Por la tarde fue de compras con su mamá. Se encontraron a unas vecinas con las que compartieron una taza de café en la nueva cafetería de la plaza. Le alegraba convivir y saber noticias de la colonia. Inevitablemente terminaron preguntando aquello que tanto le molestaba, quizá la única cosa que realmente lo hacía: -Y, ¿para cuando, Sarita? dijo una de las vecinas. -No señora Evelia, no hay ni fecha ni valiente en puerta. -Pues, será porque tú no quieres. No he visto muchacha más linda que tú. ¿Por qué no buscas a alguien hija? Estoy seguro que a más de alguno de mis sobrinos les encantaría salir contigo. La plática terminó y salieron rumbo al estacionamiento. Afortunadamente su madre no coincidía con los comentarios generales de las vecinas. Sí, quería casarse, pero no le urgía. Había visto más fracasos que triunfos matrimoniales. Su madre lo entendía y no la apresuraba. No obstante, en lo más profundo de sí misma, Sara tenía miedo de quedarse soltera. La realización más plena siempre la había percibido a través de ser madre y compañera. Hizo todo lo posible por apartar sus pensamientos de aquellas ideas, cosa que le costó menos cuando se dio cuenta de que las seguía un automóvil negro, la distancia no le permitía asegurar que fuera el mismo ¡esto ya era demasiado! *** La larga fila de automóviles se extendía por más de 400 metros. Hacía ya muchos años que Monterrey quedó rebasada en su capacidad de tráfico. La ciudad creció tan rápidamente que los embotellamientos estaban a la orden del día, particularmente a la hora de entrada y salida de las escuelas. Los sonidos de los claxon de la gente que creía que tocándolos conseguían algo, la contaminación creciente, los gritos, todo era un caos. Gabriel no se dejaba envolver por el estrés. Su pensamiento estaba en Cancún. Sabía que Alicia iba a ceder a su petición de pasar el fin próximo fin de semana junto a él en aquellas maravillosas playas. No le interesaba Alicia para algo formal como casarse. No obstante, estaba dispuesto a seguir con la farsa, inclusive llegaría hasta el altar si lo que estaba por jugarse era el poder participar en la fortuna de su familia. Por otro lado, Gabriel temía el próximo regreso de su hermano Ignacio de la Universidad. Sus padres manifestaban especial predilección por su hermano y se había propuesto granjearse la voluntad de ellos antes de que éste llegara. La espontánea desaparición del embotellamiento le hizo volver a concentrarse en conducir su auto y se propuso no darle más vueltas al tema, al menos por la próxima media hora. El edificio gris azulado en donde estaba el corporativo de las empresas de su padre siempre le había impresionado. Llegó a la puerta y el guardia levanto rápidamente la vela de la entrada del estacionamiento privado que estaba asignado únicamente a los miembros de la familia. El lujoso automóvil BMW gris plata importado llamaba la atención de todos. Gabriel gozaba con aquellas cosas. Sabía que podía encontrar muchas jóvenes en la empresa que darían lo que fuera por ir con el a cualquier lugar,si Alicia no daba señales de vida, invitaría a la misma secretaria de su padre. Por supuesto, todo tenía que pasar desapercibido. Su padre era un hombre recio al que no le gustaban las aventuras de Gabriel. Inclusive, dos años atrás lo corrió al enterarse de que estaba saliendo con la que era su asistente jurídico quien pagó un precio más alto que el mismo Gabriel cuando fue despedida sin un peso de liquidación y con la amenaza de divulgar su comportamiento. Ya no supo que sucedió con ella pero, le guardaba rencor,tanto a él como a ella por haber sido ignorado en todo el proceso. Se abrieron las puertas del elevador y se dirigió a su privado. Su oficina era más lujosa del edificio y, a su manera de verlo, la más importante. Estaba ubicada en una de las esquinas y tenía una preciosa vista de las afueras de la ciudad. Los vidrios polarizados no dejaban pasar la luz del sol más que lo suficiente para que la atmósfera fuera relajante. Se sentó cómodamente en su enorme asiento ejecutivo de piel dejándose acariciar por aquel ambiente que le encantaba. Se recargó y se puso a mirar hacia el techo. ¡Qué gran idea la de aquella diferencia de centavos que le estaba produciendo tan altos ingresos! Ganaba más que cualquiera de su familia y, en poco tiempo más, pondría su propio negocio. No tenía la más mínima idea del tipo de negocio que sería aquél, pero tenía que ser algo importante. Unos leves golpes a la puerta interrumpieron su sueño. -Pase dio con voz firme. -Señor Gabriel, ¡buenos días! su secretaria Beatriz era una mujer muy joven, alta y de piernas muy bien delineadas. Gabriel no sabía que estudios tenía pero para él, Bety, como la llamaba cariñosamente, podía no haber estudiado. -¿Por qué me dices Señor Gabriel, Bety? le contestó incorporándose y tomándola de los hombros sin más. -¿Perdón? le contestó la joven mirándolo tímidamente a los ojos. -Ya te he dicho que no me gusta que me llames señor. Dime Gabriel a secas. Que, ¿no somos amigos? -Este... Beatriz se puso nerviosa. El acoso de su jefe ya tenía algunos meses de venir sucediendo y lo peor era que le gustaba mucho Gabriel. No podía resistirse a la atracción que le despertaba y, sin darse cuenta cuando, había optado por no poner resistencia. -Creo que no se ve bien Gabriel le dijo sin esperar que dejara de acercarse a ella. -¿Quién no lo va a ver bien? -Bueno, Gabriel fueron sus palabras mientras se dejaba abrazar por su jefe y se fundían en un cálido beso. Se separaron cuando él lo decidió y se fue a sentar nuevamente en su sillón. -Me encantas Bety le dijo en un tono que aceleró el latido del corazón de la joven, que gozaba enormemente aquellos pequeños ratos. -Y tu a mí, pero, sabes que no está bien. Tu eres un hombre comprometido y, yo se que no puedo ser para ti más que una aventura. -¿Por qué hablas como si fueras mi madre? le reclamó mientras la tomaba suavemente de las manos El mundo ha cambiado mucho Bety,¿por qué vamos a privarnos de los placeres de esta vida?, - guardó silencio por un momento mientras la observaba, sin que su atención se dirigiera precisamente a su rostro. El cuerpo de su secretaria le encantaba. La cara de ángel que tenía le parecía todo un trofeo. -Creo que lo mejor será que nos pongamos a trabajar, ¿no? Ella se lo perdía. Estuvo a punto de invitarla a Cancún. Sí, con gusto cambiaría un fin de semana con Alicia, por un fin de semana con Bety. Ya vería la manera de escaparse después con su secretaria. -Te llamó Gustavo dijo en tono serio Beatriz , dijo que era muy urgente que te localizara. Se oía muy preocupado. -¿Cuánto hace que llamó? -Hace un momento. ¿Quieres que te comunique con él? -Si, solamente dame 10 minutos para descansar. -Bueno. ¿Quieres que te prepare un café? -No, mejor sírveme un poco de whisky. -¿Vas a tomar tan temprano Gabriel? Con la mirada fue suficiente, Beatriz se retiró a preparar la bebida que le encargó su jefe.¿Por qué le interesaba Gabriel, cuando sabía que la utilizaba a su antojo? No se sentía tranquila de aquella relación pero, ¡era lo mejor que tenía en su vida! Se fue dejando encantar por los esporádicos y caros regalos que le daba y por los preciosos lugares que había visitado con él y a los cuales ni en sueños podría haber ido. Fue al pequeño bar que estaba enseguida de la enorme credenza, sacó una botella de Buchanans y le sirvió una porción doble en un vaso. Conocía sus gustos y, ¿por qué no?,pensaba, a lo mejor este adolescente termina, sin notarlo, necesitándome más de lo que él cree. -Comunícame con Gustavo por favor, Bety la voz de Gabriel le hizo volver a la realidad, a su triste realidad. -Si, en este momento. Salió de la oficina de su jefe. Eso era realmente, su jefe. Cualquiera que fuera la forma en que la trataba, nunca ganaría un lugar especial en el corazón de Gabriel. Era consciente de todo ello y, aunque se sentía mal, estaba dispuesta a asumir las consecuencias. -Gabriel, tenemos que hablar. Puedes estar en problemas y, muy serios oyó la voz de Gustavo al otro lado de la línea. -¿A que te refieres? respondió Gabriel mientras se le quebraba la voz. Sabía que a Gustavo no le gustaba jugar. Era un hombre serio y responsable y, si le decía aquello, era porque sucedía algo grave. No le gustaba oír así a su amigo y asesor financiero. Platicaron no más de 5 minutos. Gustavo no le había querido decir nada por teléfono. No se imaginaba siquiera de que se pudiera tratar aquél asunto delicado del quería hablarle. Quedaron de verse en un lugar y Gabriel propuso el restaurante Regio. Les gustaban los cortes finos que servían y el discreto bar que estaba al fondo. Se quitó el saco, miró el reloj y pensó en el largo tiempo que faltaba para las 3 de la tarde ¡apenas eran las 12 del día! Jadi enero 2008