


| Escritor: | pindarodam |
| Públicado: | 28/08/2008 |
Era viernes por la tarde, cuando Nerena llamó a la puerta. Presuroso busqué las llaves y le abrí. Minutos antes ella me había llamado al celular desde una cabina, me imaginé que era ella. Nunca tenía crédito y cuando así lo era, se lo gastaba en preguntas y respuestas a algún amante que alguna vez le conquistó la vida sin que ella se diera cuenta.
Me alegró verla, hacía más de una semana que no sabía nada de ella. Estaba contenta, poco usual en su historial emocional. Cuando abrí la puerta y la hice pasar, sus ojos se llenaron de lágrimas. ¿Qué pasó ahora? Estaba impotente, quería comprarse alguna crema anti- age o de esos delineadores que abundan en las góndolas. No podía creer que por algo así le cambiara tanto su estado anímico. La comprendí. Era mujer, qué más se le podía pedir. Nerena vivía enamorada de sus cosméticos, inclusive recuerdo que en alguna oportunidad cuando salíamos de compras, le pregunté qué la haría feliz ese día, y sin titubear indicó con el dedo, a modo de círculo, una vidriera de ropa de última moda. Bueno, ¿por qué no? Si eso la pondría diferente, estaba dispuesto a hacérselo realidad.
Cuando entró, lo primero que me peguntó era si había preparado el mate con galletas sin sal, eran sus preferidas, a lo que le respondí que sí. Todo estaba preparado en la mesa ratonera del living, listo para sentarse a platicar como solíamos hacerlo todos los viernes por la tarde.
Se sentó, y comenzó su discurso de actividades del día anterior. Yo atento la oía, no tenía deseos de intervenir, sólo escuchar la música de sus palabras.
Esa tarde me habló de sus sueños, uno de ellos era ser maestra jardinera, o algo que se le pareciera. Amaba a los niños. También, le gustaría aprender a tocar la guitarra; tomar clases de teatro; bailar danzas árabes o salsa. Un popurrí de ideas para concretar. Según ella, todo sería un valioso complemento para su meta primera: ser maestra jardinera. Cundo me expresaba todo esto, sus ojos redondos y expresivo se iluminaban, se esperanzaban. Como si al hacerlo sintiera el alma aliviada, libre como un pájaro, cuando a escondidas le abres la puerta de la jaula. Incluso, su menudo cuerpecillo, se erguía y se impostaba al modo de una orante dirigiéndose a su público. Me hacía soñar todo lo que decía, porque también algo deseaba en silencio.
Eran las cinco de la tarde, a todo esto hacía una hora y media que había llegado. Se le ocurrió que fuéramos al centro a ver las cremas que deseaba comprarse, no lo podía creer, otra vez con su manía. Asentí, y fuimos caminando. Estaba linda la tarde, tan linda que no me di cuenta en qué momento habíamos arribado al mundo de la cosmetología. Mientras ella embelesada se perdía entre los artificios de la belleza femenina, yo me dedicaba a escribir en el bar de al frente. Quería dejarla tranquila.
Mas tarde, me llega un mensajito y decía: Estoy lista, ya podemos irnos. Me pareció una gran noticia. Pagué el café con las medialunas que con tanto placer había degustado, y con mi notebook a cuestas, me crucé a la cosmetología.
Nerena yacía sentada en el cordón de la vereda. Estaba pensativa. Cuando me vio, me abrazó y me dio un beso. ¿De bienvenida? No, mas bien un gesto con mansajes subliminales Le di la mano, y regresamos a casa. Estaba callada, quién sabría en qué pensaba. No habló ni en todo el camino. Ya no sabía de qué hablar. Me dio sed.
Cuando llegamos, me despedí de ella y me agradeció por haberla escuchado; por haberla mimado y consentido en todos sus gustos. Por haber comprendido sus delirios, pese a mis posibilidades; por haberle repetido síes toda la tarde, aunque un poco aburrido y cansado de haber caminado algunas cincuenta y tantas cuadras por la ciudad, de vidriera en vidriera, dentro de ropajes estelares y pinturitas mágicas.
No eran sus mejores días, estaba en la transición de su período femenino.
Autor: Darío Arístides Molina Píndaro
Ciudad y Provincia de San Luis, Argentina.-
www.poemasmisticos.blogspot.com
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