
Un Vino muy ácido.
Un Vino muy ácido.
El Acantilado se abre al mar como una incognita. Abajo, el mar, en el borde, el precipicio. Abismo y nenúfar. La flor crece en su borde. Es una flor que tiembla y es un demonio y es un ángel. El torero se asoma a los cuernos del toro. Brilla el sol, dorado y lleno de matices esmeraldas. El infierno tiene cien mil astillas azules, para la yema de un dedo. El nenúfar es un minotauro. El minotauro está en su laberinto, torea al sol que le descubre los cien mil matices del verde. Los pelargonios tienen los pétalos fucsias y los estambres naranjas, son una pasión convertida en hechizo, un hechizo de fuentes de agua trasparentes. Torea el minotauro en el laberinto. Los necios se precipitan por donde los ángeles no se atreven a poner el pie. Son los tiburones tan bellos como un verso de Lorca y tan desaprensivos como las zarzas malas. Y el ángel está arriba, en el acantilado, toreando al sol. La visión dura un milisegundo. Una visión de belleza y peligro, que relampaguea en los ojos con cintas rosas encendidas, mientras un clavicordio pone un temblor de crisantemos naranjas a una habitación de malaquitas y jades. Yo quisiera, estar en ese borde donde el minotauro observa los abismos, y tener una noche de sexo loco con el mar, pero ya soy viejo y mi cuerpo no es hermoso, con veinte años probaría la delicia de un cactus en la boca, ¡¡¡oh qué exagerado soy¡¡¡¡, pero es el peligro una ondulación y un temblor en el vacío, un poder caerse y ser devorado, por los terribles tiburones de granito, que esperan, en el fondo del laberinto, devorar la flor. Los diapasones brillan y vibran , dorados, plateados, el sol da un reflejo de armonía al peligro, el peligro es un toro de cuernos duros, sublimes, que serían capaces de detener un corazón de golpe, y en ese instante la tierra tiembla y muere un niño, y otro, quizás en su cuarto miserable, sufre la emancipación de la carne y a borbotones se sumerge en el placer. Yo quisiera, subirme a ese borde y eyacular en el mar, pero el acantilado es de una ferocidad demoníaca, es un bellísimo tiburón de oro, una serpiente maravillosa, en su boca de colmillos la muerte proclama su victoria, y mi sexo no se eriza, y mi cuerpo no responde sino con el temblor. Pero estaría espléndido. Belleza, desnudez, peligro, minotauro, ángel, geranio, partitura celeste de clavicordio reverberante, oro en las estribaciones de la rosa, esmeraldas rabiosas, que fulgen como un cáliz de plata, y abajo, el mar, tan terrible como un puñal de asesino, lleno de rocas atroces, para una yema de dedo, para una colección de huesos sin sentido. Mejor es no probar ese vino. Yo ya no lo pruebo, era un vino demasiado fuerte para mi garganta, estaba muy amargo y era muy untuoso para mi paladar, me dejaba el cuerpo dolorosamente cansado. Aunque después podía describir el paraíso que se ve cuando se prueba, un paraíso de sombras lunares lleno de espejos irisados. La mente es curiosa, puedo probar un vino cuya hez es un veneno ponzoñoso terrible, y no me atrevo a mirar a los ojos del ángel, me da aún más terror. Es ya demasiado tarde, la espuma de los días ha devastado mi figura, un sapo en un alambre no causa admiración sino risa. Oliveretto de Fermo fue hermoso y fue artista y en pintarle gladiando desnudo ilustró su pincel Tintoretto, y Cesar Borgia lo ahorcó en Sinigaglia. Yo prefiero no asomarme al acantilado, aunque el verso que pudiera escribir relampagueara, prefiero seguir vivo. No quiero volver a probar de ese vino jamás.
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Francisco Antonio Ruiz Caballero