


| Escritor: | Rodolfotacandan |
| Públicado: | 02/03/2008 |
Corría el año 1951. En una importante zona de Montevideo, un párroco designado por el obispo hacía pocas semanas, se disponía a celebrar la "Misa de Gallo".
La iglesia estaba muy concurrida. Era la noche en que Dios se encarnaba en un bebito.
El celebrante vestido con una fina alba y una casulla bordada con hilos de oro, se acercó al altar para dar comienzo al oficio.
Las personas, puestas de pie para recibirlo, dirigieron su mirada a algo inusitado. Al costado del altar y un poco alejado del mismo, un gallo de riña, estaba atado del cogote. Como tenía comida, no molestaba.
Pero, a quién se le había ocurrido aquello? Nunca se supo.
Invocando a la Trinidad, el ministro de Dios, se persignó e invitó a los feligreses a rezar el "Yo pecador". Siguió el Gloria y la oración primera.
Dio comienzo a la Liturgia de la Palabra. Leídas las lecturas de la Antigua y Nueva Alianza, los fieles se sentaron a escuchar la homilía.
El cura, se extendió más de lo acostumbrado, lo que provocó algunos bostezos entre los concurrentes. Aunque no lo decían, mas lo pensaban, querían ir a festejar la Navidad con sus familiares y amigos.
Llegó el momento de las ofrendas. Acercaron al altar los dones de pan y vino para ser ofrecidos y consagrados en el Cuerpo y la Sangre de Nuestro Redentor, que aquella Noche Santa, se había hecho presente en el mundo para ser uno de nosotros.
En aquellos tiempos, el celebrante, oficiaba la misa de espaldas al pueblo.
Luego de recibir las ofrendas, comenzó el ritual correspondiente a la Liturgia de la Eucaristía.
El gallo, que había terminado la comida, comenzó a ponerse "nevioso". Un gracioso, de los que nunca faltan, lo soltó.
Tal vez, el aroma de la ostia o del vino, hizo que el ave, saltara al altar en busca de alimento.
El sacerdote, que estaba de espaldas, no se apercibió de ello, hasta que el gallo se le posó en el hombro y le picoteó una oreja.
Dolorosa sorpresa. Un ay, atronó las naves del recinto. Acto seguido, el religioso, le propinó tal patada al avecilla que lo mandó al centro del templo.
La misa se tornó en un pandemonio. El gallo, comenzó a picotear a la gente y a clavarle sus púas.
Se lo sacaban de encima como podian. El pobrecito "volaba" de un lado a otro, cada vez más lastimado.
Los feligreses se dividieron. Unos a favor y otros en contra del ave.
Comenzaron a volar pedazos de bancos, misales, etc. Algunos destrozaron vitrales. Otros hirieron personas.
Lo más relevante fue que un trozo de madera dio de lleno en el confesionario. El curita joven, que estaba en ese momento impartiendo el Sacramente de la Reconcialición, asustado, salió del mismo junto con una penitente, con la que se había encerrado para poder oír mejor la confesión de sus faltas.
Las mujeres horrorizadas, pusieron el grito en el Cielo. No fueron escuchadas. El confesor pudo escapar ileso.
La misa llegó a fin cuando inesperadamente, un laico enajenado, arrojó al párroco, una pequeña estatua de yeso de San Agustín, que nada tenía que ver en el asunto.
Refugiado en la Sacristía, el celebrante, sacudía la cabeza como queriéndose despertar de una pesadilla.
Tal era el desorden, que le pidieron a un escribano, que en esos tiempos, era alguien que tenía la suerte de poseer teléfono, llamara a la Policía y la Asistencia Pública.
Llegados estos, muchos fueron detenidos y otros llevados al hospital.
El pobre gallito, yacía inerte en medio del pasillo central. Hincada ante el, una señora muy devota, lloraba desconsoladamente.
- Criaturita de Dios. Qué culpa tenía para recibir ese castigo?
Sus hermanas de cofradía, trataban por todos los medios de consolarla sin lograrlo.
Con inmeso dolor, tomó al desgraciado y colocándolo en un bolso, lo arrimó cariñosamente al pecho. Iba a darle cristiana sepultura.
Pasados pocos días, dicha señora asistió a rezar el Rosario. Otra señora devota, preguntó al verla, por el pobre gallito, en el momento en que estaba absorta en sus oraciones. Sorpendida y apresuradamente, le respondió:
- ¡Estaba riquísimo!
|
Imprimir |
Enviar historia |


