Tu chico

Categoría(s): RELATO

                      Tu chico

 
 

     Ya no necesitas verme más cada día. Ya no sé si la palabra amantes te sigue pareciendo preciosa. Ya no me preguntas si está lejos el día en que podamos cogernos de la mano sin temor a ser vistos. Ya no tienes celos de que bese a otra que no seas tú. Ya no tienes ganas de verme y darme muchos besos. Tampoco escucho que me echas de menos y tienes unas ganas locas de hacer el amor conmigo.

     Palabras. Frases llenas de amor hacía mí, salidas de tu boca. ¿Dónde quedó todo?. ¿Dónde estás? Mi amada musa, mi chica. Si lo tuvimos tan cerca ¿cómo puede ahora estar tan distante?.

     Yo, ahora, sin ti no soy nada. Duermo poco y mal desde hace meses. No puedo centrarme en la lectura. Busco la soledad más que nunca, pues es lo que deseo, si no te tengo, que es lo que realmente llenaría mi vida de ilusión y de luz. Aunque no te lo diga lo estoy pasando mal. Muy mal. No quiero preocuparte. Sé que necesitas estar bien, encontrar equilibrio en tu vida  y también sé que yo, sin quererlo, perturbé tu vida llenándola de amor, pasión y nuevas ilusiones. Conmigo, y bien lo sabes, te encontrabas con más tensiones, pero también te sentías más viva. Te echo mucho de menos.

     Ahora no me dejarían verte. Al final parece ser que el que terminó peor psicológicamente fui yo. Perdí mi trabajo, mi familia, mi rutinaria vida. Sinceramente te diré que no me importó. Después de perderte a ti, que fuiste lo más importante, todo dejó de importarme. Me fui a Peñalba de Santiago, en la provincia de León, en la región del Bierzo. Pueblo enclavado en el Valle del Silencio. Es, para mi gusto uno de los pueblos más hermosos de España en cuanto a la arquitectura tradicional. Las casas son de piedra con cubierta de pizarra y balconadas de madera. Se encuentra en la cabecera del Valle del río Oza, encajonado entre montañas y armonizando con la salvaje naturaleza que le rodea. Lo conocí hace años y me impresionó su maravillosa iglesia mozárabe, construida en el 937, de una sola nave, con dos capillas unidas por arcos de herradura en forma de cruz. Recordé que me contaron que en invierno caían grandes nevadas quedándose el pueblo incomunicado durante varios días, incluso semanas, y fue cuando intentando olvidarte en un lugar apartado dirigí mis pasos hacía allí.

     Me costó encontrar una casa donde vivir a pesar de ser muchas las vacías. Nadie entendía el por qué de mi retiro a un lugar tan agreste, tan solitario y tan frío. Al fin me ofrecieron una casa serrana donde me instalé. Tuve que hacer algunos arreglos ya que estaba abandonada desde hacía años. Repuse los cristales rotos, cepillé las puertas y ventanas que no cerraban bien y compré buena carga de leña para el invierno. Los primeros días fueron llevaderos gracias al desconocimiento de la zona. Daba largos paseos por el bosque y pasaba buenas veladas nocturnas en la única taberna existente en el pueblo hasta que cerraban. Leía mucho y los libros me ayudaron a no tenerte tan presente, recorrer mundo y vivir historias sin moverme de la cama. Fueron mis mejores amigos y nunca me traicionaron; al contrario fui yo quien les traicioné a ellos. Perdí el apetito por la lectura y empecé a beber en exceso. No podía olvidarte y traté de hacerlo emborrachándome a diario. Fueron pasando los meses y cada vez me encontraba peor. Vagaba sin rumbo por las noches pisando la fría nieve e ingiriendo grandes cantidades de alcohol. Gracias a los vecinos sigo vivo, ya que muchas noches caía etílico y sin conocimiento y despertaba al día siguiente o a los dos días en la cama de algún alma caritativa.

     Intenté centrarme por mi mismo y por mis hospitalarios vecinos, que no se merecían tener que aguantar mis borracheras, locuras y llantos mientras gritaba a los cuatro vientos tu nombre. Un día vinieron a buscarme. Mis vecinos se habían cansado de mí o pensaban que en un sanatorio mental estaría mejor y más cuidado.

     Ahora, tu chico ve la vida encerrado en este antiguo hospital construido a finales del siglo XIX, que fue utilizado como cárcel durante y después de nuestra última guerra civil. Es grande y somos pocos los “enfermos”, que vagamos sin rumbo por sus galerías y su patio interior. Los inviernos son fríos, pero en verano se está bien, gracias a los grandes muros que no dejan pasar al interior el sofocante calor. Algunas tardes las paso junto a una de las pocas ventanas enrejadas que dan al exterior. Sentado en el alféizar miro a los pocos transeúntes que pasean por las inmediaciones del hospital con la esperanza de verte. Imagino que seguirás en Madrid llevando tu vida sin sobresaltos, que no sabrás y tal vez ni te importe saber dónde estoy y qué ha sido de mí. Tu chico o lo que queda de él sigue pensando en ti. Podíamos haber sido felices. Habernos casado o no. Tener un hijo, formar una familia. En cambio ya ves mi final. Loco o medio cuerdo, viviendo entre cuatro paredes y absorto del mundo tal vez por el exceso de medicación.

     A veces me pregunto ¿cómo estarás?. Seguro que igual de bonita. Siempre lo fuiste. ¿Si pensarás o no en mi?. Yo te sigo queriendo como antes y si no me escapo no es porque no pueda, es porque no tengo  adónde ir. Solamente deseo estar contigo. A pesar de los años y todo lo que nos ha pasado te sigo queriendo igual. Quieras o no sigo siendo tu chico y espero noticias tuyas para empezar de nuevo. Aún no es tarde para cumplir nuestros sueños y yo te sigo esperando.

 
                                                                     Madrid, octubre de 2003.
                                                              Fernando José Baró

                                                    

   
    
 
 
 
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