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Pàrrafo extraído
de tu imagen egipcia
.
Como una
escultura tallada por los mismos dioses, el hombre cruzò el portal imponente,
que separaba la vastedad del desierto, con la màs maravillosa pulcritud de los
oasis.
La prestancia
era impecable, los musculosos brazos llevaban anudados listones de colores que
al bailar el viento en ellos, semejaban las genuinas y atornasoladas alas de
mariposas, dignas de un edèn.
Los
pectorales lucían henchidos, en un dorado profundo, su piel refulgía ocultando
las cicatrices. Una correa de cuero crudo, algo roìda lo
atravesaba, de ella colgaba el carcaj, que guardaba las mejores flechas sin
utilizar.
Asì marchaba
hasta la amplia escalinata, a medida que se acercaba su adusto y varonil rostro
cambiaba dibujándose en èl una pequeña sonrisa que iba ensanchándose a medida
que sus ojos captaban con mayor fluidez la figura curvilínea de su reina.
La turgencia
de los pechos de ella paraban la fina tùnica de lino blanco, que dejaba translucir , los firmes y claros pezones erectos de emoción, su cabelleza espesa
y renegrida caìa hacia ambos lados del rostro y los ojos àvidos, traviesos, con
su verde turquesa delataban la naturaleza propia del Nilo.
Ante ella y
con una rodilla en el suelo hizo su saludo a modo de reverencia y la pàlida
mano de su reina se apoyò como corona suavemente sobre su cabeza. Absorvìa el aroma de frescos jazmines en la
proximidad del cuerpo.
Las
obligaciones del recibimiento la alejaron del lugar ansiado y como noble, solo
cruzaba cómplices miradas, tan ansiosas, como el momento esperado de estar a
solas.
Bajo un
cielo tachonado de estrellas, con la luz plateada de la luna penetrando, jugaba
el contraste de la silueta que se distinguía impecable, se acercò hasta ella,
la tomò por la cintura, besò su cuello, sus hombros, enlazo sus dedos en la
cabellera de ella y atrayéndola hacia sì, sellò los labios con un profundo beso
apasionado.
En el aire se
percibìa el aroma del amor, como música tintineante sus manos vibraban en el
acompasado acariciar de la piel. Alzò en
brazos el cuerpo ligero, sosteniéndolo por la espalda y las piernas, apoyándolo
sobre su torso, como quien sostiene el mayor de los codiciados trofeos,
apretado, exclusivista, mezquino, asì entrò en el aposento donde las gasas
ondeantes del cortinado serìan testigos de la magia del encuentro.
La depositò
sobre el lecho y oliò el perfume encantado de la piel de su reina, nuevamente
los jazmines se mezclaban ahora con azahares y mirras, ebrio de deseos encendió
entre sus manos la hoguera pasional y comenzó a desnudarla con la suavidad aterciopelada
de los pètalos de rosas que invadìan las sàbanas, perdiéndose en el
remanso intenso de las caricias. Sabìa
que la amarìa con cada milímetro de su ser, que dejarìa desplazar abiertamente
su fecundidad.
Cerrò los
velos del cortinado y se dedicò a amarla con la misma fuerza voluptuosa de la
batalla.
La historia
de la entrega era totalmente privada.
La Beduina
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