Una tarde en Las Violetas

                              

 

Hacía tanto no entraba a Las Violetas que sentí inocentemente cierta vergüenza al atravesar esa puerta, tan elegante y transparente, colosal para mí. Sentí decoro por haber dejado de visitar este lugar por no tener la fuerza suficiente para sentarme sin vos en aquella mesita, casi escondida, pegada al marco de la ventana que daba a Medrano. También me avergoncé por sentir vergüenza y así seguía la cadena... ¡qué torpeza la mía a veces!
Cerca de las 19 llegué al lugar y elegí, creo, la misma mesa. Pedí mi capuccino. Mientras sacaba algunas cosas de la cartera (libro, anteojos, anotador y lápiz) me dispuse a disfrutarlo suave y lentamente, como retrasando el momento de toparme con el fondo de la taza. Mis ojos se perdieron en las mesas de la gente que hablaba, sonreía, y se amaba (o eso parecía). Recordé la cantidad de veces que estuvimos así: observados por otras almas solitarias y atravesando entre nosotros miradas con ojos prendidos fuego por el sentimiento de tenernos cerca, a una mesa de distancia que tan sólo en unos minutos pasaba a ser algo verdaderamente entrometido entre los dos. Recordé esas tardes de invierno, en las que me esperabas ahí sentado. Con tu mirada clavada en la puerta, con tus formas tan sutiles de reprocharme mis llegadas tardes (involuntarias, nunca quise perder el tiempo contigo). Recordé como caminaban tus manos hasta toparse con las mías sobre la mesa. Como hacías posible que me olvidara del mundo, de los miedos, las edades y el capuccino. Pero también recordé que ya no estás aquí... que nadie alcanza mi mano, que nadie retrasa mi merienda, ni odia mis horarios laborales.
En momentos así, en que solo tu nombre se apodera de mi vocabulario y solo la imagen de tu rostro es posible en mi memoria, empiezo a buscarte desesperada entre la gente. Por eso mismo, aquél sujeto cruzando la calle era un hombre increíblemente semejante a mi recuerdo de vos, que por ver mis ojos violentos direccionados a los suyos se detuvo a mirarme unos instantes. Estaba enamorándome de él cuando advertí que no eras vos, y ahí quedo mi amor, pegado al vidrio, deshaciéndose entre el vapor que provocó mi suspiro. Lo mismo pasó con el muchacho de sacón marrón que esperaba el colectivo sobre Rivadavia, solo descubrí su espalda, pero el pelo sobre el cuello de su saco caía igual que el tuyo sobre las yemas de mis dedos, cuando jugueteaba con él, alucinando por tu lacio y manejable cabello. (Envidiándotelo mucho, debo admitirlo). Algo muy parecido acaba de pasar con el muchacho que entró recién. Tiene un traje que posiblemente vos hubieras criticado. Odiabas usar trajes; sin embargo, te quedaban preciosos, me parecías muy sensual vestido con ellos y jamás te lo dije. ¡Cuántas otras cosas habré olvidado decirte! ¡Con cuántas cosas te fuiste sin haber escuchado! ¿Te acordarás de mí en este momento? A veces confío ciegamente en la fuerza telepática, y entonces te pienso y te pienso largo rato, intentando ocupar tu tiempo, aunque sea una milésima de segundo, y que de tanto pensarte haya logrado que también me pienses, sin quererlo, sin casi percatarte, pero lograr estar allí, en tu mente unos minutos. Quizá mis habilidades podrían irse acrecentando y un día no aguantaras mi recuerdo repentino y marcaras mi número... Bueno, al menos que lo pensaras. Pero la verdad es que la mayoría de veces creo que ya no te acuerdas de mí más que de casualidad, cuando alguien te pregunta si sabés algo de mi paradero. Me gustaría poder ver tu rostro cuando te hacen esa pregunta, ver de qué manera expresas tu desinterés, o disimulas tu indiferencia. Sin darme cuenta, pensando todo esto, ya fruncí el ceño otra vez. Como lo hacía cuando hablábamos de las papeleras, y te ponías en el papel del capitalista saca-provecho, solamente para lograr eso. Mi ceño.
No puedo apartar la vista de ese muchacho que acaba de entrar, su pelo mirá... es idéntico. Veo su espalda y sólo una parte de su perfil derecho, está sentado en la mesa junto a una de las columnas. Su postura es la tuya como cuando esperabas a alguien, con tus codos sobre la mesa formando una armónica V al revés, tus manos juntas para apoyar tu mentón, y tu dedo índice derecho rozando tus labios, coreográficamente. Dudo que fueras vos eligiendo ese lugar, decías que era un sitio para quien le gustaba exponerse. Recordé esto, y sonreí con tristeza. Mejor dejo pasar esta alucinación. Tomo el libro de Baudelaire, ese que decías que seguramente era tan divertido como Animal Planet... ¡Cómo te gustaba hacerme enfurecer! Paso las páginas y los cigarrillos, los recuerdos duermen una pequeña siesta y el hombre de traje (cada tanto, sin quererlo casi, echo un vistazo para ver si permanece ahí) comenzó a inquietarme. Su pierna izquierda comenzó a marcar el paso de los segundos con el subi-baja de su talón. Estas deben ser las casualidades de las que me hablabas cuando yo te argumentaba mi fidelidad a la idea de que "todo, todo mi vida, sucede por algo...Causalidades, amor, Causalidades".
Aunque podría perderme en el ritmo de su zapato, vuelvo la vista hacia el libro, que con el capuccino llegando al final y tu semi-presencia en este sitio realmente sí, esta un poco aburrido. Pero es en estos momentos de mi vida donde la acción toma el mando, y traspasa la puerta del bar una mujer con un sobretodo negro largísimo... Con pasos decididos, sonrisa fresca, pelo lacio, rubio y largo (lo admito, también muy envidiable).
Pero mozo, gerente, clientela... ¡Algo anda mal! ¿Cómo? ¡Qué!... ¡¿Cómo puede ser?! ¡Alejate de esa mesa, intrusa! ¡¿Cómo te atrevés a darle ese beso de bienvenida?!... Cómo...
Mis ojos eran mares desbordando la orilla. Te acercaste a adelantarle la silla, tu rostro, tus facciones, tu sonrisa. ¡Por Dios Santo, sos vos! Pero cuál es el motivo del regocijo, acaso no veo tu acompañante. Calma, puede que sólo sea una compañera de tu nuevo trabajo, tu hermana de Mendoza que nunca conocí, tu cuñada, tu hija, cualquier cosa (sí, pudiste haber sido padre muy joven, sí y pude no haberme enterado... de esto tampoco). Mi respiración se acelera, respiro por la boca, la nariz sola no alcanza para mis pulmones, mi corazón... por favor, se va a salir de mí y estrellarse contra la señora cincuentona que no para de mirarme desde que llegué, debe ser muy curioso observar a una mujer tristemente enamorada.
Sos vos, amor...Y ella, ella....
Apoyó su mano izquierda en la mesa, y la luz dio más brillo a su anillo, el de oro, el que llevaba en su dedo anular. El mismo que llevaba una de tus mano que dejaste caer sobre la suya.
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Comentarios:

Escrito por: sangrepoeta       09/06/08 04:07
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Un relato que merece mejorarse en algunos tramos. Esta bien elaborado en el contenido y en el desarrollo. Se te notan buenas condiciones...
Escrito por: Romang       10/05/08 06:50
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Tanto la descripción escenográfica, tan bien lograda; como la composición escénica y la ubicación territorial de ese lugar (que alguna vez he transitado); han logrado que me transporte en esta pequeña historia, y me haga espectador privilegiado de una pasión fuertemente marcada por el engaño y el abandono. Me encanta la manera en que lo haces. Te mando un beso. CUNI
Escrito por: ovejita       06/05/08 21:53
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te confieso algo brujita lo mejor que lei de ti es espectacular este cuento, uno lo lee y ve el amor en esa mujer, y lo mal que se sient al final, me impactaron las palabras que usaste al final eso de mis ojos eran mares mares desbordando la orilla realmente me encanto muy bueno lo tuyo te felicito un beso.
Escrito por: arturo       04/05/08 21:55
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Sobre este magifico cuento, toda la belleza que puede inspirar el amor a una mujer, expresada en palabras exactas, en esa dulzura tan tierna, calida que brota de una pluma sabia, que sabe contarnos con soltura el ambiente y los personajes que los lectores hacemos nuestros. un beso, amiga, felicidades.
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