Una larga caminata.

Categoría(s): Relato.

      Sucedió hace algunos años, cuando mi trabajo rentable era la consignación de haciendas y recorría los campos de San Luis.
      Caminaba en busca de auxilio para mi averiada camioneta, cruzando el frío Bajo de la Gama para llegar al puesto norte de “El Recuerdo”, o al puesto oeste de “San Martín del Alto Negro”, o a “La Irene”, aquellos enormes campos cruzados por la ruta, que en ese invierno de 1984 tenía ese tramo aún sin pavimentar.
     De pronto estaban ahí. Los descubrí con sorpresa y emoción, unidas a la sensación de violar límites prohibidos, de algo privado, en medio de esa llanura descampada y silenciosa que une la ciudad de San Luis con la localidad de Unión, entre Varela y Nahuel Mapá, en la provincia de San Luis. De repente, como dije,  al superar una subida los vi: una manada de caballos baguales, indómitos, posiblemente de la estancia ‘El Recuerdo’, pues estaba entrando ya al latifundio. El macho, de un pelaje palomino cremoso, en la cima de una colina medanosa y parda, poblada de olivillo; y el resto, unas cuarenta yeguas, la mayoría con potrillos al pie, a unos quinientos o seiscientos metros de mí, paciendo mansamente. Algunas bebían en la laguna, sin nada que rompa el silencio, a no ser el cri-cri de los grillos y el murmullo de las perdices al huir entre las matas a mi paso. La manada tenía todos los colores criollos: pardos, alazanes, zainos, negros y oscuros, moteados, picazos, bayos, lobunos y tordillos, tobianos y overos. Algo, tal vez mi olor humano que la brisa les llevó al acercarme, o algún sonido, les hizo levantar la cabeza de la desmedrada hierba y quedarse inmóviles durante un minuto, parar las orejas y olfatear, todas, ladeadas de la misma forma.
     El semental, que había bajado del médano y agrupado en redondo a su grupo, avanzó hacía mí, que me encontraba ya a unos cien metros; lo hizo con pasos de tanteo, avisando con un resoplido y algunas cabriolas nerviosas frente a su harem, protegiéndolo del supuesto peligro que mi presencia representaba. Yeguas y potros se agitaron. El paraje se animó lentamente con el ruido de los cascos al hollar la tierra. El macho relinchó una orden y obligó a ejecutarla, con unos cuantos mordiscos en los flancos de sus yeguas más remolonas; los potrillos se arrimaron a sus madres.
     Unos segundos más y una nube de polvo envolvía el bajo de la laguna y la ensenada, al huir la manada a toda velocidad, con los ojos enloquecidos, resoplando, apisonando el follaje, unidos en su escape por un mismo temor. El polvo los cubría, precedía y permanecía detrás, donde el semental, protegiendo la retaguardia, regresaba un trecho para ver si yo los perseguía. Pronto alcanzaron la falda del médano circundante y el sonido amortiguado de los cascos se fue debilitando.
     Nuevamente se hallaban a quinientos o seiscientos metros de mí,  formando una silueta grácil en el horizonte, ya en lo alto del médano. Un minuto más y estaban del otro lado, fuera de mi extasiada vista. Para ellos, otra vez a salvo, mientras el polvo se iba posando densamente sobre el suelo, como único rastro de su paso.
            Renacía la calma y a lo lejos, en sentido contrario y por instantes, me parecía ver, allí donde parece juntarse el cielo con la tierra, entre la nebulosa ondulante del espejismo de mi vista cansada, un brillante punto negro que parecía agrandarse, aparecer y desaparecer. Me dirigí en esa dirección en busca del preciado auxilio, gastada la suela de mis botas y con mucho frío, pero con renovado ímpetu. Hacia el confín de la ruta medanosa.
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Comentarios:

Escrito por: Norberto       07/10/07 00:07
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Ese día, Guadalupe, gasté la suela de mis botas. Conocía el terreno, pero de un puesto rural a otro entonces había varios kilómetros y no siempre estaban a la vera del camino. El frío era, como dije, intenso. Esa noche dormí invitado en casa de un puestero y creo que le tomé casi un litro de caña "Legui", pues se hizo de noche antes de dar solución al vehículo. Mi auxilio fue una "chatita" Ford de las de antes que apareció y describo el momento cuando digo "a lo lejos, en sentido contrario y por instantes, me parecía ver, allí donde parece juntarse el cielo con la tierra, entre la nebulosa ondulante del espejismo de mi vista cansada, un brillante punto negro que parecía agrandarse, aparecer y desaparecer". Gracias Guadalupe por tus visitas de hoy. Estoy en deuda contigo y muy gustoso me daré tiempo para visitarte.
Escrito por: guadalupe40       06/10/07 22:09
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Que grandioso pensar que ibas en busca de auxilio sin darte cuenta que representabas un peligro para alguien que defendía su harem. . .Guadalupe de Santa Fe
Escrito por: Norberto       05/10/07 21:50
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Gracias Jorge Luis, como dije a Ricardo, trasladé al papel lo vivido.
Escrito por: animalson       05/10/07 06:12
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Ubicas perfectamente al lector y haces que viva el relato.
Lo difrute.
Un abrazo:)
Escrito por: Norberto       05/10/07 03:22
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Viví el momento tal cual lo describí. Gracias Ricardo y me alegro que te haya gustado. Muchos años recorrí y trabajé en el campo, por ello no me resulta desconocido nada que con él se relacione, incluso el léxico campero.
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Escrito por: ricardo48       05/10/07 03:05
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Que lindo relato Norberto, esa llanura, los caballos, el semental, me lo hiciste vivir como si hubiera estado allí en mi querido San Luís. Un gran abrazo.
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