Es necesario que todosvayamos Con fe en el triunfo nuestro, pero si el Destino nos es adverso, estamos obligados A ser valientes, porque pase lo que pase en el Moncada se sabrá algún día... Abel. Yo estaba allí, atento a la orden, con mi pantalón poliéster y mi camisa usada de cuadros bicolor. Confieso que mi corazón latía hoy más fuerte que nunca, extendí mi brazo horizontal sosteniendo el arma y comprobé como esta me temblaba motivado por el desespero y la frustración. Por mi memoria pasaron disímiles recuerdos, de cuando llegue por vez primera a la universidad de la Habana ,a mi facultad de mecánica, y de cómo, y no por casualidad me encontré con Abel. También me pasaron por mi mente otros tantos recuerdos, no precisamente de mis bromas pesadas con algún muchacho atontado, ni de cuando mi novia Gloria me apto por fin, si no de cuando decidí por mi propia voluntad integrarme a la generación del centenario aun cuando las presiones de mi madre y las discusiones con mi padre me lo impedían,, claro, el, un abogado que respondía a los intereses del gobierno ,ella, licenciada en farmacia y dueña de una de las mas grandes de la Habana, yo, cansado de caminar y tropezar por doquier con niños limpiando zapatos, de mujeres que te comen con la vista, y de malditos cojonudos marineros que se creen que el malecón es casa de ellos solamente y que pueden hacer y deshacer porque al menos el gobierno se los ha permitido. Fui interrumpido por la orden de disparo, desde el punto donde me hallaba pude ver a Abel como se movía y como en un tropelaje comenzamos a movernos al tiempo que disparábamos contra los guardias que trataban de apagar nuestras vidas. Dentro del hospital Saturnino Lora se dejaba escuchar un alboroto. Giré mi cabeza hacia atrás y pude ver a mi amigo Pablo desplazarse a ráfagas de una columna a otra de la edificación, aun sin llegar... --- ¡Pablo no, agáchate!---Grité en vano, una bala de un hijo de mala madre fue a parar justo a la cabeza de mi colega. Quedé paralizado, no pude mas, no podía disparar ni una sola bala, comencé a llorar, no se si era de miedo, furia o tristeza, pero estaba llorando. Lloraba en aquella tormenta mezclada con sangre, dolor, gritos y llantos de niños aterrados. Me deslicé hasta la esquina del hospital, habían pasado unos cuantos minutos y la lucha no cesaba, mi nerviosismo no me dejaba quieto, miré hacia todos lados y opté por correr hasta la calle de al frente del lateral derecho del centro de auxilio, tropecé y caí al suelo, mí pantalón se desgarró por la rodilla y justo a él la sangre caía, a duras penas me incorpore y un disparo, mezclado con una dulce melodía mañanera apagaron por completo mi historia, justo en el de pie, mi cabeza chocó fuertemente con el piso junto a carcajadas de mis compañeros de cuarto.