
Un momento esperado.
La espuma se arremolino en los pies descalzos y grandes del anciano. Llevaba las alpargatas en su mano derecha, unos pantalones kaki enrollados hasta un poco mas abajo de sus rodillas. Se le podían ver las cicatrices viejas tributos a su infancia movida, a su vida de hombre campesino. Traía una camisa blanca, de botones perlados; abierta por donde se le podían ver arremolinados los vellos blancos que en otros tiempos fueron su atractivo, y un reloj pulsera que brillaba con los colores del amanecer. Tenía la cara blanca, avenada, y unas ojeras violetas que le hacían verse cansado, mas viejo, aquella mañana de septiembre mientras caminaba por la orilla de la playa, en un ritual casi perceptible de despedida. El mar tenía ese color verde esmeralda que pocas veces le amanece. En la arena iban quedando huellas inconclusas pues las olas en su inocente ir y venir le borraban los pasos, yo sentí como si también le borraran su historia.
De sus tristes ojos verdes manaban gotitas de sal; venia llorando. Era su cumpleaños ochenta y dos y hasta ese día duró su orgullo. Traía la cabeza gacha, y su cabellera rala; resumida a pocas hebras casi enumerables, eran mecidas por la brisa de salitre que venia desde el norte, desde el mar adentro. Distante se veía la casa de la playa. Tenía las paredes azules como el cielo, un helecho colgando de la tinaja de un antiguo tinajero que estaba cerca de la puerta de madera rojiza, y su techo de palma era mecido por el mismo viento norteño. A mi mente llegó una vieja frase de don Augusto: es que lo que yo no agarro ya otro lo mira.
No traía nada mas que lo antes dicho, excepto por la dentadura postiza que era un accesorio mas como las alpargatas, el reloj o la medallita de la virgen que ocultaba siempre en los bolsillos de su pantalón, pero lo que le pesaba casi hasta doblarle la columna vertebral, era la maleta que nadie veía: el odio a su hijo, aunado al mismo amor natural que batallaba entre la cordura y el perdón.
Yo, que era uno de los causantes de aquel odio, estaba por casualidad esa mañana en la playa, con mis hojas blancas, mis lápices de colores, mis pantalones cortos, mis zapatos de tela y mi cabello largo. Estaba pintando aquella mañana que era, de alguna manera, inmortal.
Otra ola se arremolino en los pies del anciano, esta vez logró mojarle los pantalones y salpicar su cara; incluso lo hizo bambolearse casi hasta caer.
Don augusto siempre fue un hombre duro, machista, mandamás. Tuvo seis hijos; cinco mujeres todas con nombre de flores: Rosa, Azucena, Violeta, Margarita y Gardenia, y un único hijo varón el cual llevaba su mismo nombre: Augusto, pero todos le decían Pelón.
Pelón no era igual a todos los demás chicos del barrio y esto significo muchas golpizas de parte del anciano para su hijo, y lo llevo a estar en esa situación de olvidos. Cuando Pelón cumplió los dieciocho años su padre lo llevo a una casa de citas y allí todo se descubrió. A Augusto hijo no le interesaban las mujeres, al menos no como a su padre y eso causo el rompimiento que hasta este día de la playa los mantuvo separados por muchos años.
El sol se alzó lentamente por el cielo azul, claro, limpio. Mi lápiz dejo de trabajar. Vi a don Augusto pasar frente a mi sonámbulo, distante; como si ya no perteneciera a este mundo. Aun le faltaban algunos metros para llegar a la casa cuando un grito le rompió la garganta: ¡hijo! Aquel llamado detuvo mi corazón por unos instantes. Era un grito de dolor. Segundos después una sombra apareció bajo el techo de palma, era Augusto hijo que salió y vio caer en la arena blanca y de rodillas a su anciano padre. Augusto corrió descalzo por la arena tibia hasta donde estaba su padre y se lanzo de rodillas para abrazarle. En un susurro le dijo __He venido a suplicar tu perdón.__ y ahogándose en lágrimas se derrumbo sobre el pecho de su hijo. Augusto no le respondió. Se abrazo a su padre tiernamente.
Ahí estaban, arrodillados los dos, las olas le mojaban sus cuerpos, lavando viejos rencores, borrando viejas heridas. Pelón sintió que su padre se desvanecía, como la arena bajo sus pies después que revienta la ola. Lo apretó fuertemente pero no pudo retenerlo en la vida. Don Augusto se cayó hacia la muerte, irremediablemente. ¿Cómo retienes para siempre el agua entre tus dedos?
El viejo quedó mudo para siempre. Yo sólo los veía. Un momento mágico que se moría. Un instante tantas noches soñado por Pelón; idealizado en su cabeza loca que se dormía en mi pecho, ¡por fin lo tenía! y al mismo tiempo se le iba en la espuma de la ola que los acababa de bañar, que los bautizaba con el perdón, con el amor que se habían negado. Y una nueva ola y todo era como el inicio de un nuevo día. El murmullo de la brisa se llevó la voz del anciano hacia la ciudad.
Así se murió don Augusto; abrazado a su hijo, el mismo día de su cumpleaños ochenta y dos. Todo era silencio y en mi pecho la alegría y la pena se daban a guerra. Una gaviota apareció y con su graznido rompió la paz de aquel santuario. El sol se apresuro a seguir su ascenso y yo me conforme con ser testigo de aquel reencuentro entre padre e hijo, una mañana septembrina, viendo ese instante por el que vale la pena esperar y morir. Ese que todos deseamos ver, algún día, cristalizarse.
Comentarios:
Escrito por:
Abedul
08/10/07 16:29

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Linda historia, muy buena narración y una descripción magnifica. te felicito amigo se lee con mucho placer. Un abrazo
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