


| Escritor: | avesolitaria |
| Públicado: | 17/04/2008 |
Este cuento se lo dedico a Juan Lobo (lobodegules), que aunque apenas lo acabo de conocer, por algunos de sus escritos, me ha gustado su frescura y espontaneidad, y su estilo. Es un cambio, un rompimiento con lo tradicional que a veces llega como un soplo de aire fresco y nos renueva el ánimo.
Yo no soy Caperucita aunque siento especial predilección por las prendas de ropa con capucha. Y..., para qué negarlo, me siento roja, no sé si por uno de mis apellidos o porque nací el día de la República (la segunda, española).
Y por tanto, no tengo por qué temer a ningún lobo feroz...
Pero bien es verdad que de vez en cuando salgo al bosque con mi bici (no voy a ninguna parte sin ella, excepto cuando viajo en taxi).
Da la casualidad que el otro día programé una visita a casa de mi abuelita (que, aunque ya no viva, también la tengo, como todo el mundo) que vive al otro lado del bosque.
Aprovechando que mi bici tiene un estupendo y práctico cestillo a modo de portaequipajes, decidí llevarle unos obsequios alimenticios. La pobre es ya muy mayor y quién sabe si se alimenta bien...Porque ya sabemos que, a ciertas edades, la cabeza se va un poco de la onda y uno no está en lo que está, por lo que conviene vigilarla de vez en cuando y controlar su alimentación.
Pues bien, cogí una bolsa de arroz integral, unas galletas con ácidos grasos omega 3 y omega 6, una bolsa de mijo, otra de germen de trigo, otra de levadura de cerveza, otra de semillas de sésamo, otra de lino, una coliflor, una brócoli...Pufffff, el cesto se había llenado y casi no me cabía el queso, y el queso era muy importante porque a mi abuela le encantaba. Además era un queso sanísimo por su contenido en bífidus activo y su bajo contenido en sal. No hay más que hablar, hay que hacerle sitio al queso como sea.
Lo metí apretujadamente en el cesto de mi bici y salí al bosque "rumbo al infinito y más allá"..., es decir, a casa de mi abuela, que se encuentra poco más o menos a la altura del infinito.
Conforme avanzaba por aquel terreno escarpado, irregular, lleno de setas, matas de fresas y frambuesas, duendecillos o geniecillos del bosque...(Sí, debía tener mucho cuidado en esquivarlos y no pasarles con la rueda por encima ¡Menuda responsabilidad!), el queso iba dando botes y elevándose en el aire por sobre el cesto de la bici de manera que se hacía visible sobre los demás víveres.
Yo me veía obligada a tener que vigilar constantemente que mi queso no se cayera y llegara sano y salvo a casa de mi abuela. ¡Difícil tarea, no crean! Eso hacía que mi ritmo de viaje fuera lento y pesado; además, imaginad cuán lejos está el infinito...
Estos imponderables dieron lugar a que mi presencia en el bosque no pasara desapercibida y pronto corrió la voz de que yo viajaba con un queso.
Como era de temer llegó a oídos del temible Lobo de Gules, el más terrorífico zampador de queso, que se encontraba en aquella ocasión merodeando por esa zona. Y... basta que uno no quiera algo para que lo atraiga. De repente, en el momento menos oportuno, cuando casi pierdo el equilibrio y me caigo dentro de un barranco por no perder mi queso, se presenta a mi lado el odioso Lobo de Gules, que es un gorrón y, ni corto ni perezoso, me hace la siguiente propuesta: "Hola, qué cargada vas, ¿no irás por casualidad a casa de tu abuelita? casualmente yo también voy para allá, si quieres yo te puedo llevar el queso, que ya veo que tienes dificultades para transportarlo..."
Jaja, se cree el maldito lobo que voy a confiarle mi queso..., ni que fuera tonta. "No gracias, si ya casi llego...", mentira, aún me faltaba un buen trecho pero logré quitármelo de encima, al menos por esa vez. Pero el astuto, que aun a pie iba más rápido que yo con mi bici, se adelantó y me esperó tras de un árbol.
Al llegar yo a la altura de ese árbol me abordó de nuevo. Otra vez la misma proposición pero con más contundencia y empeño. Le puse una excusa de lo más absurda e (ingenua de mí) creí habérmelo quitado de encima y continué mi camino en libertad hasta que, a la noche, pero del día siguiente, llegué por fin a casa de mi querida abuelita.
Salió muy contenta a recibirme, superagradecida por mis regalos, sobre todo el queso, que era lo que más le pirraba en esta vida y me hizo pasar para mostrarme una sorpresa.
Yo, enchida de satisfacción por haber salvaguardado el queso, la acompañé hacia el interior de la vivienda, mientras ella me iba preparando para la sorpresa:
-"Ni te imaginas cómo me llamo ahora..."
-"¡¿Cómo, abuelita, has ambiado de nombre?!" (Yo pensando que era debido a su chochez...)
-"En cierto modo, digamos que sí. Ahora soy la señora De Gules.
Y, ante mi sorprendida cara, la veo hacer un ademán de cariño al Lobo de Gules que, sentado a la mesa del comedor, esperaba con ansias que mi querida abuelita depositara encima el esperado manjar.
-"No te imaginas, queridísima nieta, lo felices que somos compartiendo nuestro amor por el queso".
Y...colorín colorado, este cuento se ha acabado.
No comieron perdices pero igualmente fueron felices atracándose a queso.
FIN
Epílogo: Afortunadamente, al salir de casa de mi abuela, junto a la balaustrada, allí estaba esperándome mi fiel bicicleta.
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