


| Escritor: | Yagarasu |
| Públicado: | 04/06/2008 |
Son las cuatro de la mañana y la inmensa oscuridad lo cubre todo como un lúgubre manto de incertidumbre. La luz de la luna menguante lucha por territorio filtrándose por la ventana y se derrama tan sutilmente que sólo provoca siluetas confusas.
Un ruido me despierta de mi profundo sueño. Abro los ojos en mi habitación y los muebles yacen como monolitos vigilantes. Un murmullo, un suspiro, un sollozo, y el viento en la calle atravesando los contados árboles roídos por el otoño.
El casi imperceptible sonido me eriza la piel. Me levanto con temor y curiosidad entremezclados. Cada paso es un escalofrío que recorre mi espalda en un intento desesperado de detener mi andar.
Abro la puerta lentamente invadido por la duda. El rechinar de la bisagra olvidada acalla por unos segundos la fuente de mi miedo, pero unos instantes después el llanto sigue.
En el pasillo una triste veladora alumbra mis pasos, pero más que un alivio es un aliciente a mis temores. La llama con su macabra danza invoca demonios en las paredes que danzan a su inaudible son.
Bajo las escaleras con pasos inseguros. ¿Qué encontraré allá abajo? ¿No estaré descendiendo al Hades y los tristes aullidos provienen de sus ríos?
Poco a poco se descubre la sala de estar. La penumbra impera en el recinto. Yo sigo bajando mientras el sonido se hace cada vez más fuerte. Sé que me acerco a mi destino. Las piernas me tiemblan y mi corazón se acelera. Siento mi cabeza latir y mi boca está seca. En el último escalón me detengo en seco. ¿Para qué quiero seguir? ¿Existe realmente una razón?
Otro escalofrío me ataca al escuchar un cristal al romperse. El sollozo se vuelve un llanto agónico. Mi cuerpo me ruega que regrese a la seguridad de mi habitación, pero mi curiosidad humana me obliga a continuar.
Atravieso el último cuarto que me separa del llanto. El camino lo percibo tan largo como si estuviese atravesando el desierto. Me paro junto a la puerta cerrada de la cocina. Escucho mi respiración alterada. No quiero abrirla, pero sí quiero. Siento mi estómago contraerse como si me encontrara en la pendiente más empinada de la montaña rusa.
Me decido a entrar y enfrentar mis miedos. Como declaración coloco con firmeza mi mano en la puerta. Aprieto los dientes. Inhalo profundamente para inyectarme valor y con un decidido movimiento abro la puerta.
Me quedo estático al ver la figura de una mujer parada junto a la mesa, se encuentra dándome la espalda y con las manos en la cara, llorando y lamentándose.
Ella se detiene y lentamente se voltea. Como un trueno lo veo y lo sé: Una copa en el suelo, una fotografía mía sobre la mesa. Ella es mi madre, ebria por su pérdida, y esa veladora es para mí. Estoy muerto.
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