Vértice (6a. parte)

Categoría(s): Novela

No pudo conciliar el sueño. El cambio de residencia, ¡Cristina!, la inevitable incertidumbre del cambio aunque este fuera a su propia casa. Todas esas cosas se juntaban y le hacían sentir incómodo, le molestaban. Ignacio no estaba acostumbrado a ello, toda su vida transcurrió siempre bajo un esquema de seguridad total. ¡Cómo le podía cambiar el mundo en unas cuantas horas!



Roció pasó puntualmente por la mañana. Fueron a desayunar a la nueva plaza. A Ignacio le encantó el lugar. Ya conocía el proyecto antes de salir de Monterrey, no obstante, era mejor estar en él que verlo en una maqueta. Los dos platicaron de los tiempos de estudiantes, de sus inquietudes, de sus planes; Rocío no era la misma compañera, era una mujer diferente, ¡nueva! Le gustaba más esta personalidad. Aunque no le gustaba aceptarlo, le gustaba Rocío, antes solo la vió como una amiga más, una entre varias, ahora lo desconcertaba esa atracción. ¿Dónde quedaba Cristina?, en cuanto pensó en ella, Rocío pasó a un segundo plano. No, no se le podía igualar. Su ex-compañera de estudios era una mujer joven con clase, de buena familia y con muchos recursos pero no tenía la sensualidad de su novia.  ¿Su novia?, ¿sabría Cristina que era su novia?, ¿lo había sido alguna vez? Nunca lo hablaron formalmente, no hubo tiempo para ello, siempre había mejores cosas en las que pasar los pocos ratos que tenían juntos.



-      Mira que has cambiado, mujer – le dijo sin poderlo evitar. El mesero lo miró y enseguida la miró a ella. Se retiró dirigiéndole un gesto de aprobación. Sí, no podía negarse que su compañera de mesa era sumamente guapa, arreglada a la última moda, con un perfume que conquistaba y hacía pensar en muchas más cosas.
-      ¿Te gusto más así o te gustaba más en la Universidad?
-      ¿Perdón? – el color rojo asomó pleno a su cara.
-      ¿Que si te gusto más así o te gustaba más cuando estábamos en la Universidad? – le respondió sonriendo y dejando ver sus dientes impecablemente blancos - ¡te pusiste rojo, Ignacio!
-      Oye, no es para menos, ese es uno de tus cambios.
-      ¿Cuál?
-      Pues, ¿cómo te puedo decir?
-      ¿Qué te ponga nervioso?
-      Bueno, no precisamente?
-      ¿No te pongo nervioso?
-      ¡Basta, Rocío!
-      Jajajajaja – su sonrisa era cautivadora.
-      ¿Se puede saber de que te ríes?
-      ¡Me gusta mucho estar contigo!



El mesero llegó con los platillos que habían ordenado y lo salvó de paso. Se sentía sumamente nervioso. No era posible aquello. Estaba acostumbrado a tratar con infinidad de gente; ciertamente, no era alguien que pudiera considerarse un conquistador pero, al menos hasta ese día, se consideró suficientemente seguro de sí mismo como para llevar el control de cualquier conversación, aún con una mujer.



-      ¿Hay algo de mi que te agrade, Ignacio?
-      ¿A qué te refieres?
-      ¡Vamos, hombre!, ya no somos los estudiantes de Universidad. La pregunta es fácil de contestar pero te la voy a poner más clara ya que me lo estás pidiendo, ¿te gusto?



Otra ves el rojo le llenó la cara y no pudo pronunciar palabra alguna por unos cuantos minutos. Rocío disfrutó el momento. Había comprobado que le gustaba a Ignacio y a partir de ese instante se decidió a conquistarlo. Él le gustaba a ella también, era cuestión de tratarse y “conocerse más íntimamente” para ver si podían llegar a algo; por otro lado, no creía que a Ignacio, con todo y que sabía que la familia de él tenía una fortuna considerable, le dejara de llamar la atención emparentar con una de las 5 familias más ricas del país. Aquello había sido siempre un arma poderosa en su relación con los hombres y, en este caso, no dudaría en usarla. Se imaginaba formando una familia al lado de Ignacio y la idea le atrajo más cada vez.



-      Bueno, yo creo que la respuesta llega tarde, ¿no?
-      ¿A qué te refieres?
-      Rocío, has estado manejando la conversación. Si algo ha cambiado, o no había descubierto en ti, es tu habilidad para llevar el control de una conversación de este tipo.
-      Pero, no me has contestado.
-      ¡Sí, por supuesto, me gustas! – cansado de ser el ratón en aquél juego, optó por cambiar el sentido del mismo. – Lo has notado. Eres una mujer muy hermosa.
-      Gracias.
-      No es necesario que me des las gracias.
-      ¿Te he gustado siempre?
-      Rocío, ¿podíamos cambiar de tema? Espero que no sea la última vez que nos veamos. Sinceramente me gustaría volver a salir contigo y, creo que si seguimos así, pudiera echarse a perder cualquier tipo de relación entre nosotros, ¿no te parece?
-      ¡Cambiemos de tema! – se apresuró a dar la respuesta. Estaba totalmente de acuerdo con Ignacio y no quería, ni por un momento, que se le fuera a escapar la oportunidad. Ahora era algo más importante, algo que quería en realidad. Ignacio tenía que ser de ella. No sabía si como esposo, necesariamente. Por supuesto, le gustaría que fuera así pero, también le atraía para…


-      ¿En qué piensas? – la atrapó.
-      Ehmmm, ¿perdón?
-      Te noto ausente, parece como si te hubieras ido de aquí; ¿en qué estabas pensando?
-      No, en nada importante, es que mi mamá me encargó…
-      ¿Cómo está tu mamá?, perdona que no te haya preguntado antes por ella.
-      Bien - ¡gracias a Dios! La salvó que él cambiara de tema. Estaba a punto de perder el control -, te mandó saludar, por cierto.
-      Gracias, me la saludas. Me gustaría verla.



Terminaron su desayuno platicando de las familias. Muchos de los que estaban ese día en el restaurante conocían a Rocío y pasaron a saludarla, cosa que ella aprovechó para presentar a Ignacio.  
       
-      ¿Cuánto tiempo vas a estar aquí en Monterrey?
-      Regresé para quedarme, no vengo por un tiempo.
-      Me da gusto. Ya era hora de que te vinieras a encargar de los negocios de tu familia. Me da la impresión de que Gabriel tu hermano no le ayuda mucho a tu papá y aunque lo veo más fuerte que a ustedes, creo que le vendría bien una mano.
-      ¿Lo ves más fuerte que a nosotros?
-      ¿No me digas que te dan celos de tu padre?
-      No, no son celos pero…
-      Bueno, quizás exageré un poco pero no creo que sea fácil para ninguno de ustedes, especialmente para tu hermano Gabriel, que lleguen a estar como tu papá a su edad.
-      Gracias, me gusta escuchar eso de mi padre.
-      Mira, veo muy bien a tu papá en cuanto a salud se refiere pero lo noto un poco agobiado.
-      He platicado poco con mi padre en los últimos años pero no me ha comentado nada sobre retirarse del negocio. No vengo con la intención de tomar su lugar ni mucho menos. De hecho, si estamos de acuerdo en la familia, me gustaría más buscar una oportunidad en otra empresa.
-      ¿Y crees tú que tu papá te va a dejar hacerlo?
-      No veo porque no.
-      Pues ahora veo que en realidad hace mucho que no te comunicas con ellos.
-      ¿Sabes algo que debería saber Rocío?
-      No me toca a mí opinar o decir nada sobre los negocios de ustedes. La empresa de tu papá sigue siendo una de las más importantes de México pero ahora tiene competencia y creo que tendrá que hacer cambios, por lo menos, eso he escuchado.
-      ¿Por qué lo dices?
-      Ignacio, probablemente esté diciendo tonterías, mira, me gustaría que me hicieras un campo este fin de semana para que salgamos a conocer la ciudad. No estoy segura de que la recuerdes muy bien y me encantaría hacerla de tu guía. ¿Qué te parece?
-      ¡Por mi encantado!



Se despidieron de beso en la casa de Ignacio y quedaron de verse el sábado por la mañana para ir al club a jugar tenis.



Para Gabriel la situación era diferente y le molestaba. Nunca pensó que sus padres le fueran a tener tantas atenciones a su hermano mayor. Él era quien más había estado, en los últimos tres años, al lado de sus padres. No era posible que de repente lo fueran a mover para darle el lugar que le correspondía a su hermano que se la pasó estudiando mientras él trabajaba. Aquellos pensamientos lo pusieron de mal humor y su secretaria lo notó cuando intentó pasarle la llamada de su mamá y él se negó. Ahora lo pensaba de nuevo. No le convenía enemistarse con su madre. Le pidió a su secretaria que le reportara rápidamente con ella.



-      ¡Mamá! Me dijo mi secretaria que me llamaste – le dijo sin saludarla.
-      ¡Buenos días hijo! – la voz de su madre era siempre dulce y propia, ¿alguna vez en la vida habría perdido el control?
-      Perdón mamá, ¡buenos días! ¿Cómo estás?
-      ¡Bien! Gabriel, ¿y tú hijo?, ¿cómo estás tú?
-      Bien gracias.
-      Me decías, hijo.
-      Si, te decía que me pasó un recado mi secretaria diciéndome que me habías llamado.
-      Si hijo, te llamé, gracias por reportarte. Quería saber si me puedes acompañar mañana. Tengo que hacer algunas compras para el fin de semana. Vamos a dar una comida de bienvenida a tu hermano aquí en la casa.
-      ¿Comida de bienvenida?
-      Si – Luisa notó el tono de enfado de su hijo - ¡parece que no te agrada mucho la idea!
-      No, por supuesto que me agrada es solo que no sabía nada.



Aquello le confirmó lo que estaba pensando. Tenía en Ignacio a un hermano y, ¡a un enemigo!



Jadi
enero 2008

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Comentarios:

Escrito por: Rina       26/01/08 05:12
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Estas enemistades entre hermanos, auqnue aqui hay mucho mas detras de la tipica relacion entre hermanos...
Genial amigo, esta super interesante
Te sigo
Besos
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