Unos pasos

Categoría(s): Relato breve
-          ¡Así está bien! Te ves muy guapo, ya verás cuántas chicas quieren bailar contigo.
-          Gracias, Emma – le respondí a mi prima mientras me miraba al espejo - , te quedó espléndido el nudo; a mí nunca me ha quedado igual. ¿Quién te enseñó a hacerlo?
-          Mi padre – me dijo bajando un poco la cara -, ¡que en paz descanse!
-          Perdona, no quise ponerte triste.
-          No Ariel, me da gusto acordarme de él, es solo que, ¡quisiera que estuviera aquí! – contenía las lágrimas pero notaba el esfuerzo que hacía para evitar que salieran.
-          Aquí está, Emma, ¡está con nosotros! – le dije tratando de animarla un poco – Estoy seguro que te mira y que sabe lo mucho que lo extrañas.
-          Sí, lo sé. Lo siento siempre muy cerca de mí.
-          Bueno, pues, ¡levanta esa cara y vamos ánimo!
-          Sí, Ariel, sí. Gracias.
-          No, ¡gracias a ti!
-          Tú te ves un poco tenso también.
-          ¿Yo? ¡No, mujer! ¿Por qué habría de estar tenso? No, ¡para nada!
-          No te creo.
-          Si me ves un poco tenso, me parece que tiene que ver más con que te acordase de tu papá que conmigo.
-          Si lo dices tan seguro…
-          ¿Se puede? – era Luisa su hermana que estaba en la puerta.
-          Adelante, pasa.
-          ¿Por qué tardan tanto?, ¿todo está bien, Ariel?
-          ¡Vaya! Parece que se pusieron de acuerdo las dos. ¿Por qué me preguntas a mí que si todo está bien? ¡Claro que sí! Vamos, vamos, terminen ustedes también de arreglarse.
-          ¿Hay alguna otra cosa en la que te pueda ayudar, primo?
-          No, gracias Emma.

Me despedí de ellas con un beso en la mejilla. Siempre nos habíamos llevado muy bien. Cuando el padre de las dos falleció, hacía poco más de 5 años, pasaron varios meses en casa y formaron parte de la familia. Me miré en el espejo después de ponerme el saco, ajusté la solapa y salí del cuarto. Afuera, en la sala, estaban algunos amigos y unos pocos parientes que habían venido de lejos; supuse que la mayoría estaría yendo a la iglesia. Saludé a todos y les dije que me daba mucho gusto que hubieran venido. Algunos me hicieron la misma pregunta, ¿cómo te sientes?, ¡por supuesto que me sentía feliz!, ¿acaso no lo podían ver en mi rostro? Ya de salida me miré en el espejo del pasillo y noté un poco marcadas las ojeras, pero, ¡era todo! Sonreí y traté de ignorar esas extrañas preguntas.

El trafico iba lento y aquella limusina no hacia nada por avanzar más rápido. Traté de relajarme y me serví un poco de whisky. Me recargué y me quedé mirando el techo mientras recordaba tantas cosas. Mis juegos de niño, a mis padres jugando conmigo, a mi hermano mayor que ahora estaba del otro lado del mundo y no había podido venir. Habíamos sido solo dos hijos. Él hizo su vida muy apartado después de que terminó los estudios de licenciatura. Se marchó de la casa, rentó un departamento del otro lado de la ciudad, consiguió un trabajo muy bien pagado y, pocos años después, supimos que vivía en Europa. No lo volvimos a ver jamás. Mis padres fallecieron y él solo mandó una carta en la que me dijo que me acompañaba y que no estaba solo. Me dolió mucho ese pedazo de papel. Pareció que me hubiera dado el pésame un conocido lejano.

-          Señor – la voz del chofer sonó insistente.
-          Diga.
-          Ya llegamos, Señor. Me dicen que lo están esperando hace rato.
-          ¿Cómo?, ¿qué horas son?
-          5 minutos después de la 1, Señor.
-          ¡Qué!, pero, ¡claro!, ¡venía como tortuga!, ¡que cosa buena de no venirme en mi carro!, ¿por qué se vino tan despacio? – le dije alzando la voz.
-          Tenemos 15 minutos aquí.
-          Y, ¿por qué no hemos entrado?
-          Señor, creo que sería mejor que se apresurara – me dijo al tiempo que me daba la mano para ayudarme a bajar.
-          ¡Quítese!
-          Como guste, Señor.

Baje del vehículo y noté inmediatamente decenas de ojos que me miraban acusándome. Me fijé en mi reloj y pude cerciorarme de que pasaban varios minutos después de la una. Miré las escaleras y allá, donde terminaban, ¡la vi a ella!, ¡Dios mío!, ¡estaba esperándome! Corrí lo más rápido que pude y puse su mano en mi antebrazo.

-          ¿Qué te pasó? Yo pensé que me ibas a dejar plantada.
-          Pero, ¿cómo crees eso?
-          Pues, mira las horas que son. Todo mundo me veía y se reía de mí.
-          No se reían.
-          ¿Qué te pasó?
-          No sigas porque vas a llorar y se te puede correr el maquillaje. No sé. ¡No se que me paso!
-          ¿Cómo que no lo sabes?

Afortunadamente, en ese momento, llegó el sacerdote y nos indico lo que teníamos que hacer. ¿Qué me había pasado? Apreté su mano contra mi brazo, quizás un poco más fuerte de lo normal porque ella me miró de reojo como reprochándomelo, y me propuse que nada más me iba a pasar. ¡Todo saldría bien!, ¡todo!

Las notas de la marcha nupcial comenzaron. Llenaron el recinto con aquella majestuosidad que solo con ellas se da. Avanzamos lentamente. Flashazos, sonidos de cámaras de video, sujetos que se ponían justo frente a nosotros buscando mejores tomas, miradas de aprobación, sonrisas, ¡bendito Dios! Me pareció tan largo el recorrido que pensé que no iba a terminar hasta que, por fin, llegamos al sitio donde nos esperaba el sacerdote. Nos. De pronto, ¡un silencio de tumba! Todo se volvió gris en mi entorno. Nada se oía. Nadie hablaba. Parecía que el tiempo mismo había decidido parar. Poco a poco alcancé a distinguir un sonido, eran… unos pasos, ¡sí!, ¡unos pasos que venían detrás de nosotros!, primero los escuché muy lejanos pero poco a poco se fueron acercando. Sentí como si alguien nos persiguiera, como si alguien nos quisiera quitar nuestra felicidad. ¡Los pasos! Los pasos se oían más cerca. “¿Qué hago?” – me dije. Quizás si salimos corriendo por aquí a mi derecha logremos escapar. ¡Ese ruido!, ¡esos pasos taladraban más y más mi cabeza! ¡Tenía que hacer algo!, sentía cerca la muerte, algo nos iba a pasar y supe que dependía de mí todo. ¡Los pasos estaban casi encima!, “¡ven!, ¡corramos!” – estuve a punto de decirte cuando ¡fuiste tú!, ¡fuiste tú la que me soltó! Sentí como te desprendías suavemente de mí. Con ternura me soltaste tomando mi brazo y apartando tu mano mientras cuidabas que la mía cayera suave a mi lado. “¿Qué pasa?” – pensé - “¿Qué sucede?” Fue entonces que volteé la mirada y lo vi. Tú sonriente, él feliz recibiéndote. Comprendí mi lugar en la historia. Sonreí y te miré a los ojos, a esos ojos hija mía que jamás habré de olvidar como me dijeron que eras feliz. ¡Se me partía el alma! Sonreí también al mirarlo y enseguida ¡le dejé mi lugar! Ese lugar que no habría jamás de volver a tener, ese lugar que correspondía ahora al hombre que tenía la misión de hacerte feliz.

¡Se me partió el alma! Ahí dejé a mi única hija. Al único amor que me quedaba en la vida. Hoy, al pasar de los años, he recibido muchas cartas. Me dices que les ha ido muy bien. Me cuentas como que fueron papás el año pasado. Siguen allá en España. Yo aquí sigo, en Guadalajara, en mi México en donde todo está igual. Solo yo he cambiado, ahora estoy más viejo y más solo. Soy un abuelo de pura palabra. Tengo un hermano al que me cuesta trabajo localizar cuando le quiero llamar. Mi mujer, es mi mujer la que desde el cielo en mis sueños me pide que sepa esperar, ¡que todo irá bien! Esos sueños me hacen vivir.  Me seco las lágrimas para atender a la puerta. ¿Quién llama a esas horas? No encargué nada de la tienda ni recuerdo tener citado a ningún paciente tan temprano. En fin, iré a abrir. ¡Un bulto! Un bulto en el suelo. Parece un, ¡un bebé! ¡Que me parta un rayo! No más me faltaba que me vengan a dejar un chiquillo. Miro hacia un lado, hacia el otro y ¡nada!, no hay nadie. ¡Carajo! Y, ahora, ¿que voy a hacer? Bueno, por lo pronto lo tendré que meter. El viento está muy frío y se puede enfermar. ¡Está pesado! Lo deposito en la mesa del comedor haciendo a un lado el centro que le gustaba tanto. Escucho su llanto y, ¿por qué no?, al menos veré que le pasa. No vaya a ser que esté sucio o que tenga hambre. Pero, ¡vaya que esta precioso! De pronto, ¡escucho unos pasos!, ¡sí!, ¡son esos pasos!

-          Se parece a ti.
-          Sí.
-          ¿Qué?, ¿cómo? – los veo a los dos en la puerta. Tu sonríes mientras el nos contempla y me hace sentirlo también parte mía - ¡Hija!, ¡Hija!, ¿acaso es?
-          Sí, papá, si es.
-          ¡Mi nieto!, ¡mi nieto!

Jadi
marzo 2008
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Comentarios:

Escrito por: jacoescribe       19/05/08 19:33
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Amigo Jadi:

Un saludo desde este portal. Para decirte que tu historia está completa. Un manejo impecable de la semiótica literaria, la puntuación y espacios ricos en detalles precisos que evidencian un largo recorrido en la tarea de llenar páginas en blanco. Pues sorprende positivamente la caracterización de tus personajes y su precisa ubicuidad, conforme los diálogos y momentos que describes. Me gustó el núcleo temático, el que se engalanó con un adecuado colofón.

Un abrazo de acero.

JACO
Escrito por: Rina       29/03/08 01:58
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Que historia mas tierna amigo. Me gusto mucho desde el principio, cuando aun creia que era él el novio, cuando era el papá. Realmente me llego esta histroia, me hizo sentirme en otro lugar, en esa iglesia, en la casa, cuando los cuatro se reunieron...
Que bello amigo
Nos estamos leyendo
Besos
Escrito por: minerva       27/03/08 10:03
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Esos pasos, Jadi, se alejan dejando emociones, vuelven trayendo emociones, qué lindo. Te has detenido para transmitirlas como siempre. puedo encontrar de todo en tu historia, incógnitas, suspenso, sopresas, alegría , tristeza. gracias.
Escrito por: KARYNNA       26/03/08 20:40
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vaya,que historia,la màs bella,la màs sentida,la que tiene todo el corazòn puesto en letras,no pude evitar,recordar y crearme un sueño,mi padre ,yo, mi hijo,ayyy,Jadi,siempre ,siempre,es un gusto de esos enormes llegar hasta tus letras,sentirme,tranquila,en paz,segura,leyendote,algo tienen tus letras,que me atrapan,serà que tu corazòn late bien fuerte en ellas,para que decir que me encantò,para que.....

dos besos
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