
Una aparición inquietante
En los últimos días, la aparición de la lluvia hacía sentir un aire frío que entumecía los miembros del anciano y de su perro Liebre. Pero más que los huesos, lo que a don Samuel le inquietaba eran las aves que bajaban a buscar abrigo en el terral de su patio, todas las noches, bajo las alas artificiales de su gran ave de cartón. En las madrugadas anteriores a esta, escuchaba con claridad el murmullo de los pájaros y el estremecimiento de sus plumas contra las sábanas de yute. Al principio pensó que se trataban de ratones, o quizá de pequeños cangrejos que recaían del mar y esperaban la muerte en los huecos del terral, producto de la fiebre de alta mar. Pero su perro Liebre descubrió el revoltijo de plumas y picos una madrugada de viernes, cuando sintió unos goznes en la puerta del patio y unos ruidos extraños que provenían de allí, y se acercó con discreción hacia el hoyo de almejas. La humedad de las plumas rozando la tierra, el graznido atolondrado de los animales avivando el ruido de la noche y la lluvia que golpeaba con ímpetu sobre el material de cartón y telas, hacían suponer que no sólo se trataban de minúsculos animales de tierra, sino que en ella se concentraban animales de dimensiones superiores, de ruidos inquietantes y, sobre todo, no rastreros. Al oír los ladridos de su fiel amigo, don Samuel había levantado con cuidado el ala izquierda de su construcción y se dio con la sorpresa al ver bajo ella, heridas, una fusca de aves de mar buscando entre sus cuerpos cálidos un abrigo suficiente para resistirse a la muerte. Su primera impresión fue, naturalmente, de sobresalto. ¿Cómo vinieron a parar todos estos animales, en un lugar que él creía secreto? ¿Estarían enfermos?, se había preguntado. El viejo escudriñó con paciencia cada uno de los animales, ayudado por una lumbrera de petróleo. Bajo la luz de la llama, los cuerpos se confundían uno con otro en una confusión de músculos y plumas, y uno que otro ojo luminoso que espiaba con timidez el rostro surcado del anciano. A su costado, Liebre olfateaba el olor profundo de mar que exhalaban los cuerpos de las aves. Esa vez, debido a la madrugada alta y a la lluvia furiosa que hacía estremecer su cuerpo, el viejo sintió pena. Las aves tenían en sus plumas los colores de las rocas, sobre todo en las alas; un color negro, como los peñascos del puerto cuando las olas golpean con furia en las mañanas, además de llevar cubiertas en sus lados inferiores una tonalidad parecida a los cielos marinos en otoño, grisáceo, color humo. Los picos sí eran amarillos, aunque les cubría cierta descomposición de hierbas y peces. A ambos lados de la cabeza pequeña, alargada, les cubría una macha casi total, de color intenso. Los ojos de los pájaros eran sí luminosos, bordeados por un anillo rojizo. Frente a esa imagen, el anciano pensó qué débiles e indefensos, hasta pequeños se veían esos reducidos animales, así, tan juntos, apretados unos contra otros, buscando el abrigo de la fricción, estirados sobre el hoyo con las patas ocultas y cubiertos por un poco de arena de mar. Pero en lo alto, cuando los veía volar, él, desde su pequeña roca junto a Liebre, se cautivaba por el vuelo libre de las aves planeando como palomas de papel, tan dispuestas a dejarse llevar por el impulso del viento. Ágiles, hermosas, soberbias desde lo alto, volando con la alegría manifiesta en sus frágiles cuerpos. El viejo había pensado en su deseo de volar, como los pájaros. Debido a que el cielo demandaba mucha lluvia, y el sueño de su cuerpo era irresistible, quiso regresar, pero al instante, advirtió que el petróleo de su lumbrera se extinguía, y la luz desaparecería dentro de muy poco. Alistó una vela de cera y la protegió con un frasco de frijoles vacío. Así, pudo sentarse con cuidado y esperar frente a los animales a que empezara a brillar el sol en lo alto, para poder empezar su proyecto de volar. Así recibió la mañana aquella vez, frente a la imagen de las aves, al costado de Liebre, con la llama extinguiéndose dentro del frasco y con el sueño de volar en sus ojos, como esas aves pequeñas y atolondradas.
Comentarios:
Una tierna historia muy bien contada.Fue un placer que nos encontráramos,Arturo.
Un cariño:GABRIELA
Excelente tu estilo tan fluido, lindante con el barroco, y ajeno al punto y aparte. Te felicito. Está muy bueno.
Escrito por:
Marjull
20/02/08 17:27
Hola amigo! muy buena tu historia! me dibuja un panorama impecable.
Saludos!!
Escrito por:
bibian
16/02/08 22:29
Qué historia tan llenas de imágenes!!!
digna de ser plasmadas.
Excelente narración.
un beso amigo.
La narración es excelente muy buena, el estilo fluido y fácil de entender sin caer en frases trilladas. La historia muy bien concebida.
Un abrazo.

Online
Escrito por:
ferruz
12/02/08 01:11
amigo mio, sin duda puedes escribir el genero qué quieras, qué buen narrador eres.
Mil besos
Fernanda
Muy lindo relato Arturo, me gusto.
Saludos
Escrito por:
rotko
10/02/08 02:42
oh,,,
muy bueno
al leerlo me produce una serie de sensaciones
muy interesantes
Muy bien
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