La tarde transcurrió tranquila, sin mayores dificultades. La guardia comenzó a las 14, como de costumbre los lunes. El día había amanecido frío, sin lluvia, un viento proveniente del sur-este, nacido en el desierto no tan lejano, comenzó a soplar cerca del atardecer.
Por las ventanas de mi pieza, donde me recosté aprovechando un receso en la llegada de pacientes, aprecié las sacudidas que soportaba el árbol allí afuera en el patio interno; las pocas y solitarias hojas caían una a una como ritual propuesto. Unos minutos mas tarde apareció, primero en forma lenta, pero con el correr de los minutos arreció llena de bríos, la lluvia, como proveniente de un enojo, acompañada por sus amigos, los truenos y relámpagos.
Días como los detallados son más que agradables sentados en la casa, con un buen vaso de café caliente y observarlos desde adentro, pero no, cuando se esta cumpliendo una guardia en un hospital; caídas, tropezones y por supuesto los consabidos accidentes de transito, propios de tales días, traen aparejados heridos, mascullados y de tanto en tanto, es de lamentar también víctimas.
Durante la cena en el bar del hospital, un exquisito sandwich de queso picantito y un jugo de pomelo, recibí un llamado de la Sala de Emergencias; se requería con urgencia mi presencia allí. Provisto de la máquina portátil de Rayos X, apresure mis pasos hacia el lugar. Mis no pocos años como radiólogo, me indujeron a pensar que se trataría de un accidente de transito con sus correspondientes heridos de lamentar. No me equivoqué.
Ya en la entrada noté el barullo tan conocido, se trataba por lo visto, de un accidente con una decena de heridos, calculé. Enfermeras corrían de aquí para allá, algunos médicos parados al lado de las camillas, las ordenes volaban como ráfagas. No alcancé a preguntar, el médico jefe de guardia, al verme adelantó: -¡Rápido, por favor, a la sala de trauma...
Entré, acomodé la máquina cerca de la camilla rodeada de guardapolvos verdes. Era un niño de escasos diez años. Noté sus ojitos mirarme como consultando ¿qué le haría?
Aprecié varios moretones y una seria herida en su pecho. De allí salía un drenaje hacia un botellón, ya medio lleno de un líquido obscuro nada agradable. Necesito una placa de tórax, y dos de columna cervical, ¿necesita ayuda?- expresó el médico encargado del caso.
A los pocos minutos, después de procesar las radiografías obtenidas, me detuve a examinar los resultados. Se notaba con claridad una mancha obscura que ocupaba la mitad inferior del pulmón izquierdo del pequeño: un derrame o escape de aire del pulmón como consecuencia del trauma. Seguramente lo llevarían al quirófano para tratar de subsanar lo acontecido.
Los demás heridos, la mayoría leves y dos o tres con solo rasguños. Al cabo de unas dos horas todos fueron internados en las salas pertinentes. Un considerable grupo de personas, familiares y amigos de los internados del accidente comenzaron a llegar buscando a los heridos.
Ya en la sala de rayos, me dediqué junto a mi compañero de guardia a continuar con el trabajo que se nos había acumulado.
El teléfono al sonar nos puso nuevamente en expectativa, esta vez se requería una placa en la sala de cardiología.
Larga la noche. Otra más de las acostumbradas.
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@betob
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