-¿Para qué? No tiene ningun sentido volver a luchar por las mismas ilusiones cuando estas se han desvanecido en el horizonte justo cuando el Sol se puso- pensó para sus adentros mientras contemplaba, sentado en un solitario banco, el agua turbia del lago.
-¿Cómo puede ser que no se tenga conciencia de los actos cuando se está presente?- gritó desesperado.
Bajó la cabeza intentando calcular el peso de aquella pesada responsabilidad que había asumido aquella lejana tarde en la parada de autobus.
Estaba cansado de esperar, cansado de cargar, cansado de pensar y nunca actuar. Cansado de llorar, cansado de sí mismo y de su orgullo que no podía tragar.
Había sido un cobarde. Había perdido esa oportunidad y ¿pretendía ahora mismo a sus 76 años volver atrás?. Era una locura, una de aquellas que hacía tan intrépidamente en su adolescencia cuando tenía fuerzas y agallas para realizar la mayoría de sus azañas.
¿Pero ahora? Después de tanto tiempo escondido, él pensaba en arriesgar todo lo que le quedaba para dejar de arrepentirse un segundo más de lo que no había hecho.
Durante horas, hasta que la noche cayó sobre la pequeña aldea, se pasó mirándo sus recuerdos pasar como una pelicula de cine:
fríos días, dulces atardeceres, ardientes noches, tenues momentos, inesperados encuentros, tontos deslices, grandes aventuras, risas y carcajadas, llantos de media luna, copas vacías, velas derretidas, cenas sin terminar, citas a ciegas, rupturas desastrozas, relaciones alocadas, libros de consulta, juegos de niños, el amor verdadero.
-¿Qué fue de todo eso? ¿Qué fue de lo que más anhelo?- se preguntó con la mirada en el vacío, con el dolor de un corazón frío, de un corazón que jamás se atrevió a decir lo que realmente sentía, un corazón que prefería sufrir a dejarse ver.
Se levantó cuando empezaba a amanecer. El reloj le decía que era hora, de una vez, de recuperar ese momento que un día de enero dejó pasar.
Andó por el camino que él mismo recorrió cuando aún era un joven capaz de saltar más de 20 veces sin romperse un hueso o lesionarse.
Todo seguía igual. Hasta el olor a invierno fresco calentado por el Sol permanecía como aquella vez en la que ella le mostraba sus fotografías de la infancia. Le dio un vuelco el estómago al ver la puerta de aquella casa. Observó cada detalle que recordaba y después de permanecer de pie frente a la pierta que cambiaría el resto de su vida le dio al ding-dong.
Una voz jóven y femenina le contestó. Se quedó mudo, esa voz le impactó.
-¿Se encuentra la Sra. De la Fuente?- hubo un silencio y notó que habían colgado el telefonillo de aquel ding-dong blanco que al parecer no habían cambiado.
Se abrió la puerta y una joven de unos 17 años más o menos. Me miró a los ojos.
-Pase, porfavor-dijo la muchacha suavemente.
Se cerró la puerta tras él y entraron al salón.
El piano en un rincón, el ordenador a su lado, la chimenea apagada, la escultura al lado de las escaleras, la mesa entre los sofás.
Todo seguía igual, lo único que había cambiado era la mesita de cuadros, en donde aparecía personas que desconocía.
Sintió una fuerte ola de melancólica añoranza golpear su pecho.
-Siéntese. ¿Quiere tomar algo? un té, un café...- él nego con la cabeza.
La muchacha subió las escaleras. Andaba como ella, vestía con el mismo estilo fino que ella, se expresaba con unas formas únicas y su mirada era la misma mirada comprensiva y energética que la de ella.
<¿Es esto un sueño?¿Cómo es que esté tan joven?> pensó... apenas podía respirar.
Entonces bajó una mujer. Le pareció la madre de la joven que le habñia abierto la puerta. No dijo ninguna palabra, simplemente se dirigió al piano y sobre él, de una caja de madera sacó un paquete de cartas y una hoja con la partitura de una canción para piano.
-Acérquese, por favor. Esto es para usted...aunque no creí que tardaría tanto- le dijo sin siquiera mirarle abriéndo la tapa del piano y retirando la franela de color verde que cubría sus teclas.
Se levantó cuidadosamente y se sentó en una silla junto a la mujer. Cogió las cartas y sacó una, la primera, la abrió y entonces empezó a sonar la canción. La mujer comenzó a interpretar casa nota del pentagrama.
Se quedó helado. Esa canción era SU canción, la de él y la de ella.
Abrió la carta y la fecha marcaba un 22 de agosto del 2008.<¡Cuando cumplí 18!>
22 de agosto del 2008
Mi querido Dereck,
Hoy es el día en el que te conviertes en mayor de edad. Estarás orgulloso, ¿verdad?. Me alegra mucho que aunque no te cogiese el teléfono ni te enviara cartas ni mensajes ni correos electrónicos, tú hayas tenido la desencia de darme toques cada mes porque sabías en el fondo que yo quería saber de ti y tú de mí.
Perdona que haya estado ignorando todo aquello, me dolió asumir que habías dejado de amarme como antes y que habías empezado tu vida otra vez con aquella chica.
Han pasado 4 meses y 15 días desde la última vez que hablamos y aún sigo creyendo que fui muy dura. Hasta ahora, y desde el primer día que te ví, sigo amándote como nadie ha amado jamás.
Quiero que seas feliz y por ello me he convertido en la persona que te hace daño al no querer hablarte ni cogerte el teléfono. De todas formas y apesar de todo, espero que algun día entiendas que esto es lo mejor.
Quizás la cicatriz no se va, pero ha dejado de sangrar la herida, ahora ya no está abierta.
Te amo, mi amor. No sabes cuánto hecho de menos tus manos, tus labios, tus caricias, tu mirada. Extraño tus palabras, tus consejos, tus abrazos y tus besos. No sé aún cómo puedo seguir viviendo pensando en un recuerdo.
Mañana harán tres años del día que viniste a mi casa y me pediste salir contigo. ¡Cómo hecho de menos ese momento!.
Nada es lo mismo, ¿sabes?. Nada es ya como antes. Y quizas no hayan pasado 500 años pero cada 23 de agosto imagino que vienes a verme.
Aún sigo esperando, en silencio, a que cumplas tu palabra ¿recuerdas?
Dijiste que vendrías por mí a los 18.
Yo te esperaré.
La lágrimas caían por sus arrugadas mejillas. La canción dejó de sonar en el fondo. Se perdío en aquel 23 de agosto del 2005 y en los labios de aquella mujer. Se perdió en el recuerdo de su suave piel, de sus cabellos envolventes y su mirada ardiente. Se perdió entre las sábanas, entre sus brazos, su cuerpo y su ser. Se perdió en el amor, en la pasión y la felicidad. Se perdió en su sonrisa, en sus palabras y sus gestos al compás de la brisa. Se perdió en el "sí", en el "te amo" y en el "te esperare". Se perdió en el único lugar en el que se había encontrado.
Había cerrado los ojos y las lágrimas salían de sus ojos.
Dejaba escapar un poquito de tristeza en ellas.
Volvía poco a poco la música a sus oídos. Lentamente abrió los ojos y miró al suelo.
La canción terminó. La mujer se giró y le miró.
-Ella te amo.¿Lo sabes?. Se casó con el hombre por el que te dejó, con un hombre al que jamás amó y que sin embargola apoyó. Le quiso mucho, le dio dos hijos y aún así ella jamás te sacó de su corazón.
Desde que tengo memoria nos sentaba a mi hermano José y a mí al lado de esta chimenea y nos contaba una y otra vez aquella historia de amor sobre un hombre que jamás volvió. Sobre un amor por el que ninguno de los dos luchó, por orgullo, por cansancio.
Se quedó pensando qué más decir. Suspiró y se levantó.
-Ella murió hace dos meses. Me encargó, si volvías algun día, que te de esto y tocara esta canción. Ya no tienes nada más qué hacer aqui así que, por favor, vete.
Le estaba hechando. Le dolía tener que sentir lo que su madre sintió.
Él se puso de pie, cogió las cartas y antes de cruzar la puerta bajó de prisa la jóven muchacha y pasó delante de él como una gacela.
El perfume llenó el vacío de su alma. Aquel perfume era el de su amada.
Los rizos dorados de aquella joven se mecían sobre sus hombres y su mirada se posó en él.
Durante unos segundos se miraros y fue entonces cuando en ella encontró a su amor.
Le sonrió y salió de esa casa llena de recuerdos. Y al llegar a su casa se tumbó en la cama, cogió la fotografía de su amada y cerró los ojos.
Jamás despertó. Al fin, después de años esperámdp se encontro con ella en sueños y complió con su corazón:
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