


| Escritor: | Nauxica |
| Públicado: | 10/06/2008 |
Ya había oscurecido, cuando terminé de leer el manuscrito. Salí al jardín, tan solo el ladrido de los perros rompía el silencio de la placida noche. Una amable brisa acariciaba mi rostro, aliviando el rigor de un día demasiado caluroso. Encendí un cigarro y miré al cielo estrellado. Una intensa emoción me invadía. Si cuando llegué, sentí que las altas montañas esperaban mi llegada a estas tierras, el descubrimiento del sentido diario de una madre superiora que nunca quiso ser monja, me hizo pensar que él también me había aguardado siglos encerrado en un arca de madera.
Dicen que las casualidades no existen, que todo sucede por algo, y no pude menos que pensar que no podía ser un hecho fortuito el que Xinda, desde su vejez me contase como había transcurrido su vida, justo en el momento que yo intento comenzar una nueva andadura en la mía.
Entre de nuevo en la casa y me pose frente al retrato que había colgado sobre la chimenea. Lo miré detenidamente. El lienzo mostraba a una hermosa dama de facciones dulces y armoniosas que sonreía al autor. Sin duda era Xinda, la niña que amaba el campo y la lectura, la jovencita a la que unos ojos azules le despertaron el amor en el alma
Probablemente ese era el retrato que le hizo Gonzalo y que siempre guardo como su posesión más preciada. Ahora es mío. Como sus recuerdos, que ya forman parte de mí, porque Xinda me conquistó el corazón. Ella creía en el destino. ¿Acaso yo debería hacer lo mismo?
Por una vez y sin que sirva de precedente debo agradecer a mis padres el empeño que pusieron en que me licenciara en derecho e hiciera un master en economía. Gracias a ello pude acometer la empresa de convertir la casa de Xinda en uno de los más afamados establecimientos rurales del norte de España. En su honor le puse el nombre de La casona de Xinda y figuraba en todos los catálogos de las agencias turísticas.
El edificio sufrió una profunda transformación. Tire de ahorros y créditos para que respetando el espíritu original se convirtiera en acogedor hotel rural, dotado de modernas instalaciones, entre las que destacaba una piscina climatizada, que se complementaba de servicios de masaje y aromaterapia. Contrate los servicios de un cocinero formado en la escuela de hosteleria y él creo un menú especifico para nuestro hotel, basado en la cocina tradicional asturiana.
No imaginaba ni por asomo, el éxito que iba a tener la casona de Xinda. Tenía reservas cubiertas para un año. Los paseos a caballo que ofrecíamos, las maravillosas vistas que la naturaleza nos regalaba, la buena comida y la paz del lugar, hicieron que fuera destino de muchos stresados ejecutivos.
Mi vida cambió por completo, Aquel juguete roto que llego a este lugar se convirtió en otra persona. Ya poco queda de aquella mujer temerosa insegura que iba dando tumbos, que caminaba a ciegas y sin rumbo por la vida. Mi tez esta siempre bronceada por vivir al aire y al sol, mi cuerpo esta ágil por el permanente ejercicio. Vivo con una serenidad que nunca había supuesto existiera.
Hoy es un día especial. Una cadena de televisión viene a realizar reportaje sobre el establecimiento y quieren hacerme una entrevista. Todo debe estar en perfecto orden. Me anunciaron que llegarían a mediodía. Me levanté más temprano que de costumbre, aunque siempre madrugo. Aquí duermo con las contraventanas abiertas y me despiertan los primeros rayos de luz. Las primeras horas del día son un ritual sagrado, nado unos largos en la piscina y luego tomo un copioso desayuno mientras leo la prensa.
Dedique esta mañana a mi cuidado personal, quería estar guapa, no en vano me iba a ver mucha gente en sus pantallas. Colgado en una percha estaba el vestido que me había comprado para la ocasión. Normalmente vestía de modo bastante informal, pero hoy quería estar elegante.
El teléfono sonó, era el recepcionista, me anunciaba que ya habían llegado los visitantes que esperaba. Cuando baje a recepción ya estaban colocando focos y cámaras por todas partes, el suelo era un enjambre de cables. Y entonces apareció ante mis ojos, el hombre más atractivo que jamás había visto. Alto rubio y con unos ojos azules como luceros. Se dirigió hacia mi , me ofrecio su mano para saludarme y con una maravillosa sonrisa dijo:
- Hola, soy Gonzalo Sierra, y vengo a hacerle una entrevista.
Quede hipnotizada mirándole durante un rato, luego le ofrecí mi mano y le dije:
- No podías llamarte de otra manera.
OVIEDO 9 DE JUNIO DE 2008
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