En la tierra, lugar donde se desarrolla esta desgarradora historia de amor, concebida mucho antes que la de los malhadados amamantes de Verona, se conocieron hace ya lustros bajo la atenta mirada de la luna, el guerrero invierno y la ninfa verano. Él, gallardo e imponente en su porte, vestía una casulla azul, y junto a su larga y tupida melena blanca, movía sus hipnóticos ojos azules al ver a una de las más bellas ninfas del universo a verano. Ella era cálida, ágil, sonriente, se movía como lo hacían las diosas en las fábulas de Homero, de una manera sensual y atractiva, tocada con una corona de rosas rojas, que sujetaban sus largos mechones rubios, tan rubios que recordaban al sol, y los cuales caían sobre su morena piel, del color de la arena de las playas más bellas. Era una historia de amor, una atracción incontenible, una oda a la felicidad, invierno y verano eran eternos, y desde que se vieron esa noche, entrelazaron sus corazones para hacer de ellos uno solo.
Tras el gran flechazo, se acercaron el uno al otro, y comenzaron a caminar por la tierra, siempre juntos, sintiéndose plenos y llenos, puesto que invierno solo necesitaba a verano para ser feliz, y verano a invierno. Resultaba un amor tan absoluto, tan tierno y dulce, que la tierra entera se dio cuenta esa misma noche de la buena nueva, que habían encontrado su alma gemela los amantes de la tierra.
Él era el frío, la nieve, el viento, la lluvia, el sueño a su paso los animales dormían, las plantes se congelaban, las ramas de los árboles se llenaban de nieve, el viento azuzaba las montañas, y las nubes se ponían frente al sol Ella era el calor, la brisa, los colores, la calma, el despertar y mientras caminaba los animales despertaban, de los prados emergían las más bellas flores, el sol bañaba con sus rayos los bosques, la brisa impregnaba de aromas las hojas eran tan diferentes y contrarios como amantes, puesto que todo lo que tenían de distintos lo tenían de enamorados.
Pero no eran buenos tiempos para invierno y verano, porque la naturaleza, no podía permitir aquel matrimonio, aquella unión de amantes, de grandes enamorados Invierno y verano tendrían que estar separados, porque cuando se juntaban los animales dormían para despertarse seguidamente, se congelaban los árboles y se quemaban las plantas, había días de sol y de oscuridad que duraban siglos todo lo fuerte que era el amor de invierno y verano, se correspondía con los desequilibrios que generaban
Invierno quiso no haber conocido nunca a verano, para no haberse enamorado de aquella criatura tan increíble. Verano, por su parte, pensaba lo mismo. Sentían en su interior el final, las últimas notas de la canción más bella jamás escuchada. Y ese final no tardaría pronto en llegar, la naturaleza, con la autoridad que le confiere la vida, separó a verano e invierno, condenándolos mediante un conjuro indescifrable a no volver a verse nunca más.
Fue entonces cuando las lágrimas llenaron los océanos, el cielo tiñó de rojo las auroras boreales y los pájaros dejaron de cantar al amanecer El dolor era insoportable, se había condenado a no verse jamás a dos de los seres que más se querían en toda la historia del amor. Tal fue la huella de ese amor que dejaron en el aire, que sin quererlo contagiaron a otros seres a lo largo de los tiempos, provocando el cortejo del sol y la luna, la guerra de Troya por Paris y Elena, el desgarrado final de Romeo y Julieta
Quiso sin embargo el destino que el dolor de estos amantes no fuera tan insoportable, tal vez por miedo a que sus lágrimas desbordaran los océanos, o tal vez para que la tristeza no se apoderase de los cuatro vientos, o simplemente por compasión, e hizo lo imposible el destino les brindó a invierno y verano la oportunidad de sentirse al uno cerca del otro, pero sin llegar a verse, no violando así las leyes de la madre naturaleza. Valiéndose de su sabiduría, y conjurando a las estrellas, creó lo prometido, e hizo que invierno, cuando marchara de la tierra para descansar, sintiera a verano. Ello lo logró ideando un nuevo ser, una parte del alma de verano, donde el invierno sintiera el calor, la brisa, el mar y el sol, el despertar y a esa criatura la llamaría primavera. Así la primavera para invierno era su recuerdo, su memoria del alma, sus alas al cielo, una explosión de sentimientos, la sangre de su corazón al rememorar a verano.
Por su parte, cuando verano se retirase a descansar, podría ver también a una criatura con el rostro de invierno, muy parecido a él, para que le recordarse en su piel al dueño de su corazón por siempre jamás. Aquella criatura se llamaría otoño, y mostraría a la bella enamorada el viento, el comienzo del frío, de la lluvia, de la nieve, era el descanso, era su amado, era el invierno.
De esta forma, invierno y verano se recordaban antes de irse a descansar, con estas dos nuevas criaturas. Si bien no pudieron volver a verse nunca jamás, antes de retirarse a dormir, cuando salían por un tiempo de la tierra y se retiraban, tenían la oportunidad de fusionarse con estos seres, y recordarse mutuamente, puesto que primavera era la sonrisa de verano, y otoño los ojos de invierno. Y así se miraban y hablaban, diciéndose lo mucho que se amaban el uno al otro, y todo lo que habían estado haciendo en su paso por la tierra.
De todas formas, ni el destino, ni la naturaleza, ni la tierra pudieron provocar que a veces invierno echase tanto de menos a su bella amada, a su estrella más brillante, y que provocase heladas más fuertes que las de costumbre, nevadas con una fuerza impresionante, días donde no salía el sol Tampoco pudo evitar que verano a veces llorase y llorase, con tal ardor en su corazón, que las lágrimas se evaporasen, provocando un calor excesivo, que secaba la tierra y marchitaba las flores
Invierno siempre estaría con primavera, y verano siempre abrazaría a otoño, porque esa era la única forma de estar cerca el uno del otro, de sentirse, de amarse. Pero sus vidas, desde el día que la naturaleza decidió separarlas, no volvió a ser la misma, y en sus almas pesa la esperanza, de volver a estar juntos, en la tierra, o tal vez lejos de ella, en las estrellas, donde no haya pena alguna que caiga sobre los amantes más enamorados de la vida.
En algún lugar de la tierra, grabado a fuego sobre hielo, se puede leer una pequeña dedicatoria, que así reza;
Te recordaré hasta el fin de los siglos
Enamorado de ti para siempre
Quiera el tiempo que se deshaga este hechizo
Un conjuro que me parte el alma
Irme de aquí para siempre a tu lado
En algún lugar del universo
Reiremos entonces el uno junto al otro
O estaremos en el paraíso bajo las estrellas.
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