


| Escritor: | imSony |
| Públicado: | 17/07/2008 |
Que si Ballet, que si clases de Poesía y Literatura, que si no te ensucies la ropa, que si siéntate y come bien. Lara estaba harta, y aprovechaba las salidas de clase para quedarse mirando como los chicos jugaban al fútbol. Se sentaba en las gradas a observar como los chicos le daban patadas a un balón. Las chicas de su clase se empeñaban en decir que ella estaba enamorada de uno de los chicos, lo que nunca sabrían era que de quien estaba enamorada era de aquel deporte.
Entonces un día mientras iba hacia el colegio calló en la cuenta de que ella podía jugar al fútbol, si el entrenador y su madre la dejaban. Comenzó a hacer sus planes, de cómo compaginar el Ballet con el Fútbol, y como hacer que su madre no se diese cuenta de lo que hacía, ya que ella no la iba a dejar.
Después de tenerlo todo planeado decidió acercarse al entrenador mientras los chicos estaban jugando se acercó y le dijo:
-E... entrenador... -Balbuceo ella, con algo de miedo en su voz.
-Dime Lara- le contestó él, decidido, mientras miraba a los chicos jugar.
-Yo, me preguntaba si... podría... jugar al fútbol...
La expresión en la cara del entrenador al oír sus palabras cambió radicalmente. No era de esperar que las niñas de ese colegio quisiesen jugar al fútbol, o a algún deporte, mas bien masculino. Se decidían mas bien por ser animadoras, o bailarinas.
Tras largas deliberaciones el entrenador decidió darle una oportunidad a Lara. Ella entrenaría tres tardes a la semana. Compaginándolo con el Ballet, el cual no podía dejar. Después de clase debería ir a entrenar, poniendo la excusa de que iba a estudiar a la biblioteca, lo cual, a su madre le pareció estupendo. Y después corriendo a las clases de ballet.
Esa misma tarde, Lara fue emocionada a comprase la ropa y las botas para entrenar. Pero en el camino de vuelta a casa, se encontró a las chicas de su clase. La empezaron a pinchar, y a revisarle las bolsas.
-¡Pero que zapatos más feos!-Dijo una de ellas, sacando de la bolsa las botas de fútbol.
-¡Eh! No son zapatos, son... botas de fútbol.
-No me digas Lara, era por eso por lo que mirabas a los chicos... que va a ser lo siguiente, ¿cortarte el pelo al cero?.
-Cuidado, ¡a lo mejor nos da un beso!-Dijo la ultima antes de que Lara echase a correr, casi con lágrimas en sus ojos, dejando atrás las risas de sus compañeras.
Cuando por fin Lara llegó a casa, buscó un escondite para su ropa. Y lo mejor que encontró fue dejarlo en el cobertizo de atrás. Después entró tranquila en casa por la puerta de adelante. Saludó a su madre, la cual preparaba la cena en la cocina. Lara intentó escapar a su habitación, con miedo a ponerse nerviosa si su madre la preguntaba. Pero lo único que se interpuso en su camino fue el gato, que histérico pedía atención. Lara paso de largo y entro a su habitación.
Llegó la hora de la cena y la familia se reunió en el comedor.
-¿Qué tal el día Lara?-Le preguntó su madre.
-Ah... Eh... Pues bien, como siempre... -Los nervios recorrían el cuerpo de Lara y llegaría a jurar que notaba como su sangre corría por sus venas a toda velocidad. No volvió a comentar nada en toda la cena. Tenía tanto miedo metido en el cuerpo por lo que podían llegar a pensar sus padres sobre lo del fútbol. Ese es un juego de chicos..., no deberías jugar, puedes hacerte daño o peor no volverás a tocar un campo de fútbol en tu vida, así que Lara prefería no escuchar esas frases saliendo de la boca de sus padres, y así fue como decidió no comentarles nada.
Pero las tardes resultaron bien, la excusa de Lara era que tenía que ir a biblioteca a estudiar después de clase. Y resultó que eso de darle patadas a un balón no se le daba tan mal como pensaba, casi se le daba mejor que hacer puntas y dar vueltas hasta marearse. Así que iban pasando los días y Lara se acostumbró a su nueva rutina, salir del colegio, ir a entrenar, y luego rápido y corriendo a clases de ballet.
Pero lo que mas asustó a Lara fue cuando un día estaba entrenando con los chicos cuando llamó su entrenador. Lara se acercó a el corriendo y jadeando.
-Lara, he visto que te gusta este deporte mas de lo que pensaba.-Lara no contestó pensando que era respuesta obvia- he decidido que juegues en el partido del sábado.
La sonrisa que se dibujó en la cara de Lara solo denotaba lo que quería decir. La euforia se apoderó de su cuerpo y comenzó a saltar y dar vueltas por el campo de fútbol.
Esa decisión produjo que los entrenamientos fuesen cada vez más intensos y Lara solía llegar agotada a sus clases de ballet y la profesora se enfadaba cada vez más.
-¡Lara! Como sigas así en clase no te voy a dejar salir en el recital del sábado.
La cara de Lara se iluminó, pero esta vez no por sorpresa si no pos turbación. Como iba a hacer para ir a los dos sitios a la vez, falso, no podía, tenía que elegir, entre complacer a sus padres y hacer lo que realmente le gustaba.
Cuando salió esa tarde del entrenamiento su madre la esperaba fuera como de costumbre, en ese coche plateado de ultima generación. Cuando entró la saludo con una sonrisa de oreja a oreja, y Lara solo pudo disimular un pequeño gesto de felicidad, pues lo que estaba planeando le preocupaba al completo, había estado planeando la forma de decirle a su madre que prefería ir al partido de fútbol antes que al recital de ballet. La madre puso en marcha el coche y empezó a conducir, entonces Lara respiró profundamente y se armó de valor, pero cuando solo consiguió decir un pequeño susurro con un hilo de voz, el móvil sonó en el bolso de su madre.
-Hija, ¿me puedes acercar el móvil?
Sin más remedio, Lara buscó el móvil en el bolso de su madre, y ella comenzó a hablar alegremente por él. Mientras la pobre Lara pensaba en al oportunidad perdida. La conversación de su madre y quien-quiera-que-fuese la otra persona, se le hizo eterna. Y por fin colgó. Y directamente se puso a hablar sin parar. A Lara le parecía que se iba poniendo cada vez más roja a falta del aire, y aparte de no escucharla, solo miraba como abría y cerraba su boca. Oyó tres palabras que fueron lo que la hicieron reaccionar, rosa, ballet y recital.
-Mamá, juego al fútbol, me gusta, y juego muy bien, y este sábado quiero ir al partido en vez de ir al recital de ballet.
Esa frase hizo que la madre de Lara cerrase su boca y no volviese a dirigirle la palabra en todo el viaje. Cuando por fin llegaron a casa, entraron, también en silencio. Lara dejó su mochila en el suelo de la entrada y paso al salón, donde estaba viendo el fútbol su padre. Emocionada por el partido se sentó corriendo en el sofá y no pudo evitar preguntar ¿Cuanto van?, pero enfureció mas a su madre, que, gritando y con los ojos echando chispas, la envió a su habitación.
Lara no podía evitar sentirse culpable consigo misma, y ahora más que había hecho encolerizar a su madre. Desde allí se oían las voces de sus padres y segundos después se oyeron pasos subir las escaleras y la chica ya se esperaba la entrada reñida de sus padres en la habitación. Y pocos segundos después fue lo que ocurrió. Sus padres lucharon por entrar primero en la habitación y empezar a gritar. Lara veía como se movían sus bocas y como la señalaban con el dedo, pero ella hacia caso omiso a sus palabras, pues bien sabía lo que quería y no iba a cambiar de idea.
El resultado de esa disputa, en la cual Lara solo estuvo mirando como sus padres la gritaban, fue que Lara no podía volver a jugar al fútbol. Así que solo podía ir, de casa al colegio, del colegio a ballet y de vuelta a casa y todo eso acompañada de su madre. Tenían vigilados todos sus movimientos, pero la inspiración le llegó un par de días antes del recital cuando estaba en al clase de ballet.
-El sábado necesito que todas estéis aquí dos horas antes... dijo la entrenadora en un tono de voz muy alto y imponente.
Entonces a Lara se le vinieron montones de ideas a la cabeza, pero solo iba a poner en practica una de ellas. Aquella tarde cuando se subió al coche le comentó a su madre que el sábado tenía que ir antes para hacer el ensayo general, y que podía ir perfectamente sola.
-No se hija...
-Mamá, no voy a ir al fútbol, además llevo una semana sin ir y ya no me dejan jugar el partido.
Su madre no la contestó y eso le dío a entender que su respuesta era afirmativa. Así que la mañana del sábado salió, con moño y mochila, de su casa, y empezó a andar, pero no iba hacía el teatro donde se realizaba el recital de ballet si no que se fue casi corriendo al colegio, donde estaba el campo de fútbol. Cuando llegó estaban todos corriendo dando vueltas alrededor del campo, y las gradas comenzaban a llenarse. Lara divisó al entrenador y se acercó a él corriendo.
-¡Lara! ¿Donde as estado toda esta semana?
-Ya se lo contaré... ¿me dejará jugar el partido?
-Me imagino que sí, depende de cómo te vea en el entrenamiento.-La miro de arriba abajo, y se quedo extrañada al verla vestida con la ropa de ballet y el moño en el pelo. ---Venga vístete decentemente y ponte a correr.
Lara se cambió y se unió a sus compañeros, y comenzaron a entrenar, y Lara se quiso esforzar al máximo, para luego oír lo que tanto deseaba. Justo antes de empezar el partido el entrenador la llamó.
-Vale Lara vas a jugar, ponte el uniforme y las botas, tu numero es el dos-Y le dio una camiseta con su nombre y su numero.
La chica estaba esperando en el banquillo a que su entrenador la llamase para jugar. Entonces se puso a pensar, el recital había empezado hace media hora, y se le hacía raro que su madre aun no estuviese allí gritándola que saliese de esa camiseta. Entonces llegó el momento de que el entrenador la llamo para salir, y cuando estaba allí al lado justo antes de empezar a jugar. Oyó que una voz llamaba su nombre. Se giro hacia las gradas y allí estaba su madre.
-¡Lara, sube aquí ahora mismo!
Pera Lara hizo caso omiso a sus palabras, y salió corriendo al campo y cuando toco el balón con sus pies fue la primera vez que se sintió realmente libre.
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