
Una tendencia de volver a nuestros muertos
Hoy por la tarde, luego de un almuerzo de pescado con salsas de limón, pude dormir algo; aunque claro, pesadamente mal. En los últimos días (acaso excitado por mi crimen) no había podido pegar los ojos un solo minuto, aun cuando tomaba las pastillas y otros fármacos que el médico me recetó, a instancias de sabe Dios que hijo de puta, preocupado quizás por mi mala cabeza o para sanar su jodida conciencia. Sucedió que en estas dos últimas noches, al sentir el abrigo de las frazadas en mi cuerpo, ingería las dos pastillas para el insomnio que me aqueja, con un poco de cerveza o J&B con Coca cola, buscando la bomba. Lamentablemente, debido a la suerte puerca que tengo, nunca se produjo el fuego que esperaba.
Poco a poco esta sensación de sentirme cansado amainó en mi fisiología con un sueño sorpresivo, justamente esta tarde, que me encontró recostado en mi catre, revisando antiguas correspondencias de amigos que ya no están, o de mujeres que despaché al infierno con los efectivos procedimientos con que un carnicero destaja el pescuezo de un cerdo. Es cierto que aquella no fue una siesta alentadora, de esas que te disponen de un buen estado de ánimo (lo que ya es un síntoma lamentable de lo mal que anda mi geografía interior), pues restableció a base de golpes algunas de mis saludables funciones motrices y otras funciones no menos fundamentales.
Después de muchas horas, pesadas, interminables, en las que estuve tumbado en el anticuado sillón que ocupa un lugar de este, mi cuarto de hotel, fumando cigarrillos rubios frente a la ventana, o bien, escribiendo este diario con el riguroso oficio de un escribano, pude conciliarme con el descanso. No recuerdo cuánto tiempo es que estuve dormido. Mi noción del tiempo es vaga, imprecisa y sólo me sirven como un calendario eficaz para mis días y noches de claustro, el color del cielo cuando se reviste de cobre en los crepúsculos marinos, y la oscuridad, cuando por las noches asalta a la ciudad una sábana negra y profunda, tendida en el dilatado firmamento, y que presta a los individuos la amenaza cruel de que declinara sobre el mundo, con sus senos de muerte. En las madrugadas, la niebla del mar, fría, picante, ácida borra la frontera de las casas del balneario, y sé cuando se presenta un nuevo día de padecimientos, y me desaliento (lo puedo confesar) de encontrarme sometido a esta cotidiana ruindad.
Ahora, y a partir de mi descanso, los músculos de mi cuerpo han adquirido una rigidez que habían carecido hasta poco antes de esta tarde, ya que las fuerzas anímicas me habían abandonado casi por completo en las últimas noches, desde el instante que forcé el cuello de cisne de la mujer (y a quien sepulté finalmente en tierra bendita), y tras mi huida, en la profunda oscuridad de la noche limeña.
Abruptamente se me inmovilizaron los párpados, la carne de mi rostro, mis brazos y piernas, y otras tontas facultades de mi naturaleza corporal. Sin embargo, supuesto lector, debo precisar que este descanso al que he hecho referencia me asaltó terriblemente con un hecho de sobresalto, restándole a mi inusitado sueño la calma y quietud de lo apacible. Más que un sueño, debo especificar: se trató de un sueño angustioso, una pesadilla digna de espanto y repulsión. Recuerdo que me encontraba en un paisaje atacado por una densidad de nieblas, con olor a animales muertos, y alrededor, la exposición de sombras como antorchas vagando bajo unos árboles que no prestaban abrigo alguno, sino que permitían el frío del cielo a través de sus ramas, sobrecogiendo el clima con unos chillidos de aves. Tras los muros arqueados de los sepulcros una nube de cuerpos descompuestos se acercaba enviada por las tinieblas, sobre un territorio de arenisca. La dificultad de reconocer sus rostros entre la maraña de pelos que los cubría, imprimía a mi pobre espíritu de inquietud, de un desbordante temor, que no solo apisonaba mi corazón abruptamente, sino que apuraba el ahogo de mi respiración y las ansias irresistibles de regresar al campo de los vivos. En este ámbito de cielo encendido, de arena de mar y música fatídica, advertí además que un panteón se levantaba sobre una arquitectura derruida, y que lo trascendía hacia un deterioro progresivo. Tenía un farol descolgado, la puerta de entrada permanecía abierta, y parecía conducir hacia un callejón de portales, todos cerrados, apretados por la oscuridad de la muerte. La sombra de un perro flaco inquietaba uno de los dos claros del suelo, bajo las paredes de hierbajos. Estaba allí, en terreno desconocido. Una cosa sí es cierta, pensé, estoy entre mis muertos. A lo lejos, entre dos paredes de ladrillos rojizos, un cadáver me observaba, intentando reconocer a su ejecutor. Abrigado por una mantilla negra, descalzo, un pantalón raído y la camiseta destruida por la putrefacción de sus carnes, había puesto atención a mis ojos, nublados por la imagen sorprendente de su aspecto. Esta imagen era escalofriante, intestinal: unos pies hinchados, saltado en carnes sanguinolentas, mordiendo los pasos que yo había dejado solo unos instantes atrás, en el duro empedrado. Sólo eso. Cuando aprecié los ojos de la alimaña humana, recordé la miel en los ojos de Lucía, el fuego de su mirada al mirarme, la sombría extinción de su luz cuando aprisioné su delgada nuca entre mis manos, rogando que no la matara. Luego, con sobresalto, mi dormitorio en comunión con la noche. Es por eso que me he prometido a una vigilia forzada para no volver con mis víctimas que me buscan en mis pesadillas, desde el mas allá, y adonde las despaché. No encuentro razón alguna para descalificar mi homicidio, ya que esta mujer me produjo una certera consigna de lo que era mi existencia: una estación sombría y despreciable, una burda comprobación de que ésta sólo se debía a la alianza Literatura-Hastío. Por esto, confuso lector, es que me he entregado a la persistencia fría de mi soledad, como una más de mis condenas autoimpuesta, una resolución estoica y obstinada, aunque sin desacreditarla de un cierto y extraño temor, sin duda.
Comentarios:
Excelente, pesada pero excelente. Excelente pero de dificil digestión.
Buen relato, así que mejor mantente en vigilia para que no te vuelvan a dar esas pesadillas, creas escenarios y personajes atrayentes y eso es productivo pues mantiene el hilo de la historia. Ah supongo que esto forma parte de una historia más grande ¿no?.
Escrito por:
Marjull
27/10/07 20:26
muy buen relato amigo! fue un placer pasar por tus letras. un saludo grande!!!
muchos prefieren acusarse de locos, malvados, perversos y crueles psicóticos, almas desgastadas, oscuras y mohosas, con el único fin de simplemente no asumir la vida, esa misma que a ratos con sus repulsivos actos, o con un aparente e inofensivo relato, logran despellejar a las pieles ya curtidas por los propios destinos... Vamos!!! si la cosa es no abrir los ojos, sino cerrarlos, para ver hacia dentro, para encontrarse...
Maravilloso relato...
Un excelente relato compañero, llevas muy bien la historia y das participación real al lector de la acción vivida.
Un gusto leerte.Disfrute de este relatro.
Un abrazo.
Escrito por:
Rina
17/10/07 21:46
Interesante y creativo. Me llamo mucho la atencion el titulo y a medida que iba avanzando en la lectura, fue entendiendo poco a poco.
Narraste de una forma espectacular los pensamientos del personaje, tu historia me cautivo.
Te sigo leyendo
Besos
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