UN TAL HUALLPA


      En el lejano pueblo de Tancaní, el ejército había hecho el llamamiento al servicio militar obligatorio, como era de costumbre hacerlo en este país hasta antes de 1990 para jóvenes que cumplieran la edad correspondiente.
      Para tal sentido, el pueblo, es decir, los pobladores allegados a los futuros cachacos, acostumbraban realizar una fiesta de despedida a los jóvenes que eran recogidos por el ejército para el cumplimiento con su deber patriótico.
      Por alguna razón, en aquel pueblo, como en muy pocos de la serranía del Perú, la gente se anticipaba a la llegada del ejército en lugar y fecha precisos.
      Fueron uno de estos rumores los que llagaron a los oídos de Darío Huallpa.     
      Era un joven de dieciocho años que había escuchado muchas historias de otros amigos y parientes que, habiendo servido al ejército, recibieron todo tipo de maltratos y abusos, además de haber perdido buenos años de su vida en cautiverio para ser soltados, años después, sin siquiera un documento que certifique su preparación en algo productivo.
      — Sólo los burros brutos van al cuartel —le decía su amigo con quien tomaba en esa víspera antes de la mañana indeseada para él.
      No le había hecho gracia ver al muchacho cojo que le daba una y mil razones para entender que ir a servir al ejército era de sonsos. Pero, por otro lado, “Hijo, corre al cuartel para que te hagas hombre ¡carajo!. Yo estaré orgulloso de que tú vayas”, le había dicho su padre esa misma noche en que la chicha y el cañazo surtían efecto en los cerebelos de los muchachos.
      Por supuesto que los padres hacían que sus hijos bebieran en abundancia para que no opusiesen resistencia a la hora en que los cachacos llegaran a recogerlos por la madrugada.
      — Es verdad, te digo que es verdad. A mí me amarraron las manos y me hicieron comer el guano de los toros cuando me resistí a que me llevaran al cuartel.
             ¿Eso te hicieron?
      — Y más todavía. ¿Qué quieres que te diga, pues? Cuando estuve en el cuartel esos años, me lincharon a puntapiés y con la culata del rifle me dieron en la cabeza. “¡Toma, perro cholo!, para que no te pongas liso. ¡Toma!”, me decían así. “Tienes que hacer caso a tus superiores”. Esa vez que me puse lisito, me curaron haciéndome tomar de su pichi. Uno me agarraba de los cabellos, otros me sostenían de las manos y pegándome con la culata del fusil en la espalda, para que no me pegaran, tuve que abrir la boca no más, pues. Qué me quedaba, me iban a moler a golpes por desobedecer al sargento de mi cuadra.
      Darío Huallpa se había preocupado ya bastante y casi llorando de miedo preguntó:
           — ¿Qué voy a hacer  ahora para mañana?
      — Tienes que esconderte, y deja de tomarte toda la chicha, huevón. Te vas a emborrachar. Es lo que tu taita quiere para que te lleven. Dámela.
      Darío dejó de tomar la chicha de maíz blanco, espumosa y fría, y le dio la vasija a su amigo, quién sí disfrutaba una verdadera fiesta. Ahora, sólo en la mente de Darío primaba la idea de cómo librarse de su suerte, “Es lo malo de ser hombre”, pensó.
      Cuando ya amanecía, los cachacos llegaron a la zona donde se desarrolló la hipócrita jarana de Tancaní. Un grupo de uniformados al mando de un teniente irrumpieron en las chozas y modestas casas de piedra pircada, recogiendo a todo muchacho que no tuviese documentos por su voluntad o por la fuerza. Del otro lado del pabellón de cerros que se imponían en un extremo del pueblo se encontraba la oficina de registro militar; allí iban a parar todos los jóvenes de los pueblos aledaños para, luego, ser derivados a otros cuarteles del país.
      Al amanecer, lo que aconteció después fue que  Darío Huallpa, a diferencia del resto de los jóvenes que no durmieron en toda la noche, preocupados por tal caso, que ni tiempo tuvieron para quedarse borrachos, decidió fingirse ebrio.
      No tenía pensado ir al cuartel. “Ah, no. A mí no me llevan a ese lugar de mataperros. Yo tengo familia y casa. Que se lleven a los que no tienen nada que hacer. Yo tengo que cuidar mis borregos y decirle a la Filomena que quiero casarme con ella. ¿Qué tal si no salgo vivo de ahí?”.
      Pero Darío tenía ciertos rasgos faciales de los que son pura sangre y sobre él, y los que se parecían a él, recaería la aprehensión obsesiva. Debido a su rostro atontado fácilmente podía confundírsele por un indio infeliz e ignorante.    
      A Darío se lo llevarían sí o sí, definitivamente.
      El temor en el muchacho se debía a que presentía una muerte segura cuando se lo llevaran y lo prepararan para enfrentarse contra los terrucos; existía un temor a que éstos le llenaran de plomo en las tripas y el temor de no alcanzar a decirle a su Filomena que quería tener dos hijos con ella.
      Durante la mañana, cuando el batallón formó a la veintena de jóvenes en dos columnas para desfilar a través de los cerros; Darío, en medio de una de las filas de muchachos confundidos y atónitos que se despedían de sus orgullosos padres y sus adoloridas madres que, llorando despacio, no podían hacer nada; inició su treta dando inestables pasos cuando emprendieron camino.
      Empezó a estorbar en el andar de toda su fila y algunos de sus amigos que le conocían murmuraban: “Segurito que está borracho. Qué sonso, me han dicho que a los que salen así, siempre les despiertan con agua fría y se la agarran con ellos dentro del cuartel y los hacen sufrir peor”.
      — ¿Estás borracho creo? – preguntó uno de los cachacos que se puso a su lado.
      Darío no respondió nada y seguía con su número que acaso le resultaba perfecto tropezando, tambaleando, balbuceando palabras ininteligibles.
            — Así de borrachín lo llevamos. Déjalo – inquirió sarcástico el teniente.
      El grupo salió a paso lento debido a Darío Huallpa, quién caía constantemente, dando inclusive lástima en algunos de los uniformados cuando miraban que el teniente se veía en la imperiosa necesidad de encajarle una patada en las nalgas de vez en cuando. Darío cumplía el papel protagónico que le dictaba su miedo, a la perfección.
      Luego de penosas horas y ya en medio de un valle, llegaron a un arroyuelo rústico que provenía de las aguas de la catarata Kjonti; fue en ese lugar donde el teniente ordenó:
            — Métanle la cabeza al agua para que se avive y se le quite la resaca.
 “¿Meterme?”, pensó Darío. Tenía que seguir fingiendo, si le descubrían la patraña sería peor para él. Pero el agua del riachuelo estaba helada, como es habitual en la altura todas las mañanas, sin mencionar los trozos de hielo delgado que cubrían algunas orillas del riachuelo.
      La orden se cumplió al pie de la letra. Tan puntillosos fueron los cachacos que lo sumergieron, que aún no lo sacaban sino hasta esperar la orden del teniente.
      Ni siquiera yo sé cómo Darío pudo soportar tanto frío en la cabeza y el rostro durante algunos minutos. El teniente, al ver que Darío no daba muestras de reacción, ordenó que le sacaran la cabeza a ver que le pasaba. Cuando le libraron del agua, Darío balbuceaba tonterías inconexas de un típico borracho desesperado teniendo una pesadilla despierto.
      El teniente, suponiendo la fortaleza del muchacho indígena para reaccionar ante un estímulo tan doloroso como el agua de la altura, que suele quemar la piel y hacer gritar a cualquier mortal; personalmente le volvió a introducir la cabeza una y otra vez, pero a todas las veces que le sacaba la cabeza y le preguntaba al oído que dijera que había despertado, Darío contestaba las mismas tonterías entre dientes. Entonces, cansado de él, le lanzó a cuerpo completo con mucha rabia, diciendo:
      — Déjenlo a ese mal nacido, que se ahogue…¡Andando! ¡Déjenlo ahí por borracho!
      — ¿Y si se muere?
      — Eso ¿a quién le importa? Andando.
      Diciendo esto último, el teniente se alejó con los otros; mientras, Darío se quedaba de bruces en el manantial bajo la lastimera mirada de los otros. “Pobrecillo”.
      Transcurridos diez minutos, cuando el grupo alcanzó la cima del cerro más empinado, sorteando su relieve rocoso y polvoriento, Darío Huallpa alzó la cabeza para ver de reojo que el grupo estaba descansando en la cima del cerro; pensando que ya era hora de abandonar su papel teatral e iniciar una improvisación de emergencia, pues ya le estaba haciendo mucho frío y estaba por contraer una pulmonía fulminante. Fue, de un momento a otro, que el muchacho dio un salto de las aguas, como los reflejos de un gato que se durmiera y despertara en una inundación. Raudo y sagaz como el puma, a toda carrera para escapar de sus discrepantes, buscó la zona más apropiada para tomar un atajo y no ser alcanzado.
Impresionados, el teniente y el séquito de cachacos observaron la hazaña; una carrera inusual por la quebrada. Darío era inalcanzable.
      Al parecer, el atajo magnífico que tomó para que no le siguiesen, ignorando el camino, fue a lanzarse por una ladera, sin advertir que ésta era demasiado vertical y que estaba compuesta de una tierra ultra movible, que si bien le permitió rodar con moderación entre las rocas y las piedras como un pesado tronco, no evitaron que durante el trayecto, haciendo una inmensa humareda de polvo, fuera sobando y abrazando las pencas de las tunas y una que otra cola de zorro que son más espinosas todavía.
      Darío sufrió para llegar al fondo del barranco, agolpado, chamuscado por tanto vegetal serrano. Sin embrago, cuando reposó boca arriba, enlodado, gozó a carcajadas viendo la nube de tierra que ascendía, sin poder creer lo que había hecho.
      De esta manera llegó a Tancaní para contar a sus allegados todo lo que tuvo que hacer para evitar que se lo llevaran al cuartel. Como él así lo dijera con una sonrisa de zorro (de oreja a oreja), triunfante:
      — Es mejor punzarte con las espinas y golpes que encuentras en el camino de nuestras vidas serranas, que meterse en uno de esos cuarteles donde te sacan la santa mamita, sin que encuentres ladera por donde aventarte para la fuga de ese mundo manejado por abusadores.
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