Ella volvió para recoger sus cosas. Algunas, no muchas; todas le supondrían una pesada carga difícil de soportar durante tan largo viaje.
Metió la maleta en el carrito que conducía los equipajes a la nave y comenzó a andar por el interminable túnel, ese túnel que la separaba de su mundo, de su ambiente, de su realidad, de esa misma realidad que había vivido desde que nació, para conducirla hacia un nuevo mundo, hacia un ambiente diferente, hacia otra realidad, aunque ella aún no estaba segura de si se trataba de otra realidad o aquel, su destino, era sólo un mundo imaginario, un mundo fantástico, solamente habitable en algunas mentes.
Ella caminaba y caminaba por aquel túnel. Tenía la tentación de volverse y mirar atrás; pero sintió miedo, pavor... Recordó aquel pasaje bíblico en que la mujer de Lot queda convertida en estatua de sal. Sintió miedo de quedar atrapada en su pasado, en su vida anterior y perder la oportunidad de conocer ese mundo nuevo, diferente, que el destino le estaba brindando la oportunidad de conocer.
Lo jugaba todo a una sola carta. Sólo podía elegir entre dos direcciones... El espacio que ocupaba en aquel preciso momento se limitaba al de un ángulo de 180º. La decisión sería dar media vuelta y volver atrás olvidando la aventura que había estado a punto de comenzar, o seguir hacia delante con valentía y dejar atrás el pasado con la confianza de que aquel pasado ya sólo formaría parte de su memoria, de los recuerdos de sus vivencias, de su ciudad, de su familia, de sus amigos, de su ambiente, de su país, de sus viajes, de sus playas, de los montes, de los campos, de las calles, de la lluvia, de las nubes, del sol, de las estrellas, del arco iris, de los animales, de las plantas, de la atmósfera, de la tierra.
La tentación era demasiado fuerte. Volver atrás le ofrecía la seguridad de lo conocido; pero también la decepción, la humillación de haber dejado pasar de largo su oportunidad, una oportunidad que, con toda probabilidad, no volvería a presentársele en la vida. Seguir hacia delante era un reto que no podía dejar escapar.
Su mente daba vueltas sin parar mientras caminaba. Su abundante y voluminosa cabellera recogida graciosamente con unas cintas, se movía al son de sus pasos y de sus pensamientos, enmarcando un rostro dubitativo y asustadizo y acompasando los tenues giros de cabeza que insinuaban una vuelta atrás. Pero sus pies, uno tras otro, iban comiendo terreno, dejando atrás metros de pasado, ganando proximidad con el futuro, borrando huellas de su permanencia en este planeta donde habitaba desde hacía veintisiete años.
De repente su mente, saturada ya por tantos pensamientos y recuerdos entremezclados, se quedó en blanco. Entonces aprovechó esa circunstancia para acelerar sus pasos hacia delante, hacia el futuro. Continuó con precipitación por el túnel, sus pies se movían a un ritmo vertiginoso, parecía, de pronto, como haber desarrollado una prisa infinita por salir de su mundo.
Ya restaban pocos metros. La distancia tras de ella, difícil de calcular, era ya demasiada para ser vuelta a recorrer. Al final del túnel había una luz resplandeciente. Por fin pudo divisar la nave, uno de esos modernos vehículos espaciales capaces de alcanzar la hipervelocidad. Y sobre cuya chapa, en uno de los laterales, figuraba el nombre de la compañía a la que pertenecía, Urano Travel. Bajo uno de sus alerones, sonriente la esperaba su novio, un plutoniano de extraño aspecto que residía desde hacía cierto tiempo en Venus, planeta al que habrían los dos de viajar para establecer su residencia a partir de ese preciso momento.
Se fundieron en un efusivo abrazo. El la tomó de la mano y la ayudó a subir a la nave, que rauda despegó hacia el cielo. Yo vi cómo desaparecía en el firmamento rumbo a Venus.
Brom
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