


| Escritor: | Jadi |
| Públicado: | 14/01/2008 |
- Ignacio, ¡hijo mío! escuchó la inconfundible voz de su madre.
- Mamá, ¡que gusto me da verte otra vez, madre! le dijo mientras la abrazaba emocionado.
- Que bueno tenerte de vuelta con nosotros Ignacio su padre siempre era un hombre formal, aún en sus expresiones de cariño. Te ves cansado, hijo. ¿Tuviste un mal vuelo?
- No, no precisamente. Bueno, debo decirles que me vine dormido la mayor parte del tiempo, familia.
Su padre lo abrazó al sentir, por primera vez en muchos años, que nuevamente lo tenía cerca de él. Era su hijo preferido. Por supuesto, nadie lo sabía ni pensaba decírselo a alguien nunca.
Recogieron el equipaje y se dirigieron rumbo al estacionamiento. Durante todo el trayecto, Ignacio les platicó sus experiencias en la Universidad, la diferencia tan grande de las culturas y lo que esto lo había hecho reflexionar sobre el valor de su familia, cosas sobre las materias que más le habían gustado y lo que pensaba que podía aplicar en el Grupo de Empresas de su padre. Todo aquello le era por demás indiferente a Gabriel su hermano, quien no disimulaba en pretender que nadie lo notara. Ignacio se dio cuenta de aquello y decidió callar aunque, lo dejó pensativo la conducta de Gabriel; ciertamente, nunca fueron cercanos uno del otro, sin embargo, esperaba que, al no haberse visto durante tanto tiempo, por lo menos el abrazo demostrara algo de cariño, de afecto. El silencio los acompañó el resto del camino. Más de una hora se hacia del aeropuerto a la casa de la familia y, durante todo aquél tiempo, ninguno pronunció palabra. Fue Ignacio el que rompió con aquel hielo que empezaba a endurecerse entre ellos. En cuanto descendió del automóvil lanzó gritos de alegría por volver a ver su hogar de nuevo. Hacía años que no pisaba aquél espacio tan querido. Todo estaba igual que cuando se fue. Por supuesto, algunos cambios necesarios por el mantenimiento y la necesaria modernización tecnológica, eran por demás evidentes pero, nada que hiciera que la finca se hubiera transformado radicalmente. Había una alarma digital, el equipo de sonido estaba oculto y era otro, a decir por la calidad del mismo; había dos televisores de pantalla plana en la planta baja, uno estaba cerca de la sala, en la sala de estar y el otro, en la cocina. Su cuarto, le gustó que su querido cuarto estuviera exactamente igual que como lo dejó. Fue siempre su rincón íntimo. No tenía muchos lujos porque a él nunca le gustaron pero, tenía lo suficiente. Su escritorio seguía pegado a la esquina. La cama matrimonial estaba vestida con el edredón que le regaló su madre en uno de sus cumpleaños y que era su preferido, la televisión seguía sostenida de la pared, justo frente la cama. Aunque no lujoso, era mucho mejor que la pequeña habitación donde pasó aquellos últimos poco más de tres años que acababan de terminar. Salvo sus visitas a México, siempre durmió entre aquellas cuatro paredes. Recordó a Cristina y les dijo a todos que le permitieran descansar por un momento. Se despidió de ellos en la puerta de su cuarto con cierta dificultad. Todos querían estar con él a excepción de Gabriel a quien no veía hacía bastante rato. Una vez que cerró la puerta, fue y se sentó en el borde de su cama. ¿Sería posible que olvidara alguna vez a Cristina? Sentía un enorme dolor en el pecho y un nudo en la garganta que no lo dejaba respirar, nada de cuidado, sabía a qué se debía aquello, el amor, el amor; tanto que se burló de varios de sus compañeros enamorados en la escuela con aquella expresión y, ahora, ahí estaba él, cayendo en los brazos de cupido. ¿No habría algo que le ayudara a olvidar a Cristina?, alguna terapia, una medicina, ¡lo que fuera! Ni imaginarla como parte de su familia, ella era una persona sencilla que chocaba con la superficialidad y la riqueza. Ciertamente, los valores de su familia distaban mucho de ser superficiales, se preciaba de ser sencillo también y de pertenecer a una familia que lo era pero, no, su familia no habría sido nunca el problema principal, ¡la sociedad! Nunca tuvo problemas con sus padre en cuanto a ese respecto, a diferencia de Gabriel, quien andaba con cualquier tipo de mujeres desde la secundaria, sin importarle el que dirán. Él lo tenía decidido, no iba a ser un problema para sus padres, después del sacrificio que habían hecho por él, pagándole los estudios de postgrado en el extranjero. No podía salir ahora con que se casaba y, mucho menos con alguien de diferente clase social, alguien desconocido, no, Cristina tenía que quedarse en el pasado. Se descubrió llorando, le dio coraje consigo mismo al principio pero, después, comprendió que tenía que aceptarse así, le iba a costar mucho olvidarla, no solo tiempo, también iba a sufrir mucho.
- Hijo, ¿qué te pasa? su madre se preocupó cuando le tuvo que llamar por tercera vez y abrir la puerta de la habitación al no obtener respuesta a los toquidos que dio por un buen rato.
- ¿Perdón?
- Si, hijo, dime, ¿te sucede algo?
- No madre, ¿por qué me lo preguntas?
- Te estuve tocando mucho tiempo y, me atreví a entrar temiendo que algo malo te sucediera. Te hablé tres veces pero, como que no me escuchabas, ¿en qué pensabas hijo? O, no sé si debiera preguntarte más bien, ¿en quién pensabas Ignacio?
- ¿Qué?, ¿cómo que en quién pensaba?
- Hijo, recuerda que soy tu madre y te conozco. Los conozco muy bien a ti y a Gabriel. Tus ojos estuvieron llorando y, no me parece que tengas ningún problema como para que te haga llorar, hijo. ¿Estás enamorado, amor?
- ¿Qué, mamá?, pero, ¿cómo se te ocurre pensar eso? se sorprendió de la violencia con la que salieron las palabras de sus labios.
- Bien, hijo, lo último que quiero, es mortificarte. Una madre sabe bien que les sucede a sus hijos. Créeme que no necesitaba ni preguntártelo. Hijo, solo quiero decirte, que puedes contar conmigo, para lo que quieras Ignacio.
- Si mamá, eso lo sé.
- Bien hijo, perdona que me haya metido así como así a tu cuarto.
- Por favor mamá, no me pidas perdón la miró a los ojos y supo que ella lo amaba. Se sintió tentado a contarle sobre Cristina y sobre
- Mamá, gracias, gracias por ser así.
- Gracias a ti hijo.
Se unieron en un abrazo que expresaba el inmenso amor entre los dos. Ignacio la adoraba y sabía que su madre no dudaría jamás en dar la vida misma por él.
- Hijo, ¿quieres que te preparen algo de comer?
- No madre, tomé algo en el avión.
- Está bien hijo, te dejo.
Ignacio se consideraba un hombre afortunado por la relación que tenía con sus padres. Nunca había tenido problemas con ellos. Eran sus mejores amigos y siempre lo habían apoyado. Por supuesto, estaba al tanto de lo común que era la disfuncionalidad de las familias, sin embargo, no era su caso.
- ¡Sí, diga! el timbre que había sonado en el pequeño aparato telefónico que tenía en su buró lo hizo dejar de pensar.
- Hola Ignacio. ¡Bienvenido! Dichosos los ojos que te ven o, por lo pronto, debo decir, los oídos que te escuchan. ¿Cómo estás?
- ¡Hola, Rocío! la voz de su compañera de la Universidad seguía igual de sensual - ¡Bien!, y tú, ¿cómo estás?
- Bien. Me da mucho gusto que hayas vuelto. Todo ha cambiado mucho desde que te fuiste. Tengo que verte para ponerte al tanto de las cosas por aquí.
- Gracias, Rocío, ¡eres muy amable!
- No, gracias no, ¿Cuándo nos vemos?
- Mira, no tengo ningún plan todavía, ¿Por qué no
?
- Entonces, ¡no se diga más!, paso por ti mañana a las 9 para desayunar.
- Pero, oye
- No, no, mañana me cuentas. Me tengo que ir. Paso por ti a las 9. ¡Chao!
Aunque le caía muy bien Rocío, hubiera preferido descansar durante unos días. Salir a desayunar no entraba, al menos hasta ahora, no había entrado en sus planes.
La noche cayó y empezó lo inevitable. No podía dormir. La luna parecía hablarle, colándose por la ventana y trayéndola a su memoria. La imaginó por un momento ahí, recostada en su cama, esperándolo, sonriéndole, como acostumbraba hacerlo. La almohada fue su única compañera durante la noche y le sirvió solo para recordar como, abrazados a ella, se pasaban horas platicando los dos.
Jadi
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