


| Escritor: | Nauxica |
| Públicado: | 09/06/2008 |
Y como el curso de la vida es imparable, mi padre que ya tenia una avanzada edad, enfermo gravemente y murió. Mi madre, que cuando falleció la abuela cayó en una tremenda melancolía, lloró largamente la muerte de su esposo y puso un luto que jamás volvió a quitar, pero mostró una entereza que nos sorprendió a todos.
Una vez instalada en mi residencia de Oviedo, fui a visitar a mi querida Sor María. Cuando nos vimos, nos se fundimos en un largo y cálido abrazo. Ese día el monasterio aún me pareció más lóbrego, que cuando en él vivía La plantee la posibilidad de que Ximena acudiera a educarse en el convento en régimen externo, pero Sor María me hizo otra proposición.
- Xinda, cada día son más las familias, que como la vuestra, quieren que eduquemos a sus hijas en régimen de externado. Nosotras somos un reducido grupo de hermanas y no podemos abordar tanto trabajo. Tú eres una persona capaz y a la luz de lo que me dices, se me ocurre que podrías encargarte de formar a estas jóvenes damas en nuestro convento. Las iniciarías en la lectura, la escritura, el conocimiento de la historia, el arte y la literatura. Además nuestra biblioteca necesita alguien que la ponga al día, yo cada vez tengo menos tiempo para ocuparme de esa actividad y hay muchos libros por clasificar. Piénsalo, para nosotras serías de una gran ayuda.
Acepte la misión que me había propuesto Sor María. De esta forma Ximena seguiría bajo mis directrices intelectuales y yo tendría una ocupación interesante. De esta forma comencé a colaborar con la institución como seglar, y mi vida cobró un nuevo sentido.
Al poco de saberse que yo estaba como educadora en el convento, muchas nobles familias quisieron que me encargara de la formación de sus hijas. Pero no reduje mi labor formativa a las jóvenes damas procedentes de familias adineradas. También me preocupé de las muchachas que las monjas habían recogido en el convento, por el abandono de sus madres. Entre ellas una me había llamado especialmente la atención. Era una preciosa muchacha de unos 16 años. Sus cabellos eran rubios como el sol y sus ojos azules como el cielo se llamaba Mariana. Traía de cabeza a toda la comunidad. Era deslenguada, rebelde e indisciplinada y varias veces había intentado fugarse de la institución. Para mantenerla controlada,la tenían de ayudante de Sor Gertrudis, la cocinera, quien tenía un gran carácter y se hacía respetar. A pesar de que Sor María consideró que nada podría hacer con Mariana, yo que me había criado en el campo, sabía que hasta un animal puede ser domesticado si uno se lo propone. Aquella jovencita tenía algo en su mirada que me conmovia, que me llegaba al corazón. Mariana era bastante holgazana, buscaba cualquier disculpa para zafarse de sus obligaciones. Yo había observado como nada más que Sor Gertrudis se despistaba, salía de la cocina y se iba al huerto. Allí me hice la encontradiza con ella una tarde. Estaba sentada en el suelo, se asusto cuando me vio llegar
-¿Qué haces?
- No hago nada malo, me dijo mostrándose a la defensiva
- No te he preguntado que si hacías algo malo, solo que hacías.
- Ya ve usted. Solo dibujo. Y me tendió unas hojas.
Las tomé y observe su contenido. En aquellas hojas estaban dibujadas virtuosamente, flores.
- Dibujas muy bien
- ¿Usted cree?
- Si, lo creo. Pero nadie me ha hablado de esta faceta tuya
- Es que nadie la conoce
Pedí a Mariana que me siguiera, la lleve en presencia de Sor María. La madre superiora, al igual que yo quedo impresionada por los bocetos de la muchacha.
Desde aquel momento Mariana entro a formar parte del grupo de jóvenes damas al que yo instruía. Mucho trabajo y esfuerzo me costó desbravar a aquella fierecilla y convertirla en toda una dama. Pero finalmente lo logré. Años más tarde, Mariana se casó con el hijo de un importante orfebre local, con el que formaría una hermosa familia.
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