XINDA X


Madrid fue un todo un  hervidero de emociones nuevas para mí. La paz de mi amado campo asturiano, contrastaba con la algarabía y el bullicio de esta ciudad que podía mostrarse hostil o  amigable, según en que momentos del día,para los  que transitamos por sus callejuelas.
 Al poco de llegar a la capital mi padre invitó a nuestra casa a un importante caballero: Don Rodrigo  Sepúlveda, conde de Casazedos, uno de los hombres más ricos de España. El abolengo de la familia de Don Rodrigo  venía de muy antiguo. Parece ser que el primer conde de Casazedos luchó en la batalla de las Navas de Tolosa y allí gano los favores reales. Los sucesivos matrimonios de sus descendientes, engrandecieron el ducado, llegando a estar entre los grandes de España. Don Rodrigo supo administrar lo heredado y aumentarlo tras su matrimonio con Doña Mercedes, pariente lejana del rey y poseedora de grandes terrenos en Andalucía. Tierras que en la actualidad gestionaba y administraba su hijo mayor Don Carlos.
Si bien ya no era un jovencito, tenía un porte distinguido. Era alto y de facciones proporcionadas, de pelo entrecano y con una cuidada barba y bigote que enmarcaba unos labios, de los que frecuentemente salía una agradable sonrisa. Sus ojos eran grandes y marrones, su mirada inspiraba confianza. Era de ese tipo de personas que solía caer bien a la primera.
Durante la comida, estuve muy tensa,  yo tenía en todo momento la sensación de que aquella reunión  era una de encerrona que mi padre me estaba preparando. Y no me equivocaba, mi padre  había elegido a aquel poderoso  e influyente viudo, como mi futuro marido. Bajo su forma de ver la vida, Don Rodrigo hombre de gran nivel económico y con influencias en la corte, sería un perfecto yerno para él, lo que yo pensara al respecto no tenia mucha importancia.
De esta forma conocí al que seria mi marido. Un año después me desposé con el conde de Casacedos, con el lujo y boato de una princesa real. De ese día  conservó grabada en mi mente la imagen de  mi madre que  emocionada, lloraba  al verme  entrar en la iglesia del brazo de mi padre. Tras la ceremonia religiosa se celebró una gran fiesta  a la que asistió la flor y nata de la nobleza española y  donde resaltaba  por su numerosa asistencia la asturiana. En la misma fueron servidos los manjares más exquisitos y los más valiosos vinos y licores, todo el mundo parecía divertirse mientras mi mente volaba hacia unos ojos azules perdidos en el tiempo.
Rodrigo fue un buen marido, que quizá no supe amar como se hubiera merecido, pero que se gano mi respeto y cariño. Se preocupaba mucho por mí, me animaba a  que siguiera cultivando mis inquietudes intelectuales y participaba de mis deseos de viajar. Nunca olvidare el viaje a  aquella Roma maravillosa, que me enseño a ver desde sus ojos sabios.
Tras la boda nos instalamos en su residencia de Madrid. Cuando traspase el umbral de Palacio Casacedos, sentí el mismo sentimiento de sobrecogimiento,  el mismo temor ante lo desconocido,   que el que experimenté aquel día gris de octubre cuando me enfrente al convento de Santa Maria  de la Vega a los  diez años.
A pesar de que  Rodrigo me colmaba de atenciones, de que procuraba en todo momento que yo me sintiera bien, nunca fui feliz en aquella enorme casa ricamente amueblada y con valiosas pinturas en sus paredes. Me sentía  una extranjera en los espacios donde Doña Leonor, el ama de llaves, reinaba. Aquella mujer que desde el primer momento en que la conocí me inspiró  temor,  me intimidaba,  la encontraba tan fría , como los mármoles que adornaban la mansión.  Doña Leonor me odió desde el mismo instante en que puse el pie en el Palacio  Casacedos. Para ella, yo era una intrusa que venía a usurpar el lugar que había dejado Doña Mercedes Segura, la fallecida esposa de Don Rodrigo, su querida señora, de cuya mano  había llegado a la casa de los Sepúlveda desde su Sevilla natal. Rodrigo, pronto fue consciente de que yo no me llevaba bien con Doña Leonor y como era hombre de concordia, intento hacerme ver, que mi mala relación  con el  ama de llaves, podía mejorar.
-          Xinda, noto que no te resulta agradable Doña Leonor. Pero a pesar de su carácter un poco agrio,  tiene un  gran corazón. Es  muy eficaz en el gobierno de la casa,. A ti no  te gusta  demasiado la vida doméstica, deja las cosas en sus manos y  ten paciencia. Terminara queriéndote, ya lo veras.
Como siempre Rodrigo suponiendo su nobleza  en los demás, sin pensar que la nobleza solo estaba en su alma. Nunca llegué a ver aquel  gran corazón,  que según Rodrigo Doña Leonor tenía, debía de estar realmente muy escondido Enseguida me percaté de que aquel ama de llaves displicente,  jamás me consideraría la señora de la casa. Para ella seguía siendo   la primera esposa de Rodrigo, su única señora. Yo estaba acostumbrada a ser la señora en Priesles, a que mis decisiones y opiniones fueran respetadas y no iba a consentir que allí me relegara un ama de llaves y empezó una soterrada guerra entre ambas. A Rodrigo le disgustaba la situación pues no era hombre amante de los conflictos, de algún modo se veía en medio de las dos y le costaba tomar partido.
Si Doña Leonor me produjo la impresión de ser una mujer fría e inquietante con la hija menor de Don Rodrigo, Sonsoles, me sucedió lo contrario. La encontré encantadora y nos hicimos buenas amigas enseguida. Sonsoles estaba casada con un caballero de alta alcurnia y tenía dos hijos, era una mujer agraciada y dulce que había heredado el carácter amable de su padre.
La noticia de que esperaba un hijo, volvió loco de alegría a Rodrigo. Mi embarazo resulto bastante complicado  hasta el punto de tener que permanecer en cama.
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Comentarios:

Escrito por: Osvaldo       09/06/08 18:19
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Sigo, como cuando como maní o chocolate: Sin parar
Escrito por: sumysel       09/06/08 01:08
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bueno, resulta que ahora "estoy" embarazada!
Y se viene complicadito el asunto...
Te sigo leyendo Nauxica.
Escrito por: AndresMiranda       08/06/08 21:13
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A Xinda se le complican las cosas por un lado y se le suavizan por otro, pero me supongo por como viene el trámite, que lo mejor ni empezó a aparecer.
En las callejuelas que van a la Plaza Mayor, al Palacio Real y el Prado, hay sorpresas escondidas supongo.
Ojos azules perdidos se esconden por algún rincón oscuro.
La imaginación es genial, se me escapa y me adelanto y talvez me equivoque, pero es lindo volar y adivinar, aunque uno se equivoque.
Te felicito, eres magnífica.
Un beso
Andrés
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