


| Escritor: | Conec |
| Públicado: | 02/09/2008 |
Por necesidad chantajee a mis abuelos.
No lo pensé más, aproveche la ausencia de mi padre mientras trabajaba en el campo, y salí directamente a la estación de tren como alma que lleva el diablo.
Solo lleve la poca ropa que tenia, y algún de dinero que sustraje a mi padre para poder pagar mi pasaje, y algunos alimentos para consumir en el viaje.
Subí al primer tren que paso, sin una determinación fija a donde dirigirme; lo único que pensaba en aquel momento, era poner la mayor distancia posible entre los dos. Le tenía demasiado miedo y sabia que si me encontraba me mataría.
Durante el viaje, y ya un poco más tranquilizado,
no paraba de pensar en mi hermana Natalia. Hacía mucho tiempo que nada sabia de ella, y mi padre tampoco se había preocupo en que tenia otra hija. Debía de estar bastante crecidita, según el tiempo transcurrido desde que la dejemos con los abuelos . Tampoco sabía cómo estos la habrían tratado. Pero conocía su carácter y su mal genio y sabia que no lo estarían haciendo bien. A todo esto pensé que tenia una buena ocasión para hacerle una visita, ya que el tren pasaba por el mismo pueblo.
El problema residía, como justificaría mi viaje, pero ya inventaría algo que les pudiera convencer. Lo importante para mí en aquel momento, era abrazar a mi hermana y a mis abuelos, después descansaría de aquel penoso viaje y por supuesto que comería algo. Ya que con la prisa me lleve poco de casa y lo había consumido durante el trayecto.
Por fin el tren llegó a la pequeña estación del pueblo, rápidamente me apresure apearme, ya que el pueblo en aquel tiempo era pequeño y la parada era de cinco minutos escasos. Bajé las escalerillas junto con otras tres personas, y por supuesto no me esperaba nadie, por no saber de mi viaje.
En cuanto al temor de que mi padre hubiera avisado de mi escapada, estaba seguro de que mis abuelos no sabían nada; sabia que los medios de comunicación que había en aquella época eran aquellas cartas que se escribían y que siempre llegaban tarde. Así que en caso de que mi padre les hubiera escrito, no podían haber recibido la carta por falta de tiempo.
Muy tranquilo y despreocupado, emprendí el camino que conducía a la casa de mis abuelos; hacía un rato que había salido el sol cuando empecé a sudar ya que era verano y el calor era abrumador; pero aparte de las molestias, me inundaba la emoción pensando en la sorpresa que les iba a dar .
No tarde en divisar la casa, y aparte de mi emoción, me atenazaba el miedo de que no fuera creído, lo que pensaba decirles sobre lo que motivo mi viaje, por la cuenta que me traía no podía decir la verdad. El mal si se podía llamar mal ya estaba hecho, lo único que me importaba, era salir de la mejor forma posible para mí del paso que había dado
Apenas llegaba a la puerta de la casa cuando el perro me olfateo, y empezó a ladrar con cara de pocos amigos, al oír los ladridos del animal hizo acto de presencia una niña que supuse que era mi hermana, después de calmar al animal haciéndole ver que se trataba de un amigo, Nos miramos fijamente a los ojos y le dije,- ¿ pero no me conoces, Natalia?, Soy tu hermano José. Sin mediar más palabras corrió junto a mí llorando y abrazándome emocionada, al mismo tiempo que salieron de la casa mis abuelos.
Me besaron con asombro, ya que les extraño que un niño con mi edad hubiera hecho aquel largo viaje, sin algún motivo grave. Pronto salí del paso y mentí que todo era idea de mi padre; que nuestra economía andaba mal y estábamos pasando hambre, aparte de la escasez de alimentos todo estaba bien, también les hice saber que necesitábamos dinero urgente, y que en caso de recibir su ayuda, debería retornar al día siguiente, igualmente aceptaríamos alimentos.
No cabe duda que fue el día de suerte, picando en el anzuelo, pero no por él, aparte de su tacañería, poco le importaban los hijos, si no por la intervención de mi abuela, que como madre era más sensible con los hijos.
Aun en contra de mi voluntad me vi en la necesidad de engañar a mis abuelos, pero mi desesperación era grande y tenía que sobrevivir.
No disponía de medios para sobrevivir, y necesitaba desesperadamente ayuda, para salir de este callejón sin salida, era consciente de que estaba mal lo que hacia, pero no me importo utilizar la picaresca con mi propia familia.
Todo salio bien, al día siguiente fui acompañado a la estación del tren por mi hermana y mi abuelo, y desde luego no de vacío. Pues para aquella época de tanta escasez de recursos, me dieron bastante dinero, y un buen paquete de comida. Sobre todo no dejaban de insistir que tuviera mucho cuidado, no fuera a perder el dinero que tanta falta nos hacía. Para más seguridad, mi abuela fue precavida de hacerme un falso bolsillo, donde guardar el dinero. Luego lo cosió en falso para que nadie se diera cuenta del truco, de todas formas nadie podría imaginar que un niño de tan corta edad pudiera llevar tal cantidad en metálico.
Mi hermana no paraba de llorar, mientras que yo esperaba el tren, al contrario mi abuelo permanecía serio he impasible como si la cosa no fuera con él. Mientras me preguntaba a mí mismo que iba a ser de mí, sin proyecto alguno y sin tener claro que rumbo seguir. De momento me vi obligado a subir al tren que se dirigía al pueblo que vivía mi padre, ya que el abuelo me había sacado el pasaje en esa dirección, una vez que el tren estuviera en marcha pensaría lo que iba a hacer.
Fui interrumpido de mi pensamiento por el silbato del tren que avisaba su pronta llegada. Empezamos a despedirnos con abrazos y besos, y subí situándome en una de las ventanas, desde allí pude observar a mi hermana que aun seguía llorando y me decía adiós, moviendo repetitivamente su pañuelo, el tren se puso en marcha, y poco a poco los fui perdiendo de vista.
Traté de abrirme paso por el pasillo de aquel vagón maloliente en busca de un asiento para sentarme, pero los pocos que había ya estaban ocupados, así que no me quedo otra solución que estar de pie, hasta que alguien de los que había sentados bajaran en alguna estación. La espera se hizo larga ya que los que estábamos de pie esperábamos lo mismo, y antes de que alguien hiciera un ademán para dejar su asiento ya estaba comprometido.
Después de llevar una hora de pie, conseguí hacerme con uno de los asientos, gracias a una señora que se percató de mi malestar. Esta me hizo una señal para que me acercara, y levantándose me dijo,_¡Siéntese joven yo me apeo en la próxima y ya llegamos!. Le agradecí mucho su gesto, ya que mis pies estaban doloridos de tanto estar de pie, .
Mire con disimulo a mis compañeros de asiento, ya que
entre ellos había varios jóvenes que molestaban a los viajeros cantando
canciones eróticas, prohibido en aquella época de la dictadura. Dos asientos frente
a mí estaban ocupados por un matrimonio mayor, y en sus caras se podía ver el
desagrado por lo que cantaban aquellos jóvenes.
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