


| Escritor: | Nauxica |
| Públicado: | 09/06/2008 |
Mi nueva faceta docente me daba la paz necesaria para seguir adelante, enseñando y estudiando ocupaba mi tiempo, no necesitaba mucho más para vivir.
Cuando enfermo Arcadia fui consciente de que estaba entrando ya en esa edad en la que empiezas a ver el declinar de tus pilares en la vida. Mi madre envejecía a pasos agigantados y Sor María ya no tenía la agilidad ni la lucidez de tiempos pasados. Arcadia al verse muy enferma, me pidió volver a Priesles, necesitaba volver a sus amados prados más que nunca. Con gran pena me tuve que separar de ella, algo en mi interior me decía que quizá no nos volviéramos a ver. La noche anterior a su partida estuve en su cuarto hasta altas horas. Hablamos poco, pues Arcadia no tenía ya muchas fuerzas pero cogidas de la mano nos mirábamos. No necesitábamos palabras para expresarnos el profundo amor que ambas nos habíamos profesado toda la vida. De vez en cuando una lágrima resbalaba de los ojos de una y de otra. Las dos sabíamos que era una despedida quizá para siempre. Así fue, un día nos llegó la fatal noticia y mi madre mi hija y yo acudimos a Priesles a rendirla el homenaje póstumo.
La vuelta a Oviedo fue muy triste, mi madre estaba profundamente afectada, y me decía frecuentemente que pronto se reuniría con mi padre a lo que yo la contestaba, que aún quedaba mucho para eso. En mi interior empezaba a temer que quizás no fuera demasiado el tiempo que la tuviera conmigo.
Ximena y su alegría iluminaban mi vida desde su rebosante juventud. Era bonita, culta, elegante y rica. La belleza de Ximena era elogiada por doquier y en muchas de las familias importantes familias se especulaba con la idea de casarla con uno de los varones.
Mi hija nunca se pareció mucho a mí, no era la soñadora que yo fui. Estaba hecha de la madera pragmática y realista de su padre. Ella tenía muy claro que se casaría con un caballero socialmente importante y mi madre la alentaba mucho en ese sentido. Tal como yo suponía pronto apareció en la vida de mi hija un heredero de una de las más adineradas familias asturianas que además poseían titulo nobiliario y sinceramente nunca supe si mi hija se enamoro de ese joven o la enamoro el porvenir que ante ella se abriría casándose con él, la veía feliz eso para mi era suficiente. Mi madre estaba encantada con el prometido de su nieta, solo tenia el permanente pesar de que igual no viviría para ver su boda, pero si la vio. Ximena Sepúlveda y Osorio se casó en la catedral de Oviedo, sin ningún Sepúlveda presente a pesar de haber sido todos invitados a su enlace, eso sí la mandaron riquísimos presentes, que mi hija con su habitual sentido práctico acepto encantada y que yo hubiera tirado directamente a la basura. Pero evidentemente ambas siempre fuimos muy diferentes en nuestra concepción de la vida. Ximena dejo un gran vacio en la casa, y mi madre se fue apagando poco a poco, como una vela y un día se fue a reunirse con mi padre.
A su muerte me refugie como nunca en el convento, Sor María estaba mayor, me necesitaba mucho, yo me había convertido en su más firme apoyo en la dirección de la institución, era casi una mas entre ellas y a pesar de no ser monja toda la congregación me respetaba.
Sor María y yo paseábamos por la huerta del convento, sus huesos necesitaban sol y yo la acompañaba gustosa. De pronto me dijo:
- Estás haciendo una gran labor. Siempre esperé mucho de ti Xinda
- Me abruma usted reverenda madre
No lo pretendo Xinda. Cuando estabas en el convento, bien sabes que muchas veces te he llamado la atención al ver que desatendías el aprendizaje de las habilidades propias de una mujer tal como la costura, el bordado o el arte de cocinar. Era mi deber. Tu familia me había encomendado la labor de hacer de ti una hacer de ti una dama, y yo debía responder a esas expectativas. Aunque he de confesarte que pronto me di cuenta de que estabas hecha de una madera especial, que eras diferente a las demás chicas. Tantas veces pensé en el desperdicio que sería no desarrollar tu capacidad intelectual, tu inquietud por la cultura, y tu gran sensibilidad. Sin que te dieras cuenta te proporcione el alimento que sabía necesitabas en forma de libros de nuestra humilde biblioteca. Los caminos el Señor son insondables y a cada cual le tiene destinada una misión y te confieso que hubo momentos en los que pensé que quizás pudieras terminar como monja
- ¿Una monja yo? Usted sabe lo mucho que aborrecí siempre la vida monástica. Usted misma me ha regañado por no prestar demasiado interés en el culto
- La vida conventual es mucho más que eso Xinda, En casos es el lugar donde algunas mujeres encuentran su camino cuando su vida les parece aburrida y rutinaria, cuando no les llena el matrimonio porque tienen mas amplios horizontes que criar a unos hijos y atender a un marido. En Francia, de donde surgió en principio nuestra orden, hay monjas de tanta cultura y proyección intelectual que pueden superar a muchos filósofos y pensadores. La vida monástica para nosotras no es siempre un encierro, un alejamiento del mundo, a veces es todo lo contrario es la apertura de mundos más interesantes y gratificantes, no siempre la felicidad se encuentra en la relación carnal o en la vida familiar.
La madre María hablaba con tal pasión que casi invitaba a pensar que estaba relatando las razones que la habían llevado a la vida monástica, y yo como siempre hacía cuando la abadesa hablaba la escuchaba atentamente, era mujer de profundos pensamientos y sabias reflexiones
|
Imprimir |
Enviar historia |


