


| Escritor: | Jadi |
| Públicado: | 12/01/2008 |
Ignacio iba pensativo. Los años en aquella ciudad se le fueron como se va el agua entre las manos, y ahí estaba él, de regreso. ¡Cuánto renegó del el ruido y de la contaminación cuando recién llegó a México! No supo que pasó después; dejó de importarle aquello y se dedicó a estudiar y a salir con Cristina. Le parecía increíble que le quedara únicamente aquella tarde para
¿para qué? pensó - se dio cuenta, con un cierto sentimiento incredulidad de que la respuesta podría ser, ¡para verla!
Recién había cumplido los 34 y se seguía sintiendo muy joven para casarse. Su complexión atlética, su buen gusto para vestir y su personalidad que reflejaba un pleno dominio de sí mismo, le granjeaban la atención de muchas mujeres. No era que le gustara considerarse un casanova, solamente le gustaba la seguridad que le daba el saber que no estaría solo en cuanto él lo decidiera.
Su automóvil tomó por la avenida Insurgentes y dejo de pensar por rato para admirar, como tantas veces lo había hecho, la belleza de aquel lugar. Si, México podía ser la ciudad más abarrotada de gente, la más contaminada y la más insegura, sin embargo, ¡era hermosa! Había en ella un toque de misterio y audacia, la belleza de sus calles y sus altos edificios, sus lugares coloniales y los centros de negocios, el dinamismo con que se movía su gente y que nunca había visto en ningún otro lugar. Parecía una montaña rusa en que el que se quiera bajar se muere. Sí, pensó, vivir en México era apostar, apostarle a ser audaz y seguro de sí. Se detuvo bruscamente, el semáforo mostraba la luz roja y estuvo a punto de impactarse con el auto frente a él. El ruido que hizo al frenar le gano una serie de palabras nada cordiales de aquel taxista. Fue en ese momento que se dio cuenta de que Iba al departamento de Cristina. ¡Su instinto lo había conducido! Él nunca pensó en ir con ella, ¿o sí?, bueno, fuera como fuera, iba con ella. No, no era una buena idea. Se aproximó a la orilla del camellón para dar vuelta en u. Sabía que si la veía
¿qué?, sus sentimientos no estaban nada claros. No podía explicar aquel repentino temor a encontrarse con alguien a quien había visto tan frecuentemente en los últimos años.
Todo pasó sin que pudiera hacer nada. Ahí estaba, sentado en la mesa, esperando que Cristina le sirviera el café que le había ofrecido. La vio y no puedo menos que reconocer que le gustaba. Cristina apenas había pasado la barrera de los 20, ¡muy joven para él! No sabía, ni nunca le preguntó, si ella había tenido novios y cuántos habían sido pero, no le hubiera sorprendido que él fuera el primero. Se tomaron de las manos y se vieron fijamente a los ojos con la misma mirada de siempre, la que los conectaba directamente con sus cuerpos, sobraban las palabras y el café. Se abrazaron queriendo fundirse en uno solo. Los besos los envolvieron en una ola de placer que ninguno estaba dispuesto a perder nunca. Ignacio le quitó el vestido lentamente mientras la besaba apasionado. Ella se dejó querer. Le gustaba la manera en que él le hacía el amor. Se complementaban, ¡se necesitaban!, - se dijo a sí misma mientras dejaba que la llevara a la cama y la poseyera así, suavemente -. Cada una de las partes de su cuerpo fueron besadas con la misma emoción y la misma ternura de siempre, no había espacio alguno que se le escapara a él. Ella trató de corresponder al principio pero, Ignacio la detuvo y ella lo dejó así. Que la tuviera, que la hiciera de él.
La noche cayó como el telón que remata la obra. Ambos se quedaron dormidos con una sonrisa en los labios. Nadie que los hubiera visto así, podría haber imaginado que se estaban despidiendo. Unas lágrimas asomaron en el rostro de Cristina. Si estaba durmiendo, lo que fuera que estuviera soñando la hacía llorar. Así había pasado la noche. Ella fue la primera que se despertó y miró el reloj, la cinco de la mañana, se levantó una hora después al rendirse a su intento de volver a dormir. Se dirigió a la cocina y encontró el café que le había preparado el día anterior, sonrió y enjuagó las dos lágrimas que salieron de sus ojos, vació el líquido de la taza, la lavó y la puso en el secado. Se recargó en el resquicio de la puerta del cuarto mirando hacia un lado y pensando. Volvió su mirada para verlo. Las lágrimas volvieron a invadir su bello rostro. Bajó la mirada triste y resignada. El café que se preparó le ayudó a olvidar un poco sus sentimientos y pensó en prepararle uno.
- ¡Buenas madrugadas, Señorita! la voz de él la asustó y la sacó de su ensimismamiento - ¿se puede saber que hace levantada a esta hora?
- ¡Hola! No es tan temprano amor. Asómate y verás que está a punto de salir el sol ya.
- ¡Sí, como no! La oscuridad debe ser porque hay una cobija sobre nosotros, ¿no?
- Bueno respondió sonriendo sí, ¡tienes razón!, es muy temprano. No podía dormir y me viene a la cocina para no molestarte.
- ¿Molestarme? Amor, ¡por favor!, ¡tú nunca me molestas!, por el contrario, ¡me encantas!
Estuvo a punto de decirle que no le debía encantar tanto pero se detuvo. Desde que lo conoció, supo que la despedida llegaría no muy tarde y, ¡había llegado!, se iba para siempre. Otra vez las lágrimas, quiso detenerlas pero estaba a punto de estallar y salieron, así, deslizándose lentamente sobre su rostro.
- ¡Estás llorando, Cristy! le dijo abrazándola - ¿qué tienes amor?
- Nada, ¡no es nada! No se porque estoy llorando. Ya vez, las mujeres nos ponemos melancólicas a veces, quizás es la hermosura de la noche que pasamos, o de este amanecer (a tu lado pensó).
Internamente, cada uno, pensaba que era imposible que algo tan bello terminara así pero ninguno se atrevió a decirlo. Los dos se guardaron en lo más profundo de su corazón lo que éste estaba sintiendo. Había que terminar con aquello y, terminaron. El silencio y una mirada que parecía eterna fue toda la despedida que se dieron, los tuvo que interrumpir la señorita que estaba recibiendo los boletos de avión. Ignacio entró al pasillo y no le respondió la mirada que parecía querérsele salir de los ojos. ¿Para qué?, sabía que también él podía soltar el llanto que contuvo todos aquellos momentos. Se quería arrepentir y quedarse con ella pero la vida tenía que seguir. Su pensamiento se imponía a aquél sentimiento. Más a fuerza de entrenamiento para no sabía qué, que por honestidad. Ahí quedó todo lo vivido con ella, la pasión, la entrega, las noches a su lado con el amanecer en su ventana viendo las estrellas y la ciudad. Todo debería quedar ahora en su pasado. Cuando el avión despegó se recostó en el asiento y dejó salir las lágrimas por fin. Que lo vieran, ya nada le importaba, al menos durante el tiempo de vuelo a Monterrey. Ella seguía parada en la sala de espera del aeropuerto, se resistía a la realidad y le pedía a Dios que se lo regresara. Imaginaba ver su figura salir tras la puerta por la que ya hacía más de una hora había entrado. Nadie le dijo nada. Esas cosas pasan en los aeropuertos de las grandes ciudades. Siguen pasando.
Cuando llegó a su departamento, ni siquiera tendió la cama. Se tiró en ella y dio rienda suelta al llanto. Gritaba desesperadamente sabiendo que nadie podía oírla. Le dolía en lo más profundo, ¡no podía ser que lo hubiera perdido! ¿Por qué?, ¿por qué fue tan estúpida de enamorarse de aquel desconocido?
El avión estaba a punto de aterrizar en Monterrey. Ignacio se levantó, fue al baño, se miró en el espejo y le asustó que lo pudieran ver así cuando lo recibieran al llegar, quien sea que hubiera ido a recogerlo al aeropuerto. Es más pensó , ojala que no pase nadie por mí. Tenía los ojos hinchados. El haberse escondido tras la cobija azul del avión pretendiendo que dormía, no le salvó de aquello. Regresó a su lugar esperando haber quitado las señales delatoras. Se incorporó en cuanto el avión se detuvo. Una aeromoza le pidió amablemente que se sentara pero él decidió no escucharla. Tomó la pequeña maleta que había subido y se dispuso a esperar en el pasillo. Caminó lentamente junto con toda la gente que se bajaba en aquella ciudad. Afortunadamente no encontró a nadie que le resultara familiar. Llegó al aeropuerto y mil cosas se le vinieron a la mente en un instante. Su ciudad, su familia, su historia de niño, de adolescente, ¡tantos y tantos recuerdos! Recogió su equipaje en la banda, respiró profundo y fue a buscarlos. Allá se veían, al fondo del largo pasillo. ¡Su familia!, ¡Su ciudad!
Jadi
enero 2008
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