Un día vas en Transmilenio. Miras los edificios pasar, la gente que te acompaña. El sudor de sus cuerpos. Los olores baratos.
Ese día no escuchas música. Al iPod se le ha acabado la batería. Has olvidado cargarlo. La música que quieres escuchar suena en tu cabeza. Cantas el coro de la canción una y otra vez. No te sabes el resto.
Hace calor, piensas en lo que sea.
En la siguiente parada se sube alguna gente. Los miras sin miarlos y sigues candando el coro de otra canción. La gente se corre hacia ti buscando espacio, tú te acomodas mejor. Alguien se hace al lado tuyo. Lo miras, es gordo. Camisa a cuadros barata. Pelo corto y algo de canas. Pero eso no te asombra, eso no es lo que hace que tu mirada se detenga en él. Es simplemente que tiene un tapabocas quirúrgico en la boca. Sus pequeñas orejas lo sostienen.
Lo miras sólo cinco segundos. Lo suficiente para que tu mirada no sea descortés. Miras al frente y ves los edificios pasar. Mendigos, bolsas de basura. Especulas un poco. La canción se ha detenido en tu mente. ¿Por qué alguien podría tener un tapabocas como ése? Lo primero que piensas y lo que se te queda en la cabeza es que el tipo tiene sida. Piensas que está bien. Esa pobre gente se tendrá que defender de algún modo de las enfermedades que los pueden matar. Una gripa y puedes morir a los tres días.
Volteas de nuevo. Lo ves, alguien lo acompaña. El tipo se queja constantemente. No quiere irse parado pero le toca, no hay puestos.
De pronto piensas el caso hipotético en el que tú tuvieses sida. Lo dejas para pensar en cómo lo contraerías e inevitablemente llega el pensamiento en el que este tipo te lo prende. Todo en tan sólo tres segundos. De inmediato piensas que él no es un peligro. Todos lo dicen, tú eres más peligroso para él que lo él lo es pata ti. La radio, la TV. Lo lees en los libros. Dejas de pensar en eso y cantas mentalmente otra canción.
Te quedan dos paradas para bajete. Miras el reloj. Vas bien de tiempo. Te has olvidado del tipo. Piensas en tus cosas. La próxima parada se aproxima. Miras de nuevo el reloj. De pronto sientes un puto dolor en tu pierna derecha. Gritas, no muy fuerte, pero gritas. Es el dolor de un pinchazo, un pinchazo fuerte. Miras rápidamente a tu derecha. Quieres saber qué ha causado el dolor. Y lo único que ves es al tipo gordo en la típica posición de lo siento, no tuve la culpa. Hombros arriba y las manos en posición media. El maldito lleva una aguja de gran tamaño untada se sangre en su mano izquierda. El vehiculo para, el tipo te dice algo que no entiendes. Se baja y no sabes qué hacer.
Sólo piensas que tienes sida. De pronto eso se vuelve tan verdadero como saber que eres hombre. Te bajas en tu parada, caminas y haces todo lo que tienes que hacer normalmente. Pero en tu cabeza no hay nada. Sólo una leve noción de la palabra sida. Como si ésta estuviera grabada levemente en tu cabeza.
Finalmente llamas a tu mamá. Después a tu papá. Por la noche estás en una clínica tomándote un examen de sangre. No tienes sida, hay que esperar el periodo de ventana. Seis meses después te tomas otro examen. A la semana tienes los resultados. Tienes sida. Todavía no es activo, pero lo será. Cuentas con diez años si tienes suerte. Menos es lo más seguro. Te imaginas en cinco años con lentes oscuros, un tapabocas cubriéndote el rostro. Te imaginas cuando te estén cremando. Te imaginas todo eso y sólo piensas en cómo mejorar el método del tipo gordo. Cómo infectar más gente en forma efectiva, limpia y masiva.
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