Un Día perfecto

Categoría(s): Cuento

Inhalé pausado y profundo el aire fresco que se infiltraba de entre la ventilación del vehículo. Miré en silencio  a José Antonio mientras vislumbraba la campiña a mí alrededor. El paisaje, a lo largo del margen de la  carretera hacía gala de sus soberbias tonalidades de color.
Con voz pausada y tenaz irrumpió José Antonio. Sonó como una melodía que acompasaba con el mágico hechizo del momento:
–¡Que hermoso día! ¡El cielo está totalmente despejado! –dijo, mientras sus profundos ojos verdes escoltaban el camino–. ¡La Virgen me lo ha concedido! –pensó en voz alta, mostrando una sensibilidad formidable que pocas había tenido la complacencia de dilucidar.
–Realmente ha reaparecido la luminosidad del sol que días antes había dejado de brillar en un cielo gris. Cubierto de nubes –sonreí afable–. La mañana se ha mutado a un colorido y diáfano tiempo que pareciera dilucidar un camino elocuente.
José Antonio me miró en silencio. Observé que de trecho en trecho las casas se entremezclaban con el imponente verdor  de las chacras.
–¡Qué bueno que te hayas animado a venir! –dijo José Antonio a modo de agradecimiento.
–No lo tenía planificado, sin embargo la situación aconteció de este modo y estoy gustosa de estar acá –sonreí sinceramente.
Llegamos a una bifurcación de la carretera. Tomamos el camino hacia el distrito de Characato. Pasamos por un puente. Los pasamanos de metal parecían recién pintados. El tono ocre que se observaba estaba intacto. Por debajo del puente la sequedad de las aguas del cause del río era inminente. Llegamos a Characato. Las casas se levantaban al borde de la carretera, posteriormente mostraba un Pueblo Ancestral y henchido de tradiciones. Continuamos por Socabaya. Los hornos de ladrillos se divisaban entre la aridez de un  corto tramo de camino. La campiña Arequipeña nuevamente nos escoltaba con sus arrogantes árboles, sus extensos pastizales, su ancestral andenería aún vigente. El encuentro con Quequeña nos aguardó con diferentes matices de coloraciones entre sus moradas y campos  de un pueblo dónde el líquido vital hace alarde de su presencia. Durante la travesía el imponente Misti y Chachani nos impresionó con su custodia. La pista se tornó en un sendero de trocha y piedra. Las majestuosas montañas yermas se aunaban a la esterilidad de sus campos. Los cactus hoscos zigzagueaban en las lomas desérticas y pedregosas.  El polvo empezó a causar estragos en mi garganta. Sentía que me ahogaba con el carraspeo de la tos.
–¿Estás bien? –preguntó José Antonio.
–Le tengo un poco de alergia al polvo –respondí apenada,  al tiempo que bebía un sorbo de agua.
–Entonces cerremos los vidrios de las ventanas –sugirió.
Asentí con una leve sonrisa esbozada en el rostro. Sentía un bienestar encomiable. Estaba colmada de júbilo  de efectuar este recorrido de ensueño.
El vehículo trepidaba haciéndonos brincar intempestivamente de nuestros asientos. Como consecuencia de la carretera desnivelada  nos golpeábamos constantemente al rebotar.
Llegamos a nuestro destino. Los toldos que se levantaban desde el acceso al lugar, daban una leve imagen de la escasa población que albergaba el Santuario. La sequedad  de los cerros circundaba la espléndida  Capilla de sillar que albergaba a la “Virgen de Chapi”.
Me llamó mucho la atención que a las afueras de la Iglesia unas personas jugaban carnavales, haciendo un bullicio inusual para un lugar de recogimiento espiritual.
Un amable caballero de rostro surcado… probablemente por el tiempo, por los envejecedores cambios de temperatura en los que se encuentra constantemente debido a su oficio, con los ojos llenos de brillo y espontaneidad. Vendía pan. Estaba ubicado estratégicamente ni muy cerca ni muy lejos de la iglesia. Exactamente al frente del templo. Saludó de manera plausible y nos convidó pan. Nos encaminó con el itinerario de las actividades a realizarse y sonrió de modo laudable.
Nos dirigimos al Templo velozmente. A las afueras se podía leer los horarios de misas. Entramos a la iglesia rebosada de personas que escuchaban una misa que estaba a punto de concluir.
A un costado de la Iglesia el resplandor de las velas llevaba a los peregrinos a acercarse a la imagen de la “Santísima Virgen de Chapi”. El calor debido a las velas encendidas daba mucha paz  A la  pequeña  Capilla levantada con calaminas, se aproximaban las personas que iban llegando inundadas de fé y devoción. Se encomendaban con los milagros de metal y las velas que dejaban.   
Le acerqué mi cámara a José Antonio. Pretendía tomar algunas fotografías. En el momento que  se instalaba a realizar las acciones pertinentes, la batería inoportunamente dejó de dar señales de carga. Los recuerdos del Santuario quedarían grabados en nuestras memorias con imágenes que llegarían a nosotros sólo cuando nuestras evocaciones labrados en nuestros pensamientos así lo dispusieran. El  momento de recogimiento quedaría alborozado por su permanencia en aquel lugar enigmático e hipnótico.
Proseguimos con el recorrido y nos topamos con dos caminos de numerosos escalones. Uno era de concreto y el otro de piedras labradas en cuadros que encajaban perfectamente sin ningún tipo de material que hiciera fusión. Subimos por los escalones sobrepuestos. Llegamos a una enorme extensión de terreno cubierto con piso de cemento. Hacia arriba se podía observar unos escalones similares que daban hacia una especie de Altar en Ruinas. El enorme lugar, parecía que tiempo atrás fué la edificación del antiguo Templo que guarecía a la “Santísima Virgen”  y aguardaba a sus peregrinos. Probablemente con el sismo que tuvo lugar un tiempo atrás se había venido abajo y sólo quedaban las remembranzas de la gigantesca construcción.
De nuevo en el Templo. Las personas se acercaban al Altar. Arrodilladas elevaban sus oraciones. Nos escabullimos por entre el gentío y nos arrodillamos. Elevamos plegarias e inmediatamente  nos levantamos para dar lugar a la gran cantidad de peregrinos que esperaban su turno. Nos ubicamos en la primera banca frente al Altar. José Antonio salió del Templo por breves instantes. Simultáneamente me coloqué en la fila de peregrinos que esperaban para posarse debajo del Manto de la “Santísima Virgen”. La Señorita que cantaba en el coro, repartía rosas y flores entre los visitantes. La misa se inició entre alegres cánticos y emocionadas oraciones elevadas a La Patrona.
Durante la misa la algarabía de niños que retozaban en el Templo hizo que el Padre les invitase a guardar silencio. Algunas personas jugaban a los carnavales a las afueras de la Iglesia creando malestar.
Minutos antes del término de la Celebración, al momento de recordar y realizar el singular acto que nos enseñara nuestro Señor Jesucristo, en el que el verbo se hace carne, se acercó una Señora de edad avanzada en silla de ruedas. Con mucho esfuerzo pudo recibir el Sagrado Sacramento. Una niña de movimientos descoordinados se acercó con una persona que la custodiaba  para también recibir El Sagrado Sacramento, no obstante, el Sacerdote no lo creyó pertinente. Miré a José Antonio con los ojos cristalizados por las lágrimas que se asomaban. Estupefacta.
–Acontecen muchas situaciones asombrosas –dijo José Antonio, sucumbiendo entre mis ojos y su profunda mirada.
El Oficiante de la Celebración, derramó bendiciones entre los feligreses. Bendijo el agua y las imágenes.
José Ant0nio, desapareció unos instantes. Retornó como una visión. Como un sueño. Tenía dos imágenes de La Virgen entre sus manos.
–Es para ti –sonrió, cediéndome una de las imágenes.
Me conmoví. La emoción irrigó mi ser obedeciendo a un espontáneo júbilo.
A la salida del templo contemplé embelesada una cruz que se divisaba desde mi posición. En el encaramado de un cerro. Imaginé las probables sendas hacia ella. José Antonio se aunó a mi entelequia procurando ilustrar las posibles rutas por los cuales podríamos llegar.
Nos dirigimos a una especie de ojo de agua que nacía del Cerro. A pesar de las lluvias, brotaba escasa cantidad de agua de aquellas hendiduras. Uno era el ojo de agua del Niño y el otro el de la Virgen. Algunas personas esperaban pacientes que sus botellas se llenen con aquella agua bendita.
Tomamos el camino de retorno. Extrañamente durante el trayecto se mutó a un día nublado mientras que el tiempo que permanecimos en el Santuario era esplendente.






















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