Si un periodista suficientemente perspicaz me preguntara cómo resumiría en una frase lo que ha sido mi vida, yo, como parlamentario, le contestaría derechamente, como acostumbro:--que ha sido una sucesión de golpes, de trastabillones, de empujones, mordiscos, puntapiés y porrazos. Sin embargo, a pesar de los cototos, moretones, chaqueteos y zancadillas que doy y recibo a diario, no puedo quejarme: Soy feliz.
Porque mirando bien las cosas, tengo que darle las gracias a Dios. Todo lo que Él me ha dado, lo estoy disfrutado a lo chancho. Eso sí, exceptuando las ocasiones cuando Él se ha propuesto intrusear en mis asuntos, o cuando yo me he entrometido en los suyos, como por ejemplo, aquella vez cuando sin saber de las consecuencias, los curas me convencieron de encarnar la Vía Crucis de su hijo único.
Todo comenzó un martes trece: día de mal agüero. Ese día, el hermano Wilfredo
Cuidando de no enredarse en la sotana se puso de pie, saco de la manga un mapa dibujado a mano y empezó a copiarlo en el pizarrón. Con trazo seguro dibujo las calles adyacentes a la parroquia en tres cuadras a la redonda. Con una tiza azul marcó el recorrido de la procesión y con doce cruces marcó las esquinas donde se iba a celebrar cada Estación de la Vía Crucis.
El Nano, joven virginal en cuerpo y alma, futuro seminarista con serias aspiraciones de hacerse cura, sin esperar a que el hermano terminara el mapa, ya estaba de pie indicando con el dedo.
--Si, Nano, ¿qué quieres dezir? -le preguntó.
Teresa -mejor dicho, Sor Teresa, como la llamábamos por su trabajo voluntario en la sacristía-, muy confundida por el mapa y eso de los tres camiones, le hizo la pregunta que todos teníamos en la punta de la lengua.
--Hermano, ¿por qué vamos a tener tres Jesucristos en la procesión?
--Si, Teresa -le dijo con su mirada de ángel curiosamente lánguida-, vamos teniendo tres Jesucristos, dos Marías y dos Magdalenas para llenando los camiones: uno con Jesús con Pilatos; uno con Jesús caminando con cruzz y uno con Jesús estando muerto. Y volviéndose hacia el Nano le dio el regalo más grande de su vida. Como si este significara el inicio de su carrera pastoral:-- tu mamá ofreziéndote para jefe del coro y también de los cabros jóvenes porque el padre Enrique dezir que en la iglesia no muchas jóvenes.
--Sí, hermano se apresuró a interrumpirlo-, yo le dije a mi mamá que hablara con el padre Enrique. Como él es el nuevo párroco tendría que hacer algo porque a nuestra iglesia le está faltando sangre joven, porque la juventud de la población
Y el Nano se largó con un denso análisis sobre la juventud del barrio que se estaba perdiendo; que la fe cristiana; que faltaban sacerdotes; que Jesucristo mismo habría dicho: Dejad que los jóvenes vengan a mí y cosas así. Y habría seguido toda la tarde con su declamatoria si el hermano no lo corta diplomáticamente. Mejor dicho, en una propia forma, digamos , eclesiástica.
-- Entonzes Nano: tú haziéndote cargo de moviendo las jóvenes, ¿ya?
Por un acuerdo entre bambalinas de su mamá con los curas, el Nano tomó la responsabilidad de organizarnos para crear las tres escenas bíblicas de la Vía Crucis. Y lo hizo como si se hubiera tratado de una cruzada de salvación de los jóvenes del barrio. Lo primero que hizo fue escribir un panfleto evangelista incendiario, impreso con el rostro del Cristo más atormentado y sufriente que encontró. Los hermanos lo imprimieron con los mimeógrafos de la escuela parroquial y todo ese mes fue repartido en las misas, lo pegaron en las murallas, en los postes, en los negocios del barrio y por si no fuera mucho, por instrucciones expresas del Nano, los miembros del coro tuvimos que salir a repartirlo casa por casa y esquina por esquina. Donde encontrábamos un cabro de nuestra edad alma perdida a los ojos del Nano-, lo acosábamos con tanto fervor y entusiasmo, que no lo soltábamos hasta lograr que se comprometiera a participar en nuestra Vía Crucis.
En la primera reunión, el salón de actos de la escuela parroquial estaba casi lleno de juventud. Muchos llegaron por curiosidad, estimulados por la promesa de que lo iban a pasar chancho pero sin mucha convicción religiosa. El Nano estaba con su mamá en la primera fila -codeándose con la plana mayor de los curas, de los hermanos y de las monjas. Radiante de fervor cristiano, nuestro líder cometió el error o la imprudencia más grande de su vida. Como un loro ebrio, sin considerar que no todos allí aspiraban a santos como él, ni entender que hay algo que se llama psicología de masas, el Nano retomó su discurso inconcluso sobre la juventud que se perdía. Y volvió a insistir sobre la salvación de las almas, sobre la sangre nueva que le faltaba a la iglesia; que era preciso reclutar juventud para el sacerdocio; que antes de su Vía Crucis, Jesucristo había dicho: Dejad que los jóvenes etc., etc.
Asustados por las pedradas de nuestro líder, de uno en uno, en parejas, o en grupos pequeños, calladitos como ratones oliendo al gato, los invitados comenzaron a escurrirse del recinto. La escapada de los desertores iba en aumento y la deserción no pensaba parar hasta no dejarnos desangrados de voluntarios. Con el corazón en la boca nos mirábamos unos con otros sin saber qué hacer, cuando el Aliro toma la iniciativa, se para de la silla y con su estupenda pinta de Elvis Presley chileno toma control del pasillo. Con las manos en las caderas como listo para empezar a cantar, lanzó un llamado a la acción tan a la pinta que además de borrar al Nano del mapa, de un golpe se conquistó a toda la cabrería:--Cabros -nos dijo-, necesitamos voluntarios para disfrazarse de soldados romanos, de árabes-judíos con turbantes. Tenemos que hacer las cruces, las armas, los chicotes y los disfraces. Hay que pintar los telones de fondo para la misa, hacer las pelucas, las barbas y necesitamos voluntarias para pintarle caras de sufrimiento a los Jesucristos, a las Marías y a las Magdalenas. También necesitamos cabros que les guste la música para que canten en el coro durante la Misa de Gracias.
Luego lo vimos caminar hacia donde estaba el padre Enrique, preguntarle algo al oído y de un salto subirse al proscenio. ---Cabros nos avisó con un gesto escenografito a lo Elvis en concierto-, el padre Enrique nos invita para un malón mañana a las siete. La iglesia se pone con la música y nosotros tenemos que ponernos con las bebidas
Y esa tarde, la reunión se estiró más allá de lo programado y terminó en un bullicioso intercambio de ideas, opiniones, sugerencias de trabajos por hacer y con una lista de materiales que reunir. Los viejos presentes quedaron a cargo de organizar las Estaciones y las viejas de adornar los camiones con flores, cintas y guirnaldas.
Nuestro ex-líder junto a su mama ambos con cara de velorio-, permanecieron sentados durante toda la reunión. Hundido en el asiento, con la mente y el alma atrapadas en quizás qué infierno, el Nano miraba desolado el caos que había creado el Aliro. Por su parte, el Padre Enrique, los curas, las monjas y los hermanos se frotaban las manos dando gracias a Dios -en holandés-, por el éxito asegurado de la primera Vía Crucis organizada por la población Zelada.
Faltando dos semanas para el Viernes Santo, fecha de la procesión, ya teníamos casi listos los disfraces de los soldados, de los árabes-judíos con sus turbantes, las armas, los telones y los cabros nuevos del coro estaban cantando divino, como los Ángeles. En medio de la euforia y del martilleo mío clavando las tablas de la cruz, al Nano se le ocurrió ofrecerse para ser el Jesucristo del segundo camión, el de la Vía Dolorosa. Solo entonces nos acordamos que teníamos que encontrar los personajes principales de la procesión. Y allí comenzaron las discusiones y los compromisos. De partida, Aliro descalificó rotundamente las aspiraciones del Nano.
--Jesucristo era alto y flaco y no usaba lentes le zampo en su cara. Y apuntándome con el dedo le dijo:-- mira al Fosforito. Si hasta se le pueden ver las costillas. Entonces, tú Fosforito vas a ser Jesús y tú Nano, vas a ser el soldado romano con el látigo, pero sin lentes-, nos ordenó. Y luego eligió al Alambrito como el Jesús del juicio según él porque tenía cara de pan de Dios-, y para personificar a Pilatos eligió al Óscar porque era gordito y tenía la cara llena de espinillas. Con una mano de pintura las cabras te van a dejar para dar miedo le dijo. Y así siguió descartando y eligiendo caracteres hasta completar el grupo de soldados romanos que tenían preso a Jesús y a los árabes-judíos que lo iban a condenar.
Cuando Aliro le dio los nombres de los actores y sus personajes, naturalmente todos hombres, el hermano Wilfredo le dijo:-- muy bien Haaliro, ¿y cuales siendo las Marías? Y viendo que Aliro titubeaba, por su cuenta eligió como vírgenes a Sor Teresa y a Mariana, su hermana gemela. A Sor Teresa el papel de virgen le venía al pelo, pero el problema estaba en cómo hacer enganchar a su hermana, sabiendo que además de ser muy tímida, después de la muerte de su papá los crucifijos le daban accesos de angustia. Y como el asunto era urgente, el hermano Wilfredo se comprometió a conversar con el padre Enrique para que la convenciera. Tanto poder de convencimiento debe haber puesto el padre Enrique durante las reuniones privadas con Mariana, que el esfuerzo suyo tuvo sus recompensas: Mariana se entregó de lleno a su papel de Virgen, comenzó a ir a misa y no faltó un solo día a los ensayos. Para desconcierto nuestro y desmayo de Sor Teresa, Mariana se fue entusiasmando tanto durante el proceso de dejarse convencer, que terminó perdidamente enamorada del padre Enrique...
Mientras estábamos en el proceso de selección, dos cabras nuevas se acercaron a curiosear que ocurría, y como ellas eran amistosas y tenían caras bonitas, les ofrecimos ser las dos Magdalenas. El único asunto aún pendiente que quedaba por resolver era el más crítico de todos: ¿a cual cabro del barrio convencerlo para que fuera el tercer Jesucristo que necesitábamos? En el barrio sobraban los cabros largos y flacos como el Alambrito y yo, pero estos flacos, además de ser tímidos como nosotros, le tenían terror a la burla y al ridículo.
En el liceo yo tenía un compañero de curso, el Flaco Paredes. Era un cabro largo y flaco como yo, que de tanto atajarle goles al equipo del Liceo le había perdido el miedo hasta a la vergüenza. Cuando lo invite, me quedo mirando como si le hubiera estado pidiendo limosna.
Gracias a la flexibilidad holandesa, durante la procesión vería con horror cómo el sinvergüenza del Flaco Paredes cumplía feliz con su papel de mártir de Semana Santa. Juro que en toda mi vida, nunca más he vuelto a ver a un Jesucristo tan feliz como él. Recostado confortablemente al pié de la cruz. Inmóvil como muerto sobre una capa roja, (la corona de espinas bien lejito a un costado, tal como el lo había pedido) lo vi. pasar en su camión con la cabeza reposando sobre la falda de Magdalena, que como una madre, tiernamente, le acariciaba el pelo mientras la Virgen, desconsolada, lloraba la lágrima viva a su lado...
Cuando todo estuvo listo y todos dispuestos, con los curas y los hermanos organizamos una fiesta para celebrar por anticipado el éxito de la procesión. Durante la fiesta, el padre Enrique nos dio la gran noticia de que el Obispo auxiliar de la Diócesis iba a encabezar la procesión. Luego nos explicó la ruta que habían preparado y como iban a ser las ceremonias en cada Estación. Nos dijo que por fortuna se habían conseguido una camioneta de carga de materiales, abierta y más larga de lo corriente. Nos congratuló a nosotros, y felicitó el entusiasmo de los cabros nuevos del coro. Y seguido por Mariana se fue apuradito a terminar con los últimos preparativos. Y como si hubiera sido la noticia más excitante del mundo, el hermano Wilfredo me dijo que las monjas tenían listo mi atuendo. Sólo entonces me cayó el balde frío de que al día siguiente sería paseado en la camioneta, semi desnudo, cargando una cruz y con mis canillas flacas al aire. Y con esa noticia me aguó la fiesta porque me entró una suerte de miedo y de vergüenza adelantada. Tanto, que esa noche casi no dormí imaginando lo que me esperaba. Y me desvelé pensando hasta en como iba a estar el tiempo al día siguiente.
Los actores de la Vía Crucis nos juntamos al mediodía para una misa privada relámpago con el padre Enrique. Después de comulgar nos sirvieron unos sándwiches y de allí nos fuimos a vestir en los camarines. Las monjitas -demasiado eficientes y meticulosas para los detalles-, me habían dejado un manto blanco largo bien planchado, una peluca de pelo rubio y una corona hecha con ramas de espinos, con las espinas tan grandes y puntudas que de puro mirarla te dolían hasta los dientes. Entre risas, bromas y traguitos de ron, los cabros del coro se entonaron más de la cuenta y se equivocaron al distribuirnos las vestiduras. Al Flaco Paredes le pusieron el manto del Juicio. Al Calambrito le pasaron mi disfraz y a mi me envolvieron en su sudario blanco hasta dejarme como guagua en panales, (así me sentía yo). Las cabras me salpicaron el cuerpo con pintura roja que parecía sangre seca, me dieron unos toques de tinta china para la barba, me embadurnaron la cara y el cuerpo con una segunda capa de jugo de tomate que picaba como diablo y me secaron con un secador de pelo. Y como era temprano, y el Obispo aun no se aparecía, hicimos la hora bromeando, fumando y tomando cubas libres con extra dosis de malicia para calmar los nervios sin darnos cuenta que los tres Jesucristos teníamos las ropas cambiadas. Cuando el Obispo llegó nos hicieron entrar a la iglesia por la puerta de escape, allí nos dio su bendición, y todos, de rey a paje, nos quedamos hechos un atado de nervios esperando la gran salida por la puerta principal de la parroquia.
Eran las dos de la tarde. Para mí había llegado el momento de lo que más temía: de que me pusieran la corona espinuda. Por precaución, había metido mis calcetines entre los pliegues del pañal para usarlos como colchón debajo de la peluca. Me acerqué al Guille, que era persona seria, y calladito le pedí que me pusiera la peluca bien apretada encima de los calcetines, y que me ajustara la corona. --Con cuidadito Guille, pónela bien sueltita-, le dije, como si tratara con el dentista.
Afuera, los niños de la escuela ya estaban formados en línea frente a la iglesia -con sus delantales blancos y zapatitos negros bien lustrados y sus profesoras-monjas vestidas de tenida gris. El resto de la calle estaba repleta de gente Todos luciendo sus tenidas domingueras mirando atentos, con los ojos pegados a las puertas de la iglesia, esperando que comenzara la procesión. Con aplausos y gritos saludaron al padre Enrique y al Obispo cuando aparecieron seguidos por los monaguillos y el hermano Wilfredo portando el crucifijo ceremonial. A la cola de ellos salieron los curas con el estandarte de la iglesia, después los hermanos, y al final las monjitas con sus rosarios.
Después de un rato de silenciosa espera, desde dentro de la iglesia vacía escuchamos el runruneo del motor y el chirrido de frenos del primer camión. Aliro asomó la cabeza por la puerta y le hizo señas al Alambrito para que saliera con su comitiva. Para ellos no hubo aplausos, lo único que alcanzábamos a escuchar era el motor en marcha y los ruidos que hacían subiéndose al camión. Un rato después que el camión se había ido, vi que el Aliro se asomaba haciéndonos senas de que saliéramos: primero el Nano con el chicote, detrás yo con la cruz y a mi lado Magdalena, con su pañito simulando limpiarme la cara. Nos quedamos mirándolo y le hicimos señas interrogativas. < ¿Dónde esta el camión de nosotros?> Con un gesto imperativo como respuesta, el Aliro nos dio la orden de salir. Todo apresurado me eché la cruz al hombro con tan mala suerte, que le d.C. un topón a la corona de espinas y por única vez en mi vida, lo juro, que maldije dentro de una iglesia. Así fue como esa tarde fría de abril comencé a vivenciar el Calvario de nuestro señor en carne propia. Ajeno a los, ¡Oooh! de la gente, cuidando de no volver a golpearme la corona, enredándome en las cintas y estropeando las guirnaldas mientras subía a duras penas con mi cruz a la camioneta, me olvidé hasta de que tenía las canillas flacas, que se me veían las costillas y que en los camarines me había sentido como guagua en pañales.
El verdadero Calvario, la real Vía Crusis -sumada a los nueve, diez o cuantos círculos de castigo tenga el infierno-, los sufrí desde el primero hasta el último segundo de mi Vía Dolorosa propia: con una fiera balanceándose en las puras garras sobre mi cabeza; buscando desesperado un centro de equilibrio y un punto de apoyo en la cruz que llevaba al hombro; hecho una torcedura en movimiento; haciéndole el quite a las tablas para que no provocaran a la fiera; esa maldita camioneta saltando piedras o haciéndole el quite a los hoyos; y el fascista cegatón del Nano que sin misericordia, dale que dale con los azotes, parecía estar de fiesta, no importándole donde cayeran
La primera ceremonia estaba concluyendo y nosotros poniéndonos firme para salir hacia la segunda Estación. De reojo vi que el Nano no se había sacado su Rolex de la muñeca
Magdalena me quedó mirando mientras se acomodaba de rodillas sobre un cojincito. Puso carita de lástima y me preguntó:-- ¿cómo te sientes? Todo lagrimoso le dije que tenía ganas de bajarme ya. Conmovida, en un espontáneo gesto maternal para reconfortarme, me puso la mano sobre la rodilla y casi al oído me confidenció. --Yo también me bajaría ya porque estoy empezando a sentir calambres. Luego, echando chispas se volvió hacia el Nano y le preguntó si acaso estaba loco, y agitándole el trapito manchado con jugo de tomate por las narices, entre dientes, le gritó que dejara de azotarme tanto.
Dolores de uno consuelo del otro, Magdalena y yo nos quedamos unidos en el sufrimiento. Ella con sus calambres apoyándose en mi rodilla, y yo como podía manteniéndome en pié, todo clavado, todo torcido, aguantando el peso de esa cruz que yo mismo me había hecho, y tratando de hacerle el quite al agudo entusiasmo de las garras de la fiera.
Desde ese día, todos quienes me vieron personificar a Jesucristo, o que habían visto las fotografías, donde me encontraban me decían lo mismo:-- ¡Que bien representaste tu papel de Jesucristo! ¡Te pa-sas-te!... Si daba una pena verte como llorabas. Parecía que de verdad te iban a crucificar. Fosforito, en lugar de andar perdiendo tu tiempo en tantas reuniones, ¿por qué no estudiai tiatro mejor? (¡Si éstos supieran! pensaba entre mí )
En Santiago, abril es el mes de las lluvias mil (¡Por suerte! digo). Resulta que íbamos saliendo de la séptima Estación, cuando me di cuenta que ya no sentía los dedos de los pies y que el frío metálico de la camioneta me iba llegando a los huesos de la cadera. Las espinas ya no parecían tan rabiosas y el madero de la cruz como que había logrado hacerse parte de mi cuerpo, o viceversa. En un vaivén tan inesperado como más brusco que los anteriores, Magdalena perdió el equilibrio y se me agarro del muslo con las dos manos. Al torpe vaivén de la camioneta quedamos mirándonos en un delicioso suspenso: yo mirándola desde arriba, ella mirándome desde abajo. Sus manos apretándome las carnes parecían tener fuego. Después de algo así como un intenso siglo de saltos y bamboleos, la camioneta entró a la caleta de una calle pavimentada. Magdalena, toda colorada se desprendió de mi muslo, consciente de que los dos habíamos pecado en pensamiento. Ella me siguió mirando como hipnotizada, roja como tomate y yo (Como podría decirlo) bueno, con mi cosa tiesa, dura, como que se me iba a escapar de los pañales, casi sin aliento y con unas ganas locas de orinar.
Si alguien ha experimentado auténticos éxtasis religiosos, aunque haya sido a lo menos una vez en su vida, ése he sido yo y confieso que no tengo nada de santo. También puedo testificar que Dios es comprensivo, de visión muy amplia, magnánimo y misericordioso. Y sé bien por qué lo digo.
Entrábamos ya a la décima Estación. Justo en el momento en que yo comenzaba a entrar a un estado crítico -el que llaman alterado: estado en el cual uno deja de controlar las funciones del cuerpo y de la mente para pasar a otra dimensión-, cuando sin aviso previo y sin decir: ¡aquí voooy!-, el cielo pareció abrir sus compuertas y se largó a llover a cántaros. ¡Con unas ganas! ¡Si parecía que el cielo iba a quedarse seco! Quizás por intervención Divina el diluvio ocurrió al momento preciso en que yo, como una guagua en sueños, estaba comenzando a mojarme torrencialmente en los pañales. Y allí mismo nos mojamos todos, desde el Obispo que presidía la procesión, hasta los perros que nos ladraban. Sin distinciones, democráticamente, en un segundo, quedamos todos empapados con esas aguas celestiales y salvadoras que desde lo alto me había enviado la Divina Providencia.
Con la pesada cruz a cuestas, destilando dolencias, con mi cabeza cubierta de arañazos y estigmatas, arrastrando los pies en cámara lenta, por fin hice mi patética entrada a la iglesia. --Subiste los peldaños casi a la rastra. Venias todo chorreado con jugo de tomates. Tenias los ojos rojos y desorbitados por el suplicio y sonreías con una sonrisa tan extraña que daban ganas de llorar por ti, Fosforito-me decían los cabros después. Pero mi experiencia había sido otra muy distinta a como ellos la imaginaban.
Cuando di los primeros pasos dentro de la iglesia, un coro de Ángeles pareció darme la bienvenida y cruce el umbral sintiéndome como un invitado especial al jardín del Paraíso. Con mis pies entumecidos por el metal húmedo iba caminando como sobre algodones, o como si fuera flotando transportado por una nube. Desvariaba en un avanzado estado interior ultra-alterado por las caricias de las espinas, por la crueldad neutra de la cruz, por los vaivenes saltones de la camioneta, y por sobre todo, alucinado y seducido por una potente droga: Magdalena. Ella toda coloradita, mirándome suplicante y sus manos calentitas que me daban tercianas y calenturas. A la misma vez, estaba como metido en el sueno húmedo de otro, (alguien que no era yo) que se había meado en los pañales, que había pecado en pensamiento con Magdalena, que estaba condenado a las llamas del infierno por el resto de la eternidad y que nunca jamás lograría llegar hasta el altar olorosito a incienso donde estaban esperándome el Obispo junto al padre Enrique, ambos dueños del corito de Ángeles
Me tuve que pasar el resto de la Semana Santa en cama bajo el cuidado de mi mamá y de mi abuela canuta. Las dos, rezongando entre dientes contra los curas mientras me curaban las heridas, me hicieron prometerles que nunca más me iba a meter en esas cosas de Dios que yo no entendía. Y para revivirme me cubrieron con paños fríos, me prepararon una porción amarga y tesitos de yerbas y casi me ahogaron con sahumerios, hasta lograr sacarme el éxtasis místico del sistema.
Años después, me encontré con el padre Enrique en uno de esos periódicos viajes de rutina que hago a mi Distrito en el sur. Muy contento pero intrigado de verlo con ropas de civil le pregunte por qué andaba sin sotanas.
--Las colgué para casarme con Mariana me dijo-, vivimos en Puerto Montt, tenemos tres niños y los dos somos profesores. Tienes que venir a vernos un fin de semana.
Enrique se quedó de una pieza cuando supo que me había casado con Magdalena, la chica con la cual nos conocimos en la Vía Crucis. Le conté que por mis responsabilidades parlamentarias vivimos gran parte del tiempo en Valparaíso y que tenemos tres hijos y cuatro niñas.
--Numero de la suerte -me dijo riéndose-, Wilfredo con Sor Teresa también tienen siete cabros, y los dos son profesores también. ¿Sabes que de puro ingenuos, antes de venirse a Osorno, estos dos tontos fueron a pedirle al Nano que los casara sin saber que estaba metido hasta el cuello en el Opus Dei? El padre Nano se puso furioso, los cubrió de insultos y a empujones los hecho de su parroquia. !Que te pareze las coinzidenzias y sorpresas con que no termina de sorprendernos la vida, Fosforito!
(Han pasado tantos años , ya nadie me llama Fosforito. No sé qué pensaría Enrique si supiera que desde aquel día de mi Vía Dolorosa, no puedo soportar cruces cerca mío Si yo hubiera nacido con la mentalidad estúpida del Nano en reverso, creo que me habría atrevido a proponerles a mis colegas una iniciativa de ley que prohibiera la exhibición pública de los Cristos clavados en la cruz -materia de gozo solo para sado-masoquistas como el Nano-, y que las municipalidades tuvieran todas las atribuciones legales para remover esas enormes cruces horribles que los curas agarraron de plantar en la cumbre de los cerros -como si ese fuera el más original estilo paisajista de todos los tiempos. Yo digo que con esa madera, esfuerzo y cemento, más caritativo sería construir casas para los pobres. Pero pensándolo bien, si yo propusiera esa ley, ¿qué barbaridades inventaría en contra mía ese fanático del Nano con las fotos que nos tomaron?... ¡No! ¡Hay que ser realistas! ¡Muchísimo más importantes son las próximas elecciones! )
--¡Que gustazo de encontrarnos, Enrique! le digo A propósito. Espero contar con vuestros votos para las parlamentarias del próximo septiembre. A ver si nos juntamos uno de estos días, mira que tengo en mente un proyecto estupendo para impulsar el progreso de esta Zona que por siglos ha estado tan abandonada de la mano de Dios. Estoy segurísimo que te va a interesar
FIN
SERGIO BUSTAMANTE,
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