Frecuentaba los bares cercanos a su
pequeña casita ubicada en la esquina de la calle. Se sentaba en el
mismo lugar y solía pedir la misma cantidad de licor al cantinero.
Pasaba horas recorriendo con el índice el borde superior del vaso, sin
probar de su contenido. De vez en cuando traía consigo un diario, el
que hojeaba sin detenerse para leer. Lo repasaba una y otra vez sin
detenerse en página alguna, solo al final de la edición, para voltearlo
y volver a comenzar. Tenía ojeras, como cualquiera de su edad, ojos
cansados y dolorosos. Se notaba en la ropa que llevaba el paso de los
años, más que en su propia expresión facial. Llevaba la misma ropa
siempre que entraba a los locales. Se sentaba en una pequeña mesa
individual cercana a la barra de tragos, a veces se estiraba y miraba a
un punto fijo perdiendo la vista en el lugar, hasta que una pequeña
mueca que podría considerarse como sonrisa, lo volvía al mundo real. De
vez en cuando, hacia rechinar los dientes, dando la impresión de estar
nervioso. Frotaba sus manos y las acercaba a la boca para darles calor
y acercaba su vaso a la boca pero sin dar un sorbo. No se veía
feliz, estaba solo frente a una infinidad de personas que entraban y
salían del bar, muchas de ellas en calidad de bulto, por las copas de
más que les alteraba la coordinación y el habla. Él solo los miraba,
moviendo la cabeza negativamente, volviendo la mirada al punto fijo
perdiéndose nuevamente en su mundo. Hubo una única vez que se sentó
en la silla frente a su mesa, un hombre, mucho menor que él. No se
dijeron nada por un largo periodo de tiempo, ni se miraron a la cara.
Pidieron el mismo licor, el joven tomó el contenido del vaso en un
sorbo mientras que él ni siquiera se inmutaba en tocar el vaso. De
pronto el joven se levantó quedando de pié al lado de la mesa, mirando
hacia el suelo. Movió la boca tratando de articular alguna palabra,
pero solo pudo decir una sola: - Te quiero Y así sin más se marchó. Puede
parecer una pobre representación de cariño, una escaza intención de
expresar sentimientos, una nula sensibilidad frente a la situación,
pero a veces esos pequeños, insignificantes detalles hacen una gran
diferencia. Dos días después de aquel suceso, aquel hombre decidió
que era hora de dejar de visitar los bares y descansar por fin en su
casa, encontrándolo dormido con una sonrisa en su rostro. Fue así
como lo enterraron, con esa expresión de satisfacción, de regocijo.
Nunca esperé ver el rostro de una persona muerta que francamente
tuviera un semblante aun mayor de vitalidad de lo que tuvo en vida.
Solemos
ser fríos, insensibles con el dolor ajeno, ojeamos mil veces nuestra
vida tratando de reparar errores, perdiendo demasiado de nuestra vida
en pequeñeces. No somos capaces de darle un sorbo gustoso a la vida y
nos encerramos en las mismas desdichas, redundando en las mismas
penurias, hasta que nuestra propia conciencia, jovial y atrevida, a la
que muchas veces dejamos abandonada, retoma presencia en nuestras vidas.
¿Cuanta
falta nos hace que alguien nos diga te quiero? Pero si nosotros no nos
queremos, frente a nuestras virtudes y defectos ¿Por qué esperar
reciprocidad del resto del mundo?
Hubo una vez un viejo que murió feliz. Frecuentaba los bares cercanos a su pequeña casita .