devuelve la mirada al joven, y antes de decidir  interrogarlo, Eduardo le interrumpe con una voz muerta y raspada, al tiempo que mira al oscuro y despejado cielo, tratando de encontrar nubes con formas peculiares para distraer su mente invadida de un ansia vengativa sin precedentes.

 

-Maté al asesino de mi padre. –Dijo, abstraído por sus pensamientos.- Me dijo que yo era un cobarde… igual que mi padre, pero no lo fui. Dijo que mi padre había chillado como una perra… pero Martínez ni siquiera alcanzó a chillar.

 

   Las órbitas de sus ojos estaban exaltadas, las cuales se dirigen por primera vez al elegante ser, observando su imagen imponente de hombre triunfador y lleno de privilegios. Francisco en cambio, le observaba fijamente desde hacía rato, encontrando algo peculiarmente familiar, no sólo en el cuerpo ensangrentado y amoratado de Eduardo, sino también en la dantesca escena de donde parecía brotar sangre de las murallas y piso en la penumbra de una calurosa noche. Aquella imagen le causaba una nostalgia especial y un recuerdo imborrable. Era un cuadro que afectaba su psique de tal manera que el sólo mirar al joven muchacho lo invitaba a tener cierta empatía con el.

 

   Al verificar la muerte de Martínez, Francisco se levanta y le contesta al asesino novicio.

 

-No, no eres cobarde. -De alguna manera, Francisco no quería desprenderse de la joven silueta espeluznante y sanguinolenta que se encontraba al frente suyo. Y es que el recuerdo que se le venía a la cabeza era tan fuerte al ver a ese muchachito absorto por su primera víctima, que yacía muerta a sus pies, que no podía cometer el error imperdonable de dejarlo ir.

 

   Al momento que Eduardo comienza a caminar para desaparecer en la oscuridad, Francisco se da cuenta que su recuerdo se escapa, haciendo que se detenga con las siguientes palabras.

 

- Espera… ¿estás buscando trabajo?

 

   Eduardo, todavía envuelto en un estado letárgico y taciturno, gira su torso descubierto en dirección al llamativo traje negro de Francisco, observando detenidamente a la persona que en cuyas manos estaría, en un futuro muy cercano, su destino y el cambio radical de toda su existencia.

 

 

7

 

 

   Dos días después, el departamento de Eduardo estaba reacondicionado para poder vivir en él nuevamente.  Los muebles estaban donde debían estar, la ropa en su lugar y las manchas de sangre en la pared borradas gracias a la incondicional ayuda de su amiga Teresa. Sentado en un sillón fija sus deseos en el teléfono que está frente a él, perdiéndose en un punto fijo mientras entrelaza sus manos a la espera eterna de una llamada que no llega nunca. La mano herida ahora carece del improvisado pañuelo para ser reemplazado por una venda, probablemente suturada en algún hospital. La personalidad del joven ha cambiado, ahora se le ve más callado, más serio y más solitario que nunca.

 

-“Ha ocurrido algo fuera de mi alcance, le disparé en el estomago a un sujeto, a otro le herí la pierna y le di muerte al asesino de mi padre… casi me siento otra persona”.

 

   Eran las palabras que volaban por el taciturno Eduardo Droguett.

 

-“El tipo del traje dijo que se iba a contactar conmigo, que me iba a llamar”…

 

   Francisco le había ofrecido un trabajo del cuál no le había dado especificaciones, sólo  la explícita orden de esperar su llamado, y el muchacho, sentía que se le iba la juventud esperando en un sillón a que el teléfono sonara.

 

-¿Aceptaré su propuesta? No tengo trabajo y dudo que encuentre uno con el cual me alcance para pagar las deudas. No se que decidir… si acepto, solo estaré siguiendo los pasos de mi padre y me convertiré en alguien despreciable.

 

   Eduardo vacilaba en el vaivén de la indecisión, no quería ingresar a ese mundo tan turbio.

 

-¿Y si mejor le digo que no? –Eduardo estaba en la incertidumbre que suponía arriesgarlo todo por un nuevo submundo que desconocía y le asustaba, pero que también le suponía una solución económica a su desnudo estado financiero.

 

-No quiero convertirme en una persona ruin.

 

   De pronto el teléfono sonó, un ring fue para saludarlo, el segundo ring para decirle que este era el momento decisivo de contestar, el tercero para pedirle a gritos que se parara y escogiera el camino que iba a tomar. Cuando el teléfono sonó por cuarta vez, Eduardo tomó la difícil decisión, abalanzándose sobre la mesita para recoger el auricular, y arrasando con todo lo que había en el mueble, contestó.

 

-¿Alo?

 

Se había convertido en alguien despreciable.

 

  

 

Continuará…

 

 

 

         

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