Sin golpear la puerta, sin pedir permiso, atrevidamente entró y desplazando a Fe, se instaló cómodamente en el mejor sofá como si éste fuese su trono. Miraba irónicamente a Fe, quien vivía y se movía apaciblemente en aquella modesta casa siempre con una sonrisa en sus labios y agradeciendo por todo.
Después de unos cuantos días de lluvia, el pequeño taller del Lucho se presentaba vacío, sin trabajo. Toda la semana sin trabajo, se hacía sentir ahora más que nunca antes. Las reservas de alimentos habían tocado fondo. No quedaba siquiera un grano de arroz en la alacena. Sin dudas era una situación límite.
- Qué haremos ahora? preguntó acongojada María, mirando a su pequeño hijo.
- Esperaremos... la Providencia no habrá de fallarnos. Además está Fe que se encargará de todo. Como siempre.
María asintió con su cabeza y como de costumbre, fue a atender al viejecito que vivía al lado. El anciano se alegraba diariamente de la presencia de ésta, con su eterna y contagiosa sonrisa y sabía que sin ella, no hubiera podido enfrentar su terrible enfermedad pulmonar. Era ella quien le administraba los medicamentos y se aseguraba que el anciano tuviera su alimento, su ropa limpia y aseada su casa.
Muchas veces le había dicho que ella era la hija que no había tenido nunca y, aún más, le llamaba su ángel de la guarda.
Ese día, le dijo a María:
-Sabés m`hija, hoy tengo ganas de comer un asadito, es domingo, y no sé por qué, pero hoy, me siento feliz. ¿por qué no le decís al Lucho, tu marido que vaya a comprarme un buen trozo de carne y que me lo ase a las brasas, como a mí me gusta... tomá, acá tenés la plata.
- Claro que sí, abuelo.
- Pero quiero que compres para ustedes también...eh?
María pensó en lo que el Lucho rato antes le había dicho acerca de la Providencia y el por qué habían decidido que la vieja Fe viviera con ellos.
Saltando de alegría, corrió donde su marido para contarle lo que acababa de ocurrir.
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Mientras agradecían por el alimento abundante que se les había concedido, la atrevida Miseria que ese día había querido instalarse cómodamente, miraba de reojo y no encontraba acomodo dentro de sus harapos y finalmente decidió irse, como llegó, sin dar ninguna explicación.
Cuando estaban lavando los platos, alguien golpeó la puerta . Era un hombre con tres niños pequeños como de la edad del niño de Lucho y María, que obviamente estaban necesitando de la caridad.
- Yo... no vengo a pedir dinero, -dijo timidamente el hombre -quisiera algo de alimento para mis niños que no han comido nada desde ayer. Vinimos a la ciudad a buscar trabajo, y estamos viviendo en una vieja carpa en la zona de la costa, pero la lluvia y el viento de anoche, nos han dejado sin nada.
Sin mediar palabras, y sin vacilar, el Lucho y María tomaron lo poco que les había quedado para la cena y les prepararon una bandeja con carne y pan.
Buscaron también entre sus cosas, una manta y alguna ropita para esos niños que tiritaban en aquellos días que se estaban presentando muy fríos y lluviosos.
- Gracias, ustedes no saben cuánto nos han ayudado éste día, gracias, muchas gracias.
El hombre y sus niños se marcharon. Lucho y su esposa volviendo a la cocina, se abrazaron fuertemente y con lágrimas en los ojos, agradecieron aún más.
Agradecieron por comprender ese día, que la Providencia había utilizado al anciano como medio por el cual se les proveería para ese día. Pero al mismo tiempo, comprendieron también, que ese día, ellos a su vez se habían convertido en el medio por el cual ésta, estaría ayudando a esa pobre familia.
Lucho y María no podían creer todavía lo que les había pasado: el alimento parecía haberse multiplicado. Multiplicado como cuando el gran Maestro dio de comer a cinco mil personas con tan solo cinco peces y dos panes.
Es que todavía les había quedado para la cena!!!
Apretando fuertemente las manos de Fe, le agradecieron emocionados por estar viviendo bajo el mismo techo. Ella tenía fama de hacer milagros donde quiera que estuviese instalada. Y el milagro de ese domingo, era uno de los tantos.
No dijo palabras. Tan solo sonrió y guiñándoles un ojo, tomó ahora asiento en el sofá más cómodo de la modesta casa de Lucho y María.
Fe era ahora más que nunca, la reina de ese hogar.
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