


| Escritor: | sergiomiranda |
| Públicado: | 29/08/2007 |
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Es la hora de zanjar cuentas. Su tobillo aún le duele, su mano derecha está prácticamente teñida en sangre, recubierta sólo por un improvisado pañuelo, arrancado tal vez de una polera. Su frente, su frente morena y sucia tiene un trío de líneas rojizas escapándose por un corte arriba de su ceja izquierda. Producto de que su sangre le está cayendo en el ojo se limpia con su mano repetidas veces al son de su cojera. El pavimento se convierte en su aliado a la hora de avanzar iracundo, mientras las líneas del camino le avisan hacia donde tiene que ir. En su mano izquierda sostiene un arma, es una pistola Sokarev soviética, de esas que solamente se les necesita insertar la carga y disparar repetidas veces con el gatillo apretado. Apretados van también sus dientes, los cuales buscan venganza y también muerte, mientras sus ojos buscan el escondite del maldito. Los autos de la carretera pasan veloces a su lado, provocando visiones en el nocturno pavimento. De pronto, Encuentra la casa que estaba buscando. Su mirada furiosa se detiene frente a la puerta, y sin pensarlo dos veces dirige el gatillo hacia la cerradura de una puerta metálica, al momento que grita el nombre de su presa: ¡¡¡SAL DE AHÍ MARTÍNEZ!!!!
1
más claro cuando el sol está
en su cúspide. Probablemente esa es la respuesta a por qué ella es tan fanática
de los días soleados. Ambos, rodeados de cruces, caminitos angostos y maleza
seca, miran una lápida en especial en un cementerio desordenado y estropeado
por el tiempo.
-¿Lalo, terminaste de
rezar?- Sus delicadas manitas apretaban con fuerza el delgado, pero firme brazo
de su amigo.
Tardó un par de segundos en contestar,
estaba absorto en sus propios pensamientos, en otro mundo, otra dimensión, un
lugar que la soledad le sugirió visitar cuando su mente no pudiera con tanta
presión. Sólo la voz de Teresa lo trajo de un tirón a su triste realidad.
-¿Rezar? ¿pa` que voy a
rezar? El que rece no me lo va a traer de vuelta. -Su mirada era
desconcertante, nada se atisbaba en sus ojos, ni tristeza ni alegría. Ni
siquiera tenían el brillo que se reflejaba en sus pupilas de tono pardo. Ese
brillo, que a pesar de la soledad que Eduardo sufrió durante tantos años, no
logró apagarse, y no se apagó gracias a esa persona que lo acompañaba.
Teresa, con su gesticular un poco ahombrado,
como si su infancia hubiese estado circundada siempre por juguetes de niño y
dibujos violentos de la tele, lo recrimina golpeándolo con una palmada en la
espalda.
-¿Cómo que para que vai a
rezar? Pucha, no se, es la tradición. Venís, dejái flores, te agachái, te
persignai y rezái. Lee
Por primera vez en días el muchacho atisba
una pequeña y casi mezquina sonrisa, y mirándola de reojo le contesta.
-¡¿Biblia?! Tu con suerte
conocís la sopa de letras.- Los dos se conocían tan bien, que nada podía
terminar sin una pequeña broma, ni siquiera en los momentos más complicados.
La chica hace una mueca de disgusto,
acomodándose los labios de una graciosa manera, y frunciendo a propósito el
ceño. Sólo para comprobar si lograba sacarle otra sonrisa a Eduardo, pero esta
vez fracasa al evidenciar el rostro triste y melancólico que Eduardo emite al
mirar fijamente la tumba de su padre. Ante el frustrado intento, Teresa mira su
reloj y busca una excusa para que ambos cambien de aire.
-Oye, ya es hora de irse,
¿andái con plata para la micro? -Ya sabía la respuesta, pero preguntó igual
para no herir susceptibilidades.
Eduardo opta por revisarse los bolsillos de
todas maneras, pero al comprobar que estaban desposeídos se rasca la cabeza y
con un suspiro contesta.
-No, yo cacho que me voy a
tener que ir a pata. Si este caballero se fue al cielo y no me dejó plata ni
para el pan.
Los dos miran la tumba del finado por última
vez, y mientras Teresa se persigna, Eduardo en cambio, se despide alzando
flojamente su mano izquierda en dirección a la tumba, como si el gesto pesara
de sobremanera. Cualquiera diría que es prácticamente una falta de educación, mas
Teresa es testigo que no es así, puesto que las pocas veces que Eduardo y su
padre estuvieron juntos, era ese el código que usaban para señalarse el uno al
otro. Y la muchacha sabía que dentro de esa frialdad familiar, aunque no se
notara, existía una preocupación mutua.
Antes de bajar el brazo con el que despedía
a su difunto padre, decide subirlo nuevamente, pero ahora para rodear con un
apretado abrazo el cuello de su amiga, mientras que el otro brazo lo estira por
completo, al momento que le sugiere.
-Ya, vamos que se hace tarde
y están por cerrar el cementerio. -Antes de terminar se le ocurre un final
jocoso para completar su oración, y así disimular un poco el ambiente tenso y
depresivo que lo consumía de a poco.- Además se empieza a hacer de noche y ya
es hora de que te pongas a trabajar antes de que te ocupen tu esquina,
¡Recuerda que esta noche por ser viernes va a estar rebueno! -No pudo
resistirse a una carcajada, que le sirvió en gran parte para limpiar la
amargura que tenía encerrada en su cuerpo. Mientras, Teresa con su pequeña
sonrisa y una ceja levantada le daba la mirada del ya empezamos de nuevo,
mientras se alejan empujándose y riendo.
2
Villa Cordillera es un cúmulo de
edificaciones que no superaban los cinco pisos. Algunos pasajes enarbolan casas
pareadas, mientras que sus esquinas eran decoradas por grifos, ese típico grifo
sucio en el que el poco amarillo que le va quedando aún pelea contra el óxido y
la humedad del aire. La suciedad de esta comunidad se ve también reflejada en
la orilla de cada calle, cubierta por paquetes de dulce o cajitas de cartón
pertenecientes a algún jugo. Tal vez las pocas hojas que caen en la acera se
sienten desdichadas al ver el infierno al que sucumbieron, mirando desde abajo
el árbol que les dio su origen, ese paraíso del que nunca debieron salir.
En esa misma acera sucia y caliente por el
sol va caminando Eduardo. Ahora solo, regresa a su morada con la cabeza gacha,
desganado y lamentándose por dentro al saber que todo lo que encuentre en su hogar
le recordará a su esquivo viejo. Apenas comienza a subir por esas roídas
escalinatas de metal, un grupo de jóvenes apostados en la baranda del pequeño
edificio le quedan mirando. Unos fuman, mientras que dos de ellos pareciera que
estuvieran mascando chicle. No se sabría con seguridad, puesto que lo más
probable es que simplemente tengan la manía de mover la mandíbula repetidas
veces como un tic, un gesto propio de los jóvenes pertenecientes a pandillas
que quieren resaltar entre ellos copiando actitudes delincuentes. Se nota quien
es el líder en esa pequeña banda, un tipo calvo que esconde su mirada tras un
par de lentes tan oscuros como su cortesía, y que lleva un tatuaje mal hecho de
lo que pareciera ser un cráneo instalado en su antebrazo izquierdo, el cual al
verlo a no más de dos metros de distancia se confundiría fácilmente con un
durazno. Los 5 personajes entorpecen el paso de Eduardo, impidiéndole subir las
escalinatas de metal, por lo que al muchacho se le apretó el corazón, no sólo
por que le urge acostarse a dormir en su cama y olvidarse por un buen rato de
todo lo que está viviendo, sino por que tengan la ridícula idea de que le
pudieran robar el poco dinero que le quedaba. Finalmente, el mandamás de esa
tropa de vagos se golpea el pecho con el puño cerrado en señal de respeto.
Ahora Eduardo comprende las intenciones de los sujetos que sabían con
anterioridad del fallecimiento de su padre y le estaban demostrando su más
sentido pésame de la única forma que conocían, con los modales de la calle.
Eduardo optó por inclinar la cabeza en señal de agradecimiento, dando a conocer
que había entendido el mensaje a medida que los siniestros muchachos vestidos
con sudaderas sin manga, pantalones holgados y zapatillas caras, le van
abriendo el paso para que pudiera subir sin problemas.
Ya dentro de la casa se da cuenta que a
pesar de que había ordenado completamente para poder velar a su progenitor,
esta yacía nuevamente desordenada. Aunque poco le importaba, ya que si Teresa
no lo hubiera incentivado a ordenar su propio living, probablemente habrían
despedido al finado entre platos sucios y calzoncillos tirados en el suelo.
En un departamento tan pequeño, donde el
comedor conecta la improvisada cocina con el baño y los dos dormitorios, los
olores inevitablemente se mezclaban, haciendo clic en su cerebro la colonia de
su padre, esa que se ponía después afeitarse, y que aún estaba impregnada en
toda la habitación. Cuando niño, observaba a su padre ponerse esa colonia con
una admiración sin igual después de rasurarse la cara. Entonces Pablo, su
padre, jugaba a que el pequeño Eduardo también era afeitado, para después
ponerle un poco de colonia a su carita suave y redonda. Sin embargo, ya no
recuerda cuando cambió todo eso. Posee muchos recuerdos de cuando compartían
juntos, pero ninguno de cuando lo dejaron de hacer.
Sólo dos pasos bastaron para que el muchacho
entrara al baño, se pusiera frente al espejo a ver su rostro triste y alicaído,
y se pusiera a llorar amargamente con las manos en el lavabo.
3
Al otro lado de la ciudad, más bien al sur,
se encuentra el mismo Rancagua, pero más pobre aún, donde apenas unos árboles
decoran el desastroso paisaje lleno de cemento y casas que no invitan entrar a
la comodidad. La mayoría de ellas decoradas por rejas en ventanas y puertas,
dan prueba de un territorio que frecuentemente ha sido testigo de robos y
asaltos. La carretera a un costado, sin embargo, invita a hacer un pequeño tour
a los afuerinos que pasan raudamente y que al ver esos esperpentos de moradas
logran sentirse un poco más a gusto en la comodidad de su propio vehículo.
El único elemento que podría decorar ese
caluroso y bizarro paisaje es un vehículo del año que contrastaba completamente
con el empobrecido paisaje. Era un Macerati Spider Vintage descapotable, el
cual se apostaba entre la carretera y un
destartalado portón de metal de un azul demacrado por el tiempo, que al parecer
pertenecía a un taller mecánico. De la nave terrestre se baja un sujeto tan
elegante como el vehículo que conducía. Un hombre de tez blanca y pelo negro,
el cuál combinaba perfectamente con su oscuro traje. De broche, una fascinante
corbata roja que se arreglaba con modales finos y buena estampa, mientras sus
zapatos lustrosos tocaban la tierra suelta. A simple vista se daba a conocer
como un tipo de alta clase, que al caminar quedaba en el aire esa mezcla de
perfume y colonia cara que sólo los hombres recios saben portar.
-¡Martínez, sal! Grita el
hombre de negro.
Frente a ese destartalado portón se
encuentran sentados dos matones, uno más gordo que el otro, pero los dos con
una repulsiva barba, que no era alargada, sino más bien entresacada, como dos
perros con tiña. Mientras uno con ropa holgada y el otro con una camisa barata
y sucia, daban a entender con certeza que eran miembros intrínsecos de aquel
sector.
Al escuchar el grave pero elegante acento de
aquel distinguido hombre, los dos gorilas se levantan inmediatamente de lo que
parecían dos troncos cortados, convertidos en improvisados asientos. Antes de que
el más fornido pudiera siquiera atenderlo, el rechinar del portón se hace
sentir, haciendo salir al demandado a escena. Una figura sebosa y calva sale a
la acalorada calle. Su gran barriga hacía contraste con su baja estatura,
mientras unos bigotes bien arreglados invitaban a que sus morenos labios
jugaran con un mondadientes. Se detuvo de súbito al pronunciar las primeras
palabras.
-No tenís para que gritarme,
sentí tu olor a mierda hace rato, huevón.
Una gota de sudor bajaba por la orilla de
sus canosas patillas, y sus manos grasientas hacían pensar que recientemente
había estado comiendo con las manos. Mientras sus ojos no podían creer que un
espécimen que se veía tan inteligente vistiera de manera tan acartonada frente
a los 28 grados que presentaba el termómetro por la tarde.
El hombre de vestimenta elegante no pudo
evitar la repulsión que le provocó ese esperpento de ser humano, y respingando
la nariz para tolerar su cuerpo gordo y pequeño, le hace saber sin preámbulos
sus intenciones.
-Vengo a que me entregues
los papeles de tu taller ¿están
o no están? -Pareciera que ya habían pasado
por esto recientemente, por que antes de preguntar parecía ya saber la
respuesta.
-Ja, ja, ja
que erís
chistoso Francisco -Le dijo Martínez. Definitivamente ya habían pasado por esto
antes.- ¿No te aburrís de escuchar siempre la misma respuesta? ¡¡No, no y no!!
Estoy en el negocio desde que usabai pañales ¿y creís que te voy a hacer caso a
ti? -Sus brazos se alzaron hacia su pecho ensanchado, orgulloso de todo lo que
comprenden sus posesiones, que a primera vista sólo se ve una calle y una acera
bien desgastada.- Sabes que utilizo este taller como centro de operaciones y
ustedes sólo lo quieren para apropiarse de este territorio. Pues bien, te tengo
noticias hijo de perra, mi centro de operaciones no se lo entrego a nadie,
-Antes de escupir al suelo finaliza enfáticamente- ¡Ustedes saben que desde
aquí puedo mover pasta base a mi antojo y nadie se da cuenta! El escupitajo
que llegó al suelo resultó ser tan grande como su arrogancia, mientras su rabia
comenzaba a ser expulsada con palabras sarcásticas, las cuales sólo lo hacían
reír a el.
-¡Soy un pequeño empresario!
Este es mi negocio, y no sólo me beneficio yo ¿sabes? -Indicando con sus dedos adornados por sendos
anillos de oro y plata a los maleantes que lo escoltaban, continuó con su
discurso.- También le doy trabajo a quien lo necesite.
Su discurso terminó con una pequeña sonrisa
nerviosa, por que se había dado cuenta que no había provocado absolutamente nada
en la recia mirada de Francisco, que lo miraba estático detrás de unos lentes
tan negros como sus pensamientos. Además, Martínez sabía que Francisco poseía
una labia mejor pulida que él, y que su turno de hablar estaba por comenzar.
Pero antes de hacerlo, se arregla su elegante y vistosa corbata, ya que detesta
que lo vean desordenado cuando se dirige a alguien, como si la retórica fuera
su profesión.
-¿por qué te resistes tanto?
Su voz acicalada pero dura impone respeto a cualquiera que lo escuche hablar.-
Tengo $800 millones en la maletera del auto, sólo tienes que pasarme los
papeles de este recinto, firmarlos y mandarte a cambiar. Sabes que puedo venir
con el resto de mis muchachos y hacerlos parir a balazos en menos de un minuto,
pero en vez de eso, vengo pacíficamente a hacer la transacción.
Una vez más le corresponde el turno a
Martínez, que ahora trata de esconder el rápido latir de su corazón con una voz
más seria.
-Francisco, la única forma
de que me saquen de acá
es muerto.
Francisco, ante la respuesta que le dio el
repugnante espécimen, avanza un paso hacia delante, haciendo golpear
delicadamente el pavimento con sus finos y recién lustrados zapatos negros, y
tomándolo de la solapa de su camisa bordada con palmeras y playas paradisíacas,
le contesta.
- Eso se puede arreglar,
¿sabes? No obstante, al momento que agarra sus ropas, los dos simios
enajenados que custodiaban a su gobernador se interponen en el camino sacando
sus armas en dirección al agresor. Una pistola en su sien y una navaja en su
cuello le advertían que estaba en desventaja.
La calva frente de Martínez hacía relucir de
sobremanera un sol que ya estaba en su apogeo, y que desde arriba amenazaba con
sulfurar el ánimo de los cuatro contendores. El reflejo en la sebosa cabeza,
termina resumiéndose en gotas más gruesas de sudor, de las cuales algunas caen
al suelo y otras se logran afirmar de la camisa de su dueño.
Francisco entiende que su integridad podría
estar en peligro, pero no se inmuta, y en vez de soltar inmediatamente la
solapa de su camisa playera, lo mira a los ojos y le sonríe, como si la
adrenalina que comienza a hervir su sangre le causara placer.
-Te queda sólo esta tarde,
si no, vendré con mis hombres y
bueno, el resto te lo dejo a tu imaginación.
Le declaró a centímetros de aquel bigote mal hecho y que expedía un hedor
irreconocible.
Mientras el viento juega con su pelo delgado
y oscuro, Francisco se retira con una pequeña sonrisa, dando un paso atrás y sonriéndole a su enemigo coquetamente. Sin
embargo, en un abrir y cerrar de ojos ese traje negro se convirtió en una
borrosa silueta. Más rápido que el rayo, Francisco alza un brazo en dirección a
la muñeca del pistolero, torciéndosela sin miramientos, al mismo tiempo que
quien portaba la cuchilla es adormecido con un certero cabezazo provocado por
ese elegante hombre, que con la rapidez de sus movimientos ponía en jaque al
ojo humano, desenvainándolo de su navaja.
Asombrado por lo sucedido, a Martínez se le
comienza a acelerar el pulso al tiempo que balbucea al no tener explicación
sobre lo que acababa de hacer a sus guardaespaldas.
El elegante hombre da otro paso atrás, ahora
un poco más despeinado, y con una malévola sonrisa, confiesa.
-Eso
fue por pura diversión
Dando marcha atrás y con los guardaespaldas tirados en el suelo, se despidió
mirando fijamente a su presa y apuntándolo con su dedo índice.
-Acuérdate, tienes hasta la
tarde.
La alarma del fascinante auto es desactivada
para dejar entrar a su propietario, y dándole un reposo a la contienda, que se
reanudará en un par de horas y en el que el gordo de baja estatura tiene todas
las de perder. Francisco, que ya había arrancado el motor hace un rato, se
pierde en la carretera a toda velocidad.
Cuando la silueta del automóvil que el
amenazante señor conducía se había esfumado por completo, los dos gorilas se
levantaron de la fortuita paliza que habían recibido. En tanto, el rostro
marcadamente autóctono de Martínez trataba de procesar lo acontecido, y cuando
después de demorarse un poco pudo lograrlo, se desfiguró en un odio que ni
siquiera los simios que se sacudían el polvo conocían.
-¡Puta la huevada! -Protesta
el casi enano, que con una palmada en la cabeza apura a quién tiene la muñeca
adormecida por la llave que lo doblegó. ¡Párense par de maricones, como dejan
que un afeminado como ese concha de su madre les pegue!
-Pero jefe -Responde el que
aún poseía el cuchillo en sus manos.- Nosotros no teníamos idea que sabía
pelear po`.
La vena en la frente de Martínez aún no
lograba desaparecer, obligándolo a escupir maldiciones cada vez más enérgico.
-Me cago en la puta, por la
mierda
¡¡CONCHA DE TU MADRE!! Finalmente la vena comienza a disfrazarse de
piel.
El grandote de la muñeca doblegada le
pregunta ahora que está más calmado.
-Oiga, jefe ¿y ahora que
hacemos? ¿Por qué no vende el lugar mejor? Si no piensa rápido nos van a venir
a fusilar en unas cuantas horas. Mejor venda esta huevada y nos vamos todos
lejos de aquí.
-Es cierto jefe -Contesta el
más delgado, quien ya se ha guardado la navaja en el bolsillo trasero de su
pantalón. -No hay pa` que arriesgarse de esta manera. Usted sabe que ese tipo
pertenece a una organización que controla casi todo el país. En cambio nosotros
lo único que hacemos es vender pasta base, y ni eso, por que ahora último el
negocio ha estado re malo.
El mandamás trata de abofetear la cara del
último en hablar, pero era tan alto para él, que el movimiento sólo terminó en
una amenaza.
-¡No seai huevón! ¿Tú creís
que yo no sé lo que está ocurriendo acá? Estamos en las últimas, y me habría
largado hace ratito si no fuera por que el Pablo hijo de puta no se hubiera
muerto.
-Pero si usted mismo lo
mató. -Le increpa el más gordo.
-Si sé, tonto pelotudo.
Pero por que el saco de huevas no me quiso nunca decir donde había escondido la
plata de las ganancias que se choreó.
Un silencio se comienza a formar entre el
triangulo formado por los tres hombres, un silencio que solo es reducido por
los autos que pasan raudos por la carretera. De pronto, Martínez balbucea.
-Yo sé donde vive el hijo de
Pablo
tal vez
tal vez, el sepa
donde está el dinero. Sus ojos se abren al
son de una nueva orden, cuando sus fosas nasales se entreabren para apurar la
inhalación y el consiguiente grito que declarará el mandato con el que
comenzará todo el caos.- Vayan a buscar al hijo de Pablo y pregúntenle por el
dinero. ¡No vuelvan con las manos vacías!
4
El sol golpea con menos fuerza el pizarreño
de los edificios que inundan a la villa Cordillera, mientras una corriente de
aire provoca un choque entre partículas de polvo que crean un remolino en
miniatura, el cual comienza a bailar entre la acera y la calle. Cruzando esa
misma calle que el viento había utilizado como pista de baile, una plazoleta
con su pasto a medio crecer, se ofrece de respaldo para que Eduardo y su jovial
amiga Teresa, puedan dialogar a la sombra de los expectantes y desteñidos
edificios.
-Oye, ¿Y qué piensas hacer
ahora que ya no estas con tu papá? Teresa
podía predecir fácilmente que la respuesta iba a ser limitada.
- No se po`. Teresa estaba en lo cierto- Encontrar algún
trabajillo por ahí, ¡pero no sé hacer ni una huevada! Estoy a punto de cumplir
los diecinueve la próxima semana y me siento un inútil ahora que no puedo depender
de mi viejo.
Era verdad, la joven tenía presente el
cumpleaños de su amigo, pero debido al asesinato de su padre ella cambió su
preocupación de comprarle un regalo a ampararlo en la soledad que lo azotaba.
Ella, empeñada en animarlo hasta en los momentos más tristes, y con su
característica mueca de picardía le dice.
-¿Viste? Yo te dije que no
anduvierai peluseando tanto en las calles conmigo, sino, ya seríai un hombre de
bien y no tendríai que estar pensando en la plata ahora.
Eduardo la mira y le reclama
de inmediato.
-si, pero
¿que le iba a
hacer, Pasar encerrado todo el día en la casa?
si igual a mi papá no lo veía
casi nunca, prácticamente he vivido solo los últimos cuatro años de mi vida.
Eduardo suspiró al recordar su solitaria
adolescencia, y mirando al cielo tratando de descubrir alguna forma en las
nubes que flotaban sobre él, continuó desahogándose.- No sé
no sé en que
problema habrá estado involucrado mi papá, sólo me decía que estaba haciendo
negocios, negocios y trámites. ¡Si nunca pasaba en la casa!
Teresa decidió ponerse seria. Hace mucho
tiempo que una molesta pregunta rondaba su cabeza sin dejarla en paz, pero que
no se animaba a soltar por miedo a que su único amigo creyera que ella
sospechaba de su padre. Aún así se animó.
-Oye
no quería tocar el
tema, pero
¿no habrá estado metido en algo turbio y por eso le pusieron los
balazos?
-Pucha
es bastante
probable, por su manera de vivir, ¿pero en qué? Eduardo sólo atina a
entresacar un poco de pasto del lugar donde estaba sentado para dejarlo volar
al ritmo de otro pequeño remolino que se estaba formando justo delante de él.
La verdad es que quería pensar que lo mataron para robarle, pero a medida que
han pasado los días cada vez se me viene a la cabeza que él hacía algo turbio
que ninguno de nosotros sabía. Eso va a ser un completo misterio para mí.
Eduardo se equivoca, el secreto de la muerte
de su progenitor está a punto de revelarse. Sólo que él aún no lo sabe.
-Bueno perrín, usted sabe
que puede contar conmigo para lo que sea
menos para eso, jajajaja
-Teresa,
aunque trataba de ser seria a ratos, y sobre todo en momentos tan delicados
como aquel, siempre terminaba por ser aquella muchachita revoltosa y
desprendida de lengua a quien nunca se le quitó la manía de decir lo primero
que se le venía a la cabeza.
5
Se comienza a hacer tarde, el sol se vuelve
más rojizo a cada momento y los techos de la villa cordillera por fin pueden
descansar a la tortura de tener que enfrentar todo el día su fulminante luz.
Eduardo, antes de dirigirse a su casa,
serpentea por algunos pasajes con la única intención de hacer más largo el
viaje a su vacío apartamento. Entiende que se está haciendo de noche, pero sólo
se percata de que la temperatura ha bajado cuando la sombra fría de uno de los
interminables edificios cubrió al joven por completo, prediciendo el sombrío
destino que estaba a punto de apoderarse de él.
-Disculpa, ¿eres tú Eduardo
Droguett? -Le pregunta un fornido hombre. El frío que Eduardo sintió en la
espalda por el atardecer pasó de inmediato para dar paso al asombro de que
alguien lo tomara desprevenido en la calle. Se dio cuenta de la falta de finura
que poseía al orangután que lo interrogaba, con una barba desaliñada, como un
perro con tiña. Vacilante, Eduardo contesta.
-Umm
ehh
sí, ¿por qué?
-No, por nada. Aquella
frase fue la última que escuchó antes de que fuera batido y reducido por la
rápida sacudida que recibió en la nuca por la culata de una pistola, haciéndole
caer al suelo en un estado de inconsciencia momentánea. Todo se había venido a
negro para el muchacho.
Eduardo se reincorporó después de un par de
horas, despertando por el molesto golpeteo que sentía su cabeza, provocado por
la sangre que trataba de ser bombeada a su cerebro. Extrañamente ya no está en
la calle, sino en su casa. Sus ojos logran abrirse más, pero no completamente.
Aquel fuerte mareo le hizo recordar la vez
que voló por Babilonia con unos vecinos de la villa para su cumpleaños, quienes
en vez de celebrarlo con una torta, lo hicieron con un buen sobre de marihuana
para que el festejado lo probara por primera vez. Lo que sintió posterior a la
euforia y el delirio de las risas descontroladas, era idéntico al dolor que
sentía ahora.
Sus sentidos se agudizan otro poco y escucha
pasos, se da vuelta para ver quién está a su lado, pero no ve a nadie, sólo su
casa más desordenada que nunca. ¿Estaba así de desordenada cuando llegó? No
pensaba con claridad aún, hasta que de pronto uno de los cajones de su
habitación voló a prisa, para estrellarse contra la muralla y escupir al aire
cuanta ropa tenía guardada. Con aquella explosión finalmente despierta, al
tiempo que el gorila que lo había golpeado con la pistola sale de su pieza
enajenado, y sin pensarlo dos veces le da una bofetada.
-¡¡Donde está la plata,
huevón, DONDE LA ESCONDISTE!!
El muchacho apenas puede
pensar con claridad, sólo siente dolor, pero ahora se le añade el miedo al
cúmulo de sensaciones al darse cuenta que están registrando su casa y que el
extraño que arremete contra él no tiene reparos en lastimarlo. Finalmente el
miedo se convierte en terror al ver que una segunda persona salía del
dormitorio de su padre. Era un hombre alargado que jugaba con una navaja y
pateaba el desorden para abrirse paso. Ahora los agresores eran dos.
Cuando el victimario que portaba la navaja
se da cuenta que el muchacho ya había despertado, se va encima de él, haciendo
chocar de frente la punta de su bototo en el pecho de Eduardo haciéndolo toser
del dolor, para luego poner la cuchilla amenazante a un costado de su rostro,
como si pensara arrancarle un ojo si no entregaba respuestas rápidas. El
malhechor menos gordo parecía tener un poco más de cerebro. Se notaba calmado,
pero no por eso menos peligroso.
-¿Ves esta cuchilla,
pendejo? Te la voy a meter por la garganta si no nos decís donde tenís la
plata.
-De que
plata me hablan
Si
yo no tengo ni para el
pan. Contestó compungido por la huella de un zapato
estampada en su pecho.
El gordo, que afirmaba su pistola en el
cinturón, no vio la necesidad de amenazarlo, al notar que el desvalido muchacho
estaba tan aterrado como un cervatillo. Aunque eso no evitara que le sacara de
las casillas el pensar que Eduardo trataba de hacerse el valiente al no
entregar respuestas. Respuestas que el pobre muchacho desconocía.
-No nos mintái
huevón
-Contesta el gordo, al tiempo que su yugular se hincha de la rabia
contenida.- ¡¡LA PLATA QUE ESCONDIÓ TU PAPÁ!!
Mientras el más delgado seguía con la navaja
amenazante a un costado del rostro del chico, el más robusto pierde finalmente
la paciencia y lo comienza a golpear sin miramientos. Primero un puñetazo a la
cara para que espabile, y más tarde un rodillazo para dejarlo fuera de combate
en el frió suelo. No importaba donde cayera el golpe, la idea era hacer daño.
-¡Dinos lo que sepái o te
matamos! Continuaba el otro simio al ver que Eduardo no soltaba palabra. Y
siguiendo el festín que su compañero comenzó, lo empieza a patear en el piso. La sangre que saltó de la boca
del muchacho a la muralla, entusiasmó a los hampones a continuar con su golpiza
desmedida, drogados por las manchas rojas que Eduardo escupía con cada
zapatazo.
-¡Por favor
no sé de que
hablan! ¡Por favor paren!
Finalmente los bravucones se detienen, en
parte por que se dieron cuenta de que al parecer en verdad no sabía nada, y en
parte por que necesitaban recuperar el aliento. El hombre que aún portaba el
cuchillo se hinca para quedar a la altura del magullado y hablarle.
-¿quién te crees que somos,
huevón, que puedes mentirnos y pensar que te vamos a creer? Mira mejor pendejo
de mierda. El cuchillo se cruza por
segunda vez entre ellos dos, haciéndolo bailar entre sus ojos magullados.-
Última oportunidad, dinos donde está la plata que se robó tu papá o te rajo una
mano.
Eduardo estaba completamente confundido, no
entendía nada. No sabía de que dinero hablaban, del por qué lo estaban
golpeando, o por que registraban su casa.
-No sé de que me hablan
tienen que creerme. Contestó con su mentón tembloroso.
El matón, al ver como Eduardo desperdiciaba
la oportunidad para que lo dejaran en paz, tomó el cuchillo firme, y con la
punta hacia abajo declaró.
-Cagaste concha de tu madre
-Al escuchar estas palabras, Eduardo reaccionó a protegerse de la amenaza que
estaba a punto de ser cumplida, haciendo un esfuerzo por esconder sus manos,
pero el grandullón que estaba parado a su lado le pisa la muñeca derecha, para
que el portador del arma blanca cree una zanja en la palma del malherido,
haciendo brotar la sangre a medida que el filo pasa caliente por su piel, perdiendo
de inmediato la sensibilidad de sus dedos y dando paso al frió que supone el
contacto de la carne con el exterior. El grito de horror evitó que Eduardo se
desvaneciera. Los matones, en tanto, se largaban a reír y a celebrar su labor.
Completamente molido fue bajado por la
escala metálica del edificio en andas, para luego hacerlo entrar al vehículo de
los matones que se encontraba estacionado atrás del edificio, y que se
camuflaba perfectamente con su sombra por el tono oscuro que poseía la carrocería.
El imponente gorila empuja adentro al jovenzuelo, provocando que impacte su
tobillo con la punta de la puerta. Inmediatamente el tobillo empieza a
reclamar.
-Puta, este cabro culeado va
a manchar el auto entero con sangre. Por la chucha gordo, límpiale la mano a
este huevón.
Eduardo, que prácticamente estaba a punto de
colapsar, se dejó a la voluntad de los mafiosos. No obstante, a pesar de su ojo
inflamado, el dolor casi asfixiante de su pecho, su palma ensangrentada por el
corte y su tobillo lastimado por la puerta del vehículo, aún es consciente que
está sentado detrás de un automóvil cuya belleza y pomposidad contrastaba
completamente con las personas que lo conducían. Mientras, a su lado estaba
otra vez el gordo que lo había metido al vehículo con tanta brusquedad, y que
ahora limpiaba la sangre de su cara con su propia polera, haciendo que el dolor
aumentara mientras le restregaba de tosca manera la prenda en las heridas.
-Preocúpate de su mano,
tonto huevón. -Replica el destajador.- No veis que la sangre no para de
caérsele.
El escenario para Eduardo se había
transformado en una verdadera pesadilla, observando al borde del colapso al
larguirucho que había reemplazado su navaja por el volante del vehículo, y al
gorila contiguo que le rajaba la polera para crear un improvisado torniquete
para que su mano derecha detenga el sanguinolento fluido.
Como los maleantes ya no hablaban, Eduardo
saca temeroso las primeras palabras desde que había comenzado el viaje.
-¿Por
por que me hacen
esto? Balbuceaba, no sólo por el dolor, sino también por el temor que iba
aumentando tanto como su labio roto. Los dos lo miran, pero el conductor tuvo
que enderezar la luz trasera para verlo mejor. Finalmente el gorila que llevaba
al lado le responde.
-Pregúntale a tu papá po`
huevón. ¡Ups, de veras que está muerto! Ambos matones se largan a reír por la
desgracia del chico, mientras él no logra entender la relación que existe entre
su padre y aquellos sádicos gorilas. El chofer se une a la conversación.
-Verás, tu papá traficaba
pasta base en la población La Granja, se había hecho socio con nuestro jefe y
por cinco años la cosa fue a las mil maravillas, hasta que a tu viejo le dio
por dárselas de inversionista visionario y se choreó la plata. La escondió no
sabemos donde y como el jefe no tolera huevadas le puso un tunazo y listo, cagó
tu papá.-Sin darle tiempo a Eduardo para
que procesara toda esa información, el hombre que sujetaba el volante con dedos
tan largos como bananas, continuó. -El problema es que el jefe es de genio
corto y lo mató antes de que tu viejo dijera donde había escondido el dinero.
Ahora no sabemos donde están los seis mil millones y pensamos que tú podríais
saber algo. Pero parece que nos equivocamos, sabes tanto del escondite del dinero
como nosotros.
El miedo que Eduardo sentía en ese preciso
momento se detuvo, para darle la bienvenida a una solitaria lagrima que se
acumulaba en su ojo, la que finalmente caería por su rasmillada mejilla. Mas no
se percató de lo que caía por su pómulo, ya que su nublada mente le enseñaba
imágenes que creía borradas de sus recuerdos. Como las que mostraban a su padre
jugando con él a la pelota en la plazoleta, o simulando que le afeitaba su
entonces pequeño rostro en el estrecho baño. Pero hubo un recuerdo en especial
que no quiso traer de vuelta, y fue esa misma evocación la que le reveló cuando
toda la complicidad de padre e hijo se perdió para siempre. Su visión mostraba
a Eduardo, quién a los 14 años y por mandato de su progenitor, le había obligado
a lavar la ropa sucia debido al poco tiempo que el señor disponía por esos
días. Al parecer había conseguido un empleo muy importante. El muchacho, al ver
un pantalón tirado en el suelo lo acumuló entre la canasta de ropa sucia,
después de todo se notaba que ya emanaba el característico hedor a prenda
usada. Pero al momento de recoger el pantalón, una bolsita cayó del bolsillo
trasero. A simple vista se veía sellado, con algo que parecía harina en su
interior. Cuando decidió recogerlo para investigar el extraño paquete, la
puerta principal se abrió para dar paso a su padre que volvía temprano del
trabajo. A pesar del beneplácito que supondría ver a su hijo cumpliendo las
tareas del hogar que le habían sido encomendadas, comenzaba a suceder todo lo
contrario. Algo extraño se le notaba en la mirada. Sus ojos y nariz estaban tan
rojas, que parecían a punto de estallarle en sangre. El jovenzuelo, al ver el
estado en el que venía Pablo, se preguntó si tal vez venía de alguna juerga,
pasatiempo que comenzó a hacerse costumbre en su padre a medida que pasaron los
años. El regordete hombre al ver a su hijo hincado en el piso descubre que en
sus jóvenes manos yacía cocaína, su cocaína. Las toxinas de droga que flotaban
dentro de sus venas gatillaron en una violencia desmedida, golpeando a su
primogénito y haciéndole chocar contra la punta de la mesa, esa mesa en la que
compartieron cientos de almuerzos y cenas. El muchacho, estirado en el suelo y
con los ojos en blanco, había perdido la conciencia por el golpe en su cabeza,
y a pesar que Pablo asumió su responsabilidad en el hecho y le pidió las
disculpas correspondientes a su hijo, jamás volvieron a ser los cómplices de
antes, separándose poco a poco de su padre hasta transformar a la soledad en su
único hogar. Eduardo tenía borrado ese recuerdo. Era desagradable y horrible,
por lo que había decidido esconderlo en lo más profundo de su ser para que
nunca jamás volviera a salir a flote.
Cuando sintió unas risotadas atolondradas y
graves y se percató que el auto todavía estaba en movimiento por las luces
fugaces que pasaban por su ventana, se percató que había vuelto a la realidad.
Las remembranzas de su fallecido padre habían hecho desparecer ese terror que
lo tenía a punto del colapso, depositando el instinto vengativo propio de quien
descubre al infractor de sus desdichas. Y al enterarse que los asesinos de su
viejo resultaron ser los mismos gorilas sádicos que lo maltrataron sin piedad,
mezclados con la noticia de que su progenitor era un traicionero narcotraficante,
fue suficiente para que se convirtiera en una olla a presión que explotó por el
vapor de la rabia, el odio y la furia de
su corazón,
-¡¡USTEDES MATARON A MI PAPÁ, HIJOS DE PUTA!!
De pronto otro estallido se hace presente,
pero esta vez el ensordecedor grito era reemplazado por un fulminante disparo
que hizo iluminar el auto desde su interior. Sin que el gorila se diera cuenta,
la pistola que era de su propiedad ya no lo era al encontrarlas en las manos de
un enloquecido Eduardo que arremetió sin contemplaciones al estomago de su
antiguo portador. El hombre que acompañaba a Eduardo en el asiento trasero ya
no se veía tan imponente como hace unos segundos, al momento que su mirada
oscura y llena de maldad se cambiaba por una de dolor agudo al dejar escapar un par de lágrimas de los ojos
y un chorro de sangre de su estómago. Ahora, el muchacho decide dirigir el arma
hacia el conductor, instalándola sin reparo en su nuca.
-¡Para ahora mismo el auto!
-¡Pero qué mierda! ¡¿Qué le
hiciste al moncho?! Por primera vez
Eduardo escucha el nombre de uno de sus agresores, pero poco le importaba.
-¡Te digo que te detengái, o
te vuelo la cabeza, huevón! -violentamente, el auto aparca en una concurrida
calle.
Quien tenía el control del
auto ahora ni siquiera tiene el control de si mismo, al ver a su compañero
desmayado en la parte posterior del vehículo. Pero antes que el destajador
comenzara a desesperarse, Eduardo enfatizó amenazante a punta de pistola.
-Dime donde vive tu jefe, o
de aquí te vienen a recoger en una bolsa plástica, -El muchacho le aplastó con fuerza el revólver en
su pelo para sacar la información más rápido.
-De esta no vai a salir
vivo, pendejo. Respondió el conductor, tratando de hacerse el valiente.- ¿Con
qué cara te atrevís a amenazarnos? No tenís idea de quienes somos ni de lo que
hacemos. Más te vale bajar esa arma o te vas arrepentir por el resto de tu
vida. El matón, al ver que Eduardo hacía oídos sordos a sus amenazas carentes
de terror, optó por suplicar esta vez.- Por favor, baja el arma y déjame llevar
al moncho a algún lugar donde lo podamos atender.
Una segunda bala se escapó nuevamente,
incrustándose en el muslo de quién estaba al habla. El grito que siguió fue tan
fuerte, que opacó de inmediato el eco del disparo.
-Si no me decís quien es tu
jefe van a ser dos las personas que tendrán que atenderse.
Eduardo hablaba con un tono duro y directo,
como si la golpiza de hace un rato le hubiera enseñado como maltratar
sicológicamente, y dejando sabido que no estaba para bromas, le golpeó
profusamente con la culta del arma en la sien. El malherido, aullando de dolor
decidió confesar a Eduardo el paradero de quien lo había mandado a matar.
-Está bien
está bien, te
digo quien nos mandó, pero por favor no me mates
te lo ruego. El antes
chofer, se mordía el labio para resistir y poder aplacar el caliente y punzante
sufrimiento que su propia pierna le otorgaba. Su
apellido es Martínez, lo
puedes encontrar en Marcos Shiapponi nueve quince.
Eduardo ya no tenía nada más que hacer
dentro del auto al haber vaciado de los labios del maleante la información que
necesitaba. No sin antes dirigirse por última vez con quién se había ganado el
plomo en la pierna.
-Te recomiendo que desde
mañana busques empleo.
6
Es la hora de zanjar cuentas, su tobillo aún
le duele por el impacto con la puerta del auto. Su mano derecha está
prácticamente teñida en sangre, recubierta sólo por un improvisado pañuelo,
pero poco le importa. Solo tiene la palabra venganza metida en su cabeza. En su
mano izquierda sostiene un arma, es una Sokarev soviética calibre 4.5, la misma
que le robó al gorila que se hacía llamar moncho. La negra noche, iluminada
únicamente por los intermitentes fogonazos de los autos que corrían a toda
prisa por la carretera, no le impidieron en absoluto dar con el paradero de su
presa. Sí, era su presa, y no la iba a dejar escapar. Sin siquiera reparar en
que el portón de metal del taller mecánico se encontraba cerrado, levanta el
arma y apunta al cerrojo que todavía no perdía su tono dorado a pesar del
óxido, al tiempo que grita.
-¡¡¡SAL DE AHÍ, MARTÍNEZ!!!
Nada. El silencio que duró no más de cinco
segundos fue aplacado por un vehículo que pasaba raudo por la autopista,
dejando una estela de luz roja en el aire. Eduardo estaba furioso y a punto de
volver a gritar cuando el portón de metal es abierto por el susodicho. En vez
de ver a sus guardaespaldas con el muchacho a cuestas, era el muchacho el que
se hacía presente en la entrada de su hogar. El panorama era muy distinto a lo
que el viejo tenía presupuestado.
El rostro de Martínez mostraba una evidente
curiosidad por no entender lo que estaba ocurriendo, ¿por qué el muchacho se
aparecía ante él? Las heridas que Eduardo sufría en su cuerpo le daban una
teoría al seboso enano, concluyendo que el tiro le había salido por la culata.
Aunque no entendiera todavía cómo aquel adolescente que carecía de una
fisonomía que lo impulsara a ganar cien batallas pudiera haber eludido a sus
fornidos hombres. Al final se dejó vencer por el esquelético cuerpo que
señalaba otra verdad.
-¡No, no puede ser! Tú
tú
deberías estar muerto.
Eduardo, apenas alza el arma de fuego contra
el feo de Martínez, expresa.
-Créelo, maldito.- Le dijo
Eduardo con fuego en sus ojos.
La imagen era surrealista. Una pistola
sostenida por un delgado muchacho apuntando a un hombre de mirada pervertida,
en la fría noche, mientras que detrás de ellos lo único que se movía eran luces
rojas y blancas por una ancha carretera. Las sombras que se instalaban en la cara
de Eduardo convertían su rostro casi en una efigie diabólica.
El delgado brazo del muchacho no podía
contener el peso del revolver por mucho tiempo, y por supuesto, Martínez se dio
cuenta inmediatamente de su falencia.
-¡Pero si eres un inexperto!
Exclamó el viejo.- Jamás te habías visto en una situación así ¿verdad? Pobre
imbécil, nunca tuviste intención de dispararme. No eres más que un
cobarde
igual que tu padre.
Sólo las preguntas que sucedieron de la boca
de Eduardo evitaron que siguiera apretándose los dientes por la furia
contenida.
-Tú fuiste quien disparó a
mi padre, ¿verdad? ¡Por tu culpa me he quedado solo!
Martínez, aunque estaba entre la espada y la
pared, no le dio tregua alguna a los oídos del pistolero, bombardeándolo una
vez más.
-El me obligó a hacerlo, se
quiso pasar de listo conmigo al robar mi dinero, el muy maldito. ¡Escondió lo
que habíamos juntado durante tantos años! Éramos socios en esta empresa. No
tenía por qué traicionarme de esa manera. -Martínez notó que el arma comenzaba
a temblar en las manos de Eduardo, por lo que solamente tenía que seguir
hablando para que la pistola cayera por su propio peso. Entonces continuó.
La pasta base nos llegaba desde
Bolivia, y mientras yo me encargaba de reunir clientes y hacer los contactos
para que el negocio siguiera funcionando, tu papá se encargaba de las finanzas.
Pero tu viejo se echó al agua, se quiso comer toda la torta y no compartirla
con nadie, así que como no me contó donde tenía la plata, yo, que soy de pocas
pulgas le metí cuanto balazo le podía entrar por la cabeza.
Eduardo estuvo a punto de romperse los
dientes por la furia que pedía a gritos escapar. Quería matarlo, pero al darse
cuenta que su fuerza estaba disminuyendo, su espíritu de lucha comenzó a
disminuir también. Sin embargo, su fuerza fue recobrada y el fuego que había en
su interior explotó como la lava de un volcán al escuchar salir de los labios
de Martínez lo siguiente.
-Solo una cosa más se me
escapaba. Con lo que dijo a continuación, Martínez se pasó de listo, y sin
darse cuenta se había sentenciado a si mismo.- Tu papá chilló como una perra
cuando le llené el pecho de plomo.
Eduardo, sin pensarlo dos veces, comenzó a
rajarle el pecho con todo el plomo que Martínez podría recibir. Las balas escapaban
del revólver en una explosión continua, sólo para ser aprisionadas nuevamente
en el cuerpo del vejete, que parecía despegar los pies de la tierra con cada
nueva descarga. Su sangre impía chapoteaba de felicidad al librarse de ese
cuerpo mal oliente, al tiempo que Eduardo gritaba de odio con cada estocada que
entregaba a su adversario.
Las balas del cargador se agotaron
súbitamente, mientras el aire se impregnaba de pólvora. El cuerpo del joven
magullado, ahora se muestra decorada con sangre que no es suya, sino del
cadáver que yace frente al portón de metal, la cuál salpicó sin descanso hasta
teñir todo de rojo.
De pronto, un automóvil se acerca y aparca
en el lugar, encandilando con sus luces el enrojecido y semidesnudo cuerpo del
delgado jovenzuelo. Francisco, el hombre elegante, se baja de su nave
sorprendido de lo que veía frente a él. Lo que venía a concretar con sus
propias manos un desconocido se lo había arrebatado, pero el verlo empapado en
sangre, intuyó que tuvo que luchar mucho para poder matar al líder de esa
banda. Francisco caminó atónito al portón para convencerse de lo que ocurría al
ver el cuerpo de Martínez en el suelo, para luego hincarse y dar cuenta de su
fallecimiento. Con los ojos abiertos y el ceño fruncido, devuelve la mirada al
joven, y antes de decidir interrogarlo,
Eduardo le interrumpe con una voz muerta y raspada, al tiempo que mira al
oscuro y despejado cielo, tratando de encontrar nubes con formas peculiares
para distraer su mente invadida de un ansia vengativa sin precedentes.
-Maté al asesino de mi
padre. Dijo, abstraído por sus pensamientos.- Me dijo que yo era un cobarde
igual que mi padre, pero no lo fui. Dijo que mi padre había chillado como una
perra
pero Martínez ni siquiera alcanzó a chillar.
Las órbitas de sus ojos estaban exaltadas,
las cuales se dirigen por primera vez al elegante ser, observando su imagen
imponente de hombre triunfador y lleno de privilegios. Francisco en cambio, le
observaba fijamente desde hacía rato, encontrando algo peculiarmente familiar,
no sólo en el cuerpo ensangrentado y amoratado de Eduardo, sino también en la
dantesca escena de donde parecía brotar sangre de las murallas y piso en la
penumbra de una calurosa noche. Aquella imagen le causaba una nostalgia
especial y un recuerdo imborrable. Era un cuadro que afectaba su psique de tal
manera que el sólo mirar al joven muchacho lo invitaba a tener cierta empatía
con el.
Al verificar la muerte de Martínez,
Francisco se levanta y le contesta al asesino novicio.
-No, no eres cobarde. -De
alguna manera, Francisco no quería desprenderse de la joven silueta
espeluznante y sanguinolenta que se encontraba al frente suyo. Y es que el
recuerdo que se le venía a la cabeza era tan fuerte al ver a ese muchachito
absorto por su primera víctima, que yacía muerta a sus pies, que no podía
cometer el error imperdonable de dejarlo ir.
Al momento que Eduardo comienza a caminar
para desaparecer en la oscuridad, Francisco se da cuenta que su recuerdo se
escapa, haciendo que se detenga con las siguientes palabras.
- Espera
¿estás buscando
trabajo?
Eduardo, todavía envuelto en un estado
letárgico y taciturno, gira su torso descubierto en dirección al llamativo
traje negro de Francisco, observando detenidamente a la persona que en cuyas
manos estaría, en un futuro muy cercano, su destino y el cambio radical de toda
su existencia.
7
Dos días después, el departamento de Eduardo
estaba reacondicionado para poder vivir en él nuevamente. Los muebles estaban donde debían estar, la
ropa en su lugar y las manchas de sangre en la pared borradas gracias a la
incondicional ayuda de su amiga Teresa. Sentado en un sillón fija sus deseos en
el teléfono que está frente a él, perdiéndose en un punto fijo mientras
entrelaza sus manos a la espera eterna de una llamada que no llega nunca. La
mano herida ahora carece del improvisado pañuelo para ser reemplazado por una
venda, probablemente suturada en algún hospital. La personalidad del joven ha
cambiado, ahora se le ve más callado, más serio y más solitario que nunca.
-Ha ocurrido algo fuera de
mi alcance, le disparé en el estomago a un sujeto, a otro le herí la pierna y
le di muerte al asesino de mi padre
casi me siento otra persona.
Eran las palabras que volaban por el
taciturno Eduardo Droguett.
-El tipo del traje dijo que
se iba a contactar conmigo, que me iba a llamar
Francisco le había ofrecido un trabajo del
cuál no le había dado especificaciones, sólo
la explícita orden de esperar su llamado, y el muchacho, sentía que se
le iba la juventud esperando en un sillón a que el teléfono sonara.
-¿Aceptaré su propuesta? No
tengo trabajo y dudo que encuentre uno con el cual me alcance para pagar las
deudas. No se que decidir
si acepto, solo estaré siguiendo los pasos de mi
padre y me convertiré en alguien despreciable.
Eduardo vacilaba en el vaivén de la
indecisión, no quería ingresar a ese mundo tan turbio.
-¿Y si mejor le digo que no?
Eduardo estaba en la incertidumbre que suponía arriesgarlo todo por un nuevo
submundo que desconocía y le asustaba, pero que también le suponía una solución
económica a su desnudo estado financiero.
-No quiero convertirme en
una persona ruin.
De pronto el teléfono sonó, un ring fue para
saludarlo, el segundo ring para decirle que este era el momento decisivo de
contestar, el tercero para pedirle a gritos que se parara y escogiera el camino
que iba a tomar. Cuando el teléfono sonó por cuarta vez, Eduardo tomó la
difícil decisión, abalanzándose sobre la mesita para recoger el auricular, y
arrasando con todo lo que había en el mueble, contestó.
-¿Alo?
Se había convertido en
alguien despreciable.
Continuará
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