¿Y MI AGÜELO, AONDE EJTÁ?

Por: Edwin Cuperes

 

     Todo patriota que se precie de serlo debe poseer un conocimiento claro de dónde está su abuela. O su abuelo. En mi caso, todo comenzó hace ciento cincuenta años, cuando mi tatarabuela, una gallega rosada, se enamoró perdidamente de Cipriano, el herrero, un negro vivaracho que, según cuenta la historia de la ascendencia familiar, la hizo feliz. Durante tres generaciones las variables del cruce ondulante de las leyes de la herencia escondieron a su descendencia el gen del cabello rizado, cuya característica manifiesta es conocida entre el populacho como “pelo malo”, hasta ciento diez años después en que vino a caer en la formulación genética de la sopa de cromosomas del decimoquinto hijo de la bisnieta de Cipriano, el herrero. Así fue que temprano en la vida vine a dar con la explicación científica de por qué mi hermano era un mulato de cabellos de seda cuyo elaborado “gallito” le era menester fijar con múltiples capas de aerosol mientras que yo había salido blanco, templado por el sol y con un pelo de duras pasas que al intentar peinarlas apresaban como hilos de telaraña los dientes del peine.

     Durante muchos años intenté domesticar los caracoles inamovibles de mi cabellera impura. Algunas noches apisonaba el cabello mojado con un mantilla de las que mi madre utilizaba para ir a la iglesia y por las mañanas amanecía con el cabello estirado, pegado a la frente como en las caretas de Frankenstein. Pero mi alegría duraba unos pocos minutos luego de los cuales el pelo tomaba vida propia, se contraía, se encorvaba y volvía a a convertirse en el carapacho de nudos ñañigos de todos los días. “Salió Jabao”, le decí an a mi madre sus comadres del campo cuando venían de visita, mientras enarbolaban al aire una mirada risueña de comprensión o de burla, y yo salía corriendo para despistar las emanaciones de mi sangre mandinga. En los años setenta se dio el milagro de que una esfera crispada de comegén sobre la cabeza se considerara el último grito de la peluquerí a masculina. Yo, apenas niño, suspiraba al ver a mis camaradas de pelo malo trazar pasos largos sobre el iluminado vidriado de una discoteca, quitarse el gabán blanco con un carraspeo de espalda, lanzarlo a la multitud de mujeres enardecidas que los rodeaban y ejecutar movimientos festivos y sensuales al compás de la música disco. Cuando al fin tuve la edad suficiente para lucir mi afro ya era tarde: era la época de cabellos idos de Michael Jordan y de la tirantez despeluzada y la tiesura de laboratorio de Michael Jackson. La alternativa de matar el cabello con los ácidos asesinos del alizado, o de pelarme el coco a la manera de los cocolisos, me mantuvo en una reflexión inquietante hasta que acepté, triunfante, la naturaleza hirsuta de mi negro destino.

     Ahora que la rama de la genética está a punto de completar el trazado del genoma humano es previsible (algunos piensan que atemorizante) que pronto sepamos el grado exacto de mestizaje que llevamos dentro. No habrá que circunscribirse al tamaño y forma de la nariz —ni a otras extremidades menos ostentosas— para afirmar contundentemente que tenemos una cucharadita de árabe, ocho onzas de gallego y cincuenta kilogramos de Cipriano, el herrero. Aunque los científicos auguran con ello el fin de muchas enfermedades hereditarias, los más cautos predicen una sociedad desigual en la que las pautas para la consideración de un empleo pueden llegar al extremismo y a la discriminación. No bastará que tengamos en papel el fundamento de nuestra biologí a humana. Pues sendos expertos biomolecuquímicogenitales tendrán la labor de traducir en buen castellano la jeringonza científica a fin de aquilatar el significado de las variables contenidas en la tarjeta de nuestro querido genoma. Así, reducida a un artificio psicodélico, la carta astral de la codificación del mapa genético humano dará pie a la supercherí a y a la comercialización; las mismas agoreras que hoy nos leen el porvenir en las cartas del tarot nos leerán el pasado y el futuro en las guaninas y tiaminas cantadas en soliloquios de bingo; y el más grande logro científico de todos los tiempos, como lo han bautizado algunos, se convertirá, después de tanto trabajo, en simple artículo de fe.

     Hace poco, mientras luchaba con la dureza africana de mis cabellos Mayra, mi novia —veinte libras de mora, cuarenta de judía y el resto de alguna tribu alienígena aún desconocida—, me escuchó imprecar en una jerga gallega heredada de mi tatarabuela española. Tuve entonces que confesarle mi desdicha antigua respecto a mis concebida cucharadita árabe, mis ocho onzas de gallego y mis cincuenta kilogramos de Cipriano, el herrero. Ella me contradijo. Arguyó que fuera de mi cabello ondulado no era capaz de percibir en mi excelsa figura ninguna otra característica de tembandumba, pues mis brazos no tení an precisamente la corpulencia de bronce de un guerrero zulu, de manera que esos cincuenta kilogramos de Cipriano el herrero de los que yo tanto hablaba no se veían por ningún lado. Le pregunté la fecha en que estaba pautada nuestra boda a lo que ella contestó: “Muy pronto”.

     “Paciencia amiga —le dije entonces yo con un guiño de ojo—. Pronto los verás.”

Registrarte y comentar la historia

Comentarios:

Escrito por: Oscarhugo       16/12/07 00:11
Hacerse amigos Hacerse amigos                 Enviar correo Enviar correo
Ja ja ja já, Muy entretenido tema sobre la herencia genética; a mi tocó en plena cabellera, pues aunque te resulte difícil de creer tuve pelo ondulado hasta los 33 años y de color negro con tono azul, condenado a ser pelado por herencia de la familia de padre y madre; ahora la vanidad me obliga a usar fijador, para evitar que se me disparen los pelos y me asemeje a un payaso. También me preguntan si tengo ascendencia árabe por mi "manzana" ( en Chile mansa nariz), ni idea; tengo hermanos colorines pecosos ojos verdosos, mi hermana melliza más blanca que vientre de pescado y un hermano que pasa tranquilamente entre los mapuches como un indígena grande y macizo; lo único que nos une como hermanos es la voz, pues hay tendencia a confundirnos. Sí, efectivamente hay partes de nuestra oculta anatomía que indican con certeza de donde vienen nuestros genes. Buen momento pasé leyendo tu excelente obra.
Escrito por: Aurelio       19/09/07 18:43
Hacerse amigos Hacerse amigos                 Enviar correo Enviar correo
Muy pícara al final, y el inicio invita a la reflexión acerca de los avances en la biotecnología desde los años ochenta. Veo que también te atraen los temas científicos (al menos los biológicos).
Escrito por: patricio       13/07/07 22:30
Hacerse amigos Hacerse amigos                 Enviar correo Enviar correo
Me ha gustado. Sigue asi.
Páginas: 1

Imprimir

Enviar historia
© Historias, poemas y otras contribuciones pertenecen al autor, el resto pertenece a Escribe Ya.
Condiciones    -     Privacidad    -     Acerca de Escribe Ya    -     Anunciar    -     Publicar poesía