Un dia en el desierto

UN DÍA EN EL DESIERTO –Rev.

Según las leyendas del desierto de Atacama, solamente se ve pasar una nube cada cien años. Se dice que dos nubes cruzando el desierto el mismo día, ocurre sólo cada mil años, y que cuando ello ocurre, siempre sucede algo extraordinario.

El sol desplegaba distraídamente sus rayos para comenzar una nueva jornada cuando se sorprendió de ver una nube majestuosa emerger desde la oscuridad de la noche que se iba. Era enorme, inmaculada y fresca como el aliento del amanecer.  Perplejo, el sol se detuvo a contemplar como la nube se desplazaba graciosamente en dirección al mar. Hacia allí avanzaba como un témpano azulado, suspendida en el aire como una montaña de nieve y de rocío.
 
El sol comenzaba a calentar las piedras y el desierto a entibiar el aire, cuando la nube escuchó una voz casi perdida allá abajo, en la distancia.

--Hermosa viajera, detén tu camino y por favor, escucha mi súplica...

Intrigada se detuvo a escuchar, y desde tan alto apenas logró distinguir un puntito blanco casi imperceptible en la inmensidad del desierto. Por curiosidad, nada más, la nube bajó a investigar quién la llamaba con una voz tan delicada, y que salía de entre las piedras. Y al acercarse vio que era una pequeña flor que le imploraba ayuda.

--Soy la última flor viva en este desierto y estoy muriendo de sed... Dame un poco de agua para vivir... Si detuvieras tu andar y te quedaras conmigo, juntas podríamos resucitar la vida en este desierto. Si te quedaras, tú y yo podríamos cubrir con un manto fresco y húmedo esta tierra que también de sed se está muriendo. Con nosotras volverían a crecer el pasto y los bosques; y con los árboles retornarían los pájaros; y con las flores los insectos y los animales. Entonces el aire del desierto se pondría fresco y aquí volverían a reinar las nubes y la lluvia... Y la tierra dejaría de sufrir esta misma sed mía que me esta matando... Por favor, hermosa viajera, detén tu camino y escucha mi súplica...

Magnífica en su majestad, la nube bajó lánguidamente hasta cubrir la flor con su sombra.

--Pequeña -le dijo, mucho me pides. Detener mi camino no puedo, ni quiero. Quedarme contigo sería condenarme para siempre a vivir en este horrible lugar. Mírame, aún soy joven. Además, las nubes no somos como las flores. Más allá del desierto tengo un mundo por conocer. Necesito ser libre como el aire. No me pidas perder mi juventud por quedarme aquí, contigo. Tengo que irme; este calor ya me esta mortificando. Toma, bebe esta agua que te ofrezco y espera. Tras mío viene otra nube que sólo tardará unas horas en llegar. Llámala, quizás ella te quiera ayudar-.  Y sin decir más le dejó caer veinte gotas de agua que apenas alcanzaron a humedecer el tallo de la flor. Cumplida su obra de caridad, se elevó hacia las alturas y prosiguió su camino.
 
La flor la vio recoger su sombra con suavidad de entre las piedras y graciosamente subir hasta perderse en la inmensidad del espacio desde donde, el sol, enfermo de ardiente curiosidad, las observaba.

Pasaron las horas, las horas y las horas. El sol cabeceaba a punto de comenzar su siesta diaria, cuando en el horizonte divisó venir otra nube. Por la sorpresa perdió el sueño y sin pestañear de pura curiosidad se quedó mirándola avanzar, lentamente, también en dirección al mar. El sol es curioso, por eso todo lo mira, todo lo sabe, todo lo ve. Por horas y horas se quedó atento, viéndola detenerse, y avanzar, detenerse, y avanzar... Era una pequeña nube gris. Parecía una viejita con su sombra despeinada que iba bajito, avanzando con paso lento y deteniéndose como para descansar...

Y así fueron pasando las horas interminables del desierto: allá arriba, el sol curioso de mirada ardiente que todo lo mira, todo lo sabe y todo lo ve; acá abajo, la vieja nube lentita que arrastrando su sombra sobre las brasas de piedra y arena, va en dirección hacia el lugar donde una pequeña flor se está muriendo.
 
Estaba yéndose el sol y llegando la noche, cuando la vieja nube se detuvo, sorprendida de tropezarse con una flor confundida entre las piedras y en esas soledades... Bajó presurosa, y con la ternura húmeda de su cuerpo, cubrió el cuerpo moribundo de la pequeña flor...

--Es imposible que me hagas revivir –alcanzó a oír que le musitaba la pequeña-. Mi tallo está reseco y mis pétalos están duros. El agua que recibí endureció mis hojas, hinchó mi cuerpo, lo deformó, y lo cubrió de espinas. La vieja nube comprendió lo ocurrido y conmovida apretó su cuerpo contra las espinas del pequeño cuerpito rígido y reseco por el sol.

Las estrellas son testigos que esa noche, la nube se quedo llorando abrazada a la flor. Y que entre sollozos y tiernos susurros de amor, le prometió quedarse para siempre junto a ella...                                                                                                                             

Cuentan que desde entonces, apenas el sol se pierde en el horizonte, las estrellas ven como el desierto se duerme bajo un manto fresco de rocío. Y la luna de mirada fría, que todo lo mira y que todo lo sabe porque en la oscuridad todo lo ve, es testigo que cada noche la vieja nube llega presurosa, y que tiernamente va cubriendo las piedras y la arena con su manto cristalino.


Es así, que de tiempo en tiempo sucede algo extraordinario en el desierto de Atacama: bajo la mirada ardiente del sol que todo lo sabe y que todo lo ve, un manto vivo, fresco y multicolor se despliega por sobre las piedras calcinadas. Dice la leyenda que ellas son las espléndidas hijas de una flor moribunda, que perdida en las tórridas soledades del desierto, un día recibió veinte gotas de hiel, y que de noche fue regada con mil lágrimas de agua viva.


                                          FIN

                        SERGIO BUSTAMANTE 
                                  Buenos Aires, 1976.

                                      








 



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Comentarios:

Escrito por: S_Bustamante       15/05/08 16:20
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Amigos, Jaco y Sumysel:
Estoy no solo agradecido de vuestros comentarios. Estoy muy feliz de saber que mi Musa no es la viciosa mal hablada que yo creia que era. Esta descarada llego a mi vida sin yo haberla invitado. Se me metio en la cama, y desde entonces no deja de soplarme la oreja con su tufo a cafe cortado y cigarrillos baratos que me llenan la cabeza de cuentos y que me quitan el sueno. Doble alegria, (digamos triple, mejor dicho, multiple) para seros franco: Loreto, mi linda amiga chilena que me invito a registrarme en "escribeya"; Sumysel, bella mujer, poetisa uruguaya, que desde el primer dia de mi ingreso a este web, me alegra el corazon con su amistad y sus generosos comentarios; usted, AMIGO Jaco, pulso creativo del Peru, quien ha echo florecer el ego creativo de mi Musa hasta tal extremo, que anoche me quito el sueno lamiendome las orejas; y los colegas que han comentado, o que han leido en silencio, las barbaridades que forzadamente he tenido que llevar al papel, (mejor dicho, ?a la pantalla?...)
Gracias mil, amigos todos de "escribeya". Vuestro apoyo, ojala, que no sea solo para inflar el ego de la loca desvergonsada que me posee. Agradeceria aun mas, que cuando de dar palos correctivos, me los den, (pero con cuidadito, que no duela mucho). Cuidense, que se dar de vuelta, ?OK?
Affmo.
Sergio
Escrito por: jacoescribe       14/05/08 21:00
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Amigo Bustamante:

La ternura con que se narra la historia de esa flor, hace añicos al corazón. Su tierno argumento nos notifica de un autor que hace de las piedras jardines de paz, y de las alturas, luminosas ilusiones de cándida belleza que se entresaca triunfante dentro de la más cruel desdicha. Una solitaria flor que engalana esta página desierta, pulsando el brillo de una nueva vida en el desierto de Atacama.

Un abrazo de acero.

JACO
Escrito por: sumysel       12/05/08 01:28
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Bravo, Sergio!!!
Excelente relato...me encantó...qué bien logrado!!!
Amigo, me has emocionado.
Un abrazo
Páginas: 1

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