


| Escritor: | Rykardo |
| Públicado: | 05/09/2008 |
Un Domingo desperté solo.
Mi madre no estaba en casa
desde hacía una semana y
a mi padre lo había perdido
desde mucho antes de ese día
en que la mañana lo sorprendió muerto.
Tal vez por eso al principio no me inmuté.
Yo dejé que el tiempo realizara
los homenajes fúnebres.
Abandoné a la suerte al cadaver
y a la casa que todavía me producía hastío.
Salí sin tener en cuenta el lugar
al que quería llegar.
Extrañaba todo, quiero decir,
todo lo que nunca pasó
y que siempre quise que ocurriera.
Todas las cosas que
me eran cotidianas tomaron
entonces otro sentido,
el azul del cielo un poco sonrojado
de la mañana estival y
el viento desenmarañado que
escurría el suelo de hojas cobrizas, muertas,
me hacían llorar.
Los niños jugando alegres en conjunto,
enojándose apenas lo suficiente
para no hacerse daño
y apenas lo suficiente
para encariñarse más
con cada perdón pedido.
Los cariños de una madre
a su hijo.
Los besos de un padre a los suyos,
los que de verdad no parecen inventados.
El sentir feliz de
dos o tres o cuatro hermanos.
Todo, de repente,
ya no era igual.
¿Y cómo habría de serlo?
Cuando el hambre y el cansancio
se apoderaron de mí
me aventé de rodillas en el campo,
me avergoncé al fin de
mi infelicidad,
lloré amargores con
los brazos abiertos,
como esperando a que
mi madre me abrazara
o como esperando un beso
sincero de mi padre,
un aliento de cordura.
Sentí el pecho oprimido
tan fuerte que el aire me faltaba,
en realidad era todo.
Ya en pie, cansado, hambriento,
cabizbajo, caminé descalzo
en la tierra que alimentó a mi vida.
Llegué al pequeño cerro,
ahora,
de vida somnolienta
como la hora en que llegué,
de vida que desprende de sí todo
y espera tanto tiempo para volver a vivir.
En la cima no pude más y reposé,
en el punto más alto de lo patético,
en la tiranía de la tristeza.
Pronto supe qué tenía que hacer,
no era morir,
ni andar vagando
como al principio creí,
era despertar
y creer
que siempre se tienen
dos oportunidades.
|
Imprimir |
Enviar historia |


